
Por las víctimas de la trata: para que el Señor rompa las cadenas de su esclavitud y, por intercesión de san Daniel Comboni y santa Josefina Bakhita, todos luchemos con valentía y tenacidad contra esta lacra. Oremos.
Gracias a la ayuda y la disponibilidad del coro «Afriquespoir», vinculado a los Misioneros Combonianos, el Centro Misionero Laudato Si, en colaboración con la comisión ecológica de la comunidad, organizó el 27 de junio de 2026 un concierto de alabanza a Dios por la creación.

De hecho, la alabanza es uno de los pilares fundamentales de la pastoral de la ecología integral. Solo si reconocemos que el Señor es Creador y Señor de todo el universo podremos comprender y actuar como guardianes que preservan y cuidan de la creación, colaborando al mismo tiempo para cumplir lo que el Señor ha predicho desde el principio de los tiempos.
La actuación del coro mantuvo muy viva la atención de los presentes, interpretando con creatividad y un ritmo sostenido canciones tradicionales, clásicas y populares. Abrió el concierto con el himno del Centro Laudato Si, titulado «Señor, te alabamos, Señor, te adoramos por las maravillas que realizas», una canción compuesta por el hermano comboniano Alfred Mbungi, misionero en Buta.
En la última parte, nos ofrecieron la canción del difunto abad Makamba: «po po botiaki ntembe?», que pone de relieve la raíz de los males que sumen a la creación en una crisis; recordando que, a pesar de que la naturaleza lo ofrece todo a la humanidad, sigue habiendo mucho hambre y miseria en el mundo, y sobre todo en África. Esto ocurre porque una minoría de unos pocos impone un modelo tecnocrático, que empuja hacia una producción sin límites y sin ningún respeto por el proyecto providencial de Dios, que es el Padre de todos. Tala los bosques y contamina los ríos con productos químicos con una codicia desenfrenada. Personas que se apropian indebidamente de los bienes comunes y, con la arrogancia de la fuerza y las armas, solo buscan intereses y beneficios particulares.
Por eso, la alabanza al Creador debe plasmarse en la vida cotidiana; tal y como han demostrado la visión, la creatividad y la resiliencia de algunos jóvenes y mujeres. Dino Zoli Mundele, en nombre del grupo de jóvenes de Montngafula, nos habló de la recogida selectiva de residuos, puerta a puerta. Jean Denis Djamba nos habló de la urgencia de reducir el uso del plástico, un compromiso promovido por los jóvenes del movimiento Laudato si. El escolástico Denis Mbaiornom, en nombre de la comisión ecológica de la comunidad, destacó el compromiso de reciclar y reutilizar neumáticos y otros objetos para reducir la acumulación de residuos. La Sra. Mayawa Miriam se ha dedicado a la elaboración de productos ecológicos para la higiene personal y el cuidado de la piel. Justin Bosenge Isakolota, con gran creatividad, consigue elaborar el vino «Wiva Kamouna» a partir de hojas de aguacate, sin duda una bebida especial que merece la pena degustar. El laico misionero comboniano Fabrice Aifa Wetu, en colaboración con la CENCO, se ha comprometido a reducir y detener la deforestación, consciente de que, sin bosques, la biodiversidad disminuye vertiginosamente y de que ya no puede haber vida en abundancia ni para las personas ni para los demás seres vivos. Por último, el deseo de Luciana Mohila Mbongo, que promueve el proyecto «un niño, un árbol» para plantar en esta desolada ciudad de Kinshasa, que crece de forma desmesurada sin árboles ni espacios verdes.
Estos testimonios, junto con la alabanza a Dios, han mostrado a todos y a todas el camino a seguir en sus vidas y en su día a día, adoptando un estilo de vida que respete las leyes de la naturaleza y fomente relaciones verdaderamente fraternas, respetando y valorando las diferencias, tal y como nos enseña la naturaleza, que es rica y bella gracias a su gran biodiversidad.
La última copa de amistad, ofrecida por el Centro, puso fin a la jornada, con la cita para las reuniones e iniciativas previstas para los próximos meses.
P. Fernando Zolli
Roma, 12 de junio de 2026 – Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Queridos hermanos:
La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a volver a la fuente de nuestra vocación y de nuestra misión. Al contemplar el Corazón traspasado del Buen Pastor, reconocemos el amor sin medida de Dios por la humanidad: un amor que se hace cercanía, compasión, misericordia y entrega total de sí mismo.

El Corazón de Jesús no es solamente un símbolo de nuestra fe; es el lugar donde aprendemos a conocer la manera de amar de Dios y el criterio con el que discernimos nuestra vida misionera. En él descubrimos un amor que no excluye a nadie, que se deja herir por el sufrimiento del mundo y que continúa buscando a quienes están perdidos, olvidados o descartados.
San Daniel Comboni encontró en el Corazón de Cristo el secreto de su pasión misionera. De aquella contemplación nació su amor por los pueblos más abandonados y su capacidad de compartir su historia hasta sentirlos verdaderamente como hermanos. También para nosotros, “hijos” de tan gran Apóstol de África, la misión encuentra su origen y su renovación en dejarnos modelar por el Corazón de Jesús, para que nuestra mirada, nuestras decisiones y nuestras relaciones reflejen cada vez más sus mismos sentimientos.
El Papa Francisco nos recordó que «el Corazón de Cristo, que simboliza su centro personal del que brota su amor por nosotros, es el núcleo vivo del primer anuncio» (Dilexit Nos, 32). Solo permaneciendo unidos a este centro podremos evitar que la misión se reduzca a eficiencia, organización o simple actividad. Antes que trabajadores, somos discípulos; antes de hablar de Cristo, estamos llamados a dejarnos transformar por su amor.
Vivimos en un mundo marcado por profundas heridas. Guerras, violencias, desigualdades, migraciones forzadas, pobrezas antiguas y nuevas siguen afectando a millones de personas. Muchos hombres y mujeres buscan esperanza, escucha y dignidad; muchos jóvenes buscan un futuro; numerosas comunidades viven situaciones de fragilidad e incertidumbre. Frente a estas realidades, la tentación de la indiferencia o de la resignación está siempre al acecho.
El Corazón de Cristo, en cambio, nos llama a una cercanía valiente. Nos invita a no pasar de largo, a no encerrarnos en nuestras seguridades, sino a compartir la vida de los pueblos a los que somos enviados. La misión nace precisamente de este movimiento del corazón: salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, reconociéndolo como hermano o hermana amada por Dios. Dando prioridad a los últimos, a los más marginados y a los más pobres, hasta desear, como decía Daniel Comboni, «estrechar entre los brazos y dar el beso de paz y de amor a aquellos infelices hermanos nuestros» (Escritos, 2742). Sí, como combonianos, estamos llamados a ser signo de este amor que acoge y reconcilia, que crea fraternidad y genera esperanza en las periferias del mundo.
Nuestra presencia en las diversas Iglesias y entre los distintos pueblos del mundo adquiere credibilidad cuando se convierte en testimonio de comunión, especialmente en nuestras comunidades internacionales e interculturales. La diversidad de nuestros orígenes no es un obstáculo para la misión, sino uno de sus signos más elocuentes: el Evangelio es capaz de unir aquello que el mundo tantas veces divide.
En esta fiesta, pidamos, pues, la gracia de un “corazón misionero”, capaz de compasión, escucha y cercanía; un corazón libre de toda forma de cerrazón y dispuesto a dejarse interpelar por los sufrimientos de los más pobres y abandonados; un corazón que sepa reconocer la presencia de Dios en las periferias humanas y existenciales de nuestro tiempo.
Confiamos al Sagrado Corazón de Jesús nuestro Instituto, las comunidades en las que vivimos, los pueblos a los que servimos y a todos aquellos que llevamos en la oración y en el trabajo cotidiano. Que este Corazón renueve en nosotros la alegría del Evangelio, reavive el fuego de la misión y nos haga testigos creíbles de su amor en el mundo.
Con afecto fraterno, les deseamos una santa y gozosa Fiesta.
El Consejo General MCCJ

Ante la creciente polarización social y política, los conflictos y las guerras de nuestro mundo, que el Señor nos ayude a ser constructores de puentes y no de muros, para que el amor prevalezca sobre las barreras que tratan de dividirnos. Oremos.
Omaira Martín, colombiana, es Misionera Comboniana con una gran experiencia de misión en Zambia.
En el vídeo Omaira nos habla de su recorrido personal y de lo que ha ido descubriendo en la misión.