Laicos Misioneros Combonianos

Laudato si’ y Ciranda potencian la agricultura familiar en Maranhão

Ciranda

Fuente: Vatican news

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Cisterna completada con el trabajo en equipo

El Centro de Innovación rural y de Desarrollo agroecológico (Ciranda), ofrece formación teórica y técnica en agroecología a 70 familias de la ciudad de Açailândia como alternativa económica a la cadena minera y agroindustrial de la región, que se encuentra, precisamente, en medio del ferrocarril “Estrada de Ferro Carajás” (Efc). Según el coordinador Xoán Couto, el proyecto brasileño se inspira en la Laudato si’ porque sigue el mismo camino que une fe y ciencia, en “respuesta a las necesidades de las comunidades, valorando también los conocimientos tradicionales”.

Andressa Collet – Ciudad del Vaticano

La Ciranda forma parte del patrimonio cultural de la mayoría de los niños brasileños. Es una canción, con una danza en círculo, que recuerda a las esposas de los pescadores del noreste del país, que cantaban mientras esperaban que sus maridos volvieran del mar. Una danza comunitaria, siempre en espera “del otro”, precisamente como un proyecto desarrollado en la ciudad de Açailândia, en el Estado de Maranhão, en plena Amazonía brasileña.

Un juego tomado en serio desde el 2018. Ciranda, acrónimo de Centro de Innovación rural y de Desarrollo agroecológico, decidió apostar por la agroecología como alternativa económica a la cadena minera y a la agroindustria de la región, que se encuentra justo en medio del ferrocarril “Estrada de Ferro Carajás” (Efc), que conecta la mayor mina de hierro a cielo abierto del mundo, en Carajás, en el sureste de Pará, con el puerto de Ponta da Madeira, en San Luis, en Maranhão.

La ecología integral surge así como una posibilidad real para que las familias no dependan sólo de la extracción, sino que sean capaces de salvar la economía local, generando ingresos en casa, con un menor impacto en el medio ambiente. El coordinador de Ciranda, Xoán Carlos Sanches Couto, misionero laico comboniano, es quien explica la relación con la casa común, que puede adaptarse a la realidad de cada uno: “Ciranda promueve tecnologías adecuadas para los agricultores familiares y los campesinos. Aquí probamos y aplicamos tecnologías y formas de producción bien adaptadas al tamaño de las propiedades de los agricultores familiares, a sus conocimientos, a la mano de obra que encuentran en sus familias y al entorno que tenemos en esta región”.

Ciranda
Jóvenes del proyecto Ciranda en un estudio de campo

Agroecología inspirada en la Laudato si’

Xoán es un agrónomo español, que lleva 20 años en Brasil y trabaja con familias de la región amazónica de Maranhão. Al principio, creó la “Casa Familia Rural”, un tipo de escuela agrícola comunitaria para mejorar la vida y la educación de los jóvenes rurales. Hoy, junto con Ciranda, dirige dos proyectos que ayudan a 70 familias de la región con formación teórica y técnica.

En los cursos ofrecidos, los hijos de los agricultores aprenden a familiarizarse con las formas de producir cultivos agroecológicos, con la posibilidad de aplicarlos en sus propias propiedades. Se trata de tecnologías aptas para la agricultura familiar que, una vez aprendidas en la escuela, se transmiten a las familias y comunidades en un flujo permanente de incentivos para no abandonar el medio rural. Este es uno de los buenos ejemplos que llegan desde Brasil, una acción que no resuelve los problemas globales, pero que confirma “que el ser humano todavía es capaz de intervenir positivamente” para mejorar el medio ambiente (Papa Francisco, Laudato si’, 58).

Esta idea de trabajar con la agroecología dice Xoán, “está muy inspirada en la encíclica Laudato si’, un encuentro de ciencia y fe, que busca lo mejor que la ciencia ha producido para explicar la crisis ambiental, para dar una respuesta con la fe, pero también con una base científica. Así que el Centro Ciranda también toma el mismo camino. Utilizamos el conocimiento científico, tenemos asociaciones con institutos de investigación y universidades, pero al mismo tiempo nuestra respuesta se basa en las necesidades de las comunidades, valorando también el conocimiento tradicional”.

Xoán da ejemplos de las técnicas enseñadas, que van desde la construcción ecológica, una forma tradicional de construcción muy practicada en la región con arcilla y tejas hechas con material reciclado, hasta la producción de biogás y la recogida de agua de lluvia con cisternas. Pero también se practican la avicultura, la piscicultura y la apicultura; se crían cerdos al aire libre y se fomentan los sistemas agroforestales mediante la plantación de árboles madereros y frutales y también de cultivos anuales que son la base de la alimentación de los habitantes, “como el maíz, las judías y la mandioca. Todo esto se planta junto en una forma llamada policultivo, donde no hay monocultivo y una especie ayuda a la otra, por lo que se tiene un ambiente equilibrado: es muy difícil que una plaga o algún insecto ataque y cause daños económicos. Así que es una forma de inspirarse en la naturaleza, que también tiene su base científica”.

Ciranda
La técnica de construcción ecológica, con arcilla y tejas con material reciclado

Los retos de Ciranda: de los incendios a la agroindustria

A pesar de los buenos resultados, hay desafíos: es el caso de los incendios que provienen de otras propiedades vecinas. Xoán afirma que, en general, consiguen salvar los cultivos permanentes, pero las otras áreas, con sus experiencias de pastoreo ecológico y reservas forestales, se ven gravemente dañadas por el fuego, como ha ocurrido en los dos últimos años: “Este es un desafío que nos lleva a pensar en cómo, para los próximos años, superar este problema si podemos construir barreras forestales que sean menos susceptibles al fuego”. Incluso así, de todos modos, los resultados ya son prometedores: vemos en las familias un entusiasmo y una voluntad de seguir trabajando la tierra, sabiendo que se trata de una misión para proporcionar alimentos a la humanidad y que se puede hacer preservando nuestra casa común, sin degradar el medio ambiente”.

La alianza con la naturaleza está ya muy presente en la vida de la mayoría de los agricultores. Sin embargo, no todo el mundo tiene esta conciencia, porque la agroindustria está muy presente a nivel local, “transformando economías, paisajes y mentes”. Como confirma el Papa en la Laudato si’ (54), “muy fácilmente el interés económico llega a prevalecer sobre el bien común” y “cualquier intento de las organizaciones sociales por modificar las cosas será visto como una molestia provocada por ilusos románticos”.

Ciranda
Xoancar, en el centro, con un grupo de agricultores familiares

Xoán es plenamente consciente de que Ciranda es una experiencia que “contradice profundamente los fundamentos del mercado capitalista, donde vale más quien más tiene y quien más gana”. Por eso, muchas veces, explica, “se tiende a ridiculizar a las familias, a minimizarlas, a decir que esto no funciona, que esto no puede alimentar a la humanidad, cuando ya tenemos varios estudios que dicen que, por ejemplo, una hectárea agroforestal – que es el método con el que trabajamos, el sistema agroforestal – es más productiva que una hectárea de monocultivo de soja”. Esto es en términos monetarios, pero también en términos ecológicos. Por tanto, desmontar esta `racionalidad monetaria’ es uno de los retos que tenemos y en los que trabajaremos en los próximos años”.

Ciranda
Jóvenes del proyecto Ciranda en un estudio de campo

*Fotos y vídeos realizados antes de las últimas medidas tomadas para hacer frente a la emergencia de la Covid-19

A las puertas de una Semana Santa diferente

David Gumuz Situation
David Gumuz Situation

Etiopía es un país muy diferente al resto, en muchos aspectos. Entre ellos, el calendario propio, tanto el civil como el religioso. Los cristianos siguen el calendario Ortodoxo (tanto los ortodoxos como los católicos), en el cual, la Semana Santa comenzó ayer domingo 25 de abril (día 17 del mes Miaziah para los etíopes).

En estos días hemos estado en la Cuaresma, periodo que se caracteriza por el ayuno y por el compromiso personal y voluntario de abstinencia para hacer un replanteamiento de nuestro modo de vida.

Sin embargo, nuestra gente lleva padeciendo un ayuno forzado desde hace semanas. Desde que el conflicto se radicalizó y las negociaciones para llegar a un acuerdo de paz en nuestra región se rompieron, miles de familias de todas las etnias tuvieron que abandonar sus hogares, y fue entonces cuando comenzó este periodo impuesto de verdadera penitencia y abstinencia.

Abstinencia de comida, porque huyeron con lo puesto, pensando que sería temporal; y estuvieron días, sino semanas, sin poder entrar en ninguna aldea, deambulando por los bosques, sin comer durante largos periodos, para poder alimentar con lo escaso que tenían a los bebés y a los niños y niñas de menos edad. Ese ayuno obligado les ha mantenido sin apenas fuerza durante más de una semana, y la malnutrición ha aflorado, así como problemas de salud relacionados.

Abstinencia de refugio, porque no les dio tiempo ni a coger con qué taparse. Sin mantas para protegerse de la fría y húmeda noche de los bosques, ni del calor sofocante de los días bajo el sol. Además, forzados a dormir sobre el suelo, sin nada sobre lo que reposar y sin nada que los cubra; expuestos a todo tipo de animales e insectos, especialmente el mosquito, que ha causado estragos, dando lugar a un rebrote importante de malaria, que está manifestándose ahora.

Abstinencia de salud, puesto que las situaciones antes mencionadas, así como el estrés, la preocupación, el miedo y la angustia están provocando el florecimiento de todo tipo de enfermedades físicas, así como empeoramiento de la salud psicológica, sobre todo de los más vulnerables. La desesperanza tiene un efecto negativo que ni podía imaginar, y que se materializa también en el cuerpo.

Abstinencia de seguridad, puesto que no sólo están expuestos a las inclemencias del tiempo, sino a los ataques de las milicias de las diferentes etnias, de los que por desesperación se dedican al pillaje, de los que quieren sacar beneficio del conflicto. Es tan frágil la vida en esta tesitura, que parece que ha perdido todo su valor.

David Gumuz Situation

Mañana comenzará la Semana Santa con el Domingo de Ramos. Con la ausencia de casi toda nuestra gente, con la inseguridad de si volveremos a ver a muchos de ellos, y con el sufrimiento que se está padeciendo enquistado en nuestro corazón. La Pasión y Muerte de Jesús tiene más sentido que nunca en estos momentos en los que, para cientos o miles de personas, cada día es un Calvario.

Por eso, la Última Cena tiene que recobrar todo el sentido, cuando Jesús, antes de comenzar, se puso a servir a los suyos y les lavó los pies, un gesto entendido en su época como una humillación del que debe reverenciar al que está por encima. Sin embargo, Él le dio un significado nuevo, escenificando una de las mayores obras de misericordia que existen: sirva nuestra fe en Dios para buscar servir y no ser servidos. No podemos quedar impasibles ante el sufrimiento del hermano, de la hermana. Que no nos sea ajeno, sino “prójimo” el padecer de nuestra gente (entendido desde la fraternidad universal).

Desde nuestra misión en Gilgel Beles, desde el principio abrimos nuestras puertas a los miles de refugiados que hay por los bosques alrededor de nuestra zona. Con los escasos medios que teníamos, buscando hasta debajo de las piedras, y con la colaboración de nuestra diócesis en Etiopía, así como del gobierno local (colaboración escasa por el número de necesidades que hay) intentamos aliviar en los poco a los que alcanzamos, centrándonos principalmente en los más vulnerables.

Para los enfermos y enfermas y para las embarazadas creamos un puesto médico de emergencia, que se ve siempre desbordado por los numerosísimos casos de malaria, tifus y tifoidea, problemas graves de piel, neumonías, malnutrición severa, etc. Para los niños y niñas creamos un comedor diario, que por desgracia se ve casi siempre superado por las necesidades.

Los medios son insuficientes, las fuerzas flaquean, el número de personas que llega a diario aumenta, las necesidades se multiplican, los días pasan y las situaciones se agravan. Pero al final del día, cuando nuestra esperanza está a punto de ser superada, nos percatamos de que todos los niños y niñas han recibido al menos una comida, los enfermos han sido medicados y como mínimo, reconocidos, las mujeres han recibido atención, y el reparto de ropa y medios para protegerse ha concluido. Que donde no había comida para todos llegó, y donde no había plan la solución surgió.

Como decía San Agustín, “trabaja como si todo dependiera de ti, confía como si todo dependiera de Dios”. Esos sencillos milagros del día a día son los que me hacen reconocer que a pesar de lo encabezonados que estamos de estropear su obra, Dios nos sigue cuidando y protegiendo, sobre todo cuando nada queda, “sólo Dios basta”.

Con ese sentimiento agridulce, de confianza por un lado, y de desaliento por la situación por otro, comenzamos la Semana Santa; con la vista siempre puesta en la Resurrección, es decir, en la confirmación de que a pesar de todo, la bondad y el perdón deben de tener siempre la última palabra. Y es difícil creérselo con lo que la gente está viviendo, pero, ¿era caso esperada la resurrección?

David Gumuz Situation

Porque, si esos “milagros inesperados del día a día” no son señal de que hay un Dios que desborda Amor, “que venga Dios y lo vea”.

David Aguilera Pérez, Laico Misionero Comboniano en Etiopía

Sobre la misión entre los Gumuz

Gumuz situation
Gumuz situation

Cuando, en noviembre de 2020, volví de Portugal, nunca pensé que viviría los momentos que he vivido en estos últimos meses.

Vivo en Guilguel Beles, región de Benishangul-Gumuz, Etiopía, y en la misión trabajamos esencialmente con el pueblo Gumuz (nosotros, los laicos misioneros combonianos vivimos con los religiosos combonianos en la misma misión). No cerramos nuestras puertas a nadie, pero este es uno de los pueblos más olvidados y abandonados de Etiopía y del mundo.

También viven aquí varias personas de otras etnias, como los Amara, Agaw y Chinacha. El suelo es fértil y eso lo convierte en una zona deseable. Y así, muchas veces, los gumuz han perdido tierras que les pertenecían.

Pero incluso así, la gente vivía en paz, sin mayores problemas. En 2019, ya estaba en Etiopía, un pueblo gumuz fue atacado, la gente fue asesinada, las casas quemadas… Nuestra misión fue pionera en la prestación de ayuda a los desplazados.

Cuando vuelvo, en noviembre de 2020, los rebeldes de Gumuz empezaron a atacar algunos no Gumuz. Con gran dolor me enteré de la muerte de muchos inocentes. La vida humana es preciosa.

Sin embargo, también fui testigo de la persecución de los Gumuz. La gente huyó al bosque, las casas fueron quemadas, decenas de jóvenes fueron detenidos sin ninguna justificación.

Recuerdo haber ido con David, LMC, mi colega de misión, a Debre Markos, en la región de los Amara, con dos gumuz porque tenían miedo de que los mataran. Varias veces fuimos a asistir a los detenidos en la comisaría.

Mientras tanto, el gobierno empezó a negociar con los rebeldes de Gumuz y durante casi dos meses conseguimos abrir escuelas, la clínica y la biblioteca.

Sin embargo, las negociaciones fracasaron y los rebeldes de Gumuz mataron a más personas. No siempre es fácil concluir las negociaciones cuando las propuestas exigidas son imposibles de alcanzar.

En respuesta, los rebeldes de Amara y Agaw atacaron aldeas, mataron gente y quemaron casas. Los jóvenes con los que convivía, las mujeres del grupo al que seguía, los niños de la escuela y del jardín de infancia tuvieron que huir al bosque: sin comida, sin ropa, sin nada. Gente que conocía fue asesinada: ¡gente inocente!

A nuestra misión han venido muchas personas a pedir comida, dinero para comprar alimentos, asistencia médica…

Al principio preparábamos comida para todos los necesitados que se acercaban a nosotros [“dadles vosotros de comer” (Mt 14,16)]; luego, con la ayuda de la Diócesis, ofrecimos pasta y cada mañana ofrecimos una comida a más de 200 niños. Los domingos ofrecemos una comida después de la misa.

David se encarga de las comidas todos los días y la Hermana Nives (una Hermana Comboniana) proporciona atención médica a docenas de personas cada día.

Alterno entre ayudar en el trabajo con los niños e ir a Mandura, a la misión de las Hermanas Combonianas (que tuvieron que dejar la misión, debido a esta situación de guerrilla, viviendo por ahora en nuestra misión. Pero durante el día intentan quedarse en la misión donde estaban, Mandura, para acoger a la gente que viene) donde ayudo en las tareas domésticas, como ir a buscar agua para los animales, para la casa (ya que las hermanas no tienen agua en casa), etc. y acojo (yo y las hermanas combonianas Vicenta y Cristiane) a la gente que viene a saludar o pedir ayuda. Muchos de ellos se arriesgan a venir a la misión, después de caminar tres o cuatro horas, para ir a buscar los cereales que han almacenado en la casa de las hermanas o para pedir ayuda.

Ha sido muy duro escuchar tanto sufrimiento: gente que sufre, desnutrición, niños gravemente enfermos, gente que ha perdido a sus familiares, que ha perdido su grano. Cuántas veces me cuesta dormirme pensando en esta realidad.

Gumuz situation

La misión consiste en rostros… y veo tantos rostros que sufren. Cuando rezo en la Iglesia y miro la cruz de Jesús, veo muchos rostros, contemplo esta realidad sufriente y me doy cuenta de que Jesús está en esa cruz por nosotros y que sigue sufriendo diariamente por nosotros. Pero al mismo tiempo siento estas palabras en mi mente: ¡no tengas miedo! ¡Estoy contigo!

No es fácil vivir estos momentos de sufrimiento, pero la experiencia de fe en Jesús, que pasó su vida haciendo el bien, que sufrió, que fue asesinado pero que fue resucitado nos ayuda a ser testigos del Amor de Dios entre las personas.

Gracias a todos los que habéis contribuido a la misión en distintos niveles de oración, amistad, afecto y ayuda. Sin vuestra participación no podríamos ayudar. ¡Muchas gracias de corazón!

No faltan las tribulaciones, pero estad seguros que vuestra oración nos sostiene. La misión es de Dios y en Él debemos poner nuestra confianza.

Abrazo fraterno,

Pedro Nascimento, LMC en Etiopía

Maiata organiza una exposición sobre la misión de los voluntarios en África

Cristina Sousa

Cristina Sousa, de 51 años, tiene ya una enriquecedora experiencia de dos años de voluntariado en la República Centroafricana para mostrar en sus fotos.

Como Laica Misionera Comboniana, no quería dejar de registrar en fotos, como aficionada, a un pueblo que la acercó a lo mejor que hay en el mundo. Ahora está organizando, junto con el Ayuntamiento de Maia, una exposición de la que pronto tendremos noticias.

Cristina Sousa

Cristina Sousa es de Gueifáes, Maia (de ahí maiata), y en enero de 2018 fue a misión como voluntaria a la República Centroafricana, a la región de Mongoumba, donde entró en contacto con el pueblo pigmeo. Cuando regresó a Portugal dos años más tarde, sintió la necesidad de compartir los registros audiovisuales que recogió a lo largo de este tiempo para dar más visibilidad a la vida cotidiana de este “maravilloso pueblo”.

Cristina Sousa es Laica Misionera Comboniana y, según ella, ser misionera es una vocación, algo que nos acompaña por dentro”. Cristina afirma que para ser misionera tuvo que pasar tres años de formación. “Nos preparamos espiritualmente, esperamos y luego nos envían”, explica. Este envío lo realiza el equipo responsable de los Laicos, pero para Cristina “es algo interior, donde sentimos que es Dios quien nos envía”.

La misionera lleva unos cinco años en este camino y, según ella, “no necesitamos ir al extranjero para ser misioneros”. La necesidad de salir al encuentro de “nuestro hermano”, como explica Cristina, “es algo que nace y hierve dentro de nosotros” y si esta necesidad no se alimenta “no vamos bien”.

El pueblo pigmeo es “extraordinario”.

Su primera y única misión hasta la fecha ha sido en África Central, “justo en el corazón de África”, donde ha compartido su vida con los pigmeos. Según Cristina Sousa, los pigmeos son “extraordinarios y muy especiales”. Tienen una humildad y una sencillez que sólo he experimentado allí. Por ello, considera un “privilegio convivir con estas personas, ser acogidas, conquistada y conquistarlos a ellos también”.

Los pigmeos viven en campamentos “poco poblados” y dispersos por la selva, y el objetivo de los Laicos Misioneros Combonianos es ayudar a la integración en las aldeas. “Casi nunca son bienvenidos, porque viven en el bosque y son bastante discriminados”, explica Cristina. “Son explotados y no tienen acceso a la escuela o al hospital”. Así, el papel de los laicos es servir de “puente en esta integración”.

Actualmente, gracias a la labor hecha por misioneros como ella, hay muchos niños escolarizados y más acceso a la sanidad, sin embargo la discriminación sigue siendo bastante visible entre la población. Cristina dice que una de sus mayores preocupaciones es el hecho de que no hay registros de estas personas “como personas, es casi como si no existieran”.

En el intento de otorgar alguna identidad a estas personas, Cristina Sousa se encontró con su realidad, porque “son nómadas, sus casas no están protegidas de la lluvia y no tienen forma de guardar los documentos en sus ropas”. Así, la existencia de documentos de identificación personal es casi imposible.

Según la Laica Misionera Comboniana “el proceso de inculturación requiere mucho cuidado”, pues “nosotros vamos con nuestros ideales y tenemos que entender que ellos tienen los suyos. Nuestro principal carisma es Salvar África con África. Es decir, ayudar a la formación del africano para que camine por sí mismo”. Así, la función de los laicos es “ser, testimoniar y transmitir la Buena Noticia”. El compartir de conocimientos con el pueblo africano es, según Cristina, “bastante difícil, porque luego nos vamos y puede que ni siquiera hayan entendido muy bien lo que hemos querido transmitir”.

Cristina Sousa regresó de la República Centroafricana justo al límite del primer confinamiento.

Cuando Cristina Sousa regresó a Portugal, en febrero de 2020, dice que fue una cuestión de suerte que no la “cogieran en los aeropuertos” porque, dos semanas después, el país entró en su primer confinamiento. Para recibir noticias de África, Cristina intenta establecer contacto con “compatriotas portugueses que están en la capital, sacerdotes y hermanos”.

La pandemia de la Covid-19 es “incontrolable en la República Centroafricana”. Según Cristina, debido a la falta de recursos económicos y a la “falta de lugares adecuados, la gente no tiene acceso a las pruebas y, por lo tanto, nunca se conoce la verdadera causa de la muerte”, pero “debido a que la esperanza de vida media es de unos 40 años, el número de personas mayores es extremadamente reducido y, por esta razón, creo que allí la Covid-19 no será tan agresiva y resistente”.

En cuanto a las medidas de prevención “a veces me mandan fotos o vídeos y se ve a la gente con mascarilla”. Lo que para ella “no tiene mucho sentido, porque a la hora de dormir están todos juntos”.

Para ella, hablar del covirus en estos escenarios es aún más difícil, entre otras cosas porque hay otras enfermedades más graves que llevan varios años matando, como la malaria, el ébola y la lepra, por ejemplo, en las que mueren miles de personas cada día. “Esto lleva mucho tiempo ocurriendo y todavía no hay vacuna”, añade.

Las desigualdades entre los países desarrollados y los que están en vías de desarrollo “se mantienen muy presentes” y Cristina Sousa explica que no entiende “la falta de manifestaciones sobre los derechos de los pueblos africanos”.

A Cristina le gustaría que se luchara más por los derechos de los africanos.

“Veo muchas manifestaciones por los derechos humanos y los derechos de los animales, pero ¿qué pasa con esta gente? Es importante que salgamos a la calle para demostrar la desigualdad”.

Sin embargo, Cristina reflexiona que no todo es malo: “Quizás también hemos desequilibrado un poco a esta gente, porque fuimos a mostrarles una realidad diferente a la que conocen. Viven de la naturaleza, y no podemos quitarles la naturaleza”. Según ella, “hay aquí una paradoja que requiere reflexión”.

La Laica Misionera Comboniana dice también que ha visto “morir a niños por mordeduras de serpiente y otras cosas sencillas”. Si estas cosas hubieran ocurrido en Occidente, no habrían provocado la muerte. Es difícil gestionar las emociones, porque uno siempre piensa que si estas personas hubieran nacido en otro lugar, no les pasaría esto”.

Durante su misión, Cristina Sousa utilizó su cámara para capturar los momentos que pasó con el pueblo pigmeo. De forma amateur, esta maiata grabó la vida cotidiana de este pueblo sui generis con el propósito de “difundir el mensaje que la imagen transmite, es decir, dar a conocer este maravilloso pueblo”. Nuestro deber como misioneros es traer su realidad aquí y de alguna manera hacer que la gente sea un poco más consciente de otras realidades”.

Actualmente, Cristina Sousa está negociando con el Ayuntamiento de Maia para que sus fotografías puedan ser expuestas y compartidas con su comunidad de origen. Cristina Sousa espera poder compartir la vida cotidiana de los pigmeos con sus compatriotas, con lugar y fecha aún por definir.

La misionera cree que “compartir lo que tenemos y lo que otros pueden darnos es lo que nos desarrolla como personas”. El intercambio de experiencias de diferentes realidades es, en definitiva, lo que nos enriquece y nos hace crecer”.

Cristina Sousa

Estamos de celebración

Familia LMC
Familia LMC

Hoy la comunidad LMC de Ipê Amarelo Nova Contagem Minas Gerais celebra los catorce años de vida matrimonial de Ana Cris y Alejandro. Que esta fecha se repita por muchos años y que ellos y sus hijos continúen este hermoso camino misionero, siempre con la intercesión de Comboni y las bendiciones de Dios y de la Virgen María.

Valmir Barp, LMC