Queridos amigos laicos misioneros combonianos y todo el pueblo de Dios.
¡La misión continúa! Llevo tres meses en misión en Piquiá, Açailândia, en el estado de Maranhão, donde trabajo en la Casa Familiar Rural (CFR), que acoge a alumnos de primero, segundo y tercer curso de Bachillerato, en su mayoría hijos de agricultores que, además de la teoría, aprenden en la práctica los trabajos agrícolas, el cultivo de hortalizas, la fruticultura, la piscicultura, la cría de animales y la apicultura.
Considero que es una labor muy importante y necesaria para que nuestros jóvenes sigan viviendo en el campo y puedan sacar de él el sustento para sus familias.
Los fines de semana estoy acompañando la andadura de la parroquia de Santa Luzia, en Piquiá, para empezar pronto a integrarme en las labores pastorales.
Cuento siempre con las oraciones de cada uno de vosotros para tener fuerzas para continuar en este camino.
Con alegría queremos compartir una pequeña reseña de lo que ha sido nuestra salida de Guatemala y llegada a Brasil.
Comenzamos el año pasado, con la confirmación de nuestra partida y con ello llegan los documentos de Brasil para tramitar nuestra visa y se disparan las situaciones complejas, se arruinan los vehículos y muchos aparatos de casa, se acumula el trabajo y nuestros papas se enferman. En medio de una marea alta llegamos a enero y sin tener la certeza de la fecha de partida, compramos los boletos y tuvimos que cambiarlos para un mes después porque la visa no había salido, en la espera sale la visa y un día después viajamos a Brasil.
Que reconfortante es saber que hay una comunidad que te espera, las oraciones de nuestra comunidad y de los que nos reciben nos ayudan a sostenernos, sin duda la primera impresión se vuelve un shock, a pesar de conocer la cultura, el idioma y las costumbres, siempre te pega de frente y salir de tu comodidad te mueve las entrañas. Se recuerda lo lindo, los momentos gloriosos, las alegrías, pero en ese instante recuerdas lo difícil, lo carente, lo que dejas y vuelves a Dios porque solo Él puede sostenerte.
Llegamos a trabajar…bajándonos del avión y un tema para compartir en un encuentro parroquial de mujeres, Nos encontramos con el techo quebrado que hay que arreglar, porque llueve más adentro de la casa que afuera, humedad y demás cosas y que gracias a Dios Cristina ya había limpiado la casa que estaba sola desde hace 7 meses. Se descompone el carro tres veces ¡ y recién empezamos!
Con mucho esfuerzo y alegría limpiamos y arreglamos las dos casas para recibir a los laicos que está haciendo su proceso de discernimiento para ser LMC de Brasil en Semana Santa y en medio de tribulaciones logramos que nuestros hijos iniciaran a estudiar.
Hoy después de estabilizarnos, de agarrar una rutina y de empezar a trabajar en las actividades parroquiales, estamos con mas serenidad y con un objetivo mas claro.
Retomamos por pocos las actividades en la Casa Comboniana, casa que ejerce la parte social y de desarrollo humano de la región. Empezamos con el grupo de manualidades de mujeres y estamos en el proceso de integración de otras actividades formativas y de ayuda comunitaria a la casa, porque ha estado cerrada por un largo periodo.
Estamos acompañando a dos comunidades, que están algo débiles y con pocas personas para trabajar, empezamos a acompañar la asociación del barrio y estamos esperando que se resuelvan las problemáticas que tiene para iniciar con las clases de español e ingles, por otro lado ya iniciamos la catequesis prematrimonial, los encuentros con pastoral familiar y a acompañar al grupo de espiritualidad comboniana.
Estamos volviendo a conocer el lugar, a encontrarnos nuevamente con las personas, da alegría y fortaleza cuando nos saludan con efusión y sobre todo nos entrega un gran desafío, hacerlo bien para gloria de Dios. Nos llego a visitar el provincial, sin duda hecha mas un animo para seguir adelanta y organizar juntos los trabajos a realizar como familia comboniana.
Celebramos estos 3 meses con el Corpus Christy y La fiesta parroquial de los Centinelas, momento de convivencia, compartir y animar a la comunidad.
Son muchas emociones, tristezas, anhelos y recuentros, todo misionario necesita un tiempo para calmar el ánimo, para adentrarse en el terreno, para ubicar la cabeza y el corazón. Nos gusta trabajar y estar con la gente, acompañarla y evangelizarla, pero sobre todo ser testigos del amor de Dios.
Que San Daniel Comboni pueda seguir intercediendo por cada uno de nosotros, por todos sus misioneros y que la próxima celebración, la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús sea unidad para toda la familia comboniana, que lucha con los desafíos de todos los días, la precariedad y tantas otras problemáticas que el mismo Comboni sufrió.
El Jueves Santo, dedicamos la mañana a un momento de oración en la finca de una familia de la comunidad de Ipê. Rezamos juntos y meditamos sobre el texto escrito por Valdeci acerca de la CF 2026.
Después dimos un paseo observando las evidentes contradicciones que nos rodeaban.
Ipê Amarelo es un barrio surgido de la organización de familias sin hogar que pagaban alquiler. Es una realidad de conquista de una vivienda en la década de los 90, en la que, con mucha lucha y resistencia, salieron de las lonas para instalarse en sus casas. Pero también tiene como límite un gran muro que marca la desigualdad social, ya que detrás de los muros, vigilados por guardias de seguridad, se encuentra uno de los complejos residenciales más lujosos de la región. La visita a las familias fue un momento para escuchar sus historias, conocer sus alegrías y retos, y saborear la hospitalidad característica de la comunidad.
Por la noche participamos en el lavatorio de pies en la comunidad de Nuestra Señora de Aparecida, un momento muy bonito que nos recordó que «somos la Iglesia del pan compartido, del abrazo y de la paz».
El miércoles de Semana Santa visitamos el Memorial de Brumadinho, un espacio de memoria y «un logro de las familias de las 272 víctimas mortales de la rotura de la presa de la mina Córrego do Feijão, ocurrida el 25 de enero de 2019 en Brumadinho (Minas Gerais)».
Esta visita nos hizo detenernos y preguntarnos: «¿Qué le estamos haciendo a nuestro planeta?». Salimos profundamente impactados por la historia del lugar, el rastro de destrucción dejado por la minería y la sensación de que, aunque los lugares cambian, la práctica destructiva del modelo de explotación vigente es la misma en muchos sitios. Comunidades afectadas, muertes de personas, de ríos, de sistemas enteros y una gran huella de impunidad.
Antes y después de la ruptura – Fuente – Correio Braziliense
Todo lo que vimos, oímos y sentimos nos hizo reflexionar sobre la necesidad de profundizar en la dimensión de la espiritualidad de la ecología integral, que nos reconecta con nuestra casa común, con nuestros hermanos, y nos recuerda que todo está interconectado.
La Campaña de la Fraternidad de 2026 nos invita a contemplar una de las afirmaciones más profundas de la fe cristiana: «Él vino a morar entre nosotros» (Jn 1,14). El prólogo del Evangelio de Juan revela el corazón del misterio de la encarnación. Dios no permaneció alejado de la realidad humana. El Verbo se hizo carne, asumió nuestra condición, entró en la historia y eligió habitar en medio de la humanidad. No vino como un visitante pasajero, sino como alguien que decidió compartir la vida, los dolores y las esperanzas de su pueblo.
La encarnación es, por tanto, el gran gesto de cercanía de Dios. En Jesús, Dios se acerca a la humanidad herida, especialmente a quienes viven al margen: los pobres, los excluidos, los olvidados de la sociedad. Cristo nace en una realidad sencilla, crece entre los pequeños, camina con los que sufren y anuncia un Reino donde los últimos ocupan el centro. Esta lógica del Evangelio rompe con la mentalidad del poder y la indiferencia, y revela a un Dios que elige la cercanía, la compasión y el servicio.
Esta perspectiva ilumina profundamente la espiritualidad misionera comboniana. Inspirados por San Daniel Comboni, los misioneros y misioneras están llamados a hacer el mismo movimiento de Jesús: salir al encuentro, vivir en medio y caminar junto a los más pobres. Comboni comprendió que la misión no se lleva a cabo desde una posición de superioridad o distancia, sino desde el compartir concreto de la vida con quienes más lo necesitan. Su sueño misionero era claro: salvar a África con la propia África, valorizando a los pueblos, sus culturas y su dignidad.
Dentro de esta lógica, los laicos misioneros combonianos desempeñan un papel esencial. Ellos dan testimonio de que la misión no es exclusiva de los religiosos o los sacerdotes, sino que es una vocación de todo el pueblo de Dios. El laico misionero es aquel que, insertado en la vida cotidiana —en el trabajo, en la familia, en la comunidad— se convierte en presencia viva del Evangelio. Asume la misión como estilo de vida, llevando la presencia de Cristo a los lugares donde a menudo la Iglesia institucional no logra llegar.
La encarnación nos enseña que Dios no transforma el mundo a distancia. Él se compromete con la realidad humana. Del mismo modo, los laicos misioneros combonianos están llamados a habitar las periferias existenciales, a acercarse a los dolores de la humanidad y a construir signos concretos de esperanza. Estar junto a los pobres no es solo una actitud de solidaridad social, sino una dimensión profunda de la fe cristiana. En los rostros de los pobres y vulnerables encontramos al mismo Cristo, que sigue interpelándonos.
En este sentido, el tema de la Campaña de la Fraternidad de 2026, «Vino a morar entre nosotros», se convierte también en una invitación para cada cristiano: permitir que Cristo siga habitando en el mundo a través de nuestras actitudes. Cuando nos acercamos a quienes sufren, cuando compartimos la vida con los olvidados, cuando luchamos para que todos tengan dignidad, estamos prolongando la presencia de Dios en medio de la humanidad.
Porque, donde se defiende la vida, donde se restaura la dignidad y donde se acoge a los pobres, allí Dios sigue habitando entre nosotros.
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