Laicos Misioneros Combonianos

Llamados a ser un cenáculo de apóstoles

LMC Brasil

El sábado anterior al Domingo de Ramos, llegamos a la Casa de Misión Santa Terezinha, de los Laicos Misioneros Combonianos, presencia misionera en el barrio de Ipê Amarelo, en Contagem, estado de Minas Gerais, donde nos recibieron Ana Cris, Alejandro y su familia, LMC de Guatemala.

Al día siguiente, iniciamos nuestra etapa de formación presencial con la procesión de Ramos que salió de la comunidad de Nuestra Señora Aparecida, en Ipê Amarelo, hasta la comunidad de San Judas (unos 2,5 km), donde se celebró la misa que reunió a las 10 comunidades de la parroquia de Santo Domingo de Gusmão.

Nos reunimos como Familia Comboniana, siendo acogidos por la comunidad de los Mccj presentes en la región, conociendo un poco más de la historia de la región y de la presencia comboniana y reencontrándonos con viejas amistades.

Otro momento destacado fue reunirnos en la casa comboniana Justicia y Paz, para encontrarnos con el grupo de espiritualidad comboniana (GEC), y, a partir de un momento de oración bellamente guiado por los miembros del GEC de Contagem, compartimos nuestra vida y nuestras experiencias misioneras, aquí y más allá de las fronteras, pues, desde el bautismo, todos somos misioneros y estamos llamados a actuar en las fronteras de donde nos encontramos.

El P. Rafael nos recordó que «de la dimensión de la misión a partir del carisma comboniano, rescatamos la necesidad de ser verdaderas comunidades» —trabajar unidos en la dimensión del Cenáculo de los Apóstoles, identidad comboniana de actuación en una misión.

Porque nos amamos

Comboni tenía a Cristo en el corazón y veía a Cristo en los demás países.

Que amemos la misión, a los más pobres, y seamos perseverantes en la llamada que Dios tiene para cada uno de nosotros: vivir unidos y felices.

Grupo del Itinerario LMC 2026/2027

Un Viernes Santo desde los ojos de un Laico

LMC Guatemala

Hoy viví un Viernes Santo diferente, un Viernes Santo que no solo contemplé, sino que caminé, cargué y ofrecí.

Tuve la gracia de participar en la procesión del Nazareno de la Cuasi parroquia Santa María del Encinal, compartiendo con la comunidad, con amigos y con dos sacerdotes que son ejemplo de lo que es ser Misioneros y personas entregadas en alma y cuerpo a Jesús y a la Iglesia, sintiendo la fe de cada hermano y hermana que caminaba a mi lado.

Pero también lo viví con mi familia, que fue mi sostén en cada momento.

Mi esposa, con cada mirada llena de amor, me daba fuerzas para seguir adelante; y en cada ocasión que me compartía un sorbo de agua, sentía su cuidado y su compañía, como un gesto sencillo pero lleno de significado.

Mis hijos también caminaron conmigo en este camino de fe.

Tuve la bendición de cargar junto a mi hijo mayor, compartiendo el esfuerzo y el compromiso, y mi hijo pequeño, con cada abrazo, me recordaba algo muy profundo y verdadero:

“No estás solo.”

Llevar a Jesús en hombros fue más que un acto físico; fue una experiencia espiritual profunda.

En cada paso sentí el peso de la cruz, pero también sentí el amor que Él tuvo por nosotros.

El cansancio en mis pies, el dolor en mis brazos y en mi espalda, se fueron convirtiendo poco a poco en una ofrenda silenciosa, una manera sencilla de decirle a Jesús:

“Aquí estoy, Señor, caminando contigo.”

No fue fácil, pero en medio del esfuerzo comprendí que el sacrificio también puede ser oración.

Cada gota de sudor, cada momento de fatiga, cada respiración profunda, se transformó en un acto de amor y gratitud.

Y cuando llegó la hora de las 3 de la tarde, el momento de la adoración a la Cruz, viví algo nuevo para mi vida.

Fue la primera vez que participé en este acto tan sagrado, y fue una experiencia hermosa, llena de silencio, respeto y profunda reflexión.

Al contemplar la Cruz, recordé la pasión y muerte de Jesucristo, y en mi corazón nació un agradecimiento sincero por el sacrificio que hizo por todos nosotros.

Hoy entendí que ser laico no es solo asistir o participar, sino entregarse, servir, acompañar y caminar con Jesús en medio del pueblo.

Ser laico es vivir la fe con los pies cansados, con las manos ocupadas y con el corazón dispuesto.

Este Viernes Santo no solo lo recordé… lo viví.

Lo viví en comunidad, con amigos, con sacerdotes que inspiran, lo viví en familia, lo viví en el servicio, lo viví en el dolor ofrecido y en la gratitud profunda.

Y al final del día, aunque el cuerpo está cansado, el alma está en paz, porque sé que cada paso que di, cada esfuerzo que ofrecí, fue una pequeña muestra de amor para Aquel que dio su vida por nosotros en la Cruz.

Gracias, Señor Jesús, por tu sacrificio, por tu amor infinito y por permitirme caminar contigo en este Viernes Santo, acompañado de mi familia, mi comunidad y nuestros sacerdotes, que fueron reflejo de tu presencia y tu amor en cada momento.

LMC Guatemala

Retiro de los LMC de Guatemala: un encuentro para renovar la misión y el corazón

LMC Guatemala

Del 28 de febrero al 01 de marzo, los Laicos Misioneros Combonianos de Guatemala vivimos un retiro lleno de gracia y encuentro fraterno en Casa Comboni, un espacio que se convirtió en hogar espiritual durante estos días de reflexión, oración y renovación misionera, todo ello bajo la guía espiritual del Padre Damián Bruyel, quien acompañó cada momento con enseñanzas, cercanía y espíritu misionero.

Fue un tiempo especial para detenernos en medio de nuestras actividades cotidianas y volver a lo esencial: escuchar la voz de Dios, fortalecer nuestra vocación misionera y crecer como comunidad.

Uno de los ejes centrales del retiro fue profundizar en la figura de María como Mujer, Madre y Misionera. A través de las reflexiones, descubrimos cómo su “sí” generoso sigue siendo modelo para quienes somos llamados a anunciar el Evangelio. María nos enseña a confiar, a servir con humildad y a caminar incluso cuando no entendemos completamente el plan de Dios.

También meditamos sobre Santa María Reina, reconociéndola como guía amorosa que acompaña nuestra misión y fortalece nuestra fe en los momentos de dificultad.

Otro de los temas que iluminó el retiro fue contemplar a María como estrella de la evangelización, aquella que señala siempre hacia Cristo. Se nos recordó que evangelizar no es solo anunciar con palabras, sino vivir el Evangelio con coherencia, alegría y entrega cotidiana.

Reflexionamos además sobre la misión del profeta, entendiendo que todo misionero está llamado a ser voz de esperanza, justicia y amor en medio del mundo actual. Ser profeta implica escuchar primero a Dios para luego anunciarlo con valentía.

El tema “Pescando con Jesús” nos invitó a renovar nuestra confianza en Él, recordando que la misión no depende únicamente de nuestras fuerzas, sino de dejarnos guiar por su palabra. Así como los discípulos lanzaron las redes confiando en Jesús, nosotros también somos enviados a remar mar adentro.

Más allá de las enseñanzas, el retiro fue un espacio para fortalecer los lazos como comunidad y como familia misionera. Compartimos momentos de alegría, diálogo y fraternidad que renovaron nuestro sentido de pertenencia y compromiso común.

Cada encuentro, cada oración y cada conversación nos recordó que la misión se vive mejor cuando caminamos juntos.

El sábado por la noche vivimos un profundo Vía Crucis, conmemorando la pasión y muerte de Jesucristo, un momento de silencio y contemplación que tocó profundamente nuestros corazones.

Además, tuvimos la oportunidad de recibir el sacramento de la reconciliación. Las confesiones fueron un regalo espiritual que nos permitió presentar nuestras vidas al Señor con humildad, buscando tener el alma limpia y dispuesta para recibir sus gracias, con el deseo sincero de caminar hacia la santidad.

Este retiro no fue un final, sino un nuevo comienzo. Regresamos a nuestras comunidades renovados, fortalecidos y con el corazón dispuesto a seguir anunciando el Evangelio con alegría, confiando en que Dios sigue obrando en cada uno de nosotros.

Como nos recuerda San Daniel Comboni:

“Salvar África con África.”

San Daniel Comboni, ruega por nosotros.

LMC Guatemala