Laicos Misioneros Combonianos

Oportunidad para cambiar

Comentario a Marcos 1, 12-15 (Primer Domingo de Cuaresma, 18 de febrero 2018)

La lectura continuada del primer capítulo del evangelio de Marcos que hemos realizado en los últimos cuatro domingos se interrumpe hoy, debido a que comenzamos el tiempo de cuaresma, que en la liturgia católica es un tiempo especial, con su propio orden de lecturas. Con todo, en este primer domingo de cuaresma, nos detenemos también en el primer capítulo de Marcos, leyendo cuatro versículos breves, pero de una gran intensidad. Por mi cuenta, propongo tres breves reflexiones:

1) Desierto: Del “dicho al hecho hay mucho trecho”
Jesús, después del bautismo de manos de Juan y la extraordinaria declaración del Padre –“Tu eres mi Hijo predilecto” –, va al desierto, “empujado” por el Espíritu. ¿Por qué? Sin grandes pretensiones, a mí me gusta explicarlo con un proverbio clásico de la lengua española: “Del dicho al hecho va mucho trecho”.
Veamos: Porque entre el “dicho” (la palabra- vocación) de ser Hijo y el “hecho” (la vida concreta, el Reino) hay un “trecho” (un camino) que Él, como nosotros, tiene que recorrer con fe y perseverancia, disciplina y trabajo, lucidez mental y fortaleza de voluntad, en una batalla “a muerte” contra el espíritu del mal que nos ronda por doquier, pacificando las “fieras” que nos acechan, superando pruebas, dudas y tentaciones. El desierto, como sabemos, en la historia de Israel, es la gran escuela en la que aprende a dejar atrás la esclavitud y a vivir como pueblo libre, en un proceso de purificación y apertura a los planes de Dios. El desierto se convierte así en la gran oportunidad que Dios le da para crecer como pueblo libre y fiel.
Seguramente, también nosotros tenemos nuestro propio desierto que atravesar. Pensemos un poco: ¿Cuáles son las dificultades y pruebas a las que nuestra vida está sometida en este momento? ¿Cuáles son las tentaciones que nos acechan? Puede que también nosotros, después de un entusiasmo inicial, como el pueblo de Israel, como el mismo Jesús, veamos lejano el sueño de una vida de verdaderos hijos de Dios, una vida regida por la verdad y el amor, la justicia y la generosidad, la paz y el servicio. También nosotros experimentamos que entre el “dicho” (de los buenos deseos) y el “hecho” (de las obras y de una vida plena) hay mucho “trecho” (mucho recorrido por hacer); necesitamos aplicar toda nuestra capacidad de lucha y perseverancia. Precisamente, la cuaresma es una buena ocasión para re-afirmarnos en esta lucha, para renovar nuestra esperanza y nuestra decisión de continuar por el camino de discípulos que Jesús nos propone.

2) Aprovechar la oportunidad
Del desierto Jesús sale vencedor, sale re-confirmado en su vocación y en la confianza de que está viviendo la gran ocasión de su vida, para él mismo y para el mundo. Jesús ha experimentado la cercanía del Padre, no sólo en los momentos de felicidad y de bendición, sino también en los momentos de dificultad, de prueba y de lucha. Del desierto Jesús sale al encuentro del mundo, se mezcla con las gentes, para transmitir un mensaje muy claro: “El Reino de Dios está cerca”, aprovechen la oportunidad.
Cuando decimos que el Reino de Dios está cerca, ¿qué entendemos? ¿Dónde está este Reino: en el templo, en mi ciudad, en un santuario, en la parroquia, dónde? El Reino de Dios –es decir, la presencia de Dios– está en nosotros y entre nosotros, en el templo y en la familia, en la calle y en el trabajo, en el hospital y en el campo de juego… en todas partes. ¿Lo hemos visto? Si no lo hemos visto, es que tenemos que lavarnos los ojos, limpiar los oídos, abrir el corazón… También en esto la cuaresma nos puede ayudar: es un tiempo de más lecturas bíblicas, de más disciplina en la propia vida, de más generosidad en la ayuda a los otros… Todo esto nos puede ayudar a abrir los ojos y ver lo que quizá no logramos ver por el polvo que hemos acumulado, polvo de cansancio, de rutina, de repetidos fracasos, de orgullo herido….

3) Cambiar de ruta
Jesús invita a los habitantes de Palestina a creer en esta presencia del Reino de Dios entre ellos y, consecuentemente, cambiar de vida, cambiar página. Los invita a dejar atrás su condición de esclavos y aceptar vivir como hijos.
En efecto, lo que nos impide ver-oír-tocar el Reino de Dios presente en nosotros es la actitud de Adán y Eva en el Edén, cuando, habiendo caído en la trampa del maligno, se creyeron capaces de ser como “dioses”, arrogantes y llenos de sí mismos, escondiendo su desnudez detrás de unas hojas de higuera, en vez de reconocer su error, pedir perdón y renovar su amistad con el Creador. Creer es precisamente salir de nosotros mismos, dejar de mirarnos a nosotros mismos como si fuéramos el centro de todo, y abrirnos a la presencia del otro (con minúscula: el prójimo) y del Otro (con mayúscula: Dios).
La cuaresma es un tiempo oportuno, una gran ocasión para cambiar ruta, para dejar atrás el estúpido orgullo herido que nos separa de nuestro prójimo (nuestra familia, nuestros vecinos…), de Dios y de lo mejor de nosotros mismos; una ocasión para afirmar nuestra fe en que el Amor del Padre es más grande que nuestro pecado y nuestros errores y que, en este amor, podemos renacer, empezar de nuevo, re-emprender nuestra marcha a través del desierto hacia la meta de una vida serena y pacificada, que, sin desconocer nuestros errores, los sabe asumidos y superados en el Reino del Padre; una vida transparente y luminosa, que, a pesar de las sombras que nos rodean, se sabe siempre iluminada por el Espíritu de la Verdad; una vida generosa, que, a pesar de los propios límites, es capaz de creer en la propia capacidad de ser amados y de amar… Una vida, en definitiva, de hijos en camino hacia la Tierra prometida, que nos espera más allá del desierto.
Eso es lo que celebramos en la Eucaristía, memoria de Aquel que del desierto salió vencedor y anunciando la victoria de Dios sobre el mal. Junto a Él, también nosotros saldremos vencedores y anunciadores-misioneros de su victoria en nosotros y en el mundo.
P. Antonio Villarino
Bogotá

Palabras de verdad, hechos de liberación

Comentario a Mc 1, 21-28 (IV Domingo ordinario, 28 de enero del 2018)

La tercera lectura del cuarto domingo del tiempo ordinario está tomada del primer capítulo de San Marcos y nos narra la primera parte de lo que se conoce como la “jornada de Cafarnaum”, donde aparece un día típico de Jesús y de la primera comunidad de amigos que le acompañaba, después del encarcelamiento del Bautista. Para profundizar un poco en esta lectura, me voy a detener en tres puntos de reflexión: el lugar en el que la acción se realiza, la calidad de la palabra de Jesús y la lucha entre los espíritus “inmundos “ y “el Santo de Dios”.

a) El lugar geográfico
Nos encontramos en Cafaranum, una ciudad del norte de Galilea, a orillas del lago de Genesaret, un cruce de caminos comercial y cultural entre Palestina, Líbano y Asiria. Podemos suponer que Cafarnaum, como otras ciudades de aquella época y de ahora, era un hervidero de vida, con sus elementos positivos y negativos. Seguramente contaba con sus riquezas; sus líderes políticos, militares y religiosos; sus lugares de diversión; sus vías “imperiales” que la ponían en contacto con la globalización de entonces; su apertura a la modernidad… Pero tenía también, con toda seguridad, bastante confusión, corrupción política y religiosa, injusticia, desprecio de los pobres, abandono de la fe y otras presencias del mal en las vidas privadas y en las estructuras públicas… Había también una sinagoga, a la que cada sábado acudían algunas buenas gentes, aunque quizá a veces lo hacían con un cierto sentido de cansancio y aburrimiento.
Cafarnaum puede ser la imagen de la ciudad y de la civilización en la que nosotros vivimos ahora. También en esta “civitas”, en esta cultura nuestra, hay tanta vida, buena y menos buena; hay tanta riqueza y tanta pobreza; hay liderazgo responsable y corrupto; hay generosidad y mezquino egoísmo; hay confusión y búsqueda de la verdad; hay descreimiento y también no poca fe… Y para nosotros, discípulos del Maestro de Cafarnaum, hay también presencia del Dios del Reino. Nosotros sabemos que Jesucristo sigue vivo entre nosotros y que nosotros estamos llamados a estar presentes en esta ciudad, en este mundo en cambio, no para ganar puntos o adeptos, sino para testimoniar que Dios sigue cercano a los suyos. Como comunidad de Jesús, vivimos en la ciudad, en ella crecemos como discípulos y en ella somos misioneros de su Reino entre tantas personas que buscan verdad y belleza, sentido, amor y liberación.

b) La palabra relevante de Jesús

Jesús hablaba en todas partes, también en la sinagoga, donde muchos habían acudido con fidelidad, aunque quizá con una cierta resignación, a escuchar las acostumbradas palabras del rabino de turno, que no tocarían su vida. Pero aquel día hubo una sorpresa grande. Aquel predicador era diferente; de su boca salía una palabra que tocaba la vida, que producía admiración, alabanza y deseo de cambiar.
Podemos preguntarnos de dónde procedía aquella autoridad de Jesús, aquella relevancia.
A mí me parece que la palabra, cualquier palabra, adquiere autoridad y relevancia, cuando es sincera y auténtica y expresa alguna dimensión de la vida concreta. Cuando es así, encuentra en el oyente un eco que sabe a verdad. Una vez tuve la oportunidad de escuchar a la Madre Teresa de Calcuta en directo, en un salón abarrotado de gente, admirada y contenta, como la que escuchaba a Jesús en Cafarnaum. ¿Qué tenían de especial sus palabras? Podemos decir que nada. Ella repetía, sin grandes recursos oratorios, la doctrina y los conceptos que todos conocemos. Y, sin embargo, al escucharla, todos estábamos emocionados, tocados por la sinceridad y autoridad de vida que emanaban aquellas palabras sencillas, pronunciadas sin pretensiones. Aquellas palabras tenían el sello y la autoridad de lo auténtico, de su correspondencia con la vida.
Así –y mucho más– eran las palabras de Jesús. Así, pienso yo, serán nuestras palabras si transmiten algo de lo que Dios hace con nuestras vidas, algo de su luz poderosa, algo de su perdón indefectible, algo de su consuelo verdadero, algo del amor que se nos revela cada día en Jesucristo resucitado y vivo en nosotros, como le sucedió a Pablo.
Con Jesús, también nosotros estamos llamados a ser, en las Cafarnaum de hoy, portadores de palabras auténticas, palabras de verdad y de justicia, palabras de amor y de perdón, palabras de vida. Muchos de nosotros ejercemos, de hecho, de “palabreros”, si se me permite la expresión; en la vida nos toca comunicar, enseñar, cada uno desde su profesión o ministerio: maestros, padres, curas, tertulianos caseros… ¿Cómo hacer para que nuestras palabras no sean banales, para que sean relevantes? Me parece que la respuesta es una sola: verdad y autenticidad. Los hijos, por ejemplo, descubren enseguida cuando sus padres les cuentan la verdad o cuando les cuentas historias en las que ellos mismos no creen. Y así en todos los órdenes de la vida.
El discípulo misionero de Jesús se deja tocar por la palabra auténtica de Jesús y se convierte, a su vez, en un testigo de palabras verdaderas, que iluminan, curan y guían a otros: en casa, en el trabajo, en la iglesia, en todas partes.

c) La batalla entre los “espíritus inmundos” y el “Santo de Dios”
En la Biblia, también en los evangelios, se habla bastante de “espíritus inmundos” o de “espíritus impuros”. Es un lenguaje que ya no usamos en nuestro tiempo. Pero la realidad y la experiencia que tal lenguaje indicaba es hoy tan real como entonces. Podemos decir que con estas palabras nos estamos refiriendo a toda esa parte del mundo que se opone a Dios y a la verdadera felicidad de los seres humanos: esa parte que genera mentira, confusión, injusticia, desorden, caos, esclavitud, que nos impide crecer como hijos libres y liberadores.
Pensemos, por ejemplo, en la absurda violencia que nos golpea en los últimos tiempos, en la corrupción generalizada, en la brutal desigualdad entre ricos y pobres, en la arrogancia que humilla a los pobres y sencillos, en las muchas dependencias que nos acechan a todos: de la droga, del alcohol, del consumo desenfrenado, del sexo desordenado, del orgullo estúpido…
Este mundo corrupto, inmundo, impuro, injusto, que está en nosotros y alrededor de nosotros, se vuelve nervioso, violento, agresivo, cuando se encuentra con el “santo de Dios”, cuando se confronta con la palabra límpida y veraz de Jesús. Y se entabla una “guerra” a muerte.
Pero Jesús es capaz de hacer callar a este espíritu ruidoso, gritón, arrogante, destructivo. Lo hace a cuerpo limpio, con la limpieza de un poder que no procede de las armas, de la riqueza o de la arrogancia, sino de su anclaje en el amor del Padre, que le hace Hijo liberado y liberador.
Nosotros, en la medida que somos “cuerpo de Cristo”, comunidad de discípulos reunidos en torno a su nombre, también tenemos el poder de vencer el orgullo de un mundo corrupto. No con sus mismas armas, sino con las de Jesús: la coherencia de una palabra y de una vida, enraizadas en la verdad de Dios, que no es otra que su amor gratuito e incondicional. Esa es la mayor fuerza misionera de la Iglesia. Esa es nuestra arma para vencer el mal en el mundo.
P. Antonio Villarino
Bogotá

No desaprovechen esta oportunidad

Un comentario a Mc 1, 14-20 (III Domingo ordinario, 21 de enero del 2017)

Este año la liturgia nos ayuda a leer, en los domingos del tiempo ordinario, el evangelio de Marcos. Hoy leemos los versículos 14 al 20 del primer capítulo, en donde se nos transmite el núcleo del mensaje de Jesús la primera elección de discípulos. Por mi parte, les invito a detenerse en el primero de estos seis versículos, el 14. Ahí encontramos cuatro expresiones, que son fundamentales para entender el evangelio. Veamos:

  1. “El tiempo se ha cumplido”. Esta expresión de Jesús no se refiere ciertamente al tiempo cronológico: no se trata, por ejemplo, de que se haya terminado una época del año o de una vida. Ese tiempo no está en nuestras manos y corre independientemente de nuestra voluntad. Lo que quiere decir es que el tiempo cronológico se está haciendo “kairós”, es decir, “tiempo de gracia”, tiempo de salvación, oportunidad que aprovechar. Y esta es la Buena Noticia para aquellos que escuchaban a Jesús en aquel momento histórico, de hace 2.000 años. Al escucharlo hoy, también a nosotros se nos dice: “Este es un momento de gracia, no lo desaprovechen”. Dios nos ofrece siempre nuevas oportunidades para mejorar, para amar, para arrepentirnos… Como diría el Papa, no nos dejemos robar esta oportunidad de cambiar.
  2. “El Reino de Dios está cerca”. ¿Dónde está este Reino? ¿En la Iglesia, en mi familia, en el trabajo? De nuevo hay que decir que aquí no se habla de un lugar geográfico o sociológico. Se trata de la victoria de Dios sobre el mal. Jesús nos dice que, si estamos abiertos y dóciles, Dios es capaz de vencer el mal en nosotros y en nuestro entorno. Miren a su alrededor, miren con el corazón abierto y con fe, y descubrirán que Dios está presente con su amor vencedor, con su Reino, en todas partes. Es cuestión de saber verlo y de aceptarlo.
  3. Conviértanse. Lo que nos impide ver-escuchar-tocar el Reino de Dios es la actitud de Adán (que pervive en nosotros) de intentar ser nosotros mismos un “dios”, autosuficiente y arrogante, de escondernos después de nuestros fracasos en vez de reconocerlos y cambiar de actitud. Jesús nos llama a reconocer nuestra realidad de creaturas limitadas y a veces pecadoras, cambiar página, no seguir justificando nuestros fallos, acogernos a su misericordia y acoger el Reino de Dios que vive dentro de nosotros y en nuestro entorno.
  4. Crean en la Buena Noticia. Jesús nos invita a superar nuestro escepticismo y desconfianza, fiarnos del amor de Dios, y lanzarnos a vivir como herederos del Reino de Dios; vivir con fe, con esperanza y caridad.

Si aceptamos esta noticia y nos disponemos a cambiar, el paso de los años acumula gracia en nosotros, la Palabra es una luz que ilumina nuestros pasos, la vida es un banquete festivo, del que la Eucaristía es signo y adelanto.

P.Antonio Villarino

Bogotá

¿Cómo encontrar a Jesús?

Un comentario a Jn 1, 35-42; (II Domingo del Tiempo Ordinario; 14 de enero 2017)

Después de su famoso prólogo, Juan introduce una serie de testigos que encuentran a Jesús: Juan el Bautista, Andrés, Pedro, Felipe y Natanael. Hoy el texto nos habla de los tres primeros: Juan, Andrés y Pedro. Su testimonio nos sirve para ilustrar el proceso por el que las personas se encuentran con Jesús como Maestro de sus vidas. Yo quisiera resaltar los siguientes elementos:

• Se parte de una búsqueda. Andrés y Simón (como Natanael y Felipe) eran probablemente discípulos del Bautista, que se distinguía por su austeridad y por proclamar la necesidad de un gran cambio (conversión) en la vida del pueblo, con la esperanza de ver al Mesías. Juan y sus discípulos no estaban conformes con el mundo tal como estaba y levantaban los ojos al cielo en busca de una respuesta a su oración, a su inquietud y a su esperanza. De hecho, Jesús les pregunta: ¿Qué buscan? Esa pregunta se le hace a quien busca algo. Al que está satisfecho, al que no busca nada, es inútil proponerle algo. Si uno no está en búsqueda, nunca encontrará a Jesús.

• El Espíritu Santo inicia el movimiento de respuesta, haciéndole comprender a Juan quien era Jesús y que en Él estaba la respuesta a sus inquietudes. Como en cualquier encuentro de amor, no basta con buscar; es necesario estar abierto a lo inesperado, tener el corazón disponible, aceptar el regalo de un encuentro, que no depende totalmente de nosotros mismos, sino que nos supera.

• La acción del Espíritu actúa en, desde y con el testimonio de otras personas cercanas por lazos familiares, trabajo o sintonía espiritual y humana: El Bautista orienta a Andrés y a otro discípulos; Andrés a Simón; en el mismo pueblo se encuentra Felipe; éste transmite la experiencia a Natanael… Se establece una onda expansiva de testimonios, que afecta a un número cada vez más grande de personas.

• La Escritura (la lectura asidua de la Biblia) actúa como trasfondo de esperanzas, referencias y criterios. La lectura regular de la Biblia es como “el caldo de cultivo”, la atmósfera en la que el encuentro se produce.

• Hay un tiempo de convivencia y diálogo con el mismo Jesús, que probablemente se refiere, no tanto a un encuentro fugaz, como a todos los meses pasados con Él, caminando por los pueblos de Palestina y escuchando los mensajes, participando en sus acciones y luchas, contagiándose del amor que Él tenía por el Padre y por su Reino. Cuando uno se involucra en las causas de un amigo termina aumentando la amistad. Lo mismo sucede con Jesús.
Ojalá este año litúrgico que estamos comenzando sea una buena oportunidad para incrementar nuestra amistad con Jesús.
P. Antonio Villarino
Bogotá

Encuentro de Navidad: de la familia de Nazaret a la Familia LMC

LMC Portugal

LMC PortugalEn los pasados ​​días 16 y 17 de diciembre tuvo lugar, en Viseu, en casa de los Misioneros Combonianos el encuentro de Navidad de los LMC. El tema fue “De la familia de Nazaret a la familia LMC”. Participaron varios Laicos Misioneros Combonianos, así como los formandos. Un encuentro que quedó marcado por la alegría y el clima de ser familia: familia comboniana; y familia LMC. Una familia unida alrededor del mismo ideal -que es Cristo- y del mismo carisma comboniano.
Durante la mañana del sábado la LMC Sandra Fagundes hizo una presentación sobre San Daniel Comboni y el movimiento. A continuación, hicimos un juego en el que tuvimos la oportunidad de ir descubriendo más sobre la Familia Comboniana, sobre el sentido de la Navidad, sobre la Navidad en misión,… a medida que íbamos reflexionando y rezando sobre los diversos puntos de reflexión. Una experiencia de diálogo, de compartir, que nos ha enriquecido y nos ha hecho presentes en la oración varias realidades distantes a nuestros ojos y toda la familia comboniana.
La tarde nos trajo otra sorpresa: tuvimos la oportunidad de, en varios grupos, estar y conversar con los Misioneros Combonianos más ancianos que viven en la casa de Viseu sobre la Navidad en la misión, sobre su rico testimonio de vida; con las Hermanas Misioneras Combonianas, en su casa sobre lo que las marcó más en los varias Navidades vividas en misión; y en casa de la familia de la LMC Marisa Almeida, conversando, conviviendo, estando unidos a una familia que es también parte de la familia LMC, pues con ella comparte y vive la dedicación y el cariño por la misión. Una tarde de unión, de hacer encuentro y compartir unos con otros y con otros miembros de la familia comboniana. Una tarde en que fuimos interpelados y desafiados por muchos testimonios de vidas llenas, totalmente entregadas a la misión.

LMC PortugalDespués de la oración de la tarde y la cena, tuvimos un momento de convivencia en el que, una vez más, se compartieron muchas alegrías, sonrisas, bromas y música (donde el padre Feliz nos deleitó con su acordeón). ¡Hemos tenido incluso intercambio de regalos! Una vez más, un momento de unión, durante esta convivencia alegre y genuina, de la familia LMC y con la familia comboniana.

El domingo, la LMC Susana Vilas Boas presentó el tema “de la familia de Nazaret a la familia LMC”, con un momento de reflexión y compartir al final. De la mañana, me queda la idea de camino: la familia LMC hace una caminata, como decía Comboni, con los ojos fijos en Cristo – sólo así esta caminata tiene sentido, para seguir el ejemplo de la familia de Nazaret: la unión de María y José, su servicio humilde a Jesús, su voluntad de cumplir la voluntad de Dios y la entrega total a su voluntad deben ser ejemplo para la familia LMC, para que pueda cumplir el sueño que Dios tiene para ella, hacer un camino de continuo crecimiento siempre con el propósito de servir a la misión al estilo de San Daniel Comboni.

Terminamos el encuentro de Navidad con la Eucaristía, presidida por el padre Francisco Medeiros y con la alegría de tener a los padres y familiares de la LMC Neuza Francisco presentes en el almuerzo de familia.
Sería precisamente esa la palabra que escogía para resumir el encuentro de Navidad de los LMC: familia. En la oración, en el compartir, en la convivencia, en la escucha, este encuentro ha despertado en cada uno de nosotros una noción de pertenencia a algo mayor que nosotros mismos, una familia espiritual que nos acoge y nos desafía a ser más, a hacer y vivir la misión a la manera de Comboni, con los ojos fijos en Cristo, apasionados por Él y por las personas.
LMC Portugal
Filipe Oliveira