Laicos Misioneros Combonianos

Una alegría resistente

Un comentario a Lc 24, 46-53 (2 de junio de 2019; Ascensión del Señor)
Leemos hoy los últimos versículos del evangelio de Lucas, que sorprendentemente termina con las siguientes palabras:
“Se volvieron a Jerusalén con alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios”.
El mismo Lucas en su segundo libro, Los Hechos de los Apóstoles, explica un poco más el ambiente que reinaba en aquella primera comunidad de discípulos cuando el Maestro ya no estaba con ellos:
“Unánimes y constantes, acudían diariamente al templo, partían el pan en las casas y compartían los alimentos con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y se ganaban el favor de todo el pueblo”.
Alguien ha dicho que esta descripción lucana del ambiente positivo, alegre, orante, fraterno y lleno de “bendición ” de las primeras comunidades es una visión utópica y poco realista, porque la realidad suele ser bastante más prosaica y llena de sombras, sin que falten los conflictos, las traiciones y los pecados.
Pero Lucas no ignora esta realidad. Por el contrario,en el texto que leemos hoy, se nos recuerda que “el Mesias padecerá”. De hecho, Jesús padeció y murió, fue insultado, traicionado y negado. De hecho, padecieron los primeros discípulos, que fueron perseguidos y asesinados y contaron también con traidores y pecadores entre sus filas.
Así sigue sucediendo también con nosotros. La vida no siempre es de color de rosas. La vida es una lucha, en la que no faltan los sufrimientos, las separaciones, las batallas perdidas, las traiciones y los pecados, propios y ajenos. Pero nada de eso tiene la última palabra. Jesús concluyó su paso por este mundo bendiciendo, encomendando a los suyo la misión que tenía en el corazón y prometiendo el Espíritu Santo. Por eso la Ascensión es una separación, pero con una presencia que continúa, una presencia que da alegría, fidelidad, misión.
En cada etapa de nuestra vida personal o familiar, en cada época de la historia tenemos que renovar nuestra fe en esta promesa del Espíritu, en el triunfo de Dios, en la victoria del amor, de la verdad y del bien. En esa promesa y en esa esperanza está anclada nuestra fidelidad, nuestra alegría y nuestra determinación de continuar la Misión. Ante cada nueva batalla sabemos que el Espíritu prometido por Jesús no nos fallará, sino que estará con nosotros y nos impulsará a ser testigos y anunciadores de cambio y conversión.
Esa certeza íntima nos da una alegría resistente, que no se apaga y nos lleva a vivir siempre bendiciendo, anunciando el perdón de los pecados, testimoniando el permanente amor misericordioso del Padre de Jesús y padre nuestro, creando fraternidad, hasta que concluyamos, como Jesús, retornando al seno del Padre, donde ninguna vida se acaba sino que se transforma.

P. Antonio Villarino

Obras son amores y no buenas razones

creer
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Un comentario a Jn 14, 23-29 (VI Domingo de Pascua, 26 de mayo de 2019)

El texto que leemos hoy forma parte de los discursos de despedida de Jesús en el evangelio de Juan. El texto, que hay que leer como un gran testamento de amor que Jesús deja a sus amigos y discípulos, se presta a muchas reflexiones. Yo me detengo apenas en una de sus frases: “El que me ama guardará mi palabra… El que no me ama no guarda mis palabras”.

Todos estamos de acuerdo que el amor, en todas sus dimensiones, es la esencia de la vida. Pero, a mi modo de ver, el amor puede estar falseado por dos actitudes contradictorias: un “eficientismo”, que todo lo cifra en “obras”, sin tener en cuenta los sentimientos, las palabras, las sonrisas, la mirada…; y un “espiritualismo” o “sentimentalismo”, que todo lo cifra en palabras bonitas, arrumacos o apariencias, sin hacer nada concreto.

Sin embargo, el amor tiene que tener estas dos dimensiones complementarias:

  • El amor debe ser concreto, hecho de obras y actitudes concretas, que buscan el bien de la persona amada (sea Dios mismo, sea mi esposo o esposa, sea mi comunidad o cualquier persona). Jesús dice: “El que me ama, guarda mi palabra, cumple mis mandatos”. San Pablo concreta aun más:

“El amor es paciente y bondadoso: no tiene envidia, ni orgullo ni jactancia. No es grosero, ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal” (1Cor 13,4-5).

Y Santiago es mucho más concreto y “tierra-tierra”:

Si un hermano o una hermana están desnudos y faltos del alimento cotidiano, y uno de vosotros le dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les da los necesario para su cuerpo, ¿de qué le sirve?” (Sant 2,15-16).

En esta línea de pensamiento, podríamos concluir: Tú dices que amas a tu esposa o esposo (o tu comunidad), pero no le ayudas en su vida concreta o no la comprendes en su manera de ser, ¿de qué le sirve tu amor?. Tú dices que amas a Dios, pero no le haces caso a sus mandamientos, no haces nada por los pobres, no ayudas en la  Iglesia, ¿es verdadero tu amor?

  • Por otra parte, el amor es mucho más que sus manifestaciones concretas. Sin hechos no hay amor, pero los hechos no bastan, porque pueden estar contaminados de orgullo, egoísmo, afán de ser importantes, afán de dominio… El amor es algo más,quizá intangible, pero muy real. Es una implicación de vida, es una cercanía incondicional a la otra persona, incluso cuando uno no puede hacer nada por el otro, por las circunstancias en las que vive. Por eso San Pablo dice también:

 “Aunque repartiera todos mis bienes a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, de nada mi sirve” (1Cor 13,3).

En este sentido, Jesús alaba a aquella mujer que hace un gesto totalmente “inútil” derramando un frasco de perfume caro para honrar a Jesús. Es que el amor no siempre es eficiente, no siempre es calculador, no siempre es “lo más útil”. El amor es un gran don que no puede “comprarse ni venderse”. El amor es, en buena parte, un don del Espíritu Santo que Jesús prometió a los suyos.

Como decía el abbé Pierre, “la vida es un poco de tiempo que Dios nos ha regalado para aprender a amar”.  A vivir se aprende viviendo y a amar se aprende amando. Y en la medida que aprendemos a amar, no de palabra sino de verdad, hacemos experiencia del Padre que “habita en nosotros”, de Jesucristo que nos ilumina con su Palabra y del Espíritu que nos hace crecer continuamente en ese amor.

P. Antonio Villarino

Bogotá

Misa de envío de la LMC Carolina Fiúza

Carolina
Carolina

Mis queridos amigos y amigas,

Mi corazón está plena y muy agradecido por tantas bendiciones y por el amor recibido el 12 de mayo, donde en mi parroquia – Santa Eufemia – se celebró mi envío. Fue una ceremonia muy bonita… y no sólo la ceremonia, sino todo el día en general y la animación misionera, fueron momentos de compartir mucho y de gran fraternidad.

Mi AGRADECIMIENTO A TODOS por estar unidos en oración. Me siento afortunada… por teneros a vosotros como familia y por tantos amigos que me aman y me dan fuerza. ¡GRACIAS!
 
Para quien no pudo estar presente en la Eucaristía, comparto las palabras que dirigí a todos.

Animacion Misionera

Mi querido Padre del Cielo,

Esta es una oración de tu hija muy amada, Carolina de Jesús Fiúza, que hoy, con la fuerza de esta comunidad, es enviada por dos años a amar al pueblo de Etiopía.

Desde hace tiempo oigo tu invitación resonando dentro de mí y que me dice:

“Navega mar adentro y lanza las redes para pescar. No tengas miedo: vienes conmigo, serás pescadora de hombres. ¡Ven, sígueme!”

A Ti te agradezco esta invitación y con mucha alegría que, como María, digo SÍ, ¡Hágase en mí según tu palabra!

A Ti mi mayor AGRADECIMIENTO pues este Sí es fruto de una relación entre los dos. A Ti te repito muchas GRACIAS por no desistir conmigo y porque confías en mí. A Ti también te agradezco por todas estas personas que están aquí de las más diversas formas, física o espiritualmente. A Ti te agradezco estas mil vidas que, muchas veces, sin saberlo, son también mil vidas para la misión, tal como pedía San Daniel Comboni: las mil vidas para la misión. Te agradezco el coraje y la fuerza que dan a mi Sí y la confianza que en mí depositan.

A todas estas personas y a Ti os agradezco y prometo: prometo errar, fallar. ¡Es la condición humana! Sin embargo, prometo intentar mejorar siempre, prometo aprender, escuchar, callar, aceptar, entender, compartir lo que soy, recibir lo que son… y, sobre todo, AMAR. Prometo entregarme totalmente al pueblo etíope y hacer lo que pueda, con lo que tengo, donde esté.

Me miro y me veo pequeña. Pero con mis limitaciones, con lo que traigo en mi mochila, me quiero entregar a Ti y partir hacia los más pobres y necesitados, inspirada por San Daniel Comboni. Confío en Ti. Confío en que Tú no eliges a los capacitados, sino que capacitas a los escogidos. Así, confío que me darás las capacidades para amar a este maravilloso pueblo de Etiopía, donde Tú ya estás desde siempre.

Tal vez muchos no entiendan por qué elijo partir en misión. Comprendo y acepto la incomprensión de muchos. Y agradezco el apoyo que, aun así y de forma incondicional, me dan. Tal como mi querido padre dice, “¡el bien puede hacerse en muchos lados!”. Y no es mentira…, sin embargo, Tú mi Padre del cielo, Tú que eres un solo Cuerpo, pero con muchos miembros y cada miembro con su función, Tú nos llamas a todos a ser misioneros, de formas muy distintas. Hoy y a mí, sé que me llamas a partir, me llamas así a ser grano de trigo que muere en la tierra para que nazca fruto. Y esto es un misterio. Tal como el misterio de tu Hijo muy amado que murió en la cruz. Al igual que Él, también doy mi Sí, dispuesta a hacer nacer y crecer la misión a los pies de la Cruz. ¿Conseguiremos alguna vez entender este misterio de la muerte de Jesús en la Cruz, mi Padre? Tal vez no. De la misma manera, tal vez no sea entendible mi Sí para muchos. Es un misterio, también. También para mí la misión que me entregas en las manos es un misterio. Pero, aun así, digo Sí. Digo Sí confiadamente porque sé que nunca, pero nunca me abandonarás.

Dios mío, Tú sabes la GRATITUD que guardo dentro a tantas personas. Sin oportunidad de mencionar todas, ¡agradezco en especial a mi familia, que me da sentido, que me dio genes de misionera!

Te agradezco en particular la vida de mis padres, Edite y Manuel Fiúza, que me educaron de la mejor manera que sabían. Sin ellos, mi vida, valores, dones… todo lo que soy, de ninguna manera sería posible. Te agradezco sus vidas y el fruto de tu creación que soy yo hoy, este don que soy y que quiero poner a rendir. Te agradezco porque les da la capacidad de amarme y apoyarme incondicionalmente, aunque a menudo no entienden mis decisiones. Te pido que los guardes, que mires siempre por ellos y que siempre les des la fuerza para luchar por la Vida, tal como me enseñaron a hacerlo.

Te agradezco la vida de mi novio, Hélder Neves, que desde siempre me ha apoyado y me ha dado la fuerza en los momentos de mayor duda. Te agradezco el amor que nos une y que sólo puede venir de ti. Y sé que este Sí no es sólo mío, sino de ambos. También él acepta la invitación de vivir en misión conmigo. ¡Y esta misión la aceptamos con mucha confianza! Te pido que cuides siempre de él, acogiéndolo en tus brazos. Y que lo que Tú uniste, el amor que nos une a los dos, jamás osemos separar o dañar. ¡Danos la confianza y el coraje de mantenernos siempre uno!

Te agradezco por la vida de todos los parroquianos de mi “tierra, que hermosa de tierra”, esta hermosa Santa Eufemia. Esta tierra que me vio crecer y que me acompañó en la vida y la fe cristianas. Entre catequistas, grupos de coro, sacerdotes que aquí ya conocí (y ya son tres), y tantas personas que hoy miro y de las cuales llevo lo mejor… te agradezco la vida de cada uno. Un agradecimiento especial al Padre Nuno Gil, cuya jovialidad y fuerza para llegar a todos no me dejan indiferente. Te pido que le sigas dando ánimo para continuar conduciendo y construyendo tu Reino aquí en la Tierra.

Y, por fin, y sabiendo que tendría que agradecer a muchas otras personas, Te agradezco por toda la Familia Comboniana. Te agradezco por ser luz en este camino en que busco a diario descubrirte y enamorarme más y más por Ti. Te agradezco por el ejemplo que cada uno es para mí de vida inspirada en San Daniel Comboni y por posibilitar que entienda cada vez más y mejor mi vocación misionera. Les agradezco verdaderamente porque en mí confían la misión en Etiopía, y Te pido que consiga siempre ser lo mejor de mí como LMC.

Dios mío, tú sabes lo que traigo dentro, más que nadie. Tú sabes cuánto duele dejar el amor que tengo aquí. Pero tú también sabes cuán feliz estoy pues, allí donde voy también me espera el amor. Porque voy al encuentro el amor, siguiendo los pasos de quien me invita.

Bien sabes, que éste nunca será un Adiós, sino siempre un hasta pronto.

Hasta pronto mi comunidad. Nunca tengan miedo de dar su Sí, pues Dios, como Padre misericordioso, nunca os abandonará. Os dejo un recuerdo: una cruz típicamente Etíope (que incluso os fue enviada por una hermana misionera Comboniana de Etiopía), para que recuerden que todos formamos parte de una misma cruz, la Cruz de Cristo. Rezad por mí y por el pueblo y misión en Etiopía. Confiar en que nosotros también rezamos por vosotros.

Carolina Fiúza, LMC

“Tú vales mucho para mí”

salud
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Un comentario a Jn 13, 31-33ª. 34-35 (V Domingo de Pascua, 18 de mayo de 2019)

El breve texto que leemos hoy forma parte de los discursos que Juan pone en boca de Jesús durante su última cena, cuando se despide de sus discípulos con una especie de testamento. En estos versículos de hoy se usan dos términos de gran espesor significativo: Gloria y Amor. Detengámonos un poquito en cada uno de ellos.

  1. La gloria: “Glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique a ti”.

Según el Vocabulario Bíblico de León-Dufour, el término “gloria” significa algo así como “peso”,  “espesor”, importancia, respeto que se inspira. En ese sentido, la expresión “glorifica a tu hijo” significa “reconócele la importancia” (que otros no quieren reconocerle), “dale la estima” que se merece. De hecho, esta “gloria”, estima o importancia a los ojos propios y de los demás es algo que todos buscamos afanosamente. Sin eso parece que no somos nadie, casi como que estuviéramos “muertos” socialmente.

Pero la pregunta es: ¿Qué es lo que me hace importante y valioso ante mí mismo y ante los demás? ¿Cuál es la base para mi “gloria”? Según la Biblia, algunos ponen la base de su “gloria” en lo siguiente:

               -las riquezas, como en el caso de Abraham (Gn 13, 2)

               -la elevada posición y “autoridad” social, como José en Egipto (Gen 45, 13)

               -el poder e influencia que irradia una persona (Is 17, 3ss)

               -el resplandor de la belleza, como en Aarón (Ex 28,2)

               -la dignidad, como la del ser humanos “coronado de gloria” (Sal 8, 6).

En contraposición con estas actitudes, al final de su vida, a la hora de entregar su “testamento”, Jesús proclama que su “gloria” (su auto-estima, su importancia) se basa solamente en Dios, no en el éxito, ni en el triunfo humano, ni en las riquezas, ni en un grupo poderoso de amigos, ni en la eficacia de su metodología apostólica o sus estudios bíblicos… solamente en Dios. El sentirse en comunión con el Padre es lo que le hace sentirse “glorificado”, “reconocido”, “estimado”, “valioso”, como dice Isaías:

“Tú vales mucho para mí,

Eres valioso y te amo…

No temas que yo estoy contigo”

 (Is 43, 3-4).

b) El amor: “Como yo os he amado, amaos también unos a otros”

La “gloria de Dios es el hombre”, dijo San Irineo. Dios se siente “reconocido” cuando el hombre encuentra su “gloria”, su importancia. Y esto sucede cuando los seres humanos e reconocen y se aman mutuamente. Jesús sembró la semilla de una humanidad nueva, “gloria de Dios”, reuniendo una comunidad de discípulos cuya ley básica sería el amor mutuo. Quisiera recordar brevemente algunas de las características de esta comunidad en la que los discípulos se aman como Jesús amó:

1.- En la comunidad de Jesús, se lavan los pies mutuamente.  “Si yo que soy el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros” (Juan 13, 15). Lavar los pies es reconocer la importancia del otro. Sólo Dios puede ser tan humilde de ponerse al servicio de los otros, sin perder su identidad. Sólo lava los pies, es decir, sólo se pone al servicio del otro, el que se siente tan amado y tan seguro en el amor que no tiene miedo de humillarse.

2.- El que tenga más dones es el que más sirve: “El que quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9, 31). De hecho, Jesús insistía en que entre ellos no hubieras jefes, ni maestros, ni padres. La suya es una comunidad de hermanos, cuyo único Padre es Dios y el único Maestro es Jesús.

3. Escuchan la Palabra y la cumplen: “Y señalando a sus discípulos, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12, 49-50).

4.- Se corrigen y se perdonan: “Si tu hermano te ofende, ve y repréndelo a solas…” “¿Cuántas veces debo perdonar? ¿Siete veces? No, hasta setenta veces siete” (Mt 18, 15-35).

5.- Oran para no caer en la tentación: “Velad y orad, para que podáis hacer frente a la prueba; que el espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil” (Mt 26, 41).

6. Se comprometen juntos en la misión que Jesús les encomienda: “Vayan por el mundo entero…”. Sienten que son sal del mundo, pero que tienen que cuidarse para no perder su sabor y su función purificadora; son luz del mundo, pero sólo si se dejan iluminar por la Luz del mundo, es decir, Jesús mismo.

P. Antonio Villarino

Bogotá

Encuentro de Familia Comboniana en España

Familia Comboniana
Familia Comboniana

Un año más la Familia Comboniana de España nos hemos reunido en Madrid para un fin de semana de convivencia. Religiosos, religiosas, seculares, laicos y laicas soñando sobre cómo ser familia y compartiendo momentos de oración, comida y formación.

Este año nos ha acompañado un equipo de la CONFER que trabaja el tema de Misión compartida en diferentes familias carismáticas.

Con las dinámicas propuestas y el tiempo de trabajo en grupo nos han ido ayudado a comprender los desafíos de la misión compartida, los retos que tenemos como familia, nuestras fortalezas, debilidades, etc.

Todo ello haciendo hincapié en la importancia de los procesos y de no quemar etapas. En la importancia de entender que no se trata solo de hacer acciones y compromisos concretos sino que importante que partan de una vida en común, de entretejer lazos y relaciones, de querernos y comprendernos. Entender que es importante complementarnos, pues no consiste en dejar de ser lo que cada rama es, sus rasgos propios de identidad, sino de poner al servicio de la misión nuestras particularidades como una riqueza que nos complementa.

Siempre es bonito encontrarse, sentir como cada vez más nos reconocemos los unos a los otros y entendemos el ser Familia Comboniana desde algo transversal de nuestro ser Misioneros y combonianos. No es una tarea más de la que alguien se debe ocupar en nuestro grupo, sino un eje transversal que configura nuestro ser y hacer misionero.

Reconocemos que a nivel eclesial vivimos también un momento privilegiado donde otras muchas familias carismáticas se cuestionan sobre esta manera de ser Iglesia, en nuestro caso es algo que el mismo Comboni tuvo presente desde los inicios Nos queda a nosotros retomar esa intuición carismática y eclesial que tuvo.

Fue un encuentro menos participado por múltiples circunstancias, también el tener que retomarlo después de que el año pasado se tuviese que suspender. Pero todos los presentes terminamos muy contentos de haber participado. Convencidos de que el camino a seguir es como familia. Sabiendo que tenemos muchos retos todavía que afrontar, alguno incluso podrá ser la resistencia de los que todavía no están convencidos, pero con el convencimiento de que este es el camino que el propio Comboni quería para nosotros.

Ahora queda llevar adelante los compromisos que entre todos sacamos, las líneas por las que queremos trabajar,… Fortalecer la participación en este encuentro asambleario anual donde vengamos de toda España, a la vez que intentamos encontrarnos en las diferentes zonas donde tenemos presencia varias de las ramas. Todo ello sin olvidar la historia y los caminos que ya hemos recorrido como familia comboniana, el trabajo de promoción vocacional y animación misionera conjunto, los encuentros de formación y oración conjuntos y las fiestas que celebramos como familia conjuntamente.

Que el Señor nos acompañe en este caminar y Comboni nos inspire.

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Un abrazo

Alberto de la Portilla, LMC.