Laicos Misioneros Combonianos

Emaús: Superar la derrota

Emaus
Emaus

Un comentario a Lc 24, 13-35 (Tercer Domingo de Pascua, 26 de abril de 2020)

El texto es muy conocido, pero sabemos que cualquier texto bíblico, si lo leemos desde la realidad de nuestra vida y abiertos a la acción del Espíritu Santo, es siempre nuevo y siempre iluminador. Hagamos de entrada algunas breves observaciones:

a)            El contexto en el que escribe Lucas:

Lucas escribe hacia el año 85 para la comunidad de Grecia y del Asia Menor que vivían en una difícil situación, tanto interna como externa. Aquellas comunidades vivían su fe en medio de graves conflictos, con diferencias internas y con sensibilidades diversas, como nosotros ahora. Entre ellos había aperturistas y tradicionalistas, unos más fieles a Pablo y otros a Apolo. En su entrono el mundo les era hostil y sufrían persecución y desprecio. A esa comunidad le escribe Lucas sobre esta experiencia de fe que hacen los discípulos de Emaús, que, decepcionados, encuentran a Jesús vivo y vuelven a la comunidad.

b) Las actitudes de los discípulos que refleja Lucas:

-Huyen de Jerusalén, el lugar de la cruz y de la muerte, del fracaso histórico. A pesar de saber que Jesús era un profeta y que su propuesta del Reino venía de Dios, ahora consideran que fue una experiencia bonita, pero que, como todo lo bonito, se acaba.

-Están “ciegos” y tristes: Sus ojos estaban incapacitados, como los de la Magdalena en el huerto, o los de Pablo al caerse del caballo. Su dolor, su orgullo herido, su concentración en el pasado, su decepción, les impiden “abrir los ojos” y ver lo que sucede realmente. No ven los signos de la presencia de Jesús en sus vidas. Todo lo ven negativo, como personas derrotadas y fracasadas

-Han perdido la esperanza. Creían que Jesús iba a ser el Mesías, el salvador del pueblo, el gran líder…Y no fue así. Nos pasa a nosotros también cuando ponemos mucho entusiasmo en algo. Cuando las cosas no salen como esperábamos, reaccionamos con despecho y perdemos toda esperanza, negándonos a empezar de nuevo. 

c) La actitud de Jesús

-Se acerca, camina con ellos y se interesa por sus vidas y sus preocupaciones. Es impresionante las veces que en el evangelio Jesús se acerca a la situación de las personas concretas. No sólo camina con la gente; muchas veces, Jesús se presenta pidiendo un favor, como es el caso de la Samaritana. Jesús no empieza ofreciendo algo, sino pidiendo agua. (Juan 4).

-Relee la Escritura con ellos. Después de entender cuál era el problema de los discípulos, Jesús repasa con ellos la Escritura. Lo hace de tal manera que la Biblia ilumina la situación y transforma la experiencia de la cruz de señal de muerte en señal de vida y esperanza. Así lo que impide ver, se convierte en luz y fuerza a lo largo del camino.

-Reconstruye la comunidad. Jesús, no sólo se acerca y se interesa por sus vidas y relee las Escrituras con ellos, sino que entra en su casa y come con ellos, compartiendo el pan y restableciendo los lazos afectivos con la comunidad. Sabe crear un ambiente orante de fe y fraternidad, donde el Espíritu pueda obrar y hacer que la Eucaristía sea algo más que un gesto banal. La Eucaristía se hace gesto de memoria, de pertenencia, de misión compartida.

d) Y lo reconocieron

Al final los discípulos piden a Jesús que se quede con ellos; Jesús comparte el pan (celebra la Eucaristía) y los ojos de los discípulos “se abren” para reconocerlo, recuperar la esperanza y volver a la comunidad, dispuestos a continuar con la misión que Jesús les ha encomendado en todo el mundo. De derrotados pasan a ser testigos entusiastas.

También hoy si leemos la Palabra con el corazón sincero, si celebramos la Eucaristía, si volvemos a la comunidad, el Espíritu nos hablará al corazón y recuperaremos la alegría de la fe y podemos decir: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba? No hay derrota que pueda con nosotros.

P. Antonio Villarino

Bogotá

La piedra removida

Pascua
Pascua

Un comentario a Jn 20, 1-9 (Pascua de Resurrección, 12 de abril de 2020)

Estamos en el último capítulo de Juan -si tenemos en cuenta que el 21 es considerado un añadido. Aquí el evangelista nos transmite la experiencia de los primeros discípulos que pasaron de la decepción al compromiso, de la desunión a la comunión, del viejo Israel a la nueva comunidad de creyentes. Lo hace usando, como siempre, expresiones de gran resonancia simbólica, entre las que me permito resaltar algunas:

1.- “El primer día de la semana”

Terminada la creación (“todo está cumplido”, dice Jesús en la cruz), comienza el nuevo ciclo de la historia, el de la nueva creación. Jesús vino para hacerlo todo nuevo, superando la experiencias negativas. Él es el testigo de que Dios es siempre nuevo, de que es posible comenzar en nuestra vida un camino nuevo. Claro que, para que se produzca una nueva creación, es necesario saber morir a la vieja creación; hay que saber afrontar la muerte de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo. Tenemos que dejar de ponernos a nosotros mismos en el centro de todo: “Si el grano de trigo no muere, se queda solo; pero si muere, da fruto en abundancia”.

2.- “Por la mañana temprano, todavía en tinieblas”

La Magdalena va al sepulcro buscando a Jesús, no en la vida, sino en la muerte, sin darse cuenta de que el día ya clarea. María cree que la muerte ha triunfado; por eso su fe está todavía en la penumbra. Ya clarea, ya hay nueva esperanza, pero no se ha abierto camino en el corazón y en la conciencia de aquella mujer que nos representa a todos.

Cuántas veces nosotros vivimos en el claroscuro, sin saber reconocer los nuevos signos de esperanza que Dios nos regala en nuestra historia personal o comunitaria.

3.- El sudario, los lienzos, la losa y el sepulcro

Se trata de cuatro objetos que, de por sí, nos hablan de un muerto y así lo entiende la Magdalena y los discípulos. El texto, sin embargo, nos habla de que la losa está removida, el sudario apartado, los lienzos ordenados y el sepulcro vacío. Ni la losa retiene al muerto, ni el sudario o los lienzos lo mantienen atado. La muerte ha perdido a su presa, aunque la Magdalena no acabe de verlo. A este respecto comenta Anselm Grün:

“La primera señal de la Resurrección es la piedra que ha sido retirada del sepulcro. La piedra que preserva del sepulcro es el símbolo de las muchas piedras que están sobre nosotros. Yace precisamente una piedra sobre nosotros allí donde algo quiere brotar en nuestra vida y nos estorba en la vida. E impide que nuestras nociones de la vida, que en cada momento emergen, lleguen a ser realidad. Nos bloquea, nos impide levantarnos, salir de nosotros, dirigirnos a los demás… Cuando una piedra yace sobre nuestra tumba, nos pudrimos y nos descomponemos dentro…”(p.98)

4.- Los discípulos recuperan la unidad

Los dos discípulos corren separados, como nos pasa cuando perdemos la fe y la esperanza.  Cuando las cosas no van bien, la gente se divide y se dispersa. El desánimo se acumula y reina el “sálvese quien pueda”. Pero después recuperan la unidad, una vez más atraídos por el recuerdo y la búsqueda de Jesús.

El discípulo amado (el que había estado con Jesús en la cruz) cede la primacía al que lo había traicionado). El discípulo fiel ayudará al compañero, pero sin recriminaciones, simplemente corriendo más que él. Buen ejemplo para nosotros: a los compañeros no se les recrimina ni se les pretende forzar a la fidelidad; simplemente hay que correr más y, al mismo tiempo, saber esperar.

La experiencia de los discípulos nos recuerda que Jesús vive, que su presencia se hace notar entre nosotros de muchas maneras y que, abiertos a esta presencia, también nosotros podemos salir de nuestros sepulcros, recuperar la esperanza, vivir el amor y triunfar sobre la muerte, la oscuridad y el caos. La muerte no tiene la última palabra. La vida, sí.

P. Antonio Villarino

Bogotá