Tuve la oportunidad de conocer a Mariana y Adelaida años atrás, tiempos en los que ellas tenían que hacer su propio camino para responder al proyecto que Dios les estaba presentado, ha sido un crecimiento constante donde ambas han tenido que vencer los obstáculos encontraron.
Adelaida fue a la primera que conocí de marzo a mayo del 2011 cuando estaba en mi práctica misionera de tres meses en la comunidad de Vicente Guerrero, ella formó parte del grupo de catecismo para hacer su Primera Comunión, la formación incluía liderazgo así que al terminar el curso ella pudiera ser Catequista. Es importante mencionar que nosotras como misioneras la gente nos veía como religiosas porque en muchas ocasiones nos decían Madre. Conociendo la realidad de su cultura ella, me hizo ver que era necesario dialogar con los responsables para que se reconociera el cargo que ella podía desempeñar. Se convocó a una reunión donde participe, estuvieron los principales de la comunidad, las autoridades y los responsables del templo (solo hombres podían tener estos cargos); después de un dialogo de tres horas se aceptó que como mujer pudiera ser responsable de la formación catequética en la comunidad y ya tiene 15 años en ese cargo en su localidad, hoy en día participa en el consejo parroquial, asamblea diocesana y congresos misioneros; su comunidad la respalda ya que representa a su Pueblo.
Mariana fue diferente la experiencia, ella participaba en el grupo misionero de jóvenes en el seminario, hizo discernimiento vocacional en el grupo América Misionera y cuando di mi servicio en la formación en el año 2017 recuerdo que participó en el retiro de información LMC y comenzó su crecimiento en el grupo de Laicos Misioneros Combonianos, tuvo que vencer sus propios obstáculos personales, familiares, de grupo y sociales. Participaba mensualmente en los retiros y en las actividades semanales del grupo. La perseverancia la llevo a dar pasos firmes y hoy se encuentra dando su servicio como LMC en la parroquia de San Miguel Arcagel de Metlatónoc, donde estará por tres años de servicio.
Ya se conocían por coincidir en las reuniones donde ambas participan en la parroquia. Esta semana surgió algo diferente en este tiempo de cuaresma, han realizado un servicio en equipo durante 7 días, dieron temas de Formación en las comunidades de Vicente Guerrero y Linda Vista en preparación a la Semana Santa, son espacios en donde el trabajo en equipo fortalece a la persona. Durante el día tuvieron diferentes actividades y estas son algunas de ellas:
+ Compartir los temas de los días Santos de la Semana Santa.
+ Formación a los Catequistas de Buen Vista para que hagan sus celebraciones.
+ Juegos con los niños como la lotería de pasajes de la Biblia.
+ Se rezaba el Rosario de la aurora (en Mixteco) a las 6am en Vicente.
+ Cosechar chilacayote.
La importancia de seguir compartiendo el Evangelio donde Dios nos envía hace que podamos conocer personas disponibles y serviciales. Tú también puedes sumarte a este gran proyecto. ATRÉVETE.
Ya han pasado cuatro meses desde la inauguración de nuestra comunidad en Chelopoy, Kenia. Este tiempo me ha permitido comprender más profundamente qué es realmente la misión. Cada día aquí me recuerda que no se trata principalmente de actividades o proyectos, sino de encuentro: conocer a otra persona, su historia, sus esperanzas, sus dificultades y su fe.
Mi ministerio diario tiene muchas dimensiones: pastoral, social y educativa. Sin embargo, por encima de todo, se trata de la presencia: simplemente estar cerca de las personas y compartir su vida cotidiana. Es en esta sencillez donde descubro el significado y el valor más profundos.
Los miércoles, jueves y sábados, junto con la hermana Rebeka y Mercy, visitamos a las familias. Nos reunimos para orar, conversar, escuchar y compartir lo que nos depara la vida cotidiana. Estas visitas son extremadamente importantes para mí, ya que me permiten comprender mejor la vida de las personas, sus alegrías y preocupaciones, y su fe —a menudo muy sencilla, pero profundamente auténtica—.
Los domingos tienen un carácter especial. Después de la Santa Misa, junto con la hermana Benedicta, intentamos visitar a los ancianos y a los enfermos en sus hogares. La mayoría de las veces se trata de mujeres solitarias. En esos momentos, veo claramente lo grande que es el valor de la presencia de otra persona.
Una parte importante de mi misión es también la educación de los jóvenes. Los jueves y viernes, imparto clases de informática básica en una escuela de niñas. Para muchas alumnas, este es su primer contacto con la tecnología. Aprendemos a escribir a máquina, a utilizar programas sencillos y a descubrir las oportunidades que ofrece el mundo moderno. En el mundo actual, donde la tecnología desempeña un papel cada vez más importante, incluso los conocimientos básicos de informática pueden abrir las puertas a una mayor formación y a nuevas oportunidades. Esto me da una gran esperanza y la sensación de que este trabajo tiene un impacto real en su futuro.
Por supuesto, la vida misionera no se reduce a encuentros maravillosos, sino que también conlleva desafíos. Uno de ellos es la barrera del idioma. No siempre es fácil expresar lo que llevo en el corazón o comprender plenamente a otra persona. A veces faltan las palabras y surge la incertidumbre. Sin embargo, en esos momentos aprendo que la comunicación es más que el lenguaje: es una sonrisa, un gesto, la presencia y la apertura. A menudo, estos elementos tienden puentes donde las palabras no bastan.
Estos primeros meses me muestran que la misión es, ante todo, relación. Es presencia, escucha y caminar junto a los demás. Es estar con otra persona en su vida cotidiana, tanto en la alegría como en las dificultades. Y aunque cada día trae nuevos retos, también trae muchos momentos hermosos que nacen del encuentro.
Me llamo Luca, tengo 24 años y, hace un par de meses, tuve la suerte de vivir una intensa experiencia misionera en Mozambique, más concretamente en Carapira, donde, gracias a la acogida de los padres y las laicas misioneras combonianas, tuve la oportunidad de conocer al pueblo macua.
Partí para esta experiencia el 18 de agosto, junto con Ilaria y Federica, dos misioneras que desde hace casi dos años dedican su servicio a lo que ahora se ha convertido en su hogar: Carapira. Tuve la suerte de conocerlas hace dos años en Modica, Sicilia, poco antes de su partida.
Ese encuentro me impactó profundamente y, desde el primer momento, comenzó a madurar en mí el deseo de reunirme con ellas en tierra de misión, sin duda para ponerme al servicio, pero sobre todo para conocer y dejarme atravesar por la belleza y la humanidad que caracterizan estos lugares. Así, este verano, Federica e Ilaria, tras un breve periodo en Italia, acogieron con alegría y entusiasmo mi petición de poder acompañarlas.
Y así, tras un viaje en avión marcado por mil peripecias, entre vuelos perdidos y cancelados, llegamos finalmente a Mozambique, a Carapira.
Desde el primer momento me impresionó profundamente la acogida de la comunidad local. Después de presentarme durante la primera misa a la que asistí, tropezando con mi portugués, para todos me convertí en «Mano Lucas», es decir, «hermano Luca». Pronto empecé a llamar «mano» y «mana» a todo el mundo con quien me encontraba; incluso aprendí a llamar «mamá» y «papá» a las personas mayores que yo, entrando así en una dimensión de familiaridad y comunidad, quizás nunca antes experimentada, que me hacía sentir acogido y me hacía sentir bien.
La increíble acogida que recibí me hizo sentir cómodo desde el primer momento y me ayudó mucho a integrarme, aunque siempre con cautela, en la vida cotidiana y la realidad de Carapira. Las primeras semanas las dediqué principalmente a observar, conocer e intentar comprender mejor el contexto en el que me encontraba, para entender cómo podía aportar mi granito de arena en el poco tiempo que tenía disponible. Pronto me di cuenta de que, para lograrlo, tenía que dejar de pensar solo con mi cabeza y aprender a abrir mi corazón, confiando en el amor de Dios.
Así fue como, una mañana, mientras aún me estaba recuperando de dos días de fiebre, vinieron a visitarme algunos niños del barrio. Se habían enterado de que no me encontraba muy bien y, sin dudarlo, acudieron a alegrarme y animarme. Además de hacerme compañía, fueron ellos quienes me confiaron lo que luego se convertiría en mi misión: me pidieron que les ayudara a estudiar matemáticas.
Por desgracia, en Carapira muchos niños tienen dificultades para aprender realmente algo en la escuela. ¿Y cómo culparlos? Hay todos los ingredientes para que este camino sea extremadamente difícil: solo tres horas de clase al día, clases de unos noventa niños con un solo profesor, aulas demasiado pequeñas, falta de pupitres y sillas, calor sofocante y, en algunos casos, incluso falta de bolígrafos y cuadernos. El resultado es que muchos se quedan atrás, llegando a no saber hacer sumas sencillas o incluso a ser analfabetos, a pesar de llevar años asistiendo a la escuela.
Sin embargo, las ganas de salir de esta situación y el deseo de aprender son grandes.
Tan pronto como me recuperé por completo, comenzamos esta aventura. Los medios disponibles eran escasos —unas hojas y algunos bolígrafos— y los espacios eran los que eran. Así que empezamos a reunirnos cerca de la gran iglesia de Carapira, sentándonos en el suelo y utilizando las paredes de la misma como respaldo. Nos acomodábamos donde había sombra: por la mañana a un lado, por la tarde al otro, desplazándonos cada hora para escapar de los rayos directos del sol.
En un abrir y cerrar de ojos se corrió la voz y muchos prefirieron «abandonar» el balón durante unas horas al día para venir a estudiar un poco de matemáticas en compañía.
Como siempre digo, no por modestia, sino porque es la verdad, lo que estos niños me han enseñado en los días que hemos pasado juntos ha sido mucho más de lo que yo les he enseñado a ellos. Poder observarlos, conocerlos, ser su amigo —o, como dirían ellos, «hermano»— ha sido una gran suerte, que siempre guardaré en mi corazón y que me ha enriquecido profundamente. El encuentro con la diversidad siempre conduce a nuevos descubrimientos que alimentan el espíritu; lleva a tomar conciencia de aspectos de uno mismo que de otro modo difícilmente saldrían a la luz y, sobre todo, ayuda a comprender que, a pesar de las mil diferencias, en el fondo todos somos mucho más parecidos de lo que pensamos. Solo cuando se llega a esta conciencia es realmente posible hablar de «fraternidad global». Si tan solo pudieran comprenderlo quienes gobiernan este mundo loco…
Volviendo a mi experiencia, podría contar muchos otros momentos significativos vividos en esos dos meses: desde la belleza de la vida comunitaria experimentada con los misioneros combonianos, a los que siempre estaré agradecido, hasta la intensidad de la fe alegre y auténtica del pueblo mozambiqueño, pasando por los numerosos encuentros en las pequeñas comunidades dispersas en la naturaleza y mucho más.
Pero no me extenderé más, también porque para contar todo esto necesitaría páginas y páginas.
Sin embargo, para terminar, quiero compartir una reflexión que, durante los días que pasé en Mozambique, maduré primero sobre mí mismo y, quizás, más en general, sobre la «tribu bianca» (tribu blanca), como la define el padre Alex Zanotelli.
Esta reflexión surgió en el momento en que, poco después del comienzo de la misión, empecé a darme cuenta de que quien más ayuda estaba recibiendo era precisamente yo. Paradójicamente, el que más ayuda recibía era precisamente el que había partido para ayudar y que, quizás pecando un poco de presunción, ni siquiera se sentía tan necesitado. Este descubrimiento hizo que muchas de mis convicciones se derrumbaran y, sin duda, me permitió empezar de nuevo con un espíritu renovado. Era el espíritu de quien, consciente de sus límites, desea recibir ayuda, desea sentirse acogido y tocado por el amor de Dios, para poder custodiarlo y luego devolverlo, de una forma nueva, a quienes le rodean. Por otra parte, solo después de haber sido ayudados, siguiendo el ejemplo, podemos ayudar a los demás, devolviendo el amor recibido y creando una espiral de bien que se autoalimenta.
Creo, por tanto, que reconocernos «necesitados», a pesar de todas nuestras comodidades y de todo lo que poseemos, es el camino para poder acoger verdaderamente el amor de Dios y el primer paso que hay que dar para ponerse verdaderamente al servicio de los demás.
Esto es lo que más me ha enseñado la misión y, en consecuencia, el deseo que le deseo a cualquiera que lea este artículo: intentar abandonar sus presunciones y aprender a reconocerse como necesitado, para poder encontrar verdaderamente al Otro, que es Dios.
En mi experiencia como mexicana hay muchas tradiciones en este país algunas ya de mucho tiempo atrás, siendo ya una costumbre que pasa de generación en generación, como son las posadas que más allá de solo asistir por los dulces que se nos regala al finalizar cada una, se hace memoria de ese camino que José y María tuvieron que pasar para conseguir un lugar donde naciera Jesús, pues al no encontrar posada como las llamaban antes ahora seria como habitaciones de hotel, lo que pudieron ofrecerles fue un establo y ellos lo aceptaron con gran amor.
Esta tradición de las posadas se organiza y cantan en diferentes partes del país cada lugar con su costumbre, pero con ese toque especial de lo que realmente se conmemora y significan.
En mi familia las organizamos así, 9 de los integrantes toma una posada por día a él o ella le tocara dar aguinaldos o algún aperitivo como bebida caliente más conocida como ponche si se tiene con que comprar, ya que como hace frio este es uno de los signos que nos recuerda que se acerca la Navidad. Se reza el rosario al terminar cada misterio se cantan versos, al ir caminando con los peregrinos.
Ejemplo:
Caminen gustosos espesos queridos ángeles del cielo cubrir los caminos.
De la Blanca nieve que ha desgastado los lirios se ponen de color nevado.
Por entre esos montes va la omnipotencia también los leopardos le hacen reverencia.
Por entre esos montes camina María con su esposo amado de noche y de día.
Etc.
Después de varios versos se llega a una casa para pedir la posada, así se hace en tres momentos durante el rosario hasta terminar, al hacer las tres peticiones se canta la entrada de los peregrinos en la casa donde se quedarán ese día que le toca a esa familia la posada, al siguiente día de ahí se comienza para ir a la siguiente casa y así durante los 9 días.
Aún cuando estamos en un mismo país, cada estado, diócesis, parroquia, colonia y familia tienen diferente manera de organizar y realizar esta tradición, aplica igual para los cantos, la tonada y el ritmo.
Aquí en Metlatonoc donde estoy de misión se organizan muy diferente, de acuerdo a su costumbre, ha sido una experiencia muy agradable pues he aprendido mucho de las personas al ir observándolas, los organizadores de las posadas aquí son los mayordomos, solo ellos mueven las imágenes, deciden qué niños las llevarán y tocan la campana mientras se mueven las imágenes, algo curioso que se me hizo aquí es que tienen a los peregrinos vestidos como ellos, con traje típico de la región.
El cantor es quien reza una parte del rosario antes de salir con los peregrinos cuando comienza la letanía ahí es la hora de comenzar a caminar va cantando en latín y responde el mismo, al llegar a la casa donde se pedirá posada deja de cantar la letanía. Los grupos de las carreras Guadalupana y de Juquila son quienes leen las lecturas y cantan el pedimento tanto los versos de afuera como de adentro se dividen para hacerlo así, en estas posadas aquí llevan banda, les regalan silbatos a todos se hace mucho ruino y tiran cohetones, al llegar a la casa donde se quedarán los peregrinos se la reconoce porque está muy adornada y está el portal que prepararon.
El cantor termina de rezar el rosario ahí, los grupos ya mencionados antes se reúnen y cantan algunos villancicos, después sigue la convivencia de toda la comunidad parroquial. Su costumbre es dar pozole y café, la banda toca y las personas se van animando a bailar. Más o menos van terminando todo como entre las 11 o 12 de la noche. Los grupos de las carreras son tres dos Guadalupanas y la de Juquila, se reparten los días que les tocará cantar y participar.
Ha sido un vivir estas fechas de diferente manera al no estar en familia. Como me dijeron mis hermanos, ahora convivirás con otras personas y cuando vengas en tus vacaciones será momento de convivir con nosotros. Es lo que me anima a seguir, la oración y el ánimo que toda mi familia, amigos y conocidos me brindan, estoy tratando de encargarme de las cosas de Dios que yo sé que él se está encargando de las mías, que en principal aquí en la tierra soy yo y mi familia.
Durante este año hemos compartido experiencias significativas como comunidad, tanto en nuestras formaciones y convivencias como en las jornadas misioneras, en las cuales buscamos hacer vida lo que hemos aprendido en dichas formaciones así como lo que Dios ha sembrado con nuestra colaboración a través de nuestra oración personal y de nuestra vida Sacramental.
En la Comunidad de León El Manzanillo hemos tenido la oportunidad de llevar la Palabra de Dios a través de los temas que compartimos el primer sábado de cada mes, en nuestras jornadas misioneras, y también a través de los momentos de oración por aquellas personas que enfrentan quebrantos de salud u otras dificultades, esto durante las visitas domiciliarias. Los talleres que hemos impartido han sido además una herramienta valiosa para los miembros de la comunidad, promoviendo un desarrollo integral, lo que nos llena de alegría.
Justo en esta comunidad, el sábado 8 de noviembre abordamos el tema de la conversión, preparándonos espiritualmente para el Adviento e incentivando la participación activa de la comunidad en la Eucaristía dominical. Ese mismo día, en horas de la tarde, organizamos un taller práctico en el que aprendimos a elaborar unos panecillos conocidos como donas. Esta actividad fue una oportunidad para convivir de manera diferente, creando un ambiente muy agradable y alegre.
Posteriormente, el lunes 8 de diciembre, participamos con gran devoción en una Solemne Eucaristía en honor a la Inmaculada Concepción de María.
Más adelante, el domingo 14 de diciembre, celebramos con entusiasmo el Día del Laico Misionero Comboniano. El día comenzó con la Santa Eucaristía, presidida por el Padre Juan Diego Calderón. Luego compartimos un delicioso desayuno de tamalitos que llenó de energía nuestro cuerpo y nuestro corazón.
El resto del día transcurrió entre risas, pláticas cercanas y diversas actividades que nos ayudaron a fortalecer los lazos comunitarios. Por supuesto, no podía faltar un rico almuerzo, que marcó otro momento especial para compartir y celebrar con gratitud.
Damos gracias a nuestro Buen Padre Dios por todo lo vivido durante este año. Las experiencias que nos concedió no solo nutrieron nuestro crecimiento personal y comunitario, sino que también impactaron positivamente la vida de nuestros hermanos.
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