Laicos Misioneros Combonianos

Obispos combonianos: «Es del corazón de donde nace la misión»

Obispos combonianos

Dieciséis de los 23 obispos combonianos al servicio de las Iglesias locales en África y América Latina se reunieron en Roma, del 16 al 21 de septiembre, para un encuentro de formación y compartir, dejando también un mensaje a la Familia Comboniana en este tiempo de reconfiguración.

MENSAJE DE LOS OBISPOS COMBONIANOS A LA FAMILIA COMBONIANA

«Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas» Mt 9,36

Queridos hermanos y hermanas,
nosotros, los obispos combonianos, nos reunimos en la Casa General de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús para un momento de formación permanente y diálogo. Con esta carta queremos, ante todo, expresar nuestra profunda gratitud por esta oportunidad de encuentro y por la acogida en la Casa General. Estar aquí, en la casa que custodia la memoria y el camino del Instituto, nos permite compartir no solo un momento institucional, sino sobre todo una fraternidad comboniana que nace de la misma llamada misionera.

Queremos dar gracias por el don de la vocación misionera en nuestros Institutos, por el servicio que tantos hermanos y hermanas ofrecen a la Iglesia en los diferentes continentes y, sobre todo, por el testimonio de tantos misioneros y misioneras que, a menudo en silencio y en situaciones difíciles, continúan viviendo con fidelidad el carisma de Comboni, participando en la misión de Cristo allí donde la Iglesia está llamada a hacerse presencia, escucha, reconciliación y esperanza.

Quisiéramos compartir con vosotros una palabra que nos parece particularmente importante para este momento de nuestros Institutos y de la misión: el corazón. El papa Francisco, en Dilexit nos, nos invitó a volver al corazón. No como refugio intimista, sino como el lugar en el que la persona recupera su unidad, reconoce lo que verdaderamente importa y se abre al encuentro con Dios y con los demás. El papa León, con Dilexi te, ha profundizado este tema hablando de la necesidad del amor hacia los pobres. El mundo necesita hoy, como siempre, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar (DT 120). El amor a los pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios (DT 103).

Es del corazón de donde nace la misión. Y quizá precisamente aquí se encuentra uno de los desafíos más profundos que hoy tenemos ante nosotros: renovar la misión significa, ante todo, dejarnos renovar el corazón. En un tiempo de cambios epocales, también nuestros Institutos están atravesando profundas transformaciones y sienten la necesidad de repensar las estructuras y las modalidades de acción. La misión nos pide decisiones valientes. Pero toda reorganización adquiere su verdadero significado cuando nace de la escucha de la llamada de Dios y permanece orientada al bien de la misión, sin perder nunca de vista el bien de cada persona.

Por eso no debemos preguntarnos simplemente: ¿cómo podemos seguir haciendo lo que siempre hemos hecho con menos personas y menos recursos? La pregunta más profunda es: ¿qué está pidiendo hoy el Espíritu Santo al carisma comboniano? ¿Qué nueva forma de misión? ¿Qué comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia? ¿Qué estructuras están realmente al servicio del Evangelio y cuáles, en cambio, corren el riesgo de convertirse en fines en sí mismas? La reorganización de nuestros Institutos es, pues, un camino necesario que debemos afrontar sin miedo y que también puede convertirse en una gracia: la oportunidad de volver a lo esencial y permitir que el carisma recibido de Comboni encuentre nuevas formas, adecuadas a las realidades en las que hoy estamos llamados a vivir. Deseamos que este camino se realice en un estilo de sinodalidad, mediante una relación renovada entre las Iglesias locales y los Institutos de vida consagrada, entre presbíteros y laicos, mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

La misión es participación en la misión de Cristo. Y una Iglesia misionera es una Iglesia que no vive para sí misma, sino para los demás. Por eso necesitamos una comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia. No podemos anunciar la reconciliación si nuestras comunidades no se convierten en lugares de reconciliación. No podemos hablar de paz si no aprendemos a custodiar la paz en nuestras relaciones. No podemos anunciar la fraternidad a un mundo dividido si nosotros mismos no nos convertimos en hermanos capaces de escucharnos, perdonarnos y sostenernos mutuamente.

Por eso quisiéramos también renovar juntos un llamamiento a la paz, al desarme y a la reconciliación. Vivimos en un mundo marcado por guerras, violencia, rearme, polarizaciones y miedo. En muchos de los lugares donde están presentes los misioneros, las poblaciones llevan en el cuerpo y en la memoria las heridas de los conflictos. Como Iglesia no podemos resignarnos a la lógica de la violencia. Y nosotros, los misioneros, estamos llamados a ser artesanos de paz. El desarme no se refiere únicamente a las decisiones políticas e internacionales: también interpela a la conversión del corazón y favorece una disposición no violenta y pacífica en las relaciones. Significa desarmar las manos, pero también las palabras, los juicios, los miedos y las desconfianzas. Una misión reconciliada puede convertirse en semilla de reconciliación.

Durante nuestro encuentro encontramos otra palabra que nos parece decisiva: el cuidado. El cuidado de nosotros mismos, del hermano, de las comunidades eclesiales a las que somos enviados, junto con el cuidado de nuestra casa común. El cuidado no es debilidad ni repliegue sobre nosotros mismos, sino atención amorosa a la vida. Somos conscientes de que el cuidado es parte esencial del ministerio del obispo; por eso pedimos al Señor la sabiduría y la delicadeza necesarias para ser padres acogedores y compañeros de camino de nuestras comunidades. La Iglesia también necesita misioneros que sepan cuidar su vida espiritual, su humanidad, su formación, la profundización de la espiritualidad comboniana, su salud, sus relaciones y su vocación. Un misionero que no se cuida a sí mismo corre el riesgo, con el tiempo, de perder la capacidad de cuidar a los demás. Necesitamos construir comunidades en las que cada uno pueda sentirse acogido, escuchado y acompañado. Necesitamos aprender nuevamente que el hermano no es un obstáculo para la misión: es parte de la misión misma. Y necesitamos cuidar la creación, porque en la belleza de la tierra podemos todavía reconocer algo de la belleza del amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, mirando el mundo con el corazón de Cristo, ya no vemos solamente problemas que resolver, sino personas a quienes amar, comunidades a las que acompañar en la fe, heridas que vendar y belleza que custodiar. Los tiempos que vivimos no son fáciles, pero si nuestro corazón permanece encendido por el amor de Cristo, entonces, aun en nuestra pobreza, seremos esperanza para el mundo. Pidamos, pues, al Señor que renueve en nosotros el corazón misionero de Comboni. Un corazón capaz de ver, de escuchar, de hacer causa común con quienes sufren y con quienes se alegran, compartiendo sus heridas y sus esperanzas.

Os aseguramos nuestra oración y os pedimos que también recéis por nosotros, para que juntos podamos servir al Pueblo de Dios con humildad y valentía.

Los obispos combonianos

Celebración por fiesta de nuestro fundador

LMC Ecuador

La Familia Comboniana de Guayaquil-Ecuador realizó algunas actividades para celebrar a nuestro Fundador San Daniel Comboni; siendo así, que se desarrolló la novena desde el 01 al 09 de octubre del presente año, en la P. Verbo Divino, con la participación de los grupos parroquiales, bajo la dirección del P. Seraphin Kakwata, MCCJ.

Estos días iniciaban con el rosario misionero centrándose en los continentes, posteriormente la eucaristía y la novena con lecturas de los escritos de Comboni a fin de poder acrecentar el conocimiento y carisma, no solo en los miembros de la comunidad comboniana, sino también en la comunidad parroquial.

Para el día de la fiesta, fuimos convocados a más de los grupos parroquiales, los grupos que son parte y que colaboran con los combonianos: la Pastoral Afro, Laicos Misioneros, Ecopax, Amigos de la Misión, América Misionera y Prohuma. 

El viernes 10 de octubre, la misa fue concelebrada por los padres MCCJ Seraphin Kakwata, Fernando Flores y Vicente Turinawe, quienes compartieron con toda la comunidad presente datos e historias en misión e invitándonos a participar más activamente en el anuncio del evangelio y ayuda a las comunidades. 

Al final de la eucaristía se invitó a un ágape fraterno con la comunidad parroquial y aprovechamos para conversar y compartir nuestras experiencias y vivencias como familia comboniana, siendo así el P. Vicente Turinawe MCCJ de Uganda hizo una exposición de algunas actividades en su camino misionero y también lo que se ha realizado en la parroquia en lo que va de este año 2025.

Damos gracias a todo lo vivido y lo que se ha logrado durante este tiempo, que nos consolida como familia comboniana y que de una u otra manera está motivando a otros a compartir el carisma misionero al estilo de San Daniel Comboni, no solo dentro de los que estamos en este caminar sino a otros que también quieren ser parte de este apostolado, conscientes de que nuestro trabajo y acción puede ser esa semilla que en los siguientes años tendrá su fruto para la misión.

Muchas felicidades a todos los Misioneros Combonianos por esta celebración, que nos llena de gozo y reaviva en cada uno el amor y compromiso al carisma de nuestro Fundador y su ardor a la misión a los más pobres y necesitados en nuestros lugares de acción.

Saludos en Cristo,

Abg. Susana Ortega Delgado, LMC

Mensaje del Consejo General para la fiesta de San Daniel Comboni

Comboni

REAVIVAR EL FUEGO DE LA PASIÓN MISIONERA

Queridos hermanos:

Comboni

Os saludamos con la paz y la alegría de Nuestro Señor Jesucristo y os expresamos nuestros más cordiales deseos con motivo de la solemnidad de San Daniel Comboni, nuestro Fundador. Este día es una ocasión especial para todos nosotros y para todos aquellos que han visto sus vidas iluminadas por su ejemplo y su misión.

Hace dos semanas concluyó nuestra Asamblea Intercapitular, que comenzó con una jornada de formación sobre el tema «Reavivar el fuego por la Misión». De ella surgió con fuerza la urgencia de reforzar nuestra unidad y construir comunidades capaces de responder a los retos de nuestro tiempo, valorando con cuidado los recursos humanos y materiales de que disponemos. Al mismo tiempo, debemos reconocer que nuestra identidad comboniana necesita ser custodiada y reforzada: algunos hermanos abandonan el Instituto, otros se retiran, y nos preguntamos dónde está hoy el valor de ir donde otros no se atreven.

Desde el principio hemos sido una familia internacional y multicultural. Esta diversidad no es un simple detalle: es un signo del Reino y un testimonio de que la comunión entre los pueblos y las culturas es posible en Cristo. Es un mensaje de esperanza para un mundo a menudo dividido. Custodiar este don es hoy más necesario que nunca, si queremos superar los nacionalismos y tribalismos que amenazan con infiltrarse también en nuestras comunidades.

Para afrontar estos retos, debemos reavivar el fuego de nuestra pasión misionera. El fuego es símbolo de celo, valentía y convicción; nos impulsa hacia la misión y nos sostiene en los momentos difíciles. Jesucristo, primer «Misionero del Padre», afirma: «He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). También Comboni recurría a menudo a la imagen de un «corazón ardiente de puro amor de Dios»: «Cuando el Misionero de la Nigricia tiene ardiente el corazón de puro amor a Dios, y con la mirada de la fe contempla lo sumamente beneficiosa, grande y sublime que es la Obra por la que él se fatiga, todas las privaciones, los esfuerzos continuos, los más duros trabajos se vuelven para su corazón un paraíso en la tierra» (Escritos, 2705).

Cuando este fuego arde en nosotros, las cruces y las dificultades no pueden detenernos. Un corazón encendido permanece fijo en la meta y no se deja distraer por los obstáculos o los fracasos.

Estamos convencidos de que una misión como la nuestra —cuyos frutos a menudo no veremos plenamente, en la que años de trabajo pueden parecer vanos, y que desafía la lógica y a veces parece desesperada— solo puede llevarse a cabo si estamos realmente inflamados por la pasión.

Hoy más que nunca sentimos la llamada a reavivar este fuego. Muchos de nosotros nos sentimos cansados o frágiles, y este cansancio también afecta a las comunidades. Para alimentar la llama, hay que quitar las cenizas y añadir leña nueva. La mejor manera de hacerlo es volver al fuego original que ardía en nosotros cuando recibimos la llamada misionera comboniana, esos momentos en los que la vida de Comboni y la misión de los Misioneros Combonianos nos tocaron profundamente.

Cada uno de nosotros guarda el recuerdo de cuando la vida de Comboni encendió su corazón: tal vez fue su altruismo al escuchar la llamada de Dios, a pesar de ser hijo único; o el valor de dejar el Instituto Mazza para seguir lo que consideraba esencial; o la perseverancia ante las oposiciones, incluso por parte de la Iglesia; o la fe tenaz durante la pérdida de sus compañeros; o su convicción de la dignidad del pueblo africano, su incansable compromiso con una transformación humana integral, su apertura a las diferentes culturas y su visión profética de la misión.

Sea cual sea la chispa que nos iluminó, sigue viva y puede reavivar nuestro fuego. Cuando dejamos que arda de nuevo, superamos el cansancio, la indiferencia y las cómodas costumbres; nuestro amor por la misión se renueva y nos da fuerzas para afrontar cualquier desafío.

¿Y qué mejor momento que la fiesta de nuestro Fundador para reavivar esta llama, recordando que nos ha dado una identidad única en la Iglesia y en el mundo como Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús?

¡Feliz fiesta!

Roma, 10 de octubre de 2025

Solemnidad de San Daniel Comboni,

El Consejo General MCCJ

Un Plan, tan antiguo y tan nuevo

Comboni

«El Espíritu del Señor Yavé está sobre mí, porque Yavé me ha ungido. Me ha enviado con buenas noticias para los humildes, para sanar los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación, y a los presos su vuelta a la luz. Para publicar un año feliz lleno de los favores de Yavé» (Isaías 61,1-2a)

«El católico, acostumbrado a juzgar las cosas con la luz que le viene de lo alto, miró a África no a través del miserable prisma de los intereses humanos, sino al puro rayo de su Fe; y descubrió allí una miríada infinita de hermanos pertenecientes a su misma familia, por tener con ellos un Padre común arriba en el cielo […] Entonces, llevado por el ímpetu de aquella caridad encendida con divina llamarada en la falda del Gólgota, y salida del costado del Crucificado para abrazar a toda la familia humana, sintió que se hacían más frecuentes los latidos de su corazón» (Escritos, 2742)

Queridos hermanos, paz y buena voluntad en el Señor Jesús, misionero del Padre.

Con profunda alegría y gratitud os saludamos con ocasión de la solemnidad de San Daniel Comboni. Esta celebración nos recuerda que debemos hacer «memoria» (anamnesis) tanto de la vida del Fundador, vivida con inmensa pasión, como de su muerte, acogida como don de amor por los más pobres y abandonados, para que la vida y la misión de cada uno de sus hijos e hijas espirituales se conviertan verdaderamente en “amor encarnado” en nuestro servicio misionero.

Esta memoria del nacimiento a la vida eterna (dies natalis) de nuestro santo Fundador nos desafía a profundizar en su carisma, como herencia viva que debe animarnos en toda actividad misionera en el mundo de hoy como “discípulos misioneros” de Jesús, según el estilo comboniano.

Recientemente, hemos recordado el 160 aniversario de la experiencia carismática fundante vivida por Comboni el 15 de septiembre de 1984, durante el triduo de preparación a la beatificación de Margarita María Alacoque, mientras rezaba ante la tumba de San Pedro en Roma. Fue una experiencia que le llevó a concebir el Plan para la Regeneración de África. Este Plan no es sólo un texto, una simple estrategia operativa o un sueño acariciado, sino el fruto de una inspiración “de lo alto”, es decir, del Espíritu Santo, que “llamó” a Comboni y le envió a anunciar el Evangelio de Jesús a los más pobres y abandonados.

Por su gran pasión por la salvación de los africanos y su entusiasmo misionero, «encarnó» ese Plan en su vida. Después de él, sus misioneros -auténticos “hijos suyos” al hacer suyo su sueño- siguieron “encarnando” ese Plan en su vida, su generosidad, su espíritu de sacrificio y su valentía apostólica. Hoy, seguimos haciéndolo, ampliando y actualizando la inspiración primordial del Fundador, no sólo en África, sino en todos los continentes, con el mismo espíritu (carisma), en el mundo de nuestro tiempo, habitado todavía por personas y pueblos que sufren, que son marginados, explotados, vilipendiados, víctimas de atroces injusticias, e incluso asesinados. En los últimos meses, la situación en Sudán se ha vuelto particularmente dramática debido a un conflicto que parece no tener fin.

Somos los «herederos» de un verdadero tesoro, «inspirado y vivo» más que nunca. Y nos hace bien volver a recordar las principales ideas de ese Plan. Permítanme enumerar algunas de ellas.

En primer lugar, la convicción de que la evangelización de África debe ser llevada a cabo por los propios africanos, que no pueden permanecer como meros espectadores, sino que deben convertirse en protagonistas de su propia historia nueva de liberación y dignidad.

En segundo lugar, el sentido llamamiento dirigido a toda la Iglesia para que se comprometiese íntegramente en la promoción de la evangelización de África, convocando y comprometiendo a todas las fuerzas misioneras existentes en el mundo en aquel momento e invitándolas a cooperar con verdadero espíritu sinodal.

En tercer lugar, la visión de la misión como un binomio inseparable de “anuncio del Evangelio” y “promoción humana”. Tuvieron que pasar 100 años para que la Iglesia convocara el Concilio Vaticano II (1962-65) y el Papa Pablo VI anunciara la convocatoria regular del Sínodo de los Obispos (1965). El tercer Sínodo, en 1971, produjo un documento muy sólido, capaz de sostener la acción activa de la Iglesia en cuestiones de justicia y paz globales. Espléndidamente valiente y profética fue la siguiente declaración de los obispos: «La acción por la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presentan claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de todo estado de cosas opresivo» (Justicia en el mundo, 6).

No podemos dejar de captar la profecía, actualidad y urgencia de la propuesta misionera formulada en el Plan, caracterizada por un auténtico espíritu misionero y por estrategias válidas también para nuestro tiempo y la humanidad de hoy. No es indebido percibir en la visión de Comboni una verdadera sintonía también con el tema del Sínodo sobre la Sinodalidad que se está celebrando actualmente en Roma y que nosotros, hoy hijos de Comboni, estamos llamados a hacer nuestro.

Sin embargo, para descubrir la riqueza de la visión del Plan y hacerla operativa en nuestras vidas, debemos asumir la actitud de profunda oración y docilidad al Espíritu que tuvo el Fundador. Pidamos al Espíritu Santo que descienda sobre nosotros como descendió sobre él, permitiéndole “ver la hora de África” y sentir dentro de sí un deseo irreprimible de dedicarse por entero como “don gratuito” a una nueva misión africana que respondiera a las urgencias y desafíos de su tiempo.

Al fin y al cabo, se trata de tener el valor de partir siempre de nuevo del Señor, de dejarse impulsar por su Espíritu, sin caer nunca en la tentación de la autorreferencialidad, que no sólo empobrece la misión, sino que la destruye, tal como nos recuerdan las Reglas de 1871: «El Misionero de Nigrizia, despojado de todo yo, y privado de toda comodidad humana, trabaja únicamente para su Dios, para las almas más abandonadas de la tierra, para la eternidad» (Reglas del Instituto de Misiones para la Nigrizia, 1871; Escritos 2702).

Es evidente que el Plan concebido por Comboni, antes de convertirse en un documento escrito, era también un sueño y una pasión, una fuerza irreprimible en su corazón que se desbordaba en caridad. Podemos decir que el Plan es la expresión de un amor tan genuino y sentido que se convirtió en fuente de misión.

¡Nosotros también necesitamos ese amor! Preguntémonos: ¿qué pasiones me impulsan a vivir la misión hoy? ¿Cómo salta mi corazón cuando me encuentro con la injusticia, la opresión, la fría indiferencia y los muchos otros males de nuestra sociedad actual? En la rutina diaria de mi vida, ¿hay todavía espacio, tiempo y apertura a Dios para que su Espíritu entre en mi corazón y lo sostenga? ¿Hasta qué punto mi amor por los pobres me obliga a darme todo por ellos, suscitando en mí una fuerza tal que transforme mi vida en un don de amor?

En este mes de octubre, “mes misionero”, tenemos la oportunidad de seguir y vivir el Sínodo de los Obispos. Aprovechemos esta experiencia de comunión eclesial, en la escucha sincera, en la acogida fraterna y en el caminar juntos, conscientes de que el Espíritu que inspiró a Comboni puede también inspirarnos y ayudarnos a superar nuestras debilidades y a producir frutos que sean expresión de la perenne solicitud que Dios tiene por todos sus hijos e hijas, especialmente por los más débiles y sufrientes.

Pedimos el don de nuestra Familia Comboniana para que se llene de un amor que se haga realidad, como respuesta concreta a los desafíos de la misión de hoy, siempre dispuestos a hacer causa común con los pobres.

Felicidades a todos en esta gozosa solemnidad.

Roma, 10 de octubre de 2024

El Consejo General MCCJ

Espiritualidad misionera comboniana

Espiritualidad comboniana

El pasado sábado pudimos disfrutar de una formación sobre Espiritualidad Misionera Comboniana a cargo del misionero Comboniano, padre Vittorio Moretto.

Una formación que recorre los aspectos centrales de esta espiritualidad misionera y nos da pistas de como vivir nuestra vocación misionera como Laicos Misioneros combonianos.

Os animamos a verla en comunidad.

La sesión está grabada en español.