En el evangelio de Mateo (Mt 18, 1-5, 10, 12-14), en respuesta a la pregunta “quien es mayor en el reino de los cielos”, Jesús llama a un niño pequeño junto a él. El presenta al niño como modelo de cómo debemos acercarnos y confiar en Dios.
Una historia de Rafael González, un comboniano que trabajó en Kenia, acudió a mi mente cuando escuche este evangelio.
“Había 120 niños pobres y hambrientos en la escuela infantil de la misión, situada en el semidesierto del norte de Kenia donde yo vivía. Ellos recibían allí su única comida del día. A medio día los más pequeños se colocaban en fila para recibir la comida. Latas viejas, cuencos de madera o solo dos pequeñas manos recibían una modesta cantidad de gachas hechas con harina de maíz hervido con agua.
Una niña llamada Namoe, que caminaba de muy lejos cada día para asistir a la escuela, llenaba su pequeña lata de judías cada día. Pero a diferencia del resto de los niños, que se comían la comida allí mismo, Namoe se alejaba de la misión con su lata llena.
Un día la seguí a cierta distancia. Ella caminaba y caminaba con las gachas en la mano. A pocos kilómetros de la escuela, se encontró con su madre y su hermana menor, sentadas en una sombra junto al camino.
Namoe se sentó. Colocó su pequeña lata de gachas en el medio. Ella compartió su única comida del día con su madre y su hermana.”
Que hermoso acontecimiento de amor presenció Rafael aquel día. Y a mí me habla de un modo especial de las palabras de Jesús hoy: “a menos que cambies y te hagas como un niño, no entrarás en el reino de los cielos”.
Etiopía ha sido conocida por sus corredores de larga distancia desde 1960, cuando el hijo de un pastor, Abebe Bikila, sorprendió al mundo al ganar la medalla de oro olímpica de maratón corriendo descalzo en Roma. Los etíopes dominan las carreras de resistencia, lo cual es bastante sorprendente para un país bien conocido por la pobreza, el hambre y la guerra. ¿Cómo lo hacen? Algunos dicen que la genética o el entrenamiento en altura, tal vez la cultura de correr y la presencia de modelos, o patriotismo. Creo que hay algo más – una virtud que impregna no sólo el mundo atlético sino toda la vida en Etiopía: la perseverancia.
Hace unos meses vimos Ciudad de Corredores, un documental sobre los corredores jóvenes de Bekoji, un pequeño pueblo de las tierras altas de Etiopía, de donde han salido algunos de los mejores corredores de larga distancia del mundo. El personaje central es Sentayehu Eshetu, también llamado “Coach”, el hombre que ha entrenado a la mayor parte de los corredores jóvenes durante 25 años de forma voluntaria. Cada mañana, al amanecer, guía a un entusiasta grupo de 250 jóvenes a través de un estricto entrenamiento. En la película le preguntaron al entrenador: “¿qué se necesita para ser un gran atleta?” Y él respondió tres cosas:
Comida
Descanso
Perseverancia
Su lista me sorprendió, porque para atletas a nivel mundial el entrenador habría debido de decir talento o habilidad natural. Los dos primeros puntos ilustran el desafío de la pobreza en Etiopía (de la que soy testigo a diario), donde la comida es a menudo escasa y la supervivencia significa trabajar muchas horas sin descanso, arando a mano y con bueyes, cuidando de los animales, acarreando agua para beber y recogiendo leña. Reflexionando sobre el tercer punto de la lista encontré la clave para entender no sólo a los atletas exitosos, sino al espíritu, al alma de Etiopía.
¿Qué es la perseverancia? Es el esfuerzo continuo para hacer o lograr algo a pesar de las dificultades, el fracaso, o la oposición. Es una virtud que forma el carácter, y nosotros hemos sido testigos aquí con nuestros colegas, amigos y en la comunidad.
Uno de los primeros proverbios amáricos que aprendimos al llegar a Etiopía fue: “Qes ser qes enkulal ser eger yihedal.” La traducción sería “poco a poco el huevo caminará con sus piernas.” O en otras palabras, “la perseverancia le permite a uno lograr grandes cosas”. Haile Gebresellasie, uno de los corredores del mundo con más medallas, creció a 10 km de la escuela más cercana. Sólo había una manera de llegar allí: corriendo. Hiciera calor, frío, viento o lluvia, él corría diez km hasta la escuela cada mañana, y lo mismo de vuelta cada tarde. Así acumuló un montón de kilómetros bajo sus pies. Como curiosidad, si nos fijamos en su postura cuando corre, lleva el brazo izquierdo torcido como si estuviera sosteniendo sus libros de la escuela. Haile es perseverante y sus 27 récords del mundo dan fe de ello.
Los etíopes, en los podios, han demostrado este rasgo al mundo. La perseverancia está presente en las aldeas, en la madre con el bebé atado a su espalda haciendo las tareas diarias a pesar de no tener electricidad ni agua, en la fuerte fe en Dios de los cristianos aquí, en el estudiante de secundaria haciendo sus deberes sentado en la tierra a la luz de las velas, en el agricultor arrancando las malas hierbas a mano con el calor del día. Es una virtud adquirida por las dificultades de la vida aquí. No hay otro camino que el de perseverar.
“Hermanos, estimen como la mayor felicidad el tener que soportar diversas pruebas. Ya saben que, al ser probada nuestra fe, aprendemos a ser constantes. Procures, pues, que esa constancia perfecta se verifique con hechos, para que de ahí salgan perfectos e irreprochables, sin que les falte nada” (Santiago 1, 2-4)
Después de 3 días de estancia en Bangui, capital de la República Centroafricana, para abordar los problemas de documentos para la obtención de una carta de permanencia en el país y también para acompañar a Elia y Teresa, mis colegas de la Misión, que tenían que comprar suministro de alimentos, medicamentos, combustible, etc., salimos el 24/05 a las 6:00 de la mañana, hacia Mongoumba lugar de mi destino. En la carretera fuimos encontrando soldados de la MISCA que estaban allí para controlar las entradas y salidas, y aún otros grupos de “milicias populares” que hacían autostop para cobrar “peajes”, dinero destinado a su sustento. Hicimos varias paradas para visitar algunas comunidades de Hermanas que están de camino, y en especial para saludar al Obispo de esta Diócesis de M’Baiki, principal responsable de esta porción del rebaño de Cristo, la Iglesia. Tuve una cálida bienvenida y me regalo algunas recomendaciones, sobre todo para estar a disposición de “servir” a este pueblo. Llegamos Mongoumba sobre las 17:30, donde nos esperaban los Padres Combonianos, responsables de esta misión, que acogieron con cariño y alegría, y que esa noche me ofrecieron la cena de “bienvenida”.
Mi primer día en la misión
Salí de mi parroquia, donde me hicieron el “envío misionero” en el Día del Buen Pastor (11 de mayo de 2014), y el lema era: “Para que todos tengan vida en abundancia”. Para eso Él (Buen Pastor) envía a sus colaboradores por el mundo. Y así me fui de Portugal hacia la República Centroafricana con este eco que vibra en el alma: dar vida, dar alegría, dar amor”. Pero el Señor, que no se deja nunca ganar en generosidad, quería hacerme un buen regalo en mi primer día en la Misión: “Vivir con este pueblo la alegría plena, la verdadera” vida en abundancia”. Con Elia y el padre Jesús fuimos a una comunidad cristiana en la que se celebró durante la Eucaristía, el bautismo de 11 jóvenes, 6 chicos y 5 chicas, el resultado de “Vida” que otros ya entregaran para generar estos Hijos de Dios y de la Iglesia. Me sentí como en casa, en el país de mis sueños y con el alma vibrando de alegría, para vivir la Fiesta, la verdadera “Fiesta de la Vida.” ¿Quién dijo o pensó que yo vine a hacer frente a las balas, a la muerte? ¡Aquí se respira vida por todos los poros del cuerpo y el alma!
Bautismo en la RCA
La misa comenzó con una procesión de entrada al ritmo de un canto con cientos de voces vibrantes, de los tambores y la danza. Era la fiesta que comenzaba. En el momento oportuno fueron llamados los catecúmenos que, con decidida y poderosa voz respondían al sacerdote: “Quiero el bautismo de la Iglesia”. Fueron entonces bautizados, uno tras otro, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Seguidamente todos salen de la iglesia y dejan a un lado su ropa de calle y vestidos ahora todo de blanco, entran de nuevo en procesión hacia el altar de la iglesia, cantando y bailando, sintiendo la verdadera alegría de los hijos de Dios y de la Iglesia; de la mano de sus padres, reciben la vela encendida del Cirio Pascual para continuar cantando y bailando alrededor del altar, sosteniendo, no la espada de la muerte sino la luz de las velas de la vida que les fue entregada desde el Altar de Cristo que ellos rodeaban con entusiasmo. Realmente me conmovió y dejé rodar algunas lágrimas. Miré el reloj y eran las 10,15 horas, recordé entonces que se estaba celebrando la Misa, también en mi parroquia, en Torredeita, con la diferencia de que aquí ¡se había iniciado a las 9:00 am! Me sentí en sintonía con los que dejé, pero profundamente enraizada en el pueblo que el Señor me ofrece con tanta ternura y benevolencia.
En el momento de la consagración, ya no son los padres sino los nuevos bautizados que encienden en el Cirio Pascual sus propias velas y hacen una corona alrededor del altar, símbolo de los invitados para la boda del Cordero (Jesucristo), quien se inmoló para darles vida. La misa terminó alrededor del mediodía; 3 horas de fiesta donde todos mostraron sus caras sonrientes, señal de que todavía querían continuar.
Bautismo en la RCA
El padre Jesús aprovechó la oportunidad para presentarme a la población como una más que viene a reforzar la Comunidad de los misioneros, de los servidores del Pueblo.
Presentación de Palmira
Elía fue la fotógrafa del día, y al final todos se acercaban pidiendo una foto. De regreso a casa todavía Elia (con cara de “mala”) tiene que salir al paso de todos aquellos que quieren regresar en el coche, pero eran tanto que era imposible. Llegamos a casa tres horas después. Elia me preguntó: “¿Estás cansada?”, y yo le respondí: “no, estoy muy feliz”, María Teresa había salido con otro sacerdote y llegó más tarde. Sin embargo, también vino con aire de satisfacción.
Y así comenzó mi primer día de misión en la República Centroafricana. Un abrazo misionero para todos ustedes.
Yo (Maggie) estaba en una conferencia en Awassa el mes pasado con el personal médico de varias clínicas. Durante un descanso, me puse a conversar con un médico -dejad que lo llame el Dr. Samuel- que yo había conocido un par de veces antes en otra clínica de la ciudad. Después de múltiples ‘holas’ y saludos etíopes habituales, le pregunté acerca de su familia, y si tenía hijos, ya que de esto no habíamos hablado durante nuestras conversaciones anteriores. Él respondió que había tenido una hija y tenía otro niño en camino. Rápidamente le felicité, pero él dijo: “No, no me felicite, mi esposa me engañó, yo no quería otro hijo”.
Me sorprendió su reacción y luego dijo. “Yo no quiero que mis hijos crezcan sin padre”.
Este médico siempre me había parecido estar en buen estado de salud, así que le dije causalmente con una sonrisa “usted no es viejo, ¿qué le ocurre?”
En ese momento, una pequeña campana sonó, señalando el comienzo de la sesión de la conferencia. Así que nuestra conversación llegó a un final prematuro. Sin embargo, nos encontramos más tarde en el día y antes de que comenzara la conferencia se volvió hacia mí y empezó a hablarme de su hermana en los EE.UU. Así que le pregunté si alguna vez había tenido la oportunidad de ir a los EE.UU.
El Dr. Samuel respondió con la siguiente historia. “Sólo he dejado Etiopía una vez, en realidad hace 7 años para ir a Kenia. Yo había tenido tos durante unos meses y en la radiografía se vio un crecimiento y me prescribieron más pruebas. Ellos descubrieron un tumor, pero no hay ningún tratamiento disponible en Etiopía. Conversé con mi hermana en los EE.UU. y coordinó todo para llevarme y realizar el tratamiento incluyendo su compromiso de pagar por todo, el hospital y las facturas de viaje. Teníamos toda la documentación completa así que fui a la embajada de EE.UU. en Addis Abeba para solicitar un visado de viaje. Sin ninguna consideración hacia mí o una lectura minuciosa de mis papeles, la mujer en el mostrador, con la piel más oscura que la mía, de forma rápida colocó un sello de RECHAZADO en mis papeles. Yo estaba tan herido, no sólo por el rechazo, sino sobre todo a causa de la indiferencia que mostró. Con esta puerta cerrada, no tuve más remedio que tratar de llegar a Nairobi, Kenia, para el tratamiento”. El Dr. Samuel hizo una pausa y mientras me miró fijamente a los ojos, luego abruptamente interrumpió su relato para aventurarse por otro lado: “Sabe usted, debería tener su edad… ¿sabe que yo estuve en la cárcel por 12 años?” Guardé silencio y el Dr. Samuel continuó.
“Cuando el DERG (el régimen comunista que mantenía el control en Etiopía desde 1974 hasta 1991) tomó el poder en la década de 1970, muchos estudiantes universitarios fueron encarcelados debido a que fueron vistos como una amenaza para el manifiesto socialista. Me mantuvieron durante 6 años. Después de mi liberación volví a la escuela y terminé una maestría, pero unos meses más tarde estaba de nuevo encarcelado de nuevo por el régimen. Estuve otros 6 años más en prisión… Por cierto, ¿cuántos años tienes Maggie?”, me preguntó, pero antes de que pudiera atisbar una respuesta, dirigió sus ojos en una mirada en blanco de nuevo a la pared, y añadió:” Si tan sólo me pudieran devolver esos años”.
“Cuando llegué a Kenia, no pude encontrar ningún tratamiento para el tumor, así que terminé entrando en un campo de refugiados, pensando que podría ser capaz de llegar a los EE.UU. para el tratamiento, pero después de tres meses me deportaron de regreso a Etiopía”. Hizo otra pausa.
“Entonces, ¿qué pasa con su salud ahora?” Pregunté con cautela. “No lo sé”, respondió. “Creo que estoy bien. El tumor está todavía allí. “La campanilla sonó de nuevo y con ella, nuestra conversación llegó a su fin al reanudarse la sesión de la conferencia. No nos encontramos de nuevo después.
La semana pasada, me encontré con el Dr. Samuel y escuché su buena noticia. Su esposa dio a luz a una niña, su nueva hija, poco después de la conferencia. El Dr. Samuel sonrió cuando hablamos acerca de su bebé – una sonrisa que, al menos por el momento parecía calmar sus cicatrices de ayer y los temores para el futuro.
– Maggie, Mark y Emebet, Laicos Misioneros Combonianos, Awassa, Ethiopia
La cálida hospitalidad etíope se ha mantenido constante durante los 5 años que llevamos en Awassa. Hemos reflexionado sobre el modo en que muchos etíopes nos han abierto sus hogares. No importa ni el tamaño de la familia, el tamaño de la casa, ni la situación económica; la hospitalidad es una parte muy arraigada en su cultura. Nos choca que su hospitalidad y su apertura son mayores de las que hemos experimentado en otros países, incluido el nuestro. Los etíopes son realmente acogedores y les encanta simplemente estar juntos. El día de año nuevo del calendario etíope (11 de septiembre en el calendario internacional) llegamos a medio día a casa de nuestro vecino. Antes de comer trajeron una jarra de agua tibia y una palangana y de uno en uno lavamos nuestras manos. Es la costumbre. Tuvimos un delicioso almuerzo juntos, y después, por la tarde, una larga y relajante ceremonia del café. Hubo conversación, cuentos, y incluso algún baile. Finalmente nos dieron las 6 pm, así que di un codazo a Mark pensando que estábamos abusando de su hospitalidad. Sin embargo cuando sugerimos que era la hora de irnos ellos exclamaron… ¡¡pero si aún no hemos cenado!! Estuvimos hasta las 9 pm. Este precioso rasgo de la cultura etíope siempre nos ha hecho sentirnos increíblemente bienvenidos aquí.
– Maggie
Maggie, Mark y Emebet Banga, Laicos Misioneros Combonianos, Awassa, Ethiopia
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