Laicos Misioneros Combonianos

Mozambique: Misionero nos actualiza sobre la situación en el centro del país

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02 de abril de 2019

El P. Constantino Bogaio, Superior Provincial de los Misioneros Combonianos en Mozambique, nos cuenta como está la situación actualmente tras la destrucción causada por el paso del ciclón Idai.

El paso del Ciclón Idai, con vientos que llegaron a alcanzar entre 120 y 220 km por hora y con intensas lluvias, dejó en la ciudad de Beira y sus alrededores un rastro de destrucción nunca visto y vivido en la historia de Mozambique.

En poco tiempo, la ciudad se volvió desierta, fantasma, con la situación desoladora. Caminando por sus avenidas, calles y carreteras se podían contemplar las casas en ruinas, hospitales destrozados, los escombros de las iglesias, los árboles caídos, los postes de la corriente eléctrica y de teléfonos derribados por todas partes.

La ciudad de Chiveve tuvo un apagón en el que casi el 95 por ciento de sus edificios se vieron afectados, salvo el aeropuerto que se convirtió en un refugio para los nativos y extranjeros que llegaban para ayudar. En los barrios periféricos como Munhava, Muchatazina, Vaz, Chota, Ndunda y otros, además de la destrucción de las casas, también hubo grandes inundaciones.

Mientras la segunda ciudad del país empezaba a contabilizar los estragos causados ​​por el ciclón y a levantarse de su orgullo herido, por otro lado, recibía las malas noticias que llegaban a cuenta gotas de que su única conexión terrestre estaba interrumpida debido a la furia, de las aguas de los ríos Pungue, Búzi y Muda y sus afluentes que se desbordaron de sus lechos causando pánico en los distritos de Dondo, Búzi, Nhamatanda, Chibabava en la provincia de Sofala.

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La pequeña presa que almacenaba el agua para el abastecimiento de la ciudad de Beira en Dondo, se desmoronó en pocas horas y pasó a contribuir a las inundaciones en la Carretera nº 6, hace poco rehabilitada, y haciendo que cediera con cuatro enormes cortes que impiden el tránsito.

Esta es la única vía que permite la conexión entre Beira y otras ciudades. De esta manera aumentó la tristeza de los ciudadanos de Beira. Durante casi una semana quedaron totalmente aislados por tierra. Los productos de primera necesidad comenzaron a escasear y la lluvia no paraba de caer aumentando así la desgracia de los ciudadanos.

La comunidad internacional, que llegó para socorrer, asumió como prioridad salvar vidas en los distritos circundantes, trasladando su población a Beira. Así se crearon centros de alojamiento en varios puntos de la ciudad.

1. Algunos datos preliminares generales de las zonas afectadas

Tenemos que decir que no se sabe con certeza el número concreto:

Salas de Clases destruidas 3140.

Alumnos afectados: 90.756

Casas destruidas 19.730

Muertos: Las personas que murieron en toda la zona son más 500 y no se sabe hasta ahora la cantidad de personas desaparecidas.

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2. A nivel de los Misioneros Combonianos

En la ciudad de Beira trabajamos en la zona suburbana de Chota donde viven más de 70 mil personas. En este momento hay 270 familias que quedaron con sus casas destruidas y 170 familias que necesitan apoyo inmediato de alimentos y otros productos. Así, en esta primera fase, nuestra intervención será dar apoyo a estas familias.

La segunda fase será ayudar a reconstruir sus casitas y también construir una escuela y un centro juvenil parroquial donde los niños y jóvenes tengan actividades, porque el que existía era de maderas y barro y el ciclón lo arrasó todo. Queremos construir este centro juvenil que dé esperanza a los niños, adolescentes y jóvenes que se han visto afectados, pero con estructuras sólidas y resistentes. Queremos también desarrollar un programa de apoyo a las madres en educación sanitaria y nutricional.

3. La situación sanitaria

La zona de Chota es la continuación del mayor barrio periférico de Beira. En este momento ya comenzó a ser castigado por el cólera. Se habla de unas 200 personas afectadas, pero este número puede crecer. Ya va a comenzar una campaña de vacunación. El barrio de Chota está en alerta máxima. Se espera que el cólera no alcance este barrio, porque sería otro desastre ya que las aguas fluviales que inundaron el barrio aún no bajaron.

La malaria es otra preocupación inmediata. Pasados ​​quince días después del ciclón, las aguas paradas y los charcos son una gran fuente de incubación de mosquitos que provocan esta enfermedad.

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4. La situación de Muxúngue
La parroquia de Muxúngue se sitúa a casi 350 km de la ciudad de Beira. Las zonas más afectadas fueron Nhahápua, Goonda Madjaka y Gurudja donde pasan los ríos Muda y Búzi. Según calculan los misioneros de la zona son más de 120 hogares afectados. El promedio de cada familia es de seis hijos.

En esta área, nuestra intervención será plena después de que todas las personas regresen a la zona. Vamos a ayudar en la construcción de sus casitas. En este momento las autoridades civiles están apoyando en algo. La experiencia de los misioneros nos dice que después de esta avalancha de apoyo, es necesario hacer un programa de reconstrucción de todo lo que perdieron y ayudar a normalizar sus vidas.

Necesitamos su solidaridad y apoyo para esperanzar a esta gente. Su apoyo en esta fase inmediata será para comprar alimentos y otros productos básicos y en la fase siguiente para apoyar a reconstruir las infraestructuras necesarias para normalizar la vida de estos hermanos.

Desde ya queremos agradecer a aquellos que han enviado sus ofertas para apoyar a estos hermanos y esperamos que sigan ayudando en la segunda fase que será más dolorosa.

(Pueden participar en la campaña solidaria de los Combonianos en Mozambique).

Que la bendición de Dios descienda sobre cada uno de vosotros, por la intercesión de San Daniel Comboni.

P. Constantino Bogaio Mccj

Fuente: Boletin misionero Portugal

Después de un año en Mozambique…

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LMC MozambiqueHace un año que llegué a la Misión de Carapira, en el norte de Mozambique. Pero a veces, a menudo, parece que acabo de llegar y que todavía estoy dando los primeros pasos, como si estuviera empezando. Hay momentos en los que siento que el viaje entre Portugal y Mozambique no fue el mayor viaje que hice, a pesar de que el número de kilómetros sugieren lo contrario. Los grandes y mayores viajes son aquellos en los que tengo que transitar entre mi mente y mi corazón; el salir de mí y ponerme en el lugar de quien está a mi lado y, a veces, me parece tan lejano. La verdad es que la misión no es un lugar físico. Es antes un lugar imposible de circunscribir y que pide esta actitud permanente de humildad, de audacia, de voluntad.
La misión es también una escuela de amor, un lugar donde se aprende o reaprende a amar. Aquí he conocido bastantes misioneros y voluntarios. Personas que vienen con el deseo de hacer el bien, y que descubren progresivamente su vulnerabilidad.

La experiencia más fuerte que podemos hacer pasa por amar y sentirnos amados. Pero cuando todo a nuestro alrededor parece extraño, este aprendizaje se vuelve agotador. Porque aprender a amar significa aprender a acoger lo que yo soy, con mis deseos, mi fe, pero también con mis dificultades, mis compulsiones, mi necesidad de tener razón. Ahora bien, en los encuentros y en la vida cotidiana, rápidamente se descubre la fragilidad de que somos tejidos. Sin embargo, tengo para mí que, en la medida en que lo descubrimos, tal vez seamos capaces de mirar la vulnerabilidad de Jesús y de amarle.

Es también una escuela donde se aprende que la proporción de las cosas es distinta. Pero no se aprende a medirlas (mucho menos la paciencia). El espacio es vasto, y es fácil perder el horizonte de vista.

El tiempo se dilata en el propio tiempo. Todo, y quiero decir todo, sucede con un ritmo bastante singular, a un suave (suavísimo) compás. Entonces, el tiempo llega siempre a todo lo que queremos, realmente, hacer, porque la lentitud enseña a superar nuestra rigidez y supera lo que sería sólo funcional y útil.

Sin embargo, es en estos momentos que germinan experiencias auténticas. No es necesario consultar boletines meteorológicos. No se abre el GPS para simular cuánto tiempo tarda un viaje de aquí para allá, hasta porque el «de aquí para allá» es de una inmensidad tan grande que no ha sido captada y descifrada por mapas de satélite – nos metemos dentro del coche y que sea como Dios quiera. Si el número de agujeros es razonable, y el coche no se avería, llegaremos más rápidos.

Y si es verdad que Mozambique tiene lugares deslumbrantes, es también verdad que aquellos que existen dentro de las personas son los más increíbles y preciosos. He tenido la delicia de conocer a personas que me enseñan mucho. Personas sencillas y capaces de mantener una actitud de confianza incluso en la escasez, en la pobreza. Que miran al día de mañana con la esperanza de que todo correrá bien, Inshallah [si Dios quiere, como es costumbre oír]. A veces me pregunto: confianza, ¿en qué? Confianza, ¿por qué? La confianza. Confianza en la vida. Son las personas que me enseñan sobre la fe. Confiantes en la protección de Dios y muy agradecidas. Dotadas de un cúmulo de confianza que me invita a mirar la vida con más serenidad.

Es una escuela donde se aprende también a mirar a los ojos de quien nos mira. Porque, en realidad, es cuando observamos que empezamos a ver. Muchas veces, cuando miro a mí alrededor, puedo sentir que no estoy preparada para ver todo lo que encuentro. Pero hasta en eso y para eso, Dios me ha capacitado.

Se aprende también a ver a Dios en las cosas pequeñitas. Recuerdo muy bien que, antes de venir aquí, me había propuesto escribir más: tenía la idea de hacer un diario de a bordo o, al menos, registrar con más regularidad las cosas que iban a suceder, como me sentía, … En fin, de compartir sobre la misión a fin de sentirnos, también, más cercanos (sentir que «estamos juntos», como aquí se dice). Muchas veces me pregunto: ¿pero sobre qué voy a escribir? Es mucho más fácil hacerlo sobre las cosas extraordinarias. Está claro que no he cumplido la intención que me propuse. Porque, de algún modo, cuando me lo propuse, tal vez ingenuamente pensé que en la misión habría un millón de cosas extraordinarias para contar. Y, en realidad, la misión se hace de momentos y días ordinarios. Los instantes extraordinarios pueden ser más coloridos y melódicos, pero son los cotidianos los que mejor rodean y sedimentan nuestra vida. Esos mismos, los momentos simples y ordinarios, aquellos que encontramos en el servicio y en la relación con las personas que llenan de sentido y hacen la misión especial, sin necesitar que vengan los días extraordinarios, pedir entrega y donación.

La misión es cada día un mapa por descifrar y por conocer. Por eso, a cada momento me siento comenzando un tiempo nuevo, no el del calendario, sino el de la oportunidad de la vida y el de la salvación que puede suceder siempre que Dios nos visita en las cosas más pequeñitas y aparentemente insignificantes.

Llegué a Mozambique hace un año. Pero continúo empezando y caminando hacia el Señor de las bendiciones cada día.

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Marisa Almeida, LMC

Noticias desde Mozambique

LMC MozambiqueQueridos amigos,
¡Saludos de Carapira!

Con mucha alegría compartimos una foto de nuestro pasado encuentro. Después de algunos impasses nos reunimos para programar algunas actividades para el grupo.

Fue un encuentro fructífero y que nos animó mucho para seguir con fidelidad al Señor de la Mies. ¡El amor es más fuerte y sigue ganando! ¡Gracias a Dios!

Un abrazo amigo,
¡De todos nosotros !

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Primeras navidades en Mozambique

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LMC MozambiqueEn las vísperas de Navidad casi que sólo me apercibí de su cercanía cuando iba a rezar y ‘por mi cuenta’ hojeaba la Liturgia en las páginas de Adviento.
Sé que, muy probablemente, si no estuviera aquí, todo a mí alrededor evocaría la Navidad. La proliferación de anuncios navideños tratarían de centrarme en estas fiestas a partir del tercer trimestre del año, prácticamente, en un juego astuto y paulatino.
Entre los juegos de luces, las decoraciones interiores y exteriores, sugerencias tanto para los Menús cada vez más exquisitos como para el “dress code” de la Noche Buena y del almuerzo de Navidad, la magia que se siente en las calles de las ciudades, los típicos villancicos (…) entre una y otra cena entre amigos y grupos de esto y de aquello, nada dejaría escapar la atención, ni siquiera de los más distraídos, para ‘Lo que está para llegar’…
Aquí, no hay nada – de eso. En las ciudades se ven algunos signos «navideños importados». Pero aquí, no. Los sentidos no son invadidos por esta avalancha de estímulos. No hay el frío ni vidrios empañados que dejen ver las luces parpadeando. No se oyen las canciones típicas. No se siente, ni uno se une, a la bulimia de las compras ni de los regalos – y, mucho menos, de las compras y las necesidades de última hora. No se asiste a ‘solo en casa’ en televisión. El calor es demasiado para pensar en sustituir las zapatillas, las faldas o pantalones cortos y las camisetas por ropa más calientita. No se publicita el bacalao ni el aceite virgen extra. No hay el bolo-rey, las rabanadas, polvorones o dulces de esto y de aquello. No se sueñan con juguetes ni se envuelvan promesas de pequeños paraísos instantáneos y de corta duración.
Confieso que, en la semana de Navidad, me sentí un poco aprensiva: por ser m primera navidad en misión, por añorar a la familia, por ser todo tan diferentes de lo que estoy acostumbrada, y hasta por no haber tenido ni luz ni agua en esos días, dificultando la comunicación y desafiando la creatividad…
Pero, este año, el Niño Jesús me ha traído este aprendizaje: la Navidad no es ornamento. A nuestro alrededor puede parecer Navidad, pero nunca lo será si no está ya dentro de cada uno de nosotros. La Navidad es, también, movimiento, itinerancia. Siempre tenemos que estar en camino para encontrarlo. Si queremos ver una ‘gran luz’ tenemos que levantarnos y partir; tenemos que ir al encuentro de los pesebres donde se encuentra el sufrimiento humano; tenemos que volver al establo donde nos encontramos con la sencillez; tenemos que regresar al pesebre donde la esperanza de Dios y la esperanza de la humanidad se encuentran – pero, con la confianza de que, entre el silencio y la palabra que buscamos, una estrella nos guiará siempre.
La Navidad, creo, nos despierta para volver a nuestras verdaderas raíces, hacia el primer sueño de Dios para cada uno de nosotros. La infancia de Jesús es, también, nuestra infancia. Es por eso que, después de una larga espera encontramos paz cuando, finalmente, reposamos en Dios.

Curiosidad…
Después de la independencia Mozambique se convirtió en un estado laico. Sin embargo, el día de fiesta del día 25 de diciembre fue preservado, no por ser día de Navidad, sino como el Día de la Familia. Así, en este día, independientemente de la religión que profesen, las familias se encuentran y celebran el don de la Familia (claro que, para la comunidad cristiana, este día es más que eso, es el día del nacimiento de Jesús, en que la Salvación y la verdadera Paz descienden a la Tierra). Así, deseablemente, se reúnen para confraternizar y recuperar fuerzas para el año que está por venir – pero, después de todo, ¿no es, también, esto la Navidad? En la Navidad, cada vez que celebramos la esperanza conseguimos decir en nuestro corazón «la Humanidad tiene futuro».

Dejo parte de un poema de José Tolentino Mendonça («El pesebre somos nosotros») que me acompañó en las últimas semanas:

El Pesebre somos nosotros
Es dentro de nosotros que Jesús nace
Dentro de cada edad y estación
Dentro de cada encuentro y de cada pérdida
Dentro de lo que crece y de lo que se derrumba
Dentro de la piedra y el vuelo
Dentro de lo que en nosotros atraviesa el agua o atraviesa el fuego
Dentro del viaje y del camino que sin salida parece
LMC MozambiqueEsperando que hayan tenido una buena Navidad,
Votos de un Feliz Año Nuevo,
Marisa Almeida. LMC en Mozambique

Testimonio – Fe y Misión en Carapira por Inés Gonçalinho

LMC PortugalBien, ¿cómo comenzar este testimonio? Las palabras no llegan para describir el torbellino de emociones que sentí, y la nostalgia que ya acumula mi corazón. He tardado días o incluso semanas para conseguir escribir el testimonio, tal vez por miedo o incluso por nostalgia. Cada día que paso lejos de aquella tierra siento dolor, pero por encima de todo una gran nostalgia. Es algo que se apodera de mí sin pedirme permiso, que determina mi estado de ánimo, llegando incluso a dictar los sueños que tengo al acostarme. No puedo describir lo que he vivido, lo que he compartido, lo que amé, lo que crecí, lo que di, pero por encima de todo lo que recibí. Amé y amo a esa gente como si fuera mía. Sinceramente, ¿cómo no amar? Fui adoptada y acariciada por todos lo que se cruzaron en mi camino, aunque no hablaba la misma lengua no fue ningún impedimento para muestras de amor constantes. En una de las idas al barrio cerca de la casa de la misión, me crucé con una mamá que de inmediato me invitó a «mata-bichar» (desayunar) con ellos. Cuando me di cuenta, estaba rodeada de gente que me miraba atentamente, pero con un cariño infinito para enseñarme sus costumbres. Me derretía el corazón la hospitalidad y el amor que sentía diariamente, y la forma en que nos mirábamos y abrazábamos era apasionante. Estaba en casa.
Me siento y pienso cómo me sentí cuando pisé aquella tierra por primera vez, y me es imposible contener las lágrimas. La excitación de empezar, de conocer, de estar, de ayudar, era tanta que enseguida el lunes (dos días después de nuestra llegada), me presenté al servicio en el ITIC. La noche anterior apenas dormí por miedo. Me preocupaba si sería capaz de tratar con los niños que aparecieran en la enfermería a pedir mi ayuda, si todo lo que aprendí en la universidad realmente serviría para algo, si podría adaptarme a los medios que tenía. Había muchos «si’s», muchas inseguridades, pero de una cosa tenía certeza, daría lo mejor de mí desde que despertase hasta que me fuese a la cama.

Organicé papeles, reorganicé las vitrinas de los medicamentos, pero sobre todo traté a los alumnos en sus más variadas formas. Me entregué sin miedos, me quedaba horas después del tiempo establecido en aquel cubículo de 4 paredes, pero me llenaba tanto el corazón. Me quedaba maravillada cuando los alumnos me buscaban sólo para «saludarme» para «alegrar mi día», como decían.

LMC PortugalLa forma en que me vinculé a aquellos chicos fue indescriptible, parecía que con una simple mirada habíamos hecho un juramento de cuidarnos mutuamente. Vivía intensamente las enfermedades o las preocupaciones de cada uno de ellos, y trataba de cada uno como si fuese único, con todo el amor que era capaz de albergar mi pecho. Muchas veces, cuando algunos de ellos estaban enfermos y se quedaban dormidos en la enfermería, me costaba tanto volver a casa. No podía pensar en nada más, si no en pensar estrategias para que mejorase rápidamente. Muchas veces, pasaba las tardes al lado de ellos, jugando juegos en el suelo frío de la Enfermería, controlando la fiebre cada 30 minutos, o simplemente a verlos dormir.

Había días más fáciles que otros, pero todos ellos eran un desafío constante. Todos los días Él me ayudaba a superarme, y a darme cuenta de que nuestras barreras están sólo en nuestra cabeza. Me arrodillé ante Dios varias veces desorientada, y Él me habló al corazón mostrándome que de su mano superaba todas las dificultades.

Una de las miles situaciones que viví, fue cuando miré por primera vez al rostro de aquellas niñas que estaba acompañando en el estudio. Cada mirada penetraba en mi corazón de una forma tan intensa que jamás olvidaré. Intentaban aprender solas, sin libros de apoyo o alguien que les explicase. Eran movidas por una fuerza interior indescriptible de querer ser más, de alcanzar un futuro mejor. Cada una, cargaba en sus ojos historias y vivencias que jamás olvidaré, pero siempre con una alegría y un amor contagioso.

Tuve la oportunidad de ayudar en el puesto de salud de la comunidad, y allí entendí que pertenezco a este pueblo. Anduve demasiado tiempo evitando la confrontación con el estado de salud de la comunidad Macúa y el sufrimiento que sentiría. Pero al final, me remangué las mangas y fui. Simplemente fui. Recorrí todas las especialidades, desde los enfermos con VIH, las mamás internadas con patologías aún por descubrir, la maternidad, las consultas de pediatría, llegando hasta los tuberculosos. Sabía que estaba poniendo mi salud en riesgo, pero de una cosa tenía certeza, Él me cuidaba, y por eso no iba a hacer de ese temor un impedimento para no ayudar a esas personas.

Filas interminables llenaban el atrio del centro, los gritos de niños se escuchaban por los pasillos, y la esperanza de que llegara su vez era común a todos. A veces, la lengua era una barrera para explicar la toma de la medicación y las precauciones que tendrían que tener, pero hacía un esfuerzo para que el mensaje llegase. Agradezco a Dios por haberme dado fuerzas todos los días para conseguir ayudar a aquellos que la necesitaban, y que la impotencia no se apoderara de mí.

Cada día que pasaba, los lazos se fortalecían y mi miedo a regresar a casa era constante. Sabía que mi lugar estaba allí, les pertenecía. La familia que Dios escogió durante mi misión. Y cada día que pasaba los amaba más, por eso, fue imposible despedirme sin prometer mi regreso. Agradezco de corazón, la forma en que me recibieron de brazos abiertos y todo el amor que me dieron.

Lo mejor de esta misión no fue sólo las personas que conocí, las sonrisas que vi, o las lágrimas que derramé, sino la forma en que Dios invadió mi corazón diariamente sin darme cuenta. La necesidad de conversar con Él diariamente, era intrínseca en mi rutina diaria, y la bonita manera como Él me respondía era indescriptible. Estoy segura de que sin Él, no podría soportar mis debilidades ni eludir mis inquietudes. ¡Cómo fue hermoso esta descubierta con el Señor!

¡Gracias Carapira, simplemente gracias!

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Inés Gonçalinho, Fe y Misión