Laicos Misioneros Combonianos

Video Mes Misionero Extraordinario (IV): Formación

MME

Compartimos el video de esta tercera semana del Mes Misionero Extraordinario en la que el Papa Francisco nos invita a formarnos y ser, en palabras de San Daniel Comboni, “santos y capaces”.

Para dar una respuesta idónea a las realidades de hoy en día debemos estar bien preparados, entendiendo que esto implica una buena formación humana, social, espiritual y técnica. Solo así podremos colaborar adecuadamente en la construcción de un mundo mejor y más justo para todos.

Video Mes Misionero Extraordinario (III): Ser Testigos

MME

Compartimos el vídeo correspondiente a la 2ª semana del Mes Misionero Extraordinario en la que el Papa nos invita a todos los cristianos a ser Testigos de Jesucristo en medio de nuestro mundo.
Ser testigos de Jesús significa romper esquemas, eliminar las diferencias, y salir de nuestras comodidades para encontrarnos con el otro.

“Maestro, ten piedad”

Leproso
Leproso

Un comentario a  Lc 17, 11-19 (28º Domingo Ordinario, 13 de octubre de 2019)

En su camino hacia Jerusalén, Jesús se encuentra con diez leprosos, que, como sabemos, además de tener una muy seria enfermedad, vivían marginados de toda vida social. Les invito a imaginar esta escena y a reflexionar sobre su significado para nosotros hoy. De mi parte, se me ocurren las siguientes observaciones:

1.– El grito de los leprosos: “¡Jesús, Maestro, ten piedad de nosotros!”

Es el grito de un grupo de personas desesperadas, que no tienen ninguna salida en la vida, pero que, al saber que el Rabí de Galilea pasaba cerca,  ven un rayo de luz, se le abre una ventana de esperanza. Es una experiencia humana de mucha profundidad. ¿Nos hemos sentido así alguna vez? Sólo desde la experiencia de pobreza y necesidad total surge una verdadera oración de súplica. Y en ese caso no hace falta alargarse mucho en palabrerías y frases bien hechas. En esos momentos de necesidad profunda basta abrir el corazón y decir simplemente: “Señor, ten piedad”.

2.- La respuesta de Jesús:»¡Vayan a mostrarse a los sacerdotes!».

Es lo que mandaba la Ley. Cumplirlo era a la vez sencillo y difícil. Sólo requería obedecer, ponerse en camino y creer que Dios se puede manifestar en las cosas más pequeñas. Pero eso mismo se nos hace frecuentemente difícil, porque pensamos que la solución a nuestros problemas tiene que venir de alguna decisión extraordinaria, cuando la solución posible está a la mano: cumplir con los mandamientos, ponernos en camino, aceptar las humildes mediaciones que están a nuestro alcance…

Para curar nuestras heridas personales, se nos puede pedir algo aparentemente insignificante (una confesión, la visita a un santuario, una obra de caridad). Lo importante no es la pequeñez de ese gesto o de ese rito. Lo importante es la fe que me permite, a través de esa pequeñez, confiar en Dios y ponerme en marcha.

3.- La reacción del samaritano:  “Uno de ellos, viéndose curado, se volvió glorificando a Dios en alta voz, y, postrándose rostro en tierra a los pies de Jesús, le daba gracias; y éste era un samaritano”.

El samaritano supo reconocer el don recibido, supo ver que la curación no era algo que él había merecido, sino un don gratuito. La gratitud es una virtud que diferencia al pobre del rico (orgulloso y pagado de sí mismo) . El rico (en dinero o en otros dones) piensa que todo le es debido, se lo merece; el rico nunca está contento con lo que tiene y piensa que todo debe girar en torno a él; como decimos vulgarmente, va como “perdonando la vida” a todos, incluso a Dios. Sin embargo, el pobre sincero, el que se reconoce creatura limitada y débil, como el samaritano, sabe que lo que tiene es don recibido. Por eso está siempre pronto a a agradecer y a vivir la vida como maravillado de tanto regalo.

4.- La observación final de Jesús: Vete, “tu fe te ha salvado”.

Como decíamos el domingo pasado, el leproso tuvo fe, es decir, supo “dar el corazón”, entrar en comunión con Jesús y esa comunión lo sanó, no sólo de su lepra, sino de su aislamiento, haciendo de él un “hijo amado”.

Señor, ten piedad de mí. Creo, pero aumenta mi fe.

P. Antonio Villarino

Bogotá

Proyecto Grupo Laicos Misioneros Combonianos en Kenia

CLM Kenya
CLM Kenya

Somos un pequeño grupo de personas, cuya formación hemos llevado adelante durante casi dos años. El grupo está compuesto por miembros de diferentes orígenes culturales, edades y profesiones que han encontrado en sí mismos un profundo celo misionero y el gran deseo de difundir el Evangelio.

Nos reunimos el primer fin de semana de cada mes para la formación dirigida por el P. Maciek junto con otros sacerdotes de la comunidad de la parroquia St. Daniel Comboni, Utawala en Nairobi.

Es muy importante que nos aseguremos de que nuestro grupo crezca en número y que también difundamos la necesidad de la obra misionera entre los cristianos. Con esto en mente, animamos misas en la parroquia S. Daniel Comboni, Utawala, donde tuvimos la oportunidad de compartir con la comunidad quiénes somos y por qué sería necesario tener misioneros dentro de la comunidad cristiana.

También pudimos comenzar un proyecto, donde vendemos miel pura de Amakuriat en West Pokot a los cristianos y a otras personas interesadas. Podemos decir con orgullo que la primera venta fue un éxito y esperamos poder continuar con esto a largo plazo. Los recursos obtenidos en las ventas ayudarán en gran medida a adquirir los recursos necesarios que necesitaremos para la formación y demás actividades. Por la gracia del Dios Todopoderoso, seguiremos avanzando cada vez más cada día.

Que el Señor les bendiga.

A continuación se muestran algunas de las imágenes del proyecto y de los miembros del grupo LMC.

Miembros LMC del grupo durante la formación:

CLM Kenya

De izquierda a derecha: Njeri, Josephine, Shamala, Margaret, Beatrice, Pauline, Martin

CLM Kenya

Algunos que faltaban en el grupo anterior: desde la izquierda, el p. Claudio durante la formación, Naliaka y Damien

El proyecto de venta de miel

CLM Kenya

La fe que mueve montañas ¿Qué es la fe?

Montaña
Montaña

Un comentario a Lc 17, 5-10 (XXVI Domingo Ordinario, 6 de octubre de 2019)

Lucas sigue avanzando con Jesús y sus discípulos hacia Jerusalén. En ese viaje pasa de todo: curaciones, enseñanzas por medio de parábolas, polémicas con los fariseos y otros adversarios, liberación de espíritus malignos, etc. Entre otras cosas, Lucas recoge algunos dichos de Jesús que seguramente circulaban ya en la comunidade a la que él pertenecía, como recuerdos y “apuntes” de algunos  discípulos. Hoy leemos dos de estos “dichos”, uno sobre la fe y otro sobre el servicio humilde.

Para no alargarme, voy a concentrarme en el primero, que es bien conocido: “Si tuvieran fe como un grano de mostaza, dirían a este sicomoro: arráncate y plántate en el mar y les habría obedecido”. Comentemos un poquito este dicho.

En primer lugar, está claro, que a Jesús nos le interesa trasladar el árbol de lugar ni, como se dice en otro evangelio, mover las montañas. Evidentemente, el árbol de Lucas  o la montaña de Marcos son imágenes que representan algo más importante de nuestra vida. Preguntémonos, por ejemplo: ¿Cuál es el obstáculo más importante para que yo viva mi vida con plenitud, con libertad y con amor? ¿Qué me está deteniendo en mi camino hacia la madurez humana y espiritual?: ¿Será un rencor que no logro vencer? ¿Será un pecado que no quiero dejar atrás? ¿Será un temor que me paraliza? Ante estos obstáculos Jesús me dice: si tienes fe, nada te puede detener; no hay ninguna dificultad tan grande que te impida salir vencedor. ¿Lo crees? En esta y en otras muchas ocasiones, Jesús dice: “Si tienes fe, todo ee posible”; “tu fe te ha salvado”; “anda y que se haga conforme a tu fe”.

¿Qué quiere decir tener fe?

El teólogo italiano Bruno Forte, partiendo de la etimología italiana- credere, que viene de “cor dare”- dice: creer significaría “cor dare”, dar el corazón, ponerlo incodicionalmente en las manos de Otro… “Creer es fiarse de Alguno, asentir a su llamado, poner la propia vida en las manos de Otro”.

Y una nota de la Biblia de Jerusalén, comentando Lc 1,20 (Zacarías que no cree) y Lc 2, 45 (María que sí cree), define la fe como “un movimiento de confianza y abandono por el cual el ser humano renuncia a fiarse de sus propios pensamientos y de sus propias fuerzas para confiar en la palabra y en el poder de aquel en el que cree”. 

Teniendo en cuenta estos aportes y, a partir de mi pequeña experiencia, yo definiría la fe como una actitud vital (que incluye pensamiento/emociones/voluntad/acción) de adhesión tal a Alguien que la persona que cree termina por pensar, sentir y actuar en comunión con la persona en la que cree. La fe me hace entrar en comunión con otra persona, me libera de mi aislamiento y me hace fecundo. De la misma manera, y en el más alto grado, la fe me hace entrar en comunión con Dios, fundamento y meta de toda mi existencia, liberándome de mi pequeñez, de mi angustia, de mi propio pecado. Por eso la fe no es nunca una “obligación”, sino un don que me sana, me libera y me hace fecundo, capaz de “mover montañas”.

CREER, abrir el corazón desde la realidad de la propia vida, es desnudarse delante de Dios, ponerse en sus manos y decir: AMÉN, ENTRA EN MI VIDA.

Es un acto humilde y arriesgado. Podría equivocarme, pero la experiencia me dice que, lejos de  equivocarme, he encontrado el gran sentido de mi vida. Los frutos de liberación y sanación, de sentido profundo que experimento muestran que no me he equivocado al creer. Pero, como los discípulos, a veces el viento de las dificultades es tan fuerte que dudo. Por eso repito con ellos: Señor, creo, pero aumenta mi fe.

P. Antonio Villarino

Bogotá