Laicos Misioneros Combonianos

El secreto de Jesús

Un comentario a Mc 9, 30-37 (XXV Domingo del T.O.; 20 de septiembre 2015)

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Marcos sigue presentándonos a Jesús como un profeta itinerante que peregrina por los pueblos de Galilea, encontrando multitudes, pronunciando palabras luminosas y realizando acciones liberadoras, que son signos del amor de Dios a los pobres, los enfermos y los pecadores.
Pero algunas veces Marcos nos dice, como en el texto que leemos hoy, que Jesús “no quería que ninguno supiese” de su presencia en algún lugar; en esos momentos, Jesús se dedica, más bien, a “instruir a sus discípulos”, a los que habla de cosas que muchos (incluidos los más íntimos) no son capaces de entender.

Efectivamente, en el texto de hoy Jesús anuncia, por segunda vez, su “secreto”: “Que el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y lo matarán, pero al tercer día resucitará”.

Nosotros hemos oído tantas veces estas palabras que ya no nos impresionan y seguramente no las entendemos, como no las entendieron los apóstoles hasta que no experimentaron la muerte y la resurrección del Maestro.
Jesús no es un profeta brillante, pero superficial, como tantos. Jesús afronta la muerte y la vence, desde una confianza radical en el Padre. Este es su gran secreto. Y quien sigue a Jesús de cerca recorre el mismo camino. De hecho, después de Jesús, muchos de sus discípulos hicieron la misma experiencia, afrontando la cruz y la muerte desde una actitud de confianza radical en el Padre:

Pienso, por ejemplo, en San Maximiliano Kolbe que, en la Segunda Guerra Mundial, se ofrece a ser asesinado en el lugar de un padre de familia; pienso en San Daniel Comboni que, agonizando en África derrotado por las enfermedades y contrariedades, afirma: “Yo muero, pero mi obra no morirá”. Pocos le creerían en aquel momento, pero la historia le dio la razón.
En esta lógica se inscribe la segunda parte del texto de hoy: “Si alguno quiere ser el primero sea el servidor de todos”. También esta frase la hemos oídos muchas veces y no acabamos de creérnosla. También éste es un secreto que pocos entienden. En todos nosotros hay una tendencia a ser protagonistas, a luchar por los primeros puestos, como si tuviéramos miedo de ser relegados y despreciados, a no ser tenidos en cuenta. Ante esta “angustia” por ser siempre los primeros, Jesús nos dice, si me lo permiten expresarlo a mi manera: “Calma, relájense, miren a este niño, vivan la vida como un don, sean agradecidos, piensen primero en el Reino de Dios y su justicia, den con generosidad y recibirán con generosidad”. Pienso que, en el fondo, todos intuimos la verdad de este “secreto” de Jesús, pero no acabamos de fiarnos.
Pidamos al Señor que, al celebrar la Eucaristía, nuestro corazón se abra y, compartiendo el secreto de Jesús, haga de nosotros personas confiadas, generosas y dispuestas a dar la vida, sabiendo que sólo quien da la vida la ganará.
P. Antonio Villarino
Roma

¿Quién es Jesús?

Un comentario a Mc 8, 27-35 (Domingo XXIV T.O. , 13 de septiembre del 2015)

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Marcos nos sitúa hoy en Cesarea de Felipe, una ciudad romana, en la frontera norte de Israel. Allí, lejos de Jerusalén, Jesús plantea la pregunta sobre su identidad. A esa pregunta se dan en el texto tres respuestas:
1. La visión de las masas, que ven a Jesús como una repetición de los profetas del pasado. Es evidente que Jesús aparece ante la gente como un gran profeta: enseña de manera nueva, curas enfermos, arroja malos espíritus, propone un cambio profundo en la sociedad y en la vida religiosa… Se inscribe en la línea de los grandes profetas, uno más en la historia de Israel.

Me parece que esta visión se parece bastante a la de muchas personas de nuestro tiempo, para quienes Jesús es un personaje histórico interesante, casi fascinante, pero uno más de los grandes hombres que de vez en cuando surgen en la humanidad.

2. La visión de los discípulos: Marco pone la respuesta de los discípulos en boca de Pedro: “Tú eres el Cristo”, es decir, el Mesías esperado, el Ungido por Dios para liderar a su pueblo. Los discípulos evidentemente estaban fascinados por la personalidad de Jesús y veían cumplidas en él las promesas de Dios en el AT.

Me parece que esta visión es la de tantos de nosotros que, al leer los evangelios y al orar, nos sentimos en sintonía con la persona y el mensaje de Jesús. Frente a tanto poder abusivo que encontramos a nuestro alrededor, frente a tanta corrupción, frente a tanta palabra superficial como se grita en nuestros medios de comunicación, muchos de nosotros decimos: Yo sigo a Jesús de Nazaret, él es el enviado de Dios, su propuesta de Reino es la que me convence.

3. La visión de Jesús mismo: Todo lo dicho por la gente y por los discípulos es verdad (él es un profeta, él es el Mesías de Dios), pero ¡ojo!, no se hagan una falsa idea. Este Mesías luminoso y fascinante está llamado a pasar pro Jerusalén, a ser sometido a dura prueba, a pasar por la muerte antes de convertirse en semilla de una esperanza que no muere nunca.

Me parece que aceptar este paso por la cruz y por la muerte es la “piedra de toque” de una fe verdadera, que va más allá de un entusiasmo pasajero. A Pedro le costó mucho dar este paso, como a todos nosotros. La presencia del Espíritu le ayudó a comprender a este Jesús, que es el Cristo de Dios, pero, no como rey y jefe dominador, sino como “siervo de Yahvé”, como quien está dispuesto a ser rechazado, despreciado, torturado.

Pidamos al Señor resucitado, que se nos hace cercano en la Eucaristía, que nos ayude a comprender su verdadera identidad, a seguirle como discípulos, más allá del entusiasmo pasajero, también cuando la cruz se hace presente y el camino a Jerusalén se hace empinado.
P. Antonio Villarino
Roma

Capacitado para escuchar y para hablar

Comentario a Mc 7, 31-37 (Domingo XXIII T.O., 6 de septiembre del 2015)

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En la lectura de hoy Marcos presenta a Jesús en territorio “pagano”, donde habitaban personas que no seguían las prácticas religiosas judías, que eran las suyas. Pero, más allá de las diferencias religiosas o culturales entre los habitantes de la Decápolis y los de Nazaret o Jerusalén, Jesús encuentra a un hombre concreto, con un problema “humano”, que afecta por igual a creyentes y no creyentes, ricos y pobres, cultos y analfabetos: es sordo y mundo.

Parece bastante evidente que este caso concreto de un sordo mundo en territorio pagando es, en la intención del evangelista Marcos, un signo evidente de la misión e Jesús.

Él usa el poder-amor de Dios (simbolizado en la imposición de manos) para liberar al ser humano de su sordera (su incapacidad para escuchar a Dios y a los demás, su egoísmo y orgullo auto-referencial, centrado en sí mismo) y de su mudez (su incapacidad para decir palabras comprensibles, su incomunicación, su incapacidad para decir la verdad que vive).

Cuando era joven sacerdote, conocí un niño de diez años al que todos consideraban sordo-mundo, hasta que una joven religiosa comenzó a prestarle mucha atención, a seguirlo de cerca, a mostrarle un amor concreto, sincero, gratuito y constante. Después de un tiempo, la hermana se dio cuenta de que el niño tenía un problema en el oído y lo llevó al médico; resuelto el problema, el niño comenzó a escuchar palabras y a repetirlas, dejando de ser sordomudo. Pensé entonces en la el gran poder del amor, capaz de poner en marcha procesos liberadores.

Sabemos que en la mayoría de los casos no es así. Que frecuentemente la sordera y la mudez no tienen solución, aunque, gracias a Dios, hay muchas maneras de superar la incomunicación. Pero, como en el Evangelio, el problema no reside tanto en la incomunicación física cuanto en otro tipo de incomunicación: aquella que nos lleva a cerrar los cauces de comunicación y de amor con miembros de la propia familia, con miembros de la comunidad, con personas de otras culturas, de otras ideas políticas o de otras religiones…

Frecuentemente nosotros nos volvemos “sordos” y “mudos” en el corazón de nuestra personalidad: Nos negamos a escuchar lo que los otros nos tienen que decir y, por eso mismo, no tenemos una palabra sincera, auténtica, liberadora para los demás.

Todos recordamos el pasaje de Emaús, en el que Jesús camina con los discípulos, escucha sus inquietudes y, sólo después, les comparte unas palabras iluminadoras.
A veces parece que nuestras propias comunidades eclesiales son sordas y mudas: no quieren escuchar los gritos de la humanidad (emigrantes, prófugos, jóvenes, parejas rotas, mujeres…), ni a los profetas de nuestro tiempo que nos muestras caminos de libertad y solidaridad. Esa “sordera” nos hace también “mudos”, incapaces de decir palabras significativas, constructoras de humanidad.

Una Iglesia misionera es una Iglesia que escucha, libre de la sordera del orgullo y de la arrogancia. Sólo así podrá ser liberadora.
En la Eucaristía Jesús nos toca con su cuerpo. Pidámosle que cure nuestra sordera y libere nuestra lengua para que podamos ser sus misioneros, curados y capaces de curar a otros miembros de nuestra humanidad. Y en ello encontremos un camino cada vez más claro hacia la comunión con el Padre.
P. Antonio Villarino
Roma

Lo que importa es el corazón

Un comentario a Mc 7, 1-8.14-15.21.23 ( Domingo XXII T.O. 30 de agosto del 2015)

vigo-hermanitas++++ (1)Después de cinco domingos leyendo el capítulo sexto de Juan (sobre Jesús Pan de Vida), volvemos ahora a la lectura continuada de Marcos, que habíamos dejado en Galilea, orando, caminando sobre el lago, curando enfermos… anunciando el Reino de Dios, hecho de cercanía, misericordia y verdad.

En la lectura de hoy lo vemos enfrentado nítidamente a un grupo de personas –fariseos y escribas- que confundían las normas y tradiciones humanas (incluso religiosas) con el verdadero culto a Dios. No es un tema del todo nuevo, ya que los profetas de Israel llamaban continuamente la atención a los judíos sobre la tentación de quedarse en las formas, pero sin un corazón sincero. De hecho Jesús cita un texto de Isaías que es tan claro y contundente que penetra como un cuchillo afilado en la hipocresía y falsedad:

“Este pueblo me honra con los labios,
Pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinden culto,
Enseñan doctrinas que son preceptos humanos” (Is 29, 13).

Y Jesús insiste:
“No es lo que viene de fuera
lo que contamina al ser humano,
sino lo que sale de dentro”.

Me parece que no hay que darle muchas vueltas. No se trata de despreciar las normas y leyes humanas (civiles y religiosas). Nada de eso. Jesús se mostró, en general, respetuoso y obediente a las leyes de su pueblo y de su comunidad religiosa. Eso es de sentido común, de respeto al grupo humano del que formamos parte y de solidaridad. Pero no debemos confundir las buenas formas humanas con el “verdadero culto a Dios”, sobre todo, cuando detrás del cumplimiento de normas y tradiciones se esconde un corazón torcido, soberbio y desconfiado.

El culto, dice Jesús, es verdadero cuando tiene su raíz en un corazón recto, verdadero y misericordioso. El árbol no da mejores frutos porque le abrillantemos las hojas, sino por el tipo de tierra en la que hunde sus raíces. De la misma manera, no se cambia la actitud de una persona con ritos externos, sino con la Palabra de Dios, acogida en un corazón abierto, sincero y recto. Así es el corazón de Jesús, con el que nos identificamos al comulgar cada domingo. De ese corazón nacen siempre nuevos frutos: buenas obras, nuevas tradiciones, nuevas formas de culto…. Donde hay vida, surge la vida.

Dame, Señor, un corazón sincero, sensible y abierto a tu Espíritu que constantemente lo hace todo nuevo.

P. Antonio Villarino
Roma

La gran crisis: El escándalo de la debilidad

Comentario a Jn 6, 60-69; Domingo XXI T.O., 23 de agosto del 2015

P1020309Leemos hoy la última parte del capítulo sexto de Juan, que hemos venido meditando a lo largo de cinco domingos seguidos. El capítulo termina con una gran crisis, que lleva a muchos discípulos a abandonar el seguimiento de Jesús. Me parece muy importante meditar este texto, porque todos nosotros debemos pasar por una crisis semejante, antes de que nuestra fe se asiente, más allá de simpatías superficiales o, como diría un gran teólogo protestante, la búsqueda de una “gracia barata”. A este propósito se me ocurren dos reflexiones:

1.-¿En qué consiste el escándalo?
Los discípulos acusan a Jesús de decir “palabras duras”. Durante mucho tiempo se explicó esta dureza como la dificultad de aceptar la expresión literal de Jesús sobre “comer su carne y beber su sangre” o que aquel trozo de pan es “su carne” y aquel vino es “su sangre”. Pero, a estas alturas, ya sabemos que ese no era el sentido de las palabras de Jesús ni creo que eso fuera un escándalo para los judíos más habituados que nosotros al lenguaje bíblico. Como hemos venido explicando, en los domingos precedentes, “comer su carne” significa creer en la presencia divina en su humanidad y “beber su sangre” significa aceptar la donación de su vida por amor en la cruz.
Y ahí residía precisamente el problema, que desató la gran crisis. Muchos no podían aceptar la imagen de Dios que Jesús representaba. Para ellos, Dios era todo poderoso, Dios era dueño de todo, Dios triunfa siempre, Dios debe ser temido… Y así debería ser su Mesías en la tierra. Pero Jesús se presentaba como la encarnación de un Dios diferente: Un Dios que acoge al pecador, un Dios que prefiere la curación de un enfermo al respeto rígido del sábado, un Dios que se muestra débil al sufrir el castigo injusto de la cruz, un Dios que se hace solidario del ser humano hasta compartir su condición de mortalidad…
Y eso, para muchas buenas personas religiosas, era inaceptable. Se habían entusiasmado con las palabras maravillosas de Jesús, se habían visto atraídos por su deseo de renovar la religión, se conmovían ante su amor por los enfermos… Pero ahora iba demasiado lejos. Ahora les invitaba a un profundo cambio en su imagen de Dios. Ahora les pedía que superaran toda hipocresía y falsedad para aceptar que también ellos eran pobres, pecadores, frágiles y dejar que Dios se hiciera compañero de su fragilidad, para curarles desde la raíz de su orgullo ciego y absurdo.

2.- ¿Cuál es nuestro escándalo?
También nosotros pasamos por momentos de escándalo. Pero no se trata, a mi juicio, de dificultades de tipo teórico o intelectual sobre algún “misterio” que no entendemos. Ciertamente, hay cosas de la verdad revelada, como de la vida, que no entendemos en algún momento de nuestra historia. Ciertamente, debemos tratar de entender cada vez mejor nuestra fe a partir de nuestra cultura y de nuestras experiencias personales. Pero, a mi juicio, el verdadero escándalo que nos impide creer y aceptar a Jesucristo con radicalidad es la incapacidad para aceptar nuestra propia fragilidad (personal y social);nos escandaliza el pecado de tantos (dentro y fuera de la Iglesia); nos escandaliza nuestro propio pecado y nuestros fracasos; nos escandaliza que Dios no actúe como un mago que resuelve todos los problemas; nos escandaliza un Jesucristo que no triunfa, que se hace pobre y humilde, que fracasa en la cruz, que confía en Dios a pesar de todo; que se hace cercano y solidario de los pobres, los enfermos y los pecadores.

Y, sin embargo, en esto consiste el mayor don, el que, como dice Juan, hace que los que creen se conviertan en hijos. Esta fe hace que mi vida no sea una carrera por demostrar que soy el mejor, que no me equivoco nunca, que triunfo siempre. Esa obsesión me lleva normalmente a vivir en la hipocresía y en la falsedad. Jesús, sin embargo, acepta su fragilidad humana que le lleva al fracaso, al rechazo y a la muerte. Pero, aceptando esa su humanidad, Jesús es precisamente “hijo”, incondicionalmente amado y capaz de amar sin condiciones. Creer eso, “comer esa carne” de Jesús, comulgar con este Jesús, Hijo obediente, es encontrar la vía del amor, es encontrar una vida que supera toda dificultad. No aceptarlo, no “comerlo” es seguir viviendo lejos del Padre, en la mentira de un Adán que se cree falsamente “dios”.
Todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, tenemos que pasar por esta crisis: ¿Pretendo ser, como Adán, un falso “dios” o, como el hijo pródigo, vivir lejos de la casa paterna, creándome una falsa autonomía y brillantez personal? O ¿Me acepto a mí mismo, en mi fragilidad, y acepto la solidaridad de Jesús que baja conmigo al río Jordán de mi fragilidad y conmigo se alza hasta la comunión con el Padre?
Participar en la comunión es afianzar cada día esta segunda respuesta, ante los continuos motivos de escándalo que se nos presentan en nosotros y alrededor de nosotros.
P. Antonio Villarino
Roma