Laicos Misioneros Combonianos

Celebrando en Ecuador la fiesta de San Daniel Comboni

LMC Ecuador

Con alegría, fe y espíritu misionero, los Laicos Misioneros Combonianos en Ecuador celebraron el pasado 10 de octubre la fiesta de San Daniel Comboni en el Centro Cultural Afroecuatoriano Guayaquil, en un ambiente de fraternidad, oración y encuentro comunitario.

La jornada inició con la celebración de la Santa Misa, un momento especial para dar gracias por el camino misionero compartido y renovar el compromiso de seguir viviendo el carisma comboniano al servicio de los más pobres y necesitados. Posteriormente, los participantes compartieron un espacio de convivencia, fortaleciendo los lazos de amistad, comunión y fraternidad que animan la vida de la comunidad.

La celebración continuó el 11 de octubre con un pequeño homenaje durante la Santa Misa en la parroquia Verbo Divino, donde también se recordó con alegría el legado de San Daniel Comboni y se renovó el compromiso de continuar caminando juntos en la misión.

Estos encuentros fueron una oportunidad para compartir la fe, agradecer el don de la vocación misionera y reafirmar que la misión se construye en comunidad, desde la cercanía, la solidaridad y el compromiso con quienes más lo necesitan.

Inspirados por el carisma comboniano, los Laicos Misioneros Combonianos continúan haciendo vida el Evangelio en sus familias, comunidades y espacios de servicio, con la esperanza de contribuir a un mundo más justo, fraterno y solidario.

¡San Daniel Comboni, sigue inspirando y acompañando nuestra misión!

LMC Ecuador

Un corazón, una misión, una familia: los LMC de la Provincia de Norteamérica celebran la fiesta de San Daniel Comboni

CLM NAP

El 10 de octubre, los Laicos Misioneros Combonianos de la Provincia de Norteamérica (CLM NAP) se reunieron para celebrar la fiesta de nuestro querido padre misionero y fuente de inspiración, San Daniel Comboni. Fue un hermoso día de oración, comunión y espíritu misionero renovado, en el que celebramos no solo la vida de San Daniel Comboni, sino también el don de nuestra vocación compartida.

Unidos en la oración, incluso a pesar de la distancia

Nuestra celebración comenzó con un encuentro matutino de oración a través de Zoom, que reunió a miembros LMC de diferentes lugares para orar y dar gracias por el don de nuestro carisma comboniano. Comenzamos rezando el último día de nuestra novena a San Daniel Comboni, encomendando a su intercesión nuestra comunidad, nuestras vocaciones misioneras y las personas a las que servimos.

Conscientes de que no todos podían unirse a nosotros en línea, también dimos cabida a las voces de nuestros miembros ausentes. A través de sus reflexiones y mensajes personales, pudieron compartir aquello por lo que se sienten agradecidos de ser LMC y lo que San Daniel Comboni significa para ellos. Aunque no pudimos estar todos físicamente presentes ni conectados al mismo tiempo, se nos recordó que seguimos siendo una sola familia misionera, unida en la oración y en el Sagrado Corazón de Jesús.

Nuestro encuentro fue también una oportunidad significativa para mirar hacia el futuro, al iniciar un nuevo capítulo de formación permanente. Inspirados por el ejemplo de Comboni, renovamos nuestro deseo de crecer en la fe, profundizar en nuestra espiritualidad misionera y seguir apoyándonos mutuamente en nuestra vocación.

Celebrando juntos en la fe y en comunidad

Tras nuestra oración matutina, continuamos la celebración con la Santa Misa junto a la comunidad local de California, dando gracias a Dios por la vida y el testimonio misionero de San Daniel Comboni.

Concluimos la mañana con un alegre encuentro presencial en el Centro Misionero Comboniano de Covina (California), junto con el grupo de jóvenes adultos «Missionary Souls». Compartimos un momento de convivencia, celebramos a nuestra familia misionera y, por supuesto, ¡disfrutamos de un poco de tarta! Fue una forma sencilla pero hermosa de poner fin a nuestra celebración, compartiendo la alegría de nuestra fe y el espíritu de Comboni con la próxima generación.

Reavivando el fuego de la misión

Mientras la comunidad LMC de la NAP continúa su camino de renovación, esta festividad nos recordó que el carisma comboniano está vivo en cada uno de nosotros. San Daniel Comboni permitió que el amor del Sagrado Corazón de Jesús transformara su vida y le enviara al servicio de los demás. Su ejemplo sigue inspirándonos a responder generosamente a la llamada de Dios, reconociendo la dignidad de cada persona y sirviendo con el corazón lleno de amor.

Aunque la distancia nos separe, seguimos unidos a través de nuestra vocación compartida y nuestro compromiso con la misión. Agradecemos a todos los que participaron, enviaron un mensaje, rezaron con nosotros o se unieron a nosotros en espíritu.

Que San Daniel Comboni siga intercediendo por nuestra comunidad LMC mientras crecemos juntos en la fe, fortalecemos nuestros lazos de fraternidad y renovamos nuestro compromiso de servir allí donde el Señor nos llame.

¡San Daniel Comboni, ruega por nosotros!

¡Sagrado Corazón de Jesús, haz que nuestros corazones sean como el tuyo!

Rossie Patlan, del LMC de la NAP

Obispos combonianos: «Es del corazón de donde nace la misión»

Obispos combonianos

Dieciséis de los 23 obispos combonianos al servicio de las Iglesias locales en África y América Latina se reunieron en Roma, del 16 al 21 de septiembre, para un encuentro de formación y compartir, dejando también un mensaje a la Familia Comboniana en este tiempo de reconfiguración.

MENSAJE DE LOS OBISPOS COMBONIANOS A LA FAMILIA COMBONIANA

«Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas» Mt 9,36

Queridos hermanos y hermanas,
nosotros, los obispos combonianos, nos reunimos en la Casa General de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús para un momento de formación permanente y diálogo. Con esta carta queremos, ante todo, expresar nuestra profunda gratitud por esta oportunidad de encuentro y por la acogida en la Casa General. Estar aquí, en la casa que custodia la memoria y el camino del Instituto, nos permite compartir no solo un momento institucional, sino sobre todo una fraternidad comboniana que nace de la misma llamada misionera.

Queremos dar gracias por el don de la vocación misionera en nuestros Institutos, por el servicio que tantos hermanos y hermanas ofrecen a la Iglesia en los diferentes continentes y, sobre todo, por el testimonio de tantos misioneros y misioneras que, a menudo en silencio y en situaciones difíciles, continúan viviendo con fidelidad el carisma de Comboni, participando en la misión de Cristo allí donde la Iglesia está llamada a hacerse presencia, escucha, reconciliación y esperanza.

Quisiéramos compartir con vosotros una palabra que nos parece particularmente importante para este momento de nuestros Institutos y de la misión: el corazón. El papa Francisco, en Dilexit nos, nos invitó a volver al corazón. No como refugio intimista, sino como el lugar en el que la persona recupera su unidad, reconoce lo que verdaderamente importa y se abre al encuentro con Dios y con los demás. El papa León, con Dilexi te, ha profundizado este tema hablando de la necesidad del amor hacia los pobres. El mundo necesita hoy, como siempre, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar (DT 120). El amor a los pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios (DT 103).

Es del corazón de donde nace la misión. Y quizá precisamente aquí se encuentra uno de los desafíos más profundos que hoy tenemos ante nosotros: renovar la misión significa, ante todo, dejarnos renovar el corazón. En un tiempo de cambios epocales, también nuestros Institutos están atravesando profundas transformaciones y sienten la necesidad de repensar las estructuras y las modalidades de acción. La misión nos pide decisiones valientes. Pero toda reorganización adquiere su verdadero significado cuando nace de la escucha de la llamada de Dios y permanece orientada al bien de la misión, sin perder nunca de vista el bien de cada persona.

Por eso no debemos preguntarnos simplemente: ¿cómo podemos seguir haciendo lo que siempre hemos hecho con menos personas y menos recursos? La pregunta más profunda es: ¿qué está pidiendo hoy el Espíritu Santo al carisma comboniano? ¿Qué nueva forma de misión? ¿Qué comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia? ¿Qué estructuras están realmente al servicio del Evangelio y cuáles, en cambio, corren el riesgo de convertirse en fines en sí mismas? La reorganización de nuestros Institutos es, pues, un camino necesario que debemos afrontar sin miedo y que también puede convertirse en una gracia: la oportunidad de volver a lo esencial y permitir que el carisma recibido de Comboni encuentre nuevas formas, adecuadas a las realidades en las que hoy estamos llamados a vivir. Deseamos que este camino se realice en un estilo de sinodalidad, mediante una relación renovada entre las Iglesias locales y los Institutos de vida consagrada, entre presbíteros y laicos, mujeres y hombres, mayores y jóvenes.

La misión es participación en la misión de Cristo. Y una Iglesia misionera es una Iglesia que no vive para sí misma, sino para los demás. Por eso necesitamos una comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia. No podemos anunciar la reconciliación si nuestras comunidades no se convierten en lugares de reconciliación. No podemos hablar de paz si no aprendemos a custodiar la paz en nuestras relaciones. No podemos anunciar la fraternidad a un mundo dividido si nosotros mismos no nos convertimos en hermanos capaces de escucharnos, perdonarnos y sostenernos mutuamente.

Por eso quisiéramos también renovar juntos un llamamiento a la paz, al desarme y a la reconciliación. Vivimos en un mundo marcado por guerras, violencia, rearme, polarizaciones y miedo. En muchos de los lugares donde están presentes los misioneros, las poblaciones llevan en el cuerpo y en la memoria las heridas de los conflictos. Como Iglesia no podemos resignarnos a la lógica de la violencia. Y nosotros, los misioneros, estamos llamados a ser artesanos de paz. El desarme no se refiere únicamente a las decisiones políticas e internacionales: también interpela a la conversión del corazón y favorece una disposición no violenta y pacífica en las relaciones. Significa desarmar las manos, pero también las palabras, los juicios, los miedos y las desconfianzas. Una misión reconciliada puede convertirse en semilla de reconciliación.

Durante nuestro encuentro encontramos otra palabra que nos parece decisiva: el cuidado. El cuidado de nosotros mismos, del hermano, de las comunidades eclesiales a las que somos enviados, junto con el cuidado de nuestra casa común. El cuidado no es debilidad ni repliegue sobre nosotros mismos, sino atención amorosa a la vida. Somos conscientes de que el cuidado es parte esencial del ministerio del obispo; por eso pedimos al Señor la sabiduría y la delicadeza necesarias para ser padres acogedores y compañeros de camino de nuestras comunidades. La Iglesia también necesita misioneros que sepan cuidar su vida espiritual, su humanidad, su formación, la profundización de la espiritualidad comboniana, su salud, sus relaciones y su vocación. Un misionero que no se cuida a sí mismo corre el riesgo, con el tiempo, de perder la capacidad de cuidar a los demás. Necesitamos construir comunidades en las que cada uno pueda sentirse acogido, escuchado y acompañado. Necesitamos aprender nuevamente que el hermano no es un obstáculo para la misión: es parte de la misión misma. Y necesitamos cuidar la creación, porque en la belleza de la tierra podemos todavía reconocer algo de la belleza del amor de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, mirando el mundo con el corazón de Cristo, ya no vemos solamente problemas que resolver, sino personas a quienes amar, comunidades a las que acompañar en la fe, heridas que vendar y belleza que custodiar. Los tiempos que vivimos no son fáciles, pero si nuestro corazón permanece encendido por el amor de Cristo, entonces, aun en nuestra pobreza, seremos esperanza para el mundo. Pidamos, pues, al Señor que renueve en nosotros el corazón misionero de Comboni. Un corazón capaz de ver, de escuchar, de hacer causa común con quienes sufren y con quienes se alegran, compartiendo sus heridas y sus esperanzas.

Os aseguramos nuestra oración y os pedimos que también recéis por nosotros, para que juntos podamos servir al Pueblo de Dios con humildad y valentía.

Los obispos combonianos

Celebración por fiesta de nuestro fundador

LMC Ecuador

La Familia Comboniana de Guayaquil-Ecuador realizó algunas actividades para celebrar a nuestro Fundador San Daniel Comboni; siendo así, que se desarrolló la novena desde el 01 al 09 de octubre del presente año, en la P. Verbo Divino, con la participación de los grupos parroquiales, bajo la dirección del P. Seraphin Kakwata, MCCJ.

Estos días iniciaban con el rosario misionero centrándose en los continentes, posteriormente la eucaristía y la novena con lecturas de los escritos de Comboni a fin de poder acrecentar el conocimiento y carisma, no solo en los miembros de la comunidad comboniana, sino también en la comunidad parroquial.

Para el día de la fiesta, fuimos convocados a más de los grupos parroquiales, los grupos que son parte y que colaboran con los combonianos: la Pastoral Afro, Laicos Misioneros, Ecopax, Amigos de la Misión, América Misionera y Prohuma. 

El viernes 10 de octubre, la misa fue concelebrada por los padres MCCJ Seraphin Kakwata, Fernando Flores y Vicente Turinawe, quienes compartieron con toda la comunidad presente datos e historias en misión e invitándonos a participar más activamente en el anuncio del evangelio y ayuda a las comunidades. 

Al final de la eucaristía se invitó a un ágape fraterno con la comunidad parroquial y aprovechamos para conversar y compartir nuestras experiencias y vivencias como familia comboniana, siendo así el P. Vicente Turinawe MCCJ de Uganda hizo una exposición de algunas actividades en su camino misionero y también lo que se ha realizado en la parroquia en lo que va de este año 2025.

Damos gracias a todo lo vivido y lo que se ha logrado durante este tiempo, que nos consolida como familia comboniana y que de una u otra manera está motivando a otros a compartir el carisma misionero al estilo de San Daniel Comboni, no solo dentro de los que estamos en este caminar sino a otros que también quieren ser parte de este apostolado, conscientes de que nuestro trabajo y acción puede ser esa semilla que en los siguientes años tendrá su fruto para la misión.

Muchas felicidades a todos los Misioneros Combonianos por esta celebración, que nos llena de gozo y reaviva en cada uno el amor y compromiso al carisma de nuestro Fundador y su ardor a la misión a los más pobres y necesitados en nuestros lugares de acción.

Saludos en Cristo,

Abg. Susana Ortega Delgado, LMC

Mensaje del Consejo General para la fiesta de San Daniel Comboni

Comboni

REAVIVAR EL FUEGO DE LA PASIÓN MISIONERA

Queridos hermanos:

Comboni

Os saludamos con la paz y la alegría de Nuestro Señor Jesucristo y os expresamos nuestros más cordiales deseos con motivo de la solemnidad de San Daniel Comboni, nuestro Fundador. Este día es una ocasión especial para todos nosotros y para todos aquellos que han visto sus vidas iluminadas por su ejemplo y su misión.

Hace dos semanas concluyó nuestra Asamblea Intercapitular, que comenzó con una jornada de formación sobre el tema «Reavivar el fuego por la Misión». De ella surgió con fuerza la urgencia de reforzar nuestra unidad y construir comunidades capaces de responder a los retos de nuestro tiempo, valorando con cuidado los recursos humanos y materiales de que disponemos. Al mismo tiempo, debemos reconocer que nuestra identidad comboniana necesita ser custodiada y reforzada: algunos hermanos abandonan el Instituto, otros se retiran, y nos preguntamos dónde está hoy el valor de ir donde otros no se atreven.

Desde el principio hemos sido una familia internacional y multicultural. Esta diversidad no es un simple detalle: es un signo del Reino y un testimonio de que la comunión entre los pueblos y las culturas es posible en Cristo. Es un mensaje de esperanza para un mundo a menudo dividido. Custodiar este don es hoy más necesario que nunca, si queremos superar los nacionalismos y tribalismos que amenazan con infiltrarse también en nuestras comunidades.

Para afrontar estos retos, debemos reavivar el fuego de nuestra pasión misionera. El fuego es símbolo de celo, valentía y convicción; nos impulsa hacia la misión y nos sostiene en los momentos difíciles. Jesucristo, primer «Misionero del Padre», afirma: «He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). También Comboni recurría a menudo a la imagen de un «corazón ardiente de puro amor de Dios»: «Cuando el Misionero de la Nigricia tiene ardiente el corazón de puro amor a Dios, y con la mirada de la fe contempla lo sumamente beneficiosa, grande y sublime que es la Obra por la que él se fatiga, todas las privaciones, los esfuerzos continuos, los más duros trabajos se vuelven para su corazón un paraíso en la tierra» (Escritos, 2705).

Cuando este fuego arde en nosotros, las cruces y las dificultades no pueden detenernos. Un corazón encendido permanece fijo en la meta y no se deja distraer por los obstáculos o los fracasos.

Estamos convencidos de que una misión como la nuestra —cuyos frutos a menudo no veremos plenamente, en la que años de trabajo pueden parecer vanos, y que desafía la lógica y a veces parece desesperada— solo puede llevarse a cabo si estamos realmente inflamados por la pasión.

Hoy más que nunca sentimos la llamada a reavivar este fuego. Muchos de nosotros nos sentimos cansados o frágiles, y este cansancio también afecta a las comunidades. Para alimentar la llama, hay que quitar las cenizas y añadir leña nueva. La mejor manera de hacerlo es volver al fuego original que ardía en nosotros cuando recibimos la llamada misionera comboniana, esos momentos en los que la vida de Comboni y la misión de los Misioneros Combonianos nos tocaron profundamente.

Cada uno de nosotros guarda el recuerdo de cuando la vida de Comboni encendió su corazón: tal vez fue su altruismo al escuchar la llamada de Dios, a pesar de ser hijo único; o el valor de dejar el Instituto Mazza para seguir lo que consideraba esencial; o la perseverancia ante las oposiciones, incluso por parte de la Iglesia; o la fe tenaz durante la pérdida de sus compañeros; o su convicción de la dignidad del pueblo africano, su incansable compromiso con una transformación humana integral, su apertura a las diferentes culturas y su visión profética de la misión.

Sea cual sea la chispa que nos iluminó, sigue viva y puede reavivar nuestro fuego. Cuando dejamos que arda de nuevo, superamos el cansancio, la indiferencia y las cómodas costumbres; nuestro amor por la misión se renueva y nos da fuerzas para afrontar cualquier desafío.

¿Y qué mejor momento que la fiesta de nuestro Fundador para reavivar esta llama, recordando que nos ha dado una identidad única en la Iglesia y en el mundo como Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús?

¡Feliz fiesta!

Roma, 10 de octubre de 2025

Solemnidad de San Daniel Comboni,

El Consejo General MCCJ