Ha sido un tiempo privilegiado, un regalo de Dios, para profundizar y enriquecer mi relación con Él y con los demás.
Estoy especialmente agradecido a la familia de Edyta y Stanisław, así como a sus tres hijos, con quienes he pasado estos últimos meses. Me han abierto las puertas de su casa y sus grandes corazones.
Les doy las gracias de todo corazón por su amabilidad y su comprensión.
Doy las gracias también a los Hermanos y Padres Combonianos, así como a todos los Laicos Misioneros Combonianos, por cada gesto, cada buen consejo, cada acompañamiento espiritual, cada encuentro, formación, presentación, catequesis de Daniel Comboni, y por todo el bien que me han hecho y siguen haciéndome.
Durante esta Experiencia Comunitaria, también he podido participar en el retiro espiritual ignaciano en silencio y en numerosos actos religiosos. También visité la tumba de la Sierva de Dios Helenka Kmieć, a quien elegí como santa patrona de mi ministerio misionero al comienzo de la Experiencia Comunitaria.
Les agradezco a todos por sus oraciones y les pido que sigan rezando por mí, ya que mi partida hacia África está prevista para dentro de unas semanas.
Os escribimos desde el norte de Mozambique para compartir la alegría y los retos de nuestro servicio misionero, que es posible gracias a vuestras oraciones y a vuestro continuo y valioso apoyo. Estamos centrando nuestras energías en proyectos de promoción en diversos ámbitos: alfabetización, formación para madres y jóvenes, autosuficiencia y economía. María Augusta es la protagonista del trabajo con los alumnos de primaria que tienen serias dificultades para leer y escribir. Dos veces al día acoge sobre todo a niñas que, durante un par de horas, aprenden y consolidan lo que no logran hacer en tres horas de clase en un aula de cien alumnos. Ilaria se ocupa de la formación económica, un aspecto importante en un contexto cultural que desconoce el concepto de ahorro y donde la tradición es gastar inmediatamente lo que se gana; una labor de paciencia, sabiendo que no se pueden obtener los frutos esperados a corto plazo. Federica se dedica a la formación de los jóvenes porque son el futuro de este país. Si hasta hace poco eran los protagonistas de los incendios en la sabana y de los cortes de carretera por insatisfacción política, hoy se apuesta con ellos por la interiorización de valores como la paz, la protección del medio ambiente y la posibilidad de pensar y proyectar con creatividad un futuro mejor.
Los retos a los que nos enfrentamos son bastante arduos: la pobreza y la destrucción provocadas por un ciclón, como ha ocurrido recientemente, no se borran de un plumazo, pero creemos que construir sobre las personas y con las personas puede dar resultados positivos. Por eso nos esforzamos cada día por trabajar para transformar la vida de las personas a través de la formación práctica y la educación. En la escuela secundaria de Carapira ofrecemos además una intensa formación en valores humanos y evangélicos; la enseñanza incluye una parte teórica y otra práctica. Además, nos esforzamos para que estos 250 alumnos, que viven lejos de sus respectivas comunidades, no pierdan la formación catequética.
Lo hacemos todos los viernes, recorriendo con ellos un camino anual enriquecido con retiros y salidas en las que se encuentran con experiencias de vida. Nos alegra participar también en la dinámica de las 99 comunidades de Carapira; la parroquia abarca, además del centro, cinco regiones y 21 zonas pastorales. Lo que nos proponemos es lograr que las personas sean lo más autónomas posible en su autogestión. Estamos firmemente convencidas de que no es dando cosas o dinero como resolvemos las situaciones. Ciertamente, la ayuda práctica también es necesaria, pero si no va acompañada de formación y de un camino de toma de conciencia, hace que las personas se vuelvan dependientes. Con todo nuestro ser intentamos no generar injusticias en un país que ya ha sufrido muchas y compartir con ellos nuestra vida cotidiana. El contexto es difícil: corrupción y discriminación de todo tipo y pocas oportunidades de trabajo.
Todo esto contrasta con los abundantes recursos de materias primas que, en lugar de ser riqueza para Mozambique, se convierten en interés de países extranjeros, incluida Italia. En Nampula, a una hora de donde estamos, todavía hay campos de refugiados donde viven quienes han huido del terrorismo de origen islámico que sigue activo en Cabo Delgado. Una violencia provocada no tanto por razones religiosas como por el control del territorio. Nos comprometemos en nuestra realidad basándonos en un discernimiento comunitario. Y la resiliencia de nuestra gente nos anima a seguir haciéndolo. Actualmente estamos llevando a cabo el proyecto de lucha contra la desnutrición, ayudando a 40 madres a cuidar de sus pequeños que, de otro modo, correrían el riesgo de morir por falta de alimentos. Además, hemos planificado la reforma de la cocina de la escuela secundaria, que se encuentra en muy mal estado, sobre todo por las consecuencias de años de ahumado. Un deterioro que repercute en la salud de los alumnos y del personal escolar. Agradecemos a todos los que contribuyen a nuestra actividad moral y materialmente. Compartid así la obra de testimonio y amor que nos ayuda a transformar nuestra vida y la de las personas que nos han acogido. ¡Muito obrigada (gracias en portugués)!
¡Koxukhuru vanjene (muchas gracias, en lengua macua)!
Hoy en día podemos encontrar un sin número de propuestas en el mundo. Por difícil que parezca nuestra situación, tenemos la oportunidad de elegir y seguir un camino y apostar por un sueño; una misión que nos hace romper los esquemas sociales en los que fuimos formados, educados o forzados a seguir por el qué dirán. Según las opciones presentadas por mi familia, tenía dos propuestas para elegir mi vocación: «Te casas o te vas al convento».
Ante esta afirmación estuve en proceso vocacional con las consagradas, pero me di cuenta de que no sentía el llamado a la vida religiosa y pensé que me casaría, hasta que tuve la oportunidad de conocer la vocación del Laico Misionero Comboniano (LMC), donde solteros o casados podíamos servir a Dios ayudando en la construcción de un mundo donde reine su amor.
Soy Beatriz, y te contaré un poco sobre cómo cambió mi historia al conocer a los LMC. Pertenezco a una familia católica de Sahuayo, crecí viviendo mi fe en familia, participábamos activamente en los apostolados que se realizaban en la parroquia y estudiaba en la universidad. Todo era normal, hasta que algo cambió en mí cuando me invitaron a participar en un campo misión de Semana Santa, era el año 2000. Jamás imaginé todo lo que viviría al dar este «sí» a Dios. Esa semana cambió mi historia y la idea de formar una familia. Así se cumplía uno de los sueños de mi niñez que había quedado sepultado en mi memoria, pero Dios que conoce lo más íntimo de nuestro corazón lo rescató, ir a África para ayudar a los niños. Ese deseo había surgido al conocer las historias de los Misioneros Combonianos en la revista Aguiluchos que leíamos con nuestra catequista Lolita.
Siempre había querido ir a misiones de Semana Santa, una amiga me invitó y la verdad me dio tanta alegría que, sin dudarlo, me comprometí a participar. Dejar a mi familia no fue fácil. Salir de mi realidad fue un paso para experimentar hermosas vivencias. Estar en un lugar con personas que no conoces haciendo cosas que jamás imaginaste y a las que no estás acostumbrada fue un gran reto que me ayudó a desarrollar una capacidad de adaptación, identificando en el otro la presencia de Dios. Estar con ellos como laica para compartir mi experiencia de Dios, sabiendo que los valores del Evangelio son universales, fue lo que dio identidad a mi vocación laical en medio de una comunidad indígena.
A partir de ese año fue imposible dejar de vivir la misión. Las experiencias en diferentes épocas del año y por más tiempo aumentaron, situación que me acercó a la gente y a vivir su día a día compartiendo todo, enriqueciéndonos unos a otros.
Recibí la propuesta de ir a misión fuera del país y al dar el «sí», comencé mi formación en comunidad; fue un periodo en el que purifiqué mi decisión. Así, después de una larga espera, recibí un correo que decía: «irás a las misiones de Mozambique»; el correo llegó después de la muerte de mi papá, suceso que cimbró mi vida. Confiada en Dios salí a la misión, la oración y el apoyo de mi familia me fortalecieron ante el paso que debía dar.
Llegar a África fue un sueño hecho realidad. La gente de Mozambique me recibió con su agradable calor y alegría. Estuve dos días en Maputo, la capital del país, esperando la llegada del padre que me llevaría a Nampula. Los LMC que serían mis compañeros me recogieron y trasladaron por carretera a Carapira.
Así comenzó la historia misionera con personas a las que fui conociendo y formando lazos de amistad y familia. Esto fue muy importante para mí porque cada día me convencía de que no estaba sola; primero estaban mis compañeros de comunidad y de grupo como Martinho y Margarida, matrimonio LMC de Mozambique, que para mí fueron grandes maestros y me ayudaron a corregir mis errores en el campo de misión.
Afortunadamente, también había una comunidad de padres y hermanos combonianos que atendían la parroquia y la escuela, así como las combonianas que se encargaban de las niñas del internado. Todos formamos el equipo misionero para la parroquia de Carapira. Cada uno teníamos nuestras actividades, pero nos unían la oración, el plan de trabajo, las convivencias y hasta los paseos, que nos permitían conocernos mejor.
Viví en el Instituto Tecnológico Industrial de Carapira (ITIC), que es espectacular, ya que la frase de bienvenida te hacía sentir en casa: «Hacer de la escuela una gran familia». Realmente eso era, todos conseguíamos sintonizar nuestra vida en torno a lo que acontecía en el ITIC; nos daba grandes vivencias 24 horas al día, desde preparar el desayuno, limpiar todas las áreas, apoyar en la administración y dar clases, hasta el estudio nocturno y acompañamiento de enfermos, era un verdadero equipo de trabajo.
En cuestión de religión había mucho respeto y diferentes credos. Alguna vez los alumnos musulmanes me invitaron a su momento de oración. Los católicos teníamos misa dos veces por semana, y cada 8 días nos reuníamos con el grupo de jóvenes. Algunos participaban de los encuentros vocacionales que organizábamos en la parroquia, retiros que han dado frutos para la vida misionera y diocesana; unos ya son sacerdotes y otros siguen su proceso de formación, como es el caso de dos escolásticos Combonianos, ahora estudian en América; Doler en Brasil y Felizardo en Perú.
La cita bíblica que consolidó mi camino misionero es “Recibirás la fuerza de mi Espíritu y serás mi testigo para siempre” Hch 1, 8. Sigue presente en mi vida de oración, sobre todo en el año jubilar coincidiendo con mi XXV aniversario como LMC, está fuerza sigue latente, tuve la oportunidad de celebrar de distintas formas:
1. En el grupo de laicos me tocó coordinar la apertura de la misión permanente de nuestro movimiento LMC en la parroquia de San Miguel Arcangel en la comunidad de Metlatónoc, Gro misma que ya estábamos planeando tres años antes.
2. Ingrese al equipo coordinador de Misioneros Laicos Ad-gentes (MILAG), un desafío para mí como persona por las múltiples tareas que ya tengo como misionera laica.
3. Me uní a la familia Comboniana para participar del jubileo de los jóvenes en Roma, acompañé un grupo de ocho jóvenes mexicanos en donde también estuvieron cuatro de mis sobrinos, previo tuvimos una semana formativa donde compartimos sobre la encíclica Laudato Sí.
4. Apoyar en la organización del taller de Animadores Diocesanos en San Juan de los Lagos con el equipo MILAG.
5. Experiencia de misión ad-gentes con mi sobrina en Lokichar, comunidad de Kenia, un tiempo de gran aprendizaje y un crecimiento vital para nosotras.
6. Celebrar con mi comunidad parroquial y la familia mi vocación como LMC y animar a otros a descubrir este camino misionero.
Te puedo decir que el 23 de abril del 2000 ha sido la Pascua que dio un cambio muy importante en mi vida que me permitió comenzar un proceso de continuo aprendizaje y crecimiento donde hacer con Amor lo que me gusta me permite ser Feliz.
Cada día hay nuevos retos, la oración, la formación permanente son los grandes pilares que me fortalecen para avanzar hasta donde Dios quiera con la certeza de que cada día es una oportunidad para Servir. Me encomiendo a tu oración.
Si tienes inquietudes por la vida misionera ad-gentes, responde a tú llamado y encontrarás la Felicidad al Anunciar el Evangelio.
Durante los meses de abril y mayo de 2026, nuestra comunidad vivió momentos de formación, reflexión y servicio misionero que fortalecieron nuestra fe y compromiso con el prójimo.
El sábado 19 de abril de 2026, en Casa Comboni, se realizó una jornada de formación enfocada en la madurez humana, cristiana y misionera. Se trabajaron temas de autoestima, autovaloración y discernimiento vocacional, reflexionando sobre el llamado de Dios y la importancia de perseverar en el camino misionero. También se fortaleció la formación comunitaria compartiendo enseñanzas inspiradas en el Padre Damián y Carlo Acutis, además de preparar material formativo para los LMC en San Luis Petén.
Posteriormente, el sábado 02 de mayo de 2026, en la Comunidad De León, El Manzanillo, San Lucas Sacatepéquez, vivimos una hermosa jornada misionera bajo el tema “Espíritu Santo, Alma de la Misión”. Entre oración, limpieza, visiteo, convivencia y talleres, compartimos momentos llenos de alegría, servicio y amor al prójimo, descubriendo a Cristo en cada persona visitada.
En el marco de la celebración del Día de la Madre, agradecimos especialmente a todas las madres por su amor y entrega, y de manera muy especial a nuestra Madre María, primera misionera y primer sagrario, ejemplo de fe, humildad y obediencia.
Que estas experiencias nos animen a no rendirnos, a continuar caminando con esperanza y a seguir sirviendo con alegría a quienes más lo necesitan.
“Las obras de Dios nacen y crecen al pie de la Cruz.” — San Daniel Comboni
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