Laicos Misioneros Combonianos

Oportunidad de renovación

Jesus-de-Nazaret

Un comentario a Lc 4, 14-21 (III Domingo de tiempo ordinario, 23 de enero 2022)

A veces pensamos que la vida de Jesús era todo “amor, bondad, paz”, entendiendo estas palabras como si su vida fuera un lago de aguas siempre serenas y plácidas. Pero no, la vida de Jesús estuvo llena de conflictos hasta que terminó en el conflicto final de la cruz.

Según Lucas, el incidente que nos cuenta en su capítulo cuarto es el primero de los seis que sucedieron en un sábado, día sagrado para los judíos; el séptimo sábado será el de la resurrección. De este modo la vida de Jesús misma, no sólo sus palabras, representa una propuesta de “año jubilar”, es decir un tiempo de perdón y renovación, tiempo de un nuevo comienzo.

El año jubilar era una institución judía; se celebraba cada 50 años y, en esa ocasión, los campos se dejaban en barbecho, las deudas eran perdonadas y los esclavos liberados. Jesús dice en Nazaret que él ha venido a anunciar este año de perdón y restauración en favor de los pobres, de los que se han equivocado en la vida y han caído en deudas y esclavitudes.

Eso, que es una buena noticia para muchos, parece que no todos lo reciben con alegría, quizá porque están anclados en los privilegios o porque les falta fe.

Para nosotros que leemos este texto hoy, es una invitación a acoger el perdón, a dejar atrás nuestros errores del pasado y renovar nuestra vida, guiados por el mismo Espíritu que descendió sobre Jesús. Acoger el perdón es un gran camino de renovación.

De la misma manera, nosotros, discípulos misioneros de Jesús, estamos llamados a ser anunciadores e instrumentos de perdón y renovación para otros.

Esperemos que en ningún caso seamos personas de corazón duro que, por desconfianza o enrocamiento, nos neguemos a la novedad de Dios, una novedad que se hace perdón, renovación, restauración, nuevo comienzo.

P. Antonio Villarino

Bogotá

El Bautismo en el Jordán

bautismo

(un comentario a Lc 3, 15-22; Solemnidad del Bautismo del Señor, 9 de enero de 2022)

La imagen del Bautismo es sintomática: Jesus baja con los pecadores al río, para ser parte de ellos. De allí sale escuchando la voz: “Tú eres mi hijo amado”. La experiencia del Bautismo fue la experiencia fundante de Jesús, cuando se supo “hijo amado”. De ahí volverá a Galilea y anunciará la gran Buena Nueva del año jubilar (de perdón y renovación) para los humillados: Lc 4, 14 y ss. Esa experiencia fue como la de Pablo en Damasco: “me amó y me envió”. El ser humano Jesús de Nazaret experimentó, al compartir su suerte con los pecadores, el amor gratuito y total del Padre.

Otros textos útiles para meditar sobre este reconocimiento de Jesús como Hijo:

  • Mt 14, 33: después de la pesca milagrosa, “verdaderamente eres hijo de Dios”;
  • Mt 26, 63: en el sanedrín, “dinos si tú eres el hijo de Dios vivo… Tú lo has dicho”;
  • Mt 27, 40: “si eres hijo de Dios, baja de la cruz”;
  • Mt 27, 54: en la cruz, el centurión dijo: “verdaderamente este era hijo de Dios

Les invito a meditar con calma este pasaje, identificándose con Jesús que desciende en el río y allí recibe la confirmación de su filiación. Frecuentemente nos preguntamos por nuestra identidad como personas, como miembros de una familia y de una Iglesia: ¿Quién soy yo? Para encontrar mi identidad verdadera es indispensable hacer las paces con la parte más débil de mí mismo, con mi realidad de creatura limitada, con mi realidad de hijo rebelde, que no acepta la soberanía de Dios sobre mi vida.

  • ¿Dónde está el río de mi miseria? Allí esta Jesús conmigo, tomándome de la mano, compartiendo mi miseria.
  • ¿Dónde está mi pequeñez? Allí esta Jesús para hacerse pequeño conmigo.
  • ¿Dónde está el hijo rebelde y amargado que soy? Allí está Jesús conmigo para hacerme hijo amado.

Dios me dice, como a María: NO TEMAS, Dios está contigo, quiere hacerse carne de tu carne, pecado de tu pecado, pequeñez de tu pequeñez… para que escuches con él “Este es mi hijo amado, en quien me complazco”.

  • No tener miedo de ir hasta el río de nuestra pobreza humana, de nuestra miseria.
  • Contemplar a Cristo a mi lado, descendiendo conmigo
  • Juntos, tú pobre con Cristo pobre, descender en la miseria del mundo: la miseria de tu comunidad, de la Iglesia, de la parroquia, del mundo…
  • Sin juzgar, sintiéndose hermano/hermana de cualquier ser humano en sus luchas, éxitos y fracasos.

P. Antonio Villarino

Bogotá