El Jueves Santo, dedicamos la mañana a un momento de oración en la finca de una familia de la comunidad de Ipê. Rezamos juntos y meditamos sobre el texto escrito por Valdeci acerca de la CF 2026.
Después dimos un paseo observando las evidentes contradicciones que nos rodeaban.
Ipê Amarelo es un barrio surgido de la organización de familias sin hogar que pagaban alquiler. Es una realidad de conquista de una vivienda en la década de los 90, en la que, con mucha lucha y resistencia, salieron de las lonas para instalarse en sus casas. Pero también tiene como límite un gran muro que marca la desigualdad social, ya que detrás de los muros, vigilados por guardias de seguridad, se encuentra uno de los complejos residenciales más lujosos de la región. La visita a las familias fue un momento para escuchar sus historias, conocer sus alegrías y retos, y saborear la hospitalidad característica de la comunidad.
Por la noche participamos en el lavatorio de pies en la comunidad de Nuestra Señora de Aparecida, un momento muy bonito que nos recordó que «somos la Iglesia del pan compartido, del abrazo y de la paz».
La Campaña de la Fraternidad de 2026 nos invita a contemplar una de las afirmaciones más profundas de la fe cristiana: «Él vino a morar entre nosotros» (Jn 1,14). El prólogo del Evangelio de Juan revela el corazón del misterio de la encarnación. Dios no permaneció alejado de la realidad humana. El Verbo se hizo carne, asumió nuestra condición, entró en la historia y eligió habitar en medio de la humanidad. No vino como un visitante pasajero, sino como alguien que decidió compartir la vida, los dolores y las esperanzas de su pueblo.
La encarnación es, por tanto, el gran gesto de cercanía de Dios. En Jesús, Dios se acerca a la humanidad herida, especialmente a quienes viven al margen: los pobres, los excluidos, los olvidados de la sociedad. Cristo nace en una realidad sencilla, crece entre los pequeños, camina con los que sufren y anuncia un Reino donde los últimos ocupan el centro. Esta lógica del Evangelio rompe con la mentalidad del poder y la indiferencia, y revela a un Dios que elige la cercanía, la compasión y el servicio.
Esta perspectiva ilumina profundamente la espiritualidad misionera comboniana. Inspirados por San Daniel Comboni, los misioneros y misioneras están llamados a hacer el mismo movimiento de Jesús: salir al encuentro, vivir en medio y caminar junto a los más pobres. Comboni comprendió que la misión no se lleva a cabo desde una posición de superioridad o distancia, sino desde el compartir concreto de la vida con quienes más lo necesitan. Su sueño misionero era claro: salvar a África con la propia África, valorizando a los pueblos, sus culturas y su dignidad.
Dentro de esta lógica, los laicos misioneros combonianos desempeñan un papel esencial. Ellos dan testimonio de que la misión no es exclusiva de los religiosos o los sacerdotes, sino que es una vocación de todo el pueblo de Dios. El laico misionero es aquel que, insertado en la vida cotidiana —en el trabajo, en la familia, en la comunidad— se convierte en presencia viva del Evangelio. Asume la misión como estilo de vida, llevando la presencia de Cristo a los lugares donde a menudo la Iglesia institucional no logra llegar.
La encarnación nos enseña que Dios no transforma el mundo a distancia. Él se compromete con la realidad humana. Del mismo modo, los laicos misioneros combonianos están llamados a habitar las periferias existenciales, a acercarse a los dolores de la humanidad y a construir signos concretos de esperanza. Estar junto a los pobres no es solo una actitud de solidaridad social, sino una dimensión profunda de la fe cristiana. En los rostros de los pobres y vulnerables encontramos al mismo Cristo, que sigue interpelándonos.
En este sentido, el tema de la Campaña de la Fraternidad de 2026, «Vino a morar entre nosotros», se convierte también en una invitación para cada cristiano: permitir que Cristo siga habitando en el mundo a través de nuestras actitudes. Cuando nos acercamos a quienes sufren, cuando compartimos la vida con los olvidados, cuando luchamos para que todos tengan dignidad, estamos prolongando la presencia de Dios en medio de la humanidad.
Porque, donde se defiende la vida, donde se restaura la dignidad y donde se acoge a los pobres, allí Dios sigue habitando entre nosotros.
El sábado anterior al Domingo de Ramos, llegamos a la Casa de Misión Santa Terezinha, de los Laicos Misioneros Combonianos, presencia misionera en el barrio de Ipê Amarelo, en Contagem, estado de Minas Gerais, donde nos recibieron Ana Cris, Alejandro y su familia, LMC de Guatemala.
Al día siguiente, iniciamos nuestra etapa de formación presencial con la procesión de Ramos que salió de la comunidad de Nuestra Señora Aparecida, en Ipê Amarelo, hasta la comunidad de San Judas (unos 2,5 km), donde se celebró la misa que reunió a las 10 comunidades de la parroquia de Santo Domingo de Gusmão.
Nos reunimos como Familia Comboniana, siendo acogidos por la comunidad de los Mccj presentes en la región, conociendo un poco más de la historia de la región y de la presencia comboniana y reencontrándonos con viejas amistades.
Otro momento destacado fue reunirnos en la casa comboniana Justicia y Paz, para encontrarnos con el grupo de espiritualidad comboniana (GEC), y, a partir de un momento de oración bellamente guiado por los miembros del GEC de Contagem, compartimos nuestra vida y nuestras experiencias misioneras, aquí y más allá de las fronteras, pues, desde el bautismo, todos somos misioneros y estamos llamados a actuar en las fronteras de donde nos encontramos.
El P. Rafael nos recordó que «de la dimensión de la misión a partir del carisma comboniano, rescatamos la necesidad de ser verdaderas comunidades» —trabajar unidos en la dimensión del Cenáculo de los Apóstoles, identidad comboniana de actuación en una misión.
Porque nos amamos
Comboni tenía a Cristo en el corazón y veía a Cristo en los demás países.
Que amemos la misión, a los más pobres, y seamos perseverantes en la llamada que Dios tiene para cada uno de nosotros: vivir unidos y felices.
Os dejamos el video sobre la formación en Ecología Integral realizada por el padre Juan Goicochea para los Laicos Misioneros Combonianos de América y que ahora compartimos para que todos nos podamos beneficiar.
El GEC – San Luis (Grupo de Espiritualidad Comboniana) celebró, del 23 al 28 de marzo, encuentros de espiritualidad en todas las comunidades de la parroquia San Daniel Comboni, situada en el barrio de Vila Embratel, San Luis – MA. Los encuentros, cuyo tema fue: La Cruz de Jesús y Comboni, son una preparación para el Triduo del Nacimiento de San Daniel Comboni, nuestro patrón, que se celebrará del 13 al 15 de marzo en nuestra parroquia.
Fue un momento enriquecedor tanto para los miembros del GEC como para nuestros feligreses, ya que, además de fortalecer aún más nuestra fe, nos hizo más fuertes y perseverantes en la misión de continuar el sueño de San Daniel Comboni.
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