Después de viajar bastante, llegamos a Lima, Perú. Nos recibieron con mucho cariño la señora Ana y el señor Fisher, de los LMC de Perú. Era la primera vez que pasábamos la Semana Santa fuera y lejos de nuestro país y familia.
Celebramos el Domingo de Ramos en la capilla cerca de nuestra casa. Nos gustaron las canciones y las oraciones. La gente estaba muy contenta de conocernos. Nos dieron un momento corto para presentarnos.
El Viernes Santo fuimos al barrio de Pamplona para el Vía Crucis. Fue una experiencia nueva. En todos los lugares compartimos la comida y la felicidad.
Otros días fuimos a visitar a las familias de los LMC que viven en Lima y también fuimos a la casa de los escolásticos, y a la casa provincial. Nosotras también visitamos el centro de Lima para hacer turismo y ver lugares muy bonitos.
Por ahora estamos teniendo una experiencia muy buena. Nos gustan las comidas de Perú. El clima es favorable para nosotras. Hemos aprendido sobre la cultura, sobre el dinero y cómo pagan los alimentos y otras cosas.
Actualmente estamos estudiando mucho para avanzar con el español. Deseamos aprender español bien para poder hacer el mejor servicio misionero posible. Aprendemos mucho sobre la cultura, la historia y también tenemos buena interacción con la gente.
La Campaña de la Fraternidad de 2026 nos invita a contemplar una de las afirmaciones más profundas de la fe cristiana: «Él vino a morar entre nosotros» (Jn 1,14). El prólogo del Evangelio de Juan revela el corazón del misterio de la encarnación. Dios no permaneció alejado de la realidad humana. El Verbo se hizo carne, asumió nuestra condición, entró en la historia y eligió habitar en medio de la humanidad. No vino como un visitante pasajero, sino como alguien que decidió compartir la vida, los dolores y las esperanzas de su pueblo.
La encarnación es, por tanto, el gran gesto de cercanía de Dios. En Jesús, Dios se acerca a la humanidad herida, especialmente a quienes viven al margen: los pobres, los excluidos, los olvidados de la sociedad. Cristo nace en una realidad sencilla, crece entre los pequeños, camina con los que sufren y anuncia un Reino donde los últimos ocupan el centro. Esta lógica del Evangelio rompe con la mentalidad del poder y la indiferencia, y revela a un Dios que elige la cercanía, la compasión y el servicio.
Esta perspectiva ilumina profundamente la espiritualidad misionera comboniana. Inspirados por San Daniel Comboni, los misioneros y misioneras están llamados a hacer el mismo movimiento de Jesús: salir al encuentro, vivir en medio y caminar junto a los más pobres. Comboni comprendió que la misión no se lleva a cabo desde una posición de superioridad o distancia, sino desde el compartir concreto de la vida con quienes más lo necesitan. Su sueño misionero era claro: salvar a África con la propia África, valorizando a los pueblos, sus culturas y su dignidad.
Dentro de esta lógica, los laicos misioneros combonianos desempeñan un papel esencial. Ellos dan testimonio de que la misión no es exclusiva de los religiosos o los sacerdotes, sino que es una vocación de todo el pueblo de Dios. El laico misionero es aquel que, insertado en la vida cotidiana —en el trabajo, en la familia, en la comunidad— se convierte en presencia viva del Evangelio. Asume la misión como estilo de vida, llevando la presencia de Cristo a los lugares donde a menudo la Iglesia institucional no logra llegar.
La encarnación nos enseña que Dios no transforma el mundo a distancia. Él se compromete con la realidad humana. Del mismo modo, los laicos misioneros combonianos están llamados a habitar las periferias existenciales, a acercarse a los dolores de la humanidad y a construir signos concretos de esperanza. Estar junto a los pobres no es solo una actitud de solidaridad social, sino una dimensión profunda de la fe cristiana. En los rostros de los pobres y vulnerables encontramos al mismo Cristo, que sigue interpelándonos.
En este sentido, el tema de la Campaña de la Fraternidad de 2026, «Vino a morar entre nosotros», se convierte también en una invitación para cada cristiano: permitir que Cristo siga habitando en el mundo a través de nuestras actitudes. Cuando nos acercamos a quienes sufren, cuando compartimos la vida con los olvidados, cuando luchamos para que todos tengan dignidad, estamos prolongando la presencia de Dios en medio de la humanidad.
Porque, donde se defiende la vida, donde se restaura la dignidad y donde se acoge a los pobres, allí Dios sigue habitando entre nosotros.
Con el corazón lleno de alegría y esperanza, continuamos nuestra misión en la querida aldea El Manzanillo, viviendo un día más de encuentro, servicio y fe, caminando siempre de la mano de Jesús Resucitado.
Durante la mañana, realizamos el visiteo a las familias de la comunidad, llevando con nosotros el cirio pascual, signo de la presencia viva de Cristo. Con cada visita, entramos a los hogares llevando la Luz de Jesucristo Resucitado, compartiendo palabras de consuelo, fe y esperanza. Fue un momento profundamente significativo, donde pudimos escuchar, orar y acompañar a cada familia, recordándoles que Dios nunca abandona a sus hijos y que la Resurrección es promesa de vida nueva para todos.
Por la tarde, vivimos un espacio de convivencia fraterna junto a la comunidad, desarrollando actividades de manualidades y trabajos artesanales utilizando materiales básicos, fomentando la creatividad y la participación de todos. También disfrutamos de momentos llenos de alegría con los niños, realizando juegos, donde las sonrisas y la inocencia nos recordaron la belleza de servir con amor y sencillez.
Así cerramos un día bendecido, lleno de fraternidad, entrega y misión, donde una vez más pudimos llevar la Buena Nueva a este sector, proclamando con alegría y convicción:
¡Jesucristo ha Resucitado! ¡Ha Resucitado, claro que sí!
Inspirados por el testimonio de San Daniel Comboni, recordamos sus palabras y su espíritu misionero, que nos animan a salir al encuentro de los más necesitados, a llevar el Evangelio con valentía y a confiar siempre en la obra de Dios, incluso en medio de los desafíos. Él nos enseñó que la misión se construye con amor, cercanía y entrega total al servicio de los demás.
Como Laicos Misioneros de Guatemala, queremos reafirmar que toda nuestra comunidad misionera permanece unida, caminando juntos en la fe, sosteniéndonos mutuamente y manteniendo en nuestras oraciones a cada familia, a cada niño y a cada persona que forma parte de esta hermosa misión.
Seguimos adelante, con esperanza renovada y con el corazón dispuesto, sabiendo que cada paso que damos es una semilla de amor sembrada en nombre de Cristo Resucitado.
Dios bendiga a la aldea El Manzanillo y a cada una de sus familias.
Tuve la oportunidad de conocer a Mariana y Adelaida años atrás, tiempos en los que ellas tenían que hacer su propio camino para responder al proyecto que Dios les estaba presentado, ha sido un crecimiento constante donde ambas han tenido que vencer los obstáculos encontraron.
Adelaida fue a la primera que conocí de marzo a mayo del 2011 cuando estaba en mi práctica misionera de tres meses en la comunidad de Vicente Guerrero, ella formó parte del grupo de catecismo para hacer su Primera Comunión, la formación incluía liderazgo así que al terminar el curso ella pudiera ser Catequista. Es importante mencionar que nosotras como misioneras la gente nos veía como religiosas porque en muchas ocasiones nos decían Madre. Conociendo la realidad de su cultura ella, me hizo ver que era necesario dialogar con los responsables para que se reconociera el cargo que ella podía desempeñar. Se convocó a una reunión donde participe, estuvieron los principales de la comunidad, las autoridades y los responsables del templo (solo hombres podían tener estos cargos); después de un dialogo de tres horas se aceptó que como mujer pudiera ser responsable de la formación catequética en la comunidad y ya tiene 15 años en ese cargo en su localidad, hoy en día participa en el consejo parroquial, asamblea diocesana y congresos misioneros; su comunidad la respalda ya que representa a su Pueblo.
Mariana fue diferente la experiencia, ella participaba en el grupo misionero de jóvenes en el seminario, hizo discernimiento vocacional en el grupo América Misionera y cuando di mi servicio en la formación en el año 2017 recuerdo que participó en el retiro de información LMC y comenzó su crecimiento en el grupo de Laicos Misioneros Combonianos, tuvo que vencer sus propios obstáculos personales, familiares, de grupo y sociales. Participaba mensualmente en los retiros y en las actividades semanales del grupo. La perseverancia la llevo a dar pasos firmes y hoy se encuentra dando su servicio como LMC en la parroquia de San Miguel Arcagel de Metlatónoc, donde estará por tres años de servicio.
Ya se conocían por coincidir en las reuniones donde ambas participan en la parroquia. Esta semana surgió algo diferente en este tiempo de cuaresma, han realizado un servicio en equipo durante 7 días, dieron temas de Formación en las comunidades de Vicente Guerrero y Linda Vista en preparación a la Semana Santa, son espacios en donde el trabajo en equipo fortalece a la persona. Durante el día tuvieron diferentes actividades y estas son algunas de ellas:
+ Compartir los temas de los días Santos de la Semana Santa.
+ Formación a los Catequistas de Buen Vista para que hagan sus celebraciones.
+ Juegos con los niños como la lotería de pasajes de la Biblia.
+ Se rezaba el Rosario de la aurora (en Mixteco) a las 6am en Vicente.
+ Cosechar chilacayote.
La importancia de seguir compartiendo el Evangelio donde Dios nos envía hace que podamos conocer personas disponibles y serviciales. Tú también puedes sumarte a este gran proyecto. ATRÉVETE.
Ya han pasado cuatro meses desde la inauguración de nuestra comunidad en Chelopoy, Kenia. Este tiempo me ha permitido comprender más profundamente qué es realmente la misión. Cada día aquí me recuerda que no se trata principalmente de actividades o proyectos, sino de encuentro: conocer a otra persona, su historia, sus esperanzas, sus dificultades y su fe.
Mi ministerio diario tiene muchas dimensiones: pastoral, social y educativa. Sin embargo, por encima de todo, se trata de la presencia: simplemente estar cerca de las personas y compartir su vida cotidiana. Es en esta sencillez donde descubro el significado y el valor más profundos.
Los miércoles, jueves y sábados, junto con la hermana Rebeka y Mercy, visitamos a las familias. Nos reunimos para orar, conversar, escuchar y compartir lo que nos depara la vida cotidiana. Estas visitas son extremadamente importantes para mí, ya que me permiten comprender mejor la vida de las personas, sus alegrías y preocupaciones, y su fe —a menudo muy sencilla, pero profundamente auténtica—.
Los domingos tienen un carácter especial. Después de la Santa Misa, junto con la hermana Benedicta, intentamos visitar a los ancianos y a los enfermos en sus hogares. La mayoría de las veces se trata de mujeres solitarias. En esos momentos, veo claramente lo grande que es el valor de la presencia de otra persona.
Una parte importante de mi misión es también la educación de los jóvenes. Los jueves y viernes, imparto clases de informática básica en una escuela de niñas. Para muchas alumnas, este es su primer contacto con la tecnología. Aprendemos a escribir a máquina, a utilizar programas sencillos y a descubrir las oportunidades que ofrece el mundo moderno. En el mundo actual, donde la tecnología desempeña un papel cada vez más importante, incluso los conocimientos básicos de informática pueden abrir las puertas a una mayor formación y a nuevas oportunidades. Esto me da una gran esperanza y la sensación de que este trabajo tiene un impacto real en su futuro.
Por supuesto, la vida misionera no se reduce a encuentros maravillosos, sino que también conlleva desafíos. Uno de ellos es la barrera del idioma. No siempre es fácil expresar lo que llevo en el corazón o comprender plenamente a otra persona. A veces faltan las palabras y surge la incertidumbre. Sin embargo, en esos momentos aprendo que la comunicación es más que el lenguaje: es una sonrisa, un gesto, la presencia y la apertura. A menudo, estos elementos tienden puentes donde las palabras no bastan.
Estos primeros meses me muestran que la misión es, ante todo, relación. Es presencia, escucha y caminar junto a los demás. Es estar con otra persona en su vida cotidiana, tanto en la alegría como en las dificultades. Y aunque cada día trae nuevos retos, también trae muchos momentos hermosos que nacen del encuentro.
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