Tras un período de discernimiento en oración y una pausa temporal en nuestro camino como Laicos Misioneros Combonianos de la Provincia de Norteamérica (NAP), nos llena de gratitud anunciar la renovación de nuestra comunidad. Por la gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo, nos reunimos de nuevo con renovado celo, inspirados por el carisma misionero de san Daniel Comboni y su sueño de llevar el amor de Cristo a los más abandonados y olvidados.
Como Laicos Misioneros Combonianos repartidos por todo Estados Unidos y Canadá, hemos comenzado a reunirnos mensualmente a través de Zoom, lo que nos permite permanecer unidos a pesar de las grandes distancias que nos separan. El primer martes de cada mes, nos reunimos para una Noche de Oración; un momento sagrado para fortalecer nuestra comunión, alimentar nuestra identidad misionera y reavivar el fuego de nuestra vocación.
Estos encuentros nos brindan la oportunidad de compartir cómo el Señor está actuando en nuestras vidas, de reflexionar sobre nuestras experiencias al servicio de las misiones internacionales y de animarnos mutuamente como discípulos misioneros. Por encima de todo, nos reunimos ante el Señor en oración, confiando a su Sagrado Corazón nuestras intenciones personales, las necesidades de la Iglesia y los clamores de nuestro mundo.
Siguiendo el espíritu de san Daniel Comboni, cuyo corazón ardía de amor por la misión, rezamos fervientemente por la paz en todo el mundo, por todos los misioneros que prestan servicio cerca y lejos, por quienes sufren en los márgenes de la sociedad y por un aumento de las vocaciones misioneras. También recordamos a todos aquellos que nos apoyan con sus oraciones y su amistad.
Nuestra Noche de Oración está abierta a cualquiera que desee unirse a nosotros, rezar con nosotros y conocer mejor la vocación de Laico Misionero Comboniano. Se ha convertido en una hermosa oportunidad no solo para profundizar en nuestra fe, sino también para compartir el don de esta vocación misionera con otras personas que quizá estén discerniendo cómo el Señor les invita a servir a su Reino.
Como enseñó san Daniel Comboni: «Salvar África con África», recordándonos que la evangelización se lleva a cabo a través de la participación, el acompañamiento y la confianza en la providencia de Dios. Hoy seguimos viviendo este espíritu misionero como laicos comprometidos a dar a conocer y hacer amar a Cristo allá donde Él nos envíe.
Os invitamos a acompañarnos en la oración y la misión. Que el Espíritu Santo siga guiando a nuestra renovada comunidad, y que el Corazón de Jesús, fuente de todo amor misionero, inspire a las nuevas generaciones de Laicos Misioneros Combonianos a responder generosamente a la llamada de Dios.
«Misión o muerte» era el grito apasionado de Comboni. Que también nosotros vivamos con el corazón totalmente entregado a Cristo y a su misión.
Paz y bendiciones,
Laicos Misioneros Combonianos de la Provincia de Norteamérica
Roma, 12 de junio de 2026 – Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Queridos hermanos:
La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a volver a la fuente de nuestra vocación y de nuestra misión. Al contemplar el Corazón traspasado del Buen Pastor, reconocemos el amor sin medida de Dios por la humanidad: un amor que se hace cercanía, compasión, misericordia y entrega total de sí mismo.
El Corazón de Jesús no es solamente un símbolo de nuestra fe; es el lugar donde aprendemos a conocer la manera de amar de Dios y el criterio con el que discernimos nuestra vida misionera. En él descubrimos un amor que no excluye a nadie, que se deja herir por el sufrimiento del mundo y que continúa buscando a quienes están perdidos, olvidados o descartados.
San Daniel Comboni encontró en el Corazón de Cristo el secreto de su pasión misionera. De aquella contemplación nació su amor por los pueblos más abandonados y su capacidad de compartir su historia hasta sentirlos verdaderamente como hermanos. También para nosotros, “hijos” de tan gran Apóstol de África, la misión encuentra su origen y su renovación en dejarnos modelar por el Corazón de Jesús, para que nuestra mirada, nuestras decisiones y nuestras relaciones reflejen cada vez más sus mismos sentimientos.
El Papa Francisco nos recordó que «el Corazón de Cristo, que simboliza su centro personal del que brota su amor por nosotros, es el núcleo vivo del primer anuncio» (Dilexit Nos, 32). Solo permaneciendo unidos a este centro podremos evitar que la misión se reduzca a eficiencia, organización o simple actividad. Antes que trabajadores, somos discípulos; antes de hablar de Cristo, estamos llamados a dejarnos transformar por su amor.
Vivimos en un mundo marcado por profundas heridas. Guerras, violencias, desigualdades, migraciones forzadas, pobrezas antiguas y nuevas siguen afectando a millones de personas. Muchos hombres y mujeres buscan esperanza, escucha y dignidad; muchos jóvenes buscan un futuro; numerosas comunidades viven situaciones de fragilidad e incertidumbre. Frente a estas realidades, la tentación de la indiferencia o de la resignación está siempre al acecho.
El Corazón de Cristo, en cambio, nos llama a una cercanía valiente. Nos invita a no pasar de largo, a no encerrarnos en nuestras seguridades, sino a compartir la vida de los pueblos a los que somos enviados. La misión nace precisamente de este movimiento del corazón: salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, reconociéndolo como hermano o hermana amada por Dios. Dando prioridad a los últimos, a los más marginados y a los más pobres, hasta desear, como decía Daniel Comboni, «estrechar entre los brazos y dar el beso de paz y de amor a aquellos infelices hermanos nuestros» (Escritos, 2742). Sí, como combonianos, estamos llamados a ser signo de este amor que acoge y reconcilia, que crea fraternidad y genera esperanza en las periferias del mundo.
Nuestra presencia en las diversas Iglesias y entre los distintos pueblos del mundo adquiere credibilidad cuando se convierte en testimonio de comunión, especialmente en nuestras comunidades internacionales e interculturales. La diversidad de nuestros orígenes no es un obstáculo para la misión, sino uno de sus signos más elocuentes: el Evangelio es capaz de unir aquello que el mundo tantas veces divide.
En esta fiesta, pidamos, pues, la gracia de un “corazón misionero”, capaz de compasión, escucha y cercanía; un corazón libre de toda forma de cerrazón y dispuesto a dejarse interpelar por los sufrimientos de los más pobres y abandonados; un corazón que sepa reconocer la presencia de Dios en las periferias humanas y existenciales de nuestro tiempo.
Confiamos al Sagrado Corazón de Jesús nuestro Instituto, las comunidades en las que vivimos, los pueblos a los que servimos y a todos aquellos que llevamos en la oración y en el trabajo cotidiano. Que este Corazón renueve en nosotros la alegría del Evangelio, reavive el fuego de la misión y nos haga testigos creíbles de su amor en el mundo.
Con afecto fraterno, les deseamos una santa y gozosa Fiesta.
Del 4 al 8 de junio tuvo lugar en Kitelakapel una reunión de los miembros del LMC Kenia. Fue un momento especial de reflexión, oración y planificación para el futuro de nuestra comunidad.
Durante la reunión, repasamos la evolución de los LMC en los últimos seis meses y reflexionamos sobre la dirección que debemos tomar de cara al futuro. Juntos, discutimos nuestros puntos fuertes, retos y oportunidades para seguir creciendo y prestando servicio. Cada día comenzaba con la Santa Misa celebrada por el P. Joseph, durante la cual encomendamos a Dios nuestros planes, actividades e intenciones. El encuentro fue también una excelente oportunidad para fortalecer nuestras relaciones, compartir experiencias y construir comunidad.
Un acontecimiento especialmente importante durante nuestra estancia fue la celebración de la fiesta del Corpus Christi el 7 de junio. Los miembros de CLM participaron en la solemne procesión eucarística en Kitelakapel. La Santa Misa fue celebrada por el P. Joseph, quien nos recordó en su homilía la importancia de la Eucaristía como fuente de unidad, amor y fortaleza para todo cristiano. Fue un momento especial de oración y un testimonio público de nuestra fe.
Tras la Santa Misa, los fieles tomamos parte en la procesión con el Santísimo Sacramento, honrando a Cristo verdaderamente presente en la Eucaristía. Los miembros LMC colaboramos activamente en la preparación y organización de la celebración y ayudamos durante todo el evento.
Esta hermosa fiesta reunió a muchos feligreses, niños y jóvenes, demostrando la fe viva de nuestra comunidad. Fue también un momento especial de unidad, alegría y gratitud por el don de la presencia de Jesús entre nosotros.
El lunes, tras la Santa Misa y el desayuno, partimos hacia nuestros hogares, llevándonos con nosotros nueva inspiración, aliento espiritual y una motivación renovada para seguir sirviendo a los demás.
Agradecemos a todos su presencia, su compromiso y el tiempo que compartimos juntos. Que Cristo, presente en la Eucaristía, siga guiándonos y fortaleciéndonos en nuestra vida cotidiana y en nuestra misión como miembros del LMC.
Ante la creciente polarización social y política, los conflictos y las guerras de nuestro mundo, que el Señor nos ayude a ser constructores de puentes y no de muros, para que el amor prevalezca sobre las barreras que tratan de dividirnos. Oremos.
Hoy en día podemos encontrar un sin número de propuestas en el mundo. Por difícil que parezca nuestra situación, tenemos la oportunidad de elegir y seguir un camino y apostar por un sueño; una misión que nos hace romper los esquemas sociales en los que fuimos formados, educados o forzados a seguir por el qué dirán. Según las opciones presentadas por mi familia, tenía dos propuestas para elegir mi vocación: «Te casas o te vas al convento».
Ante esta afirmación estuve en proceso vocacional con las consagradas, pero me di cuenta de que no sentía el llamado a la vida religiosa y pensé que me casaría, hasta que tuve la oportunidad de conocer la vocación del Laico Misionero Comboniano (LMC), donde solteros o casados podíamos servir a Dios ayudando en la construcción de un mundo donde reine su amor.
Soy Beatriz, y te contaré un poco sobre cómo cambió mi historia al conocer a los LMC. Pertenezco a una familia católica de Sahuayo, crecí viviendo mi fe en familia, participábamos activamente en los apostolados que se realizaban en la parroquia y estudiaba en la universidad. Todo era normal, hasta que algo cambió en mí cuando me invitaron a participar en un campo misión de Semana Santa, era el año 2000. Jamás imaginé todo lo que viviría al dar este «sí» a Dios. Esa semana cambió mi historia y la idea de formar una familia. Así se cumplía uno de los sueños de mi niñez que había quedado sepultado en mi memoria, pero Dios que conoce lo más íntimo de nuestro corazón lo rescató, ir a África para ayudar a los niños. Ese deseo había surgido al conocer las historias de los Misioneros Combonianos en la revista Aguiluchos que leíamos con nuestra catequista Lolita.
Siempre había querido ir a misiones de Semana Santa, una amiga me invitó y la verdad me dio tanta alegría que, sin dudarlo, me comprometí a participar. Dejar a mi familia no fue fácil. Salir de mi realidad fue un paso para experimentar hermosas vivencias. Estar en un lugar con personas que no conoces haciendo cosas que jamás imaginaste y a las que no estás acostumbrada fue un gran reto que me ayudó a desarrollar una capacidad de adaptación, identificando en el otro la presencia de Dios. Estar con ellos como laica para compartir mi experiencia de Dios, sabiendo que los valores del Evangelio son universales, fue lo que dio identidad a mi vocación laical en medio de una comunidad indígena.
A partir de ese año fue imposible dejar de vivir la misión. Las experiencias en diferentes épocas del año y por más tiempo aumentaron, situación que me acercó a la gente y a vivir su día a día compartiendo todo, enriqueciéndonos unos a otros.
Recibí la propuesta de ir a misión fuera del país y al dar el «sí», comencé mi formación en comunidad; fue un periodo en el que purifiqué mi decisión. Así, después de una larga espera, recibí un correo que decía: «irás a las misiones de Mozambique»; el correo llegó después de la muerte de mi papá, suceso que cimbró mi vida. Confiada en Dios salí a la misión, la oración y el apoyo de mi familia me fortalecieron ante el paso que debía dar.
Llegar a África fue un sueño hecho realidad. La gente de Mozambique me recibió con su agradable calor y alegría. Estuve dos días en Maputo, la capital del país, esperando la llegada del padre que me llevaría a Nampula. Los LMC que serían mis compañeros me recogieron y trasladaron por carretera a Carapira.
Así comenzó la historia misionera con personas a las que fui conociendo y formando lazos de amistad y familia. Esto fue muy importante para mí porque cada día me convencía de que no estaba sola; primero estaban mis compañeros de comunidad y de grupo como Martinho y Margarida, matrimonio LMC de Mozambique, que para mí fueron grandes maestros y me ayudaron a corregir mis errores en el campo de misión.
Afortunadamente, también había una comunidad de padres y hermanos combonianos que atendían la parroquia y la escuela, así como las combonianas que se encargaban de las niñas del internado. Todos formamos el equipo misionero para la parroquia de Carapira. Cada uno teníamos nuestras actividades, pero nos unían la oración, el plan de trabajo, las convivencias y hasta los paseos, que nos permitían conocernos mejor.
Viví en el Instituto Tecnológico Industrial de Carapira (ITIC), que es espectacular, ya que la frase de bienvenida te hacía sentir en casa: «Hacer de la escuela una gran familia». Realmente eso era, todos conseguíamos sintonizar nuestra vida en torno a lo que acontecía en el ITIC; nos daba grandes vivencias 24 horas al día, desde preparar el desayuno, limpiar todas las áreas, apoyar en la administración y dar clases, hasta el estudio nocturno y acompañamiento de enfermos, era un verdadero equipo de trabajo.
En cuestión de religión había mucho respeto y diferentes credos. Alguna vez los alumnos musulmanes me invitaron a su momento de oración. Los católicos teníamos misa dos veces por semana, y cada 8 días nos reuníamos con el grupo de jóvenes. Algunos participaban de los encuentros vocacionales que organizábamos en la parroquia, retiros que han dado frutos para la vida misionera y diocesana; unos ya son sacerdotes y otros siguen su proceso de formación, como es el caso de dos escolásticos Combonianos, ahora estudian en América; Doler en Brasil y Felizardo en Perú.
La cita bíblica que consolidó mi camino misionero es “Recibirás la fuerza de mi Espíritu y serás mi testigo para siempre” Hch 1, 8. Sigue presente en mi vida de oración, sobre todo en el año jubilar coincidiendo con mi XXV aniversario como LMC, está fuerza sigue latente, tuve la oportunidad de celebrar de distintas formas:
1. En el grupo de laicos me tocó coordinar la apertura de la misión permanente de nuestro movimiento LMC en la parroquia de San Miguel Arcangel en la comunidad de Metlatónoc, Gro misma que ya estábamos planeando tres años antes.
2. Ingrese al equipo coordinador de Misioneros Laicos Ad-gentes (MILAG), un desafío para mí como persona por las múltiples tareas que ya tengo como misionera laica.
3. Me uní a la familia Comboniana para participar del jubileo de los jóvenes en Roma, acompañé un grupo de ocho jóvenes mexicanos en donde también estuvieron cuatro de mis sobrinos, previo tuvimos una semana formativa donde compartimos sobre la encíclica Laudato Sí.
4. Apoyar en la organización del taller de Animadores Diocesanos en San Juan de los Lagos con el equipo MILAG.
5. Experiencia de misión ad-gentes con mi sobrina en Lokichar, comunidad de Kenia, un tiempo de gran aprendizaje y un crecimiento vital para nosotras.
6. Celebrar con mi comunidad parroquial y la familia mi vocación como LMC y animar a otros a descubrir este camino misionero.
Te puedo decir que el 23 de abril del 2000 ha sido la Pascua que dio un cambio muy importante en mi vida que me permitió comenzar un proceso de continuo aprendizaje y crecimiento donde hacer con Amor lo que me gusta me permite ser Feliz.
Cada día hay nuevos retos, la oración, la formación permanente son los grandes pilares que me fortalecen para avanzar hasta donde Dios quiera con la certeza de que cada día es una oportunidad para Servir. Me encomiendo a tu oración.
Si tienes inquietudes por la vida misionera ad-gentes, responde a tú llamado y encontrarás la Felicidad al Anunciar el Evangelio.
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