Ya no es “la misma persona que se fue” en 2017, Simone Parimbelli, de 38 años, laico misionero comboniano de la diócesis de Bérgamo, que regresó en septiembre de 2020 de Mongoumba, en la República Centroafricana. Porque, como dice con luz en los ojos, “la misión abre el corazón y el horizonte, y el estar en salida te cambia: desde la concepción del estilo misionero hasta la relación con el tiempo y el espacio, con uno mismo y con Dios”. Sucede cuando se está “en estrecho contacto con los sufrimientos y las alegrías de los demás” y se vive durante tres años y medio en el corazón de la selva tropical, en la diócesis de Mbaiki, en Mongoumba, donde los Padres Combonianos trabajan con los pigmeos AKA desde hace más de 30 años.
“Parece absurdo, pero estas personas no son reconocidas por las demás etnias y no tienen acceso a la educación ni a la sanidad. Esclavizados por sus amos bantúes y sin partida de nacimiento, son fantasmas de carne y hueso”, dice Simone, denunciando un país que, a pesar de sus muchas riquezas, vive en un estado de colonialismo y miseria.
“Estando cerca de ellos, uno se convierte en una puerta a la que llamar”, continúa Simone que, como laico, a veces “ha conseguido entrar en la vida concreta de la gente mucho más que los sacerdotes, divididos entre la administración de la parroquia y las celebraciones eucarísticas en un vasto territorio”. Cuando llegó a Mongoumba, propuso varias actividades de animación, transformando por ejemplo la escuela de Ndobo, cercana a los campamentos de pigmeos, en un oratorio, como el de su parroquia de Osio Sopra, donde al crecer, en un momento dado, se preguntó “¿para qué sirve mi fe?”.
Desde la pregunta sobre la vocación hasta la respuesta a una llamada, el paso es, por así decirlo, corto: son 7.500 kilómetros junto con todo lo demás. Pero “cuando quizás hayas adivinado lo que puedes ser en el mundo y para el mundo, tienes que demostrarlo”.
Así, la diócesis de Bérgamo, el obispo Francesco Beschi, el Centro Misionero y el movimiento internacional de los Laicos Misioneros Combonianos le dan “la posibilidad y la gracia de vivir esta experiencia: 1.300 días de fragilidad y fraternidad” en una Iglesia joven “que sabe generar hijos en la fe y donde prevalece la alegría”.
Enviado y acogido: en un ciclo continuo que, en el futuro, tal vez, lo empuje a otro lugar, donde sopla el Espíritu Santo, que en sango, la lengua de la República Centroafricana, se llama Yingo-Gbya.
(Por Loredana Brigante, revista POPOLI e MISSIONE. Febrero 2021)
Compartir el amor de Dios con los demás, recibir y dar, han determinado nuestra vocación misionera (Hermana Vicenta Llorca, Misionera Comboniana en Etiopía durante más de 40 años y Pedro Nascimento, Laico Misionero Comboniano, dos años en Etiopía). Como hizo con Abraham, también a nosotros, a través de la oración y el discernimiento personal, Dios nos dijo: “Deja tu país y vete a la tierra que te mostraré” (Gn 12,1). Nuestro destino fue Etiopía, un país lleno de sol y hospitalidad. Etiopía es un hermoso país, con una gran riqueza histórica y cultural, lleno de tradiciones y con muchos pueblos, con gran diversidad lingüística.
Benishangul-Gumuz forma parte de una de las regiones de Etiopía y una de las tribus presentes aquí es la de los Gumuz, un pueblo de carácter fuerte, dispuesto a luchar para defenderse de muchas maneras. Nuestra labor misionera se desarrolla especialmente entre los Gumuz.
Nuestra primera impresión fue muy buena, ya que siempre quisimos compartir nuestra vida con gente tan sencilla. La comunidad de las Hermanas Combonianas, situada en Mandura, ofrece servicios de educación, asistencia sanitaria y pastoral catequética. La comunidad de Laicos Misioneros Combonianos (David Aguilera y Pedro Nascimento) vive con los religiosos Combonianos en Guilguel Beles, a diez kilómetros de Mandura, e intenta ayudar a ambas comunidades en las áreas de educación y pastoral catequética, así como en el cuidado de algunos enfermos.
Vicenta y Pedro trabajan en la pastoral y el servicio social, ya que la persona se completa con el desarrollo del alma y el cuerpo. Una de las actividades que realizamos juntos es el acompañamiento de la catequesis de mujeres en su desarrollo espiritual, humano y material. Sabemos que la mujer tiene un papel importante en la transformación de la sociedad y aquí ellas necesitan ser conscientes de ello. La mujer gumuz trabaja muy duro y a menudo se ve relegada en oportunidades como la educación, donde los logros educativos no son una prioridad, especialmente para las mujeres y las niñas. Sobre todo, tienen que trabajar en el campo, recoger leña para cocinar, acarrear agua de la fuente o del río, cargar pesados sacos de cereales (fruto de su trabajo en el campo), cuidar de sus hijos, cocinar… La vida de la mujer gumuz es difícil y está llena de sacrificios y trabajo duro.
Nos reunimos cada semana con un grupo de mujeres que han elegido un nombre para el grupo: “Constructoras de Paz”, un nombre debido a la situación de guerra que vivimos desde hace más de dos años en nuestra zona. En este grupo compartimos la Palabra de Dios, oramos por la paz y tomamos un café juntos con la colaboración económica de todas, y nos hacemos cercanos en nuestras experiencias de dolor y sufrimiento, fortalecemos nuestra amistad, compartimos sueños y aspiraciones para el futuro. Estos encuentros nos dan la posibilidad de conocernos y estar más cerca unos de otros. Es nuestro deseo, según nuestras posibilidades, desarrollar actividades que puedan ayudar a las mujeres en la parte económica, ya que tienen un papel importante en el mantenimiento de la familia.
Todo esto es muy bello y atractivo, pero la vida humana está hecha de momentos felices y momentos dolorosos, días de luz y días de oscuridad.
Debido a los enfrentamientos étnicos, especialmente por la propiedad de la tierra, la estabilidad social ha empeorado, muchos han sido asesinados, los pueblos han sido incendiados, algunas cosechas han sido robadas por oportunistas, muchas personas inocentes han sido encarceladas sin saber las razones, las escuelas y los puestos médicos han sido cerrados debido a la inseguridad, por temor a que los estudiantes sean atacados por los rebeldes y los profesores y enfermeras atacados y secuestrados, ya que la mayoría de ellos pertenecen a otro grupo étnico. Desgraciadamente, esta ha sido nuestra realidad durante los dos últimos años, con tiempos de paz y tiempos de conflicto e inseguridad. Sin embargo, tanto si vivimos como si morimos, pertenecemos al Señor (Rm 14,8) y Él siempre está con nosotros y nos acompaña.
En la misión de las Hermanas, algunas mujeres pidieron protección durante unas semanas, quedándose allí a dormir. La situación se agravó y decidieron escapar al bosque, donde pudieron esconderse. Cuando la situación se calmó, poco a poco, las familias volvieron a sus cabañas. Como ya hemos dicho, esta situación se ha repetido durante dos años y juntos hemos experimentado el dolor, la inseguridad, pero también la protección de Dios. Las obras de Dios nacen y crecen al pie de la Cruz, decía San Daniel Comboni.
Nada de esto estaba contemplado cuando, llenos de ilusiones, llegamos a esta misión, pero decidimos hacer causa común con este pueblo, compartir los buenos y los malos momentos, decidimos quedarnos aquí y abandonarnos en las manos de Dios. Hemos vivido muchos momentos difíciles y nuestra presencia aquí, en medio de las dificultades, pretende ser un testimonio de fidelidad a Dios manifestada en la fidelidad a las personas con las que compartimos la vida. Fue Jesús quien nos dijo: “He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
En medio del dolor, de ver sufrir a las personas que escapan, de los que lloran por sus seres queridos, ya sea porque han muerto o porque están privados de su libertad, todo esto se ha convertido en un tiempo de gracia que nos ayuda a fortalecer nuestra fe y fidelidad a un pueblo que vive tiempos de sufrimiento. Hacer mío el dolor del otro nos muestra lo importante que es el otro para nosotros, lo mucho que lo queremos. San Daniel Comboni nos enseñó: Hago causa común contigo y el día más feliz de mi vida será aquel en que dé mi vida por ti.
En este momento se están celebrando conversaciones de paz entre el gobierno y los grupos rebeldes, se están empezando a abrir escuelas y puestos médicos (algunos). Tenemos la esperanza de que se puedan vivir tiempos de paz, felicidad y prosperidad.
Rezad por nosotros y por el pueblo de Etiopía, porque no podemos perder la esperanza; rezad para que encontremos apoyo para desarrollar actividades económicas con las mujeres y ayudar a las familias necesitadas; rezad por la paz y la comunión fraterna.
Hermana Vicenta Llorca, Misionera Comboniana y Pedro Nascimento, Laico Misionero Comboniano
(Tercera parte del testimonio que os enviamos en tres momentos diferentes)
La Realización De Una Casa Un Poco Más Digna
Dentro de los niños que iniciaron el apoyo escolar se encontraba dos hermanitos Dibisay y Javier, ellos vivían con su mamá en una casa que estaba al otro lado de un caño de aguas negras y se encontraba en condiciones precarias; vivienda hecha con Zinc reutilizado, tejado con goteras, piso de tierra, un inodoro y una teja de Zinc prestaban el servicio del baño, una tina de bebé que hacía de lavadero y lavaplatos, una cocina en un barranco y un puente en palo que estaba a punto de caerse.
La primera vez que fui a esta casa me dio mucha nostalgia por las condiciones en las que vivían los niños, su madre ama de casa y su padre un maestro de construcción que trabaja en Ibagué. Un día hable con Vane y le comente la situación, entonces decidimos hacer un video de la casa y subirlo en redes sociales para que nuestros familiares, amigos o amigos de amigos se unieran a la causa de darle una vivienda más digna a estos niños.
Al principio no imaginamos el impacto que iba tener el video y pensábamos que íbamos a recoger dinero para hacer el baño, o quizás para cambiar el tejado, o para comprar un lavadero… Pero siempre he dicho que mi Dios manifiesta su amor cuando haces cosas que no le hacen daño a nadie, de esta manera reunimos casi 7 millones y junto con algunas personas que sabían de construcción en el barrio durante todo el mes de julio se estuvo trabajando en el proyecto que denominamos “la casa de Dibi”, se lograron levantar cimientos, construir toda la fachada frontal de la casa, cambiar un tejado, hacer una cocina, hacer un baño, realizar dos cuartos uno en material y el otro de Zinc, cambiar el puente para ingresar a la casa y la instalación de tuberías.
Esta vivienda nos permitió a nosotras aprender los nombres de los materiales de construcción, aprender a hacer mezclas de cemento, a cortar madera, a poner las tablas del puente, a revisar la calidad del material, a lidiar con los maestros de construcción. Se terminó otra obra con todo el amor, con muchos aprendizajes y con una vivienda en mejores condiciones para los niños.
Nuestro Emprendimiento Del Barrio
En el mes de septiembre al Padre Franco le avisaron que iba llegar una ayuda económica de parte de los Combonianos, para familias del barrio que se vieron afectadas por la COVID-19. Nosotros en reunión con el equipo de misión quisimos convertir este dinero en algo sostenible y no en algo asistencial. Así que hicimos una convocatoria de algunas personas que conocíamos que no tenían trabajo e iniciamos unos grupos de reunión donde compartíamos habilidades en la cocina, inicialmente eran 15 personas, en cada encuentro del sábado fueron quedando menos. Cuando ya quedó un grupo de 6 personas (Darilys, Lucero, Sra. María, Don Cicerón, Don José María y la Sra. Claudia), después de analizar un poco los productos realizados y la demanda en el barrio, se decidió que desde el primer sábado de octubre empezaríamos la venta de empanadas de pollo, ese día se hicieron 45 empanadas y cada sábado aumentamos la producción llegando el 14 de noviembre a vender 90 empanadas, además de la apertura de un punto de venta que se encomendó a Dios. Esta microempresa nos ha permitido entrelazar amistades, confianza, risas y trabajo en equipo, en la búsqueda de un emprendimiento con personas que quieren salir adelante.
Gratitud Por La Misión
Finalizo este reporte de mi año misión dando las gracias a mi Dios por todas las personitas que desde la distancia me han apoyado; desde Luz Dary por su aporte económico para el compartir de navidad de los niños de bajito de Vaqueria, por el chocolate con pan de los vecinos de la oración de la cuadra y al Proyecto Dibi, a Diego Montilla y mi primo Edwin Vargas en la primera edición del video que fue de gran ayuda en la recolección de fondos para la casa de los niños y en la edición del segundo video de la casa finalizada de los niños, a mi familia por su apoyo, su amor, comprensión y por aportarme dinero para mis gastos, a mi familia espiritual y a mi equipo de Laicos Combonianos de Colombia por aportarme dinero para mi arriendo, alimentación o de mi plan de celular. Gracias de corazón porque sin ustedes no hubiera sido posible sostenerme emocionalmente y económicamente durante este año. Gracias a mi Marisol y a mi Vane por ser coequiperas de cada idea, de cada paseo, de cada refuerzo escolar, Dios me premio con su presencia. Una misión cargada de un 90% risas, proyectos, sueños, amor y bendiciones, un 5% de lágrimas ante aquellas personas que no son tan buenas y me trataron mal y un 5% de miedo ante los disparos que se escuchaban a cuadras de la casa.
(Segunda parte del testimonio que os enviamos en tres momentos diferentes)
Coro y catequesis de primera comunión:
Iniciamos junto con el Hno. Pontien un coro, y a su vez también me comprometí a ser catequista de un grupo de 17 niños que querían recibir su sacramento de primera comunión, pero el impulso duro dos fines de semana porque nuestro país entró en cuarentena por la COVID-19, un poco inseguros y asumiendo una realidad que creíamos iba a ser pasajera se convirtió en 7 meses donde se permitía las reuniones grupales con un número limitado de personas y donde sostener algo virtual no era una posibilidad por las condiciones en la que viven un grupo significativo de familias del sector.
Oración En La Cuadra
En las primeras semanas de la cuarentena surge la idea del equipo misión de organizar alguna actividad que permitiera unirnos con los vecinos y fortalecer el área espiritual, y a esta nueva idea la llamamos la “Oración de la cuadra”, convocamos a los vecinos y al Sr Robinson que pertenecía a una religión diferente junto con su familia.
Un jueves del mes de marzo empezamos a convocar a vecinos a que salieran de su casa y nosotras con Vane animábamos los cantos con el cununo y el Bombo (un proceso de aprendizaje). Cada semana dos vecinos se hacían cargo de la lectura bíblica y de su reflexión, adicional se ponía una caneca en el centro de la cuadra donde cada vecino aportaba algo de mercado para ayudar a una de las familias que participaban de la oración. Esta actividad generaba emoción y daba tranquilidad porque confiábamos en que Dios nos iba a proteger de la COVID-19.
Duramos tres meses reuniéndonos desde las puertas de nuestras casas para que una vez en la semana en las horas de la tarde compartíamos el evangelio y algunos detalles de alimentos que llegaban a nuestro barrio. De esta manera nos fuimos conociendo con nuestras vecinas Karen, Luna, Laura, Yolanda, don José y su Familia, don Esau (que prestaban las extensiones y el micrófono), Alexandra y su pequeño Juan (prestaban el Sonido), la Sra Sandra (que permitió conectar el sonido en su casa), la Sra María, etc.
Mercados Llenos De Solidaridad
A mediados del mes de abril recibimos una donación económica para dar mercados a 35 familias afectadas por la COVID-19, se seleccionaron familias AFRO del barrio, que fueron postuladas por el grupo afro que lidera el padre Franco desde hace ya más de 4 años. Este mercado contenía una oración por dentro para que las familias dieran gracias a Dios por las personas que habían aportado dinero dentro y fuera del país para la compra de esos mercados. Actividad que nos permitió conocer más familias que vivían dentro y fuera de nuestro barrió.
Terminación De Mi Contrato
Mi contrato era por tres meses, y cuando se terminó el contrato no había posibilidad que lo renovaran, dio un tris de susto pero gracias a Dios esos meses me fueron liquidados y con ese dinero podía sostenerme durante dos meses más. Luego vino mi cumpleaños y recibí dinero de mi familia de sangre y de mi familia espiritual (comunidad Señor de los Milagros de Tauramena/ Casanare). De esta manera pude sostenerme hasta el mes de julio.
La Donación De Una Impresora y acompañamiento escolar
Finalizando el mes de abril, una familiar de Vanesa nos donó el dinero para comprar una impresora y de esta manera ayudar a algunas familias del barrio con la educación virtual de los niños, nos contactamos con profesores de grado segundo y tercero de la Institución Educativa Buenos Aires, y con un grupito de cinco niños (Dibisay, Juan Sebastián, Jhovanni, Laura y Javier) inicie en el apartamento un acompañamiento escolar, estos niños eran dos de grado segundo y tres de grado tercero. Ellos venían al apartamento en el horario de la mañana y de la tarde nos propusimos trabajar muy juiciosos para quedar nivelados, para finales del mes de junio la meta se alcanzó y de premios hicimos un picnic.
Los requisitos que cumplían estos cinco niños eran los siguientes:
Que su familia no tuviera acceso a datos de internet.
No contar con la ayuda de una persona que le explicara los temas.
Deberían venir siempre bañados, con ropa limpia y desayunados y/o almorzados.
Cumplir con el horario 10 am a 12 pm y de 1:30 a 5:00pm.
Dejar su maleta con todos los útiles en mi casa así ellos no cargaban su maleta todos los días (me aseguraba que siempre teníamos todos los materiales para trabajar).
Dejar limpio el espacio del apartamento donde realizábamos las tareas.
No faltarse al respeto.
Comportarse como niños inteligentes para aprender y sacar buenas notas.
Adicional a esto, gracias a la impresora 10 familias recogían guías impresas después de las cinco de la tarde, para que los niños pudieran trabajar desde su casa. Un niño venía una vez a la semana para que yo tomara las evidencias de las actividades resueltas y lo enviara a la directora de grado.
A partir del mes de julio ingresaron dos niñas nuevas al refuerzo escolar (Jondarlys y Sharick), ellas también estaban atrasadas y estaban en grado tercero, entonces habilite un horario en la mañana de 8:30 am a 12:00 pm y en la tarde recibía solo tres niños, porque al quedar nivelados Laura y Juan Sebastián empezaron a trabajar desde su casa las dos guías diarias que enviaban los profesores. En ese mes de julio, iniciábamos una obra de una casa y Marisol (Laica) apoyaba el refuerzo escolar desde la casa de ella. En agosto retomé el apoyo escolar con tres niños nuevos en el horario de la mañana (Paula, Shari y Adrián) dos de grado segundo y uno de tercero, y en la tarde se atendían todos los niños de tercero que estaban al día con tareas, para ese entonces eran 5 niños, a partir de este mes algunos padres de familia de acuerdo a sus necesidades me hacían un aporte de 15 o 20 mil pesos semanales y de esta manera me ayudaban con mis gastos.
Iniciando el mes de septiembre el grupo se amplió, ahora tenía 6 niños en la mañana (Shari, Jordanys, Gabriela, Nicol, Paula), que pertenecían a cursos diferentes; primero, segundo, cuarto, quinto y sexto. Ahí tuve que buscar alguien que me apoyara y Dios envió a Natalia una chica del barrio que tenía 20 años y había trabajado ya con niños. El grupito de la tarde se amplió y ahora eran 6 niños (Jhovanni, Adrian, Jondarlys, Luis Ferney, Javier y Victoria). Los procesos aquí se tornaban más retadores porque Jordanys y Shari no sabían leer y nos propusimos iniciar el proceso de enseñanza de lecto-escritura.
Para finales del mes de octubre ingresó el niño Elvin de grado tercero de otra institución, el reto era ayudarle a salvar el año, de esta manera para la segunda semana del mes de noviembre se finaliza este proceso con dos niños en la mañana y con cuatro en la tarde. Solamente Jhovanni de 9 años estuvo desde el principio hasta el finalizar esta experiencia.
El apoyo escolar se convirtió en un proceso donde algunos niños aprendieron a leer, escribir, hacer compresión lectora, a colorear y a trabajar de forma juiciosa para cumplir con las metas diarias. Fueron meses de risas, de tensión, de tolerancia a la frustración, de paseos (cada mes hacíamos una integración con los niños que estaban), un proceso donde ayudas a los niños a no perder un año escolar, hacer trabajos de buena calidad, fueron meses de amor y de detalles. Estos niños le dieron sentido a mi misión porque sus ocurrencias, sus personalidades le daban sentido a mis semanas. Dios los bendiga a cada uno de ellos, a sus familias y los cubra de cualquier mal.
La etapa escolar, sobre todo la infantil y la primaria, suele marcar nuestras vidas de una manera u otra. Grandes recuerdos se amontonan: amigos y amigas que son una gran parte de lo que fuimos, maestros y maestras que tocaron nuestros corazones y abrieron caminos que hasta entonces ni imaginábamos… En general, vida compartida que nos apasionó, nos llenó de alegría y que casi siempre consideraremos como la mejor etapa.
Sin embargo, en Etiopía, el colegio puede tener un sentido más completo.
En la región en la que vivo, Gumuz, la familia Comboniana tiene 5 guarderías (3 los padres Combonianos, 2 las hermanas Combonianas) y un colegio de primaria (de las hermanas Combonianas). Todos estos centros fueron petición del propio gobierno local, hace ya más de 20 años, que entendió que esta región escasamente desarrollada precisaba de espacios educativos que cumplieran dos objetivos: por un lado, potenciar la educación con el fin de poder garantizar un futuro autónomo y digno; por otro lado, crear espacios donde puedan convivir niños y niñas de todas las etnias presentes en la zona, en igualdad y compañerismo, de manera que la división (tan presente y tan profunda en la región) vaya desapareciendo desde los pilares de la vida (la infancia y la adolescencia) y se fomente la idea de la fraternidad completa.
Ese ha sido el objetivo de la familia Comboniana todos estos años, desde los planes educativos generales hasta el quehacer diario: crear un lugar en el que la convivencia sea tan importante como la adquisición de conocimientos y competencias.
Sin embargo, la realidad social ha cambiado mucho en los últimos dos años. Cuando llegué a Etiopía, esta región estaba sumida en un conflicto étnico de unas etnias contra otras (con asesinatos, desplazados, quema de viviendas, etc.). Cuando la situación estaba normalizándose, el Covid-19 apareció para volver a romper la normalidad, cerrar todo y sembrar el pánico (que ya se había convertido en “visitante” asiduo por esta zona). Y, sin haber conseguido frenar este problema, un nuevo conflicto étnico, aún más grave que el anterior, azotó la vida de los habitantes de la región. Los problemas que encontrábamos en el primer conflicto se multiplicaron, se expandieron y no conocían de religión, edad o sexo para tener un poco de piedad. El día a día quedó dominado por un pánico ya conocido, pero que alcanzó límites insospechados. TODO volvió a cerrarse con la llave del miedo, la violencia y el desánimo.
La situación exigía una respuesta, y el colegio de las hermanas Combonianas, que es sobre el que escribo, se convirtió en algo más que un centro de convivencia, se convirtió en el “Colegio Esperanza”.
Ante la realidad de violencia, muchas personas, principalmente mujeres, niños/as y ancianos/as optaron por abandonar sus casas. Muchos marcharon a esconderse al bosque, pero la gran mayoría de los que vivían alrededor del colegio, de manera casi instintiva, y por una confianza enorme en las hermanas, optó por refugiarse en masa en dicho colegio. Fue sorprendente ver cómo entraban por decenas, o cientos, con lo principal que pudieron coger antes de huir, en una diáspora improvisada, cargando enseres, niños, bebés, grano, animales, etc. El colegio abrió sus puertas, y se convirtió, más que en su casa, en su refugio, puesto que, más que comodidad, buscaban seguridad. Las clases fueron vaciadas y transformadas en lugares donde dormir, cocinar, comer y recibir cuidados; así como otros espacios y zonas comunes, hasta los patios y las fuentes.
Con el paso de las semanas, la situación dio alguna tregua; las personas volvieron a sus casas, pero no a la normalidad. Ante el miedo de que pudieran saquear sus pertenencias, temían principalmente por el grano recolectado durante todo el año. Volvieron a depositar la esperanza en el colegio, que abrió de nuevo sus puertas para que llevaran ese grano, en sacos de cien kilos, para ser almacenado en el único lugar en el que entonces confiaban.
Esta situación fue especialmente grave para los niños y las niñas, que vivían instalados en el miedo y el sentimiento de desprotección. Las hermanas, conscientes de ello, volvieron a poner el colegio al servicio de la infancia, creando un espacio de confianza. A pesar de que oficialmente todos los centros educativos de la zona estaban cerrados, las puertas de nuestro centro protagonista se abrían casi a diario para dar clases de apoyo y repaso, para acoger a todo el que viniese y permitirle pintar, dibujar, leer o escribir; y, lo que más éxito tenía, para organizar (o más bien, improvisar) juegos y actividades deportivas. En ese momento, lo más importante no era que los niños/as y jóvenes aprendieran o fueran evaluados, sino que pudieran entrar en un lugar en el que se sintieran seguros, ilusionados, con la alegría que debería reinar en esta etapa de la vida. Que pudieran jugar, relacionarse en paz y tranquilidad y que se sintieran abrazados y consolados fue la prioridad; en definitiva, que pudieran ser lo que son, niños y niñas, forzados a crecer por una realidad más dura de la que deberían haber conocido.
En todo este proceso, mi compañero de misión (Pedro) y yo nos quisimos implicar al máximo (aunque algunas veces nos fuera imposible desplazarnos por la peligrosidad de los diez kilómetros de camino que separaban nuestra casa del colegio, debido a ataques, redadas, disparos, etc.). Nuestro hacer diario, nuestra ilusión y nuestras fuerzas se volcaron principalmente en acompañar y ayudar a sacar adelante las actividades diarias para niños y niñas; como improvisados profesores, entrenadores deportivos, monitores, acompañantes, y todo lo que podamos imaginar, procurábamos ofrecer un espacio de acogida y esperanza a todo el que cruzaba las puertas de la calle.
Mañana, veintitrés de febrero, y tras haberse estabilizado bastante la situación, el colegio abre sus puertas al nuevo curso de manera oficial (habiéndose perdido casi medio año). Los alumnos y las alumnas, desde los 3 años hasta el fin de la primaria, volverán a sus clases. En este retornar, la pesadilla quedará atrás; y dudo que alguno llore a las puertas del mismo. Todo lo contrario, estarán deseosos de volver al lugar del que nunca se sintieron apartados; el lugar que supuso para ellos el único espacio de tranquilidad y despreocupación. Los padres y las madres, por su lado, se sentirán más aliviados que nunca, puesto que, si en los momentos de mayor tormento confiaron ciegamente para proteger a sus hijos e hijas (el regalo más preciado que tienen), el que vuelvan a dar clase les llenará de renovada ilusión.
Es por eso que, a pesar de que tiene otro nombre, yo he preferido bautizarlo como el “Colegio Esperanza”.
David Aguilera Pérez, Laico Misionero Comboniano en Etiopía
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