Os
escribo contemplando el paisaje. El sol es apenas visible, pero aún puedo ver
la silueta del volcán iluminado por la luna. Hoy volvía subir a la montaña, uno
de esos lugares donde bajo todas las defensas y, puedo imaginarme al otro lado de
la puesta de sol el rostro de aquellos, no que dejé atrás, sino de todos los
que me dejaron y dejan volar continuamente, incluso con miedo, pero que confían
en este gran plan que Dios tiene para cada uno de nosotros. Para mí. Fijo en el
horizonte, Dios y yo. Solo yo y Dios. Me permite acercarme, me abraza a través
de la maravilla que puedo observar. Me espera en silencio en la cima de esta
pequeña montaña, cada vez que creo que no seré capaz, cada vez que la realidad
es cruel, cada vez que todo parece oscuro, que todo se vuelve demasiado pesado
para cargarlo… En estos momentos, subo a la montaña, dejo caer las piedras
más pesadas que llevo en mi mochila, para poder avanzar. Subo en busca de silencio,
en busca de esperanza, en busca de mí misma. En busca de Dios.
El
sol ya ha dejado la pequeña montaña, solo quedo yo y todos los pensamientos,
quedo yo y el clamor de todos los que vienen así, buscando refugio, buscando
amor, buscando a Dios. Durante esos momentos inmensos también soy parte de la
naturaleza que me rodea.
Subir
a la montaña me permite salir de mí misma, observar tranquilamente la
naturaleza que me rodea, sentir todo lo que traigo dentro, sentir que el amor
también está hecho de las caídas, también se construye con las piedras del
camino. Me permite ver la luz. Me dejo abrir los ojos, ya no veo la oscuridad
que tría en la subida, veo las pequeñas luces que brillan entre esta gente,
siento esta presencia divina con todos nosotros en estas pequeñas luces, en
esos corazones de los que buscan, con la esperanza de los que creen, en la
perseverancia de aquellos que no bajan los brazos ante el dolor, en las
rodillas de los que rezan, en el coraje de los que corren el riesgo de ir más
lejos, y luego veo las luces que permanecen encendidas en mí.
Y,
ya bajando la pequeña montaña, siento que Dios vuelve a enviarme. Me invita una
vez más a encontrarme con los pobres y necesitados, con todos los que me abren
sus puertas todos los días, y con todos los que todavía esperan mi llegada. Aligera
mi carga y me hace sentir la alegría de ser misión de la única manera posible, el
amor.
Que
todos seamos capaces de subir a la montaña tantas veces como sea necesario
durante este viaje que es la vida. Que todos podamos vaciar la mochila que nos
acompaña en todo momento. No tengamos miedo de hablar de todo lo que sucede
dentro de nosotros cuando estamos solos con Dios.
Soy Mónica Cervantes Suarez, tengo 18 años, nací en la ciudad de Sahuayo Michoacán. Estoy por iniciar la universidad en la licenciatura de medicina integral. Quiero compartir con ustedes mi experiencia en este camino misionero. A partir de no ser admitida en la carrera que deseaba comencé a buscar algo que llenará ese hueco que sentía ya que era muy alejada de las cosas de Dios, aún cuando mis papás asisten a los movimientos familiares dentro de la Iglesia, yo mantenía mi distancia en todo eso.
Confieso que, si tenía la
inquietud de misionar un tanto por la curiosidad de conocer culturas y
tradiciones diferentes, más que nada por aventura, recorrer nuevos lugares, etc.
Tuve la oportunidad de participar en un congreso nacional misionero de niños y
adolescentes, cuyo lema era “CON JOSELITO EN EL CORAZÓN MISIONEROS DE
VOCACIÓN”. Ni yo misma entendía lo que estaba haciendo en ese lugar, al
principio me sentía rara, pero todo en mí cambio al tomar conciencia que debía
descubrir mi misión en la vida.
Después de
esta experiencia, tomé la decisión de contactarme con Beatriz LMC, que dio el
tema de la Vocación Misionera y su testimonio de vida, en el Congreso; para
solicitar participar del campo misión y dándome una respuesta positiva comencé
con la formación para participar en el Campo Misión de Semana Santa, con mucho
entusiasmo esperaba el día de partir, pero cuando llego el momento sentí miedo
y a la vez alegría porque había llegado lo que por tantos años había esperado.
Llegamos a
la parroquia de Metlatonoc, en la comunidad de Vicente Guerrero, que fue donde
me toco estar esta semana. Pasamos diferentes retos para llegar al lugar, un
viaje largo, subidas intensas donde tuvimos que bajar del carro y caminar hasta
llegar a la comunidad. Ya estando en la comunidad tuve la oportunidad de
descubrir que sientes más alegría al dar que recibir, además, el misionero
también aprende de las personas de la comunidad, que nos acogieron con alegría
y entusiasmo abiertos a trabajar en equipo, siempre estuvimos trabajando con
las muchachas, formamos tres equipos para dividir los temas y las celebraciones
litúrgicas ya que por falta de sacerdotes no tuvimos eucaristía pero si
organizamos la celebración de la palabra, en donde fui elegida para dirigir la
“Vigilia Pascual”; sentía una gran responsabilidad y el querer que todo salga
bien me hacía tener nervios pero al terminar me llego la Paz y la alegría de a
haber vivido tan bonita experiencia, sin duda el Señor supo seducirme y
atraparme para que siguiera sirviendo. A mi regreso pude ver la vida de forma
diferente buscando siempre el lado positivo de las cosas. Seguí participando en
las actividades misioneras y las reuniones que me han ayudado a ir descubriendo
mi vocación.
Acabo de
vivir otro Congreso Nacional Juvenil Misionero en el mes de julio en
Villahermosa, Tabasco. México. Cuyo lema me invita a salir de mi misma “JOVENES
DE CRISTO A LAS PERIFERIAS DEL MUNDO”, ahí pude compartir experiencias con
personas de mi edad, que al igual que yo tienen inquietudes por descubrir su
camino a la vida de servicio a la vida de misión.
Ahora espero con ansias el retiro de
información que se realizará en el seminario Comboniano de San Francisco del
Rincón, Gto. México. Para iniciar el proceso de formación como Laica Misionera
Comboniana, ya que me siento identificada con el carisma misionero de San
Daniel Comboni.
Quizás nuestra idea de la misión
y el mundo sea todavía un poco color de rosa, de hecho, para mí, la misión es
un arco iris de colores, emociones, momentos y aprendizaje. La misión es más
que el vasto cielo azul que abrazo todos los días al principio y al final de mi
día, es más que el marrón de la arena del desierto que cubre el suelo. Es más
que el verde del paisaje de algunos árboles que luchan por mantenerse verdes, y
el gris de los días de niebla que cubren los volcanes. La misión es una
inmensidad de colores. Es del color de las caras lo que me hace sonreír y es el
color de las historias que escucho durante horas y horas todos los días y me
recuerdan la materia simple y humilde de la que estamos hechos, es del color de
todos los corazones lo que llegan y me enséñame que es posible amar más. Es del
color de las sonrisas, los abrazos, las lágrimas es del color del paisaje
natural y humano. La misión diaria de seguir con ellos es tan vasta, tiene
tantos colores.
Entre los muchachos que me llaman
en la calle y en el jardín de infancia, y con quienes comparto la alegría de
ser niña una y otra vez, entregándome a ello sin miedo. A los ancianos que
bailan libremente cuando vienen a conocernos, y permítanme decirles que para
muchos, somos su única familia. Historias reales de superación y lucha. A las
familias cuando nos reunimos para compartir el todo, que es suma individual de
las partes porque es en este medio entre unos y otros que nos encontramos y nos
entregamos sin premisas ni condiciones, solo porque sí. Es en las visitas
diarias que encuentro un verdadero significado para mi caminar y veo los
colores de mi mundo aquí y ahora. Aquí, en esta pequeña villa, es donde cada
día se vive la verdadera experiencia de ser yo, en la esencia de los colores
que tengo dentro y de todos aquellos que me permito ver en el mundo.
Os confieso que a menudo me
permito ser moldeada por ellos, moldeada por su experiencia de vida y de Dios,
que me permito observar horas y horas lo que son y lo mucho que me enseñan, que
me permito salir de mi para aprender de ellos. Siempre tuve la certeza dentro
de mí de que no me llamaban para nada más que para amar. Amar a esta gente,
esta cultura y sus costumbres. Amar, en sus múltiples perspectivas, en la caída,
en el error, en el ascenso y con la esperanza de ser la mejor versión de mí
misma todos los días. Y aunque haya pasado más de un año sigo aprendiendo de
ellos todos los días, aprendemos juntos. Y así, cada día descubro otro color
dentro y fuera de mí, en este intercambio de vidas, historias y rostros,
descubro cada día el color del amor.
P.D. El amor no tiene un solo
color, ¡el amor siempre será del color que quieras!
Han pasado dos meses desde que estoy en tierras africanas.
Mi primera parada fue en la República Democrática del Congo. Lo primero que me
sorprendió cuando aterricé en Kinshasa fue la temperatura, era muy, muy alta.
Ya había estado en Kenia dos veces, así que supuse que no me sorprendería mucho
la realidad africana, ¡y ciertamente no por el clima!
En el aeropuerto me esperaban dos personas: el padre
Celestin, responsable del movimiento de LMC en la RDC y Tiffany – Coordinadora
del grupo LMC. Me llevaron a la casa provincial de MCCJ, donde me recibieron
muy calurosamente toda la comunidad de padres Combonianos y los LMC.
Durante estos dos meses que pasé en Kinshasa, me centré
principalmente en aprender francés, pero también en experimentar la vida comunitaria,
en un gran grupo internacional. Me mostró que la diversidad es verdaderamente
hermosa. Tantas culturas diferentes, diferentes idiomas, hábitos, realmente
pueden funcionar y dar alegría a las personas que viven juntas. Podemos
encontrar algo que nos conecte: en primer lugar, Dios, otra persona, la
felicidad de estar juntos, la misión común y el cuidado de la obra de Dios. Por
supuesto, la vida con otras personas no es fácil, pero la conciencia de que
compartimos el mismo objetivo ayuda mucho.
Como mencioné antes, el tiempo que pasé en Kinshasa fue
principalmente para aprender francés, una experiencia bastante difícil para mí,
pero realmente me enseñó muchas cosas.
Al principio, traté de mezclar el francés con el inglés,
pero la mayoría de las veces todavía utilizaba el inglés simple en lugar del
francés. Cuanto más tarde, más difícil, más y más gente me pedía hablar
francés, ¡y la verdad es que funcionó muy bien! Por supuesto a veces me estresaba
o frustraba, pero sabía que era por mi propio bien y estoy agradecida por ese
tiempo. Todos los días intentaba hablar cada vez más en francés, a veces me
sentía avergonzada por mis errores de ortografía o gramática, pero fue una
motivación adicional para mejorar mis habilidades lingüísticas.
Ahora sé por qué es tan importante hablar, incluso con
errores, porque así alguien puede corregirlos. Necesitamos que otras personas
nos ayuden a vencer la barrera de hablar (incluso con los errores). Por eso la
comunidad es tan importante.
En nuestro espíritu comboniano es fundamental apreciar a las
personas que nos rodean, su presencia y apoyo, su motivación. Solos, no tenemos
tanta fuerza como tenemos juntos. Tal vez usted puede encontrar esta visión
demasiado ideal, tan perfecta que no puede ser verdad, pero esa es mi
experiencia tanto de Cracovia como de Kinshasa.
Esta vez me mostró cuán adecuadas son las palabras:
“Dios no llama a las personas capacitadas, sino capacita a los que llama”.
Cuando tenía algo de tiempo libre los sábados, junto con
Enochi (LMC de Kinshasa) servía a la gente en la calle. Era un programa llamado
“comida desde el corazón”. Estaba preparada por una familia para las personas
que vivían en la calle. Kinshasa es una ciudad muy grande, y la gente venía de
diferentes partes, solo para tener una comida caliente. Durante un par de
horas, servíamos alrededor de 250-300 platos. Me di cuenta de lo bendecida que
era por tener algo para comer, acceso a agua potable, un lugar para dormir y
ropa que vestir. Hay tantas personas en el mundo que no pueden pagárselo. Tengo
en mente la imagen de los jóvenes que “se bañaban” y lavaban su ropa en el
pequeño foso cerca de la casa provincial. Lo recordaré por el resto de mi vida.
El tiempo en Kinshasa también me permitió experimentar la
felicidad de las personas aquí, a pesar de las dificultades que necesitan
atravesar. Ver su energía y compromiso.
Ahora, desde hace más de 3 semanas, estoy en Bangui, capital
de la República Centroafricana. Me quedaré aquí también durante dos meses para
aprender sango – idioma local. Conocí a mi comunidad: Christina y Simone,
viviré y trabajaré con ellos en Mongoumba. El viernes 28 de junio celebramos
juntos el Día del Sagrado Corazón de Jesús. Fue tiempo de adorar, cenar y
hablar juntos.
Quería pedirles a todos que oren por mí, por las personas
que conozco aquí, por todo lo que voy a hacer aquí, mi misión y mi vida.
También rezaré por ustedes.
En misión, entre Kenia y Etiopía, nuestra LMC Carolina Fiúza escribe
para la Revista Digital de la Diócesis de Leiria – Fátima (RED). Compartimos
con vosotros el artículo.
Les escribo ya finalizando mi
semana de estancia en Nairobi, Kenia. Un viaje turístico que deseaba. Por
razones de fuerza mayor tuve que salir del país (Etiopía): el visado que
traemos como misioneros y que nos permite la entrada en el país es un visado de
negocios que sólo tiene validez por un mes. Para estancias más prolongadas
(como la mía, de dos años), al llegar a Etiopía tenemos que conseguir en ese
mes de validez del visado de negocios otro visado – el de residencia. En mi
caso, ese mes no fue suficiente para conseguir el visado de residencia. El
visado de negocios expiró y, para no estar de manera ilegal en el país, tuve
que dar un salto hasta Kenia durante una semana, para volver a entrar y
proseguir el proceso de obtención del visado de residencia de nuevo.
Burocracias que se traducen en una exigente y difícil entrada en este país. Tal
vez se pueda decir que, de manera general, Etiopía tiene una historia marcada
por regímenes e imperialismos exigentes, de gran control. ¡Y es esta historia
que marca a un pueblo! No bastará decir que vivieron bajo el régimen de
Emperadores hasta 1974 y que es de los únicos países africanos que nunca fue
colonizado… ¡Etiopía tiene historia,
una gran historia!
Sentimientos de tristeza y
frustración se asomaron el día en que supe que tendría que venir.
Principalmente porque ya había comenzado las clases de amárico hacía ya 2
semanas. Me perdería una semana de
clases en la escuela, que es puerta de entrada a esta cultura, donde nos ponen
los sonidos de las palabras en amárico que van resonando en la cabeza, haciendo
una melodía de la que me estoy enamorando. ¡No es una lengua fácil!
Confieso sentir una paradoja entre el entusiasmo de ser como una niña aprendiendo
por imitación las palabras (como se dicen los colores, los alimentos, los
animales, etc.), pero también algo de recelo. Me temo que será tarea complicada
aprender rápidamente esta lengua.
¡No bastaba ya con aprender amárico,
que es una lengua tan complicada, y ahora tengo que ir a Kenia, perder clases,
retrasar más el aprendizaje de la lengua! ¡Así no sé cuándo podré seguir para
lo que he venido – la misión! – pensaba.
Tenemos la tentación de pensar que la misión es hacer, suceder,
programar todo lo que tiene que ver con cosas prácticas.
Pero, desengañémonos. Y que me desengañe yo misma si pienso que la
misión propiamente dicha comenzará el día en que viaje para permanecer en la
zona de los Gumuz e inicie con mis compañeros un proyecto. Nos olvidamos que no
son las grandes cosas, aquellas que observamos y palpamos, las que traerán más
vida. No pocas veces, es en el silencio donde
más hacemos.
Podría decirles que es fácil
concebir en mi interior esta paradoja de tiempos de espera. Este tiempo de
aprendizaje de la lengua me hace sentir la falta de poner cosas en práctica.
Pero, recuerdo con cariño las palabras de mi amiga LMC Cristina Sousa (y que
hoy se encuentra en República Centroafricana) cuando decía, con un juego de
palabras, que partía en misión para pastar. A pastar, parafraseando en nuestro portugués con la broma de que quien pasta no hace nada. Pero también Para
estar (P’astar). Y es reflexionando estas palabras sabias que me digo sobre la
misión, ¡Carolina, ya ha comenzado! Tal como os digo a todos vosotros…
para ustedes, la misión ya ha comenzado, desde el momento en que son y están en
el mundo como criaturas de Dios.
Primero te sorprende, después se
entra. Ya dice el dicho. Después de aceptar que el Señor quería que conociese un
nuevo y maravilloso país como Kenia, puedo ahora decir que valió la pena venir
y que fue para mí una permanencia necesaria. Nairobi puede asemejarse a una
ciudad europea (¿o norteamericana?) – verde y organizada, aunque con mucho
tráfico, coches, personas, pero nada comparable con el aire pesado que se
respira en Addis Abeba. Además de estudiar amárico a través de audios que mis
compañeros de comunidad me enviaban cuando tenían internet, aproveché para
conocer el centro de Nairobi con dos Quenianos, miembros del coro de la misa
del Parlamento, en la que participé por invitación del P. Comboniano Giuseppe
Caramazza. Es una ciudad de negocios también, bastando para ello vislumbrar el
gran (dísimo) Kenyatta International Convention Centre, un edificio de 28
pisos, que es escenario de celebración de numerosas conferencias, seminarios,
exposiciones y cumbres internacionales.
A propósito de misas, por las
tierras rojas su preparación es ya la premonición de una gran fiesta. Muchos y muy
temprano llegan a componer aquello que será el verdadero festival. Me decía uno
de los miembros del coro: cuando vas
para un festival, para un concierto, te preparas previamente, ¿no? Pues
entonces, tenemos que hacer lo mismo (e incluso mejor) para la Eucaristía, pues
¡no hay mayor fiesta que esta! Y esto es ley por aquí. Una Eucaristía donde
nadie simplemente “viene”, sino que participa: desde niños a mayores.
Todos tienen algo para contribuir a este banquete, con la voz, la danza, las
palmas, etc.
Una realidad transversal, no sólo
en Kenia, sino también en Etiopía. Eucaristías donde no se mira el reloj. No
son de aquellas que duran 50 minutos, o una hora, en el que tantas veces vemos
a los que conversan con el reloj, mirándolo en la esperanza (quién sabe) de que
la Fiesta ya está terminando. ¡No! Aquí, paradójicamente, la Eucaristía demora un
intervalo de 1h30-2h. El ritmo es de danzas y canciones alegres, un ritmo
definido, que despierta las almas… cuando me doy cuenta, también mi cuerpo se
balancea, se despierta. Y, de repente,
cuando estamos llenos de este banquete que nos anima a la vida, la fiesta
dentro de la casa del Señor acaba y los invitados permanecen en su atrio
conversando. ¡Miro el reloj y el tiempo parece que voló!
Y así es. ¡El tiempo aquí ha
volado! Así como vuela este gran abrazo que os envío, muy lleno de mi buena
nostalgia.
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