Un comentario a Lc 9, 28-35(II Domingo de Cuaresma, 17 de marzo del 2018)
Conviene que recordemos brevemente este texto, que reproducen los tres
sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas- en su
contexto. El Maestro, a quien Pedro acaba de reconocer como “el Hijo del Dios”,
comienza “a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y que
tenía que sufrir mucho”.
“Ocho días después”, dice el evangelista, es decir, una semana después,
Jesús tomó a sus tres discípulos más íntimos y los llevó al monte a solas. Allí
Jesús se transfigura y los discípulos tienen una experiencia muy especial. En
este relato yo resalto los siguientes elementos:
-El monte. Implica alejamiento de la rutina diaria con lo
que se rompeel ritmo de lo
acostumbrado, de lo aceptado como norma de vida por todos; el contacto con la
naturaleza, no manipulada por el hombre, un espacio físico que el ser humano no
controla y que, por tanto, le ayuda a encontrarse con lo que está más allá de
sí mismo o de la sociedad; un lugar donde es posible percibir cosas nuevas
sobre uno mismo, la realidad que nos rodea, el misterio divino…
-Rostro y vestidos brillantes. Con ello el evangelista parece querer decirnos
que los discípulos vieron a Jesús desde otra perspectiva. Los discípulos tienen
una experiencia de Jesús que va más allá de su apariencia física de hijo de
María, vecino de Nazaret y predicador ambulante. Es una experiencia que han
tenido después muchos santos, empezando por San Pablo. Es la experiencia
pascualque ayudó a los discípulos a
poner en su lugar la cruz y el duro trabajo del Reino.
-La Ley y los profetas. Moisés y Elías conversan con el Maestro. Nuevo y
Viejo Testamento se dan la mano, dentro de un plan general de revelación y
salvación. Para entender a Jesús es importante dialogar con la Ley y los
profetas del A.T. Para entender a estos es importante volver la mirada a Jesús.
-El Gozo del encuentro. “Qué bien se está aquí”. Una y otra vez los
discípulos de Jesús, de entonces y de ahora, experimentan que la compañía de
Jesús les calienta el corazón, les hace sentirse bien. Les pasó a los
discípulos de Emaús, a Pablo que fue “llevado al quinto cielo”, a Simone Weil,
a Paul Claudel y a tantos santos. El encuentro con el Señor, también ahora,
produce una sensación de plenitud, de que uno ha encontrado lo que más busca en
la vida.
-La revelación del Padre. “Este es mi hijo amado. Escuchadlo”. Los
discípulos comprendieronque en su
amigo Jesús Dios se revelaba en su grandiosa misericordia. Y que, desde ahora,
su palabra sería la que señalara el rumbo de su vida, lo que estaba bien y mal,
las razones de vivir… Todos buscamos “a tientas” el rostro de Dios. Algunos
lo buscan siguiendo las enseñanzas de Buda, o de antiguos escritos, o de nuevas
teorías (New Age), o del placer material, del orgullo de sus propios éxitos…
Los discípulos tuvieron la sensación de que Jesús es el rostro del Padre.
Nosotros somos herederos de esta experiencia y pedimos al Espíritu que la renueve
en nosotros.
-El temor ante la grandeza de esta experiencia. Los que tienen una experiencia del misterio
divino no se vuelven orgullosos, sino temerosos, como Pedro ante la pesca
milagrosa: “Aléjate de mí que soy pecador”. Es como quien descubre un gran
amor; le da alegría, pero teme no ser digno o no estar a la altura.
-El ánimo de Jesús. “No teman. Levántense”. Vamos a bajar del monte.
Volvamos a la vida ordinaria. Sigamos trabajando como siempre, gastando
nuestras energías en las mil y una peripeciasde la vida, con éxitos y fracasos, con alegrías y penas, pero con
el corazón caliente, animado, consolado, fortalecido para acoger la misión que
el Padre nos encomienda y realizarla sin temor.
P. Antonio VillarinoBogotá