Laicos Misioneros Combonianos

Encuentro de “evaluación” y convivencia – 11ª unidad formativa LMC

LMC PortugalEn los pasados ​​días 7, 8 y 9 de julio tuvo lugar en la casa de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús – MCCJ – de Viseu la 11ª unidad Formativa LMC.

El sábado, día 8, pudimos realizar la “evaluación” por parte de los candidatos, o mejor dicho… una conversación entre cada uno de los formandos y el equipo coordinador sobre los pasos que se van trazando en este camino de descubrimiento de la vida LMC.

La formación de dos años que se propone a los candidatos que aceptan la invitación de conocer lo que es ser LMC no se limita a estos dos años. Es una formación que lleva a la vida. Es la vida misma. Un camino de avances y retrocesos pero que, de tanto en tanto merece una atención y una “evaluación”, de cada uno para con uno mismo o en comunidad, en el compartir sobre “puntos de situación – en qué punto estoy en el camino como LMC”. Al final del día abrazamos la maravillosa llegada de las LMC’s Neuza y Paula, recién llegadas de la comunidad de Granada. Compartieron con nosotros su experiencia en la comunidad Lisanga, que vivieron con los LMC españoles Aitana y David. También compartieron un proyecto – el proyecto que llevarán adelante durante los dos años que estarán en Arequipa en misión. Este proyecto tendrá como telón de fondo la pastoral social y donde se trabajarán situaciones de violencia familiar, aproximación de la población al nuevo centro de salud, así como la formación de líderes (aprovechando los que ya se encuentran trabajando en la parroquia).

El domingo pudimos recibir a nuestra familia y amigos y juntos celebrar la familia que tenemos. Paula y Neuza una vez más hablaron de su experiencia en la comunidad Lisanga, esta vez no sólo para los LMCs sino también para los restantes familiares y amigos. Se siguió con la Eucaristía, el almuerzo compartido y una tarde animada de música, juegos y danza.

Agradecemos a todos la presencia (física y / o en oración). Fue un día muy bueno en el que se hizo presente la unión que San Daniel Comboni propuso a todos los pueblos. Es un orgullo pertenecer a una familia así. Estamos juntos en y para la vida.

Con amor, Carolina Fiúza

El amor exige a veces endurecer el rostro

Un comentario a Mt 16, 21-28 (XXII Domingo ordinario, 3 de agosto del 2017)

Continuamos leyendo el evangelio de Mateo en su capítulo 16. Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, que leímos el domingo pasado, leemos hoy lo que podríamos considerar la “confesión de Jesús”, es decir, una declaración de su decisión de ir a Jerusalén, donde le esperaba un enfrentamiento a vida o muerte con el sistema de poder que reinaba en su propio país.

Endurecer el rostro
Lucas, en el texto paralelo (9,51), dice que Jesús “endureció su rostro”. Es una manera plástica de decir que “ir hacia Jerusalén no fue para Jesús una elección cualquiera, sino la elección de su vida terrena, la decisión que calificó toda su misión y su obra y de la que todo dependería. Análogamente deberá estar en la vida del discípulo: El amor… nunca es solo un movimiento afectivo, sino que es también un empuje de toma de decisiones. Es la decisión que yo tomo a favor de Dios, en la fidelidad a Él y en el servicio al hombre” (M Grilli).

A Pedro, que Jesús mismo había elogiado en la lectura del domingo pasado, le costaba aceptar esto; él parecía creer en un Jesús “blando”, que hacía propuestas bonitas y fascinantes, pero que no caería en la “tontería” de dar la vida por ellas. Jesús, sin embargo, no juega a decir cosas bonitas o a proclamar verdades sin consecuencias. Jesús no se deja desviar de su propósito por las buenas y cobardes intenciones de Pedro, sino que se muestra dispuesto a ser coherente hasta el final.

¿Qué significa seguir a Jesús en su camino hacia la cruz y la resurrección?

1.- Contemplar la meta definitiva de la vida
Lucas dice que ha llegado para Jesús el tiempo de “ser elevado al cielo”, en una expresión que recuerda al profeta Elías (2 Re 2, 35). A Jesús le llegó el tiempo de “ser elevado al cielo” y de cumplir la misión para la que vino a la tierra.
“La vida se nos da gratis y la merecemos dándola”, dijo un sabio hindú. La meta de la vida es su consignación, su consumación en esperanza de que el grano de trigo que cae en tierra da fruto.

¿Cuál es la meta de mi vida? ¿Sobrevivir? ¿Ser grande a los ojos de la humanidad? ¿Amar hasta dar la propia vida por amor?

2.- Vivir como peregrinos

El camino de la vida es una “subida”. El Papa actual puso de moda la expresión “Una Iglesia en salida”. En realidad, todos nosotros somos peregrinos, llamados constantemente a salir de nuestra tierra, como Abraham: “El Señor dijo a Abrán: Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que to te indicaré” (Gn 12, 1).
Para “subir”, para alcanzar la meta, lo primero es saber “salir” de nuestra comodidad, de nuestro estado actual, incluso de nuestro grado de santidad actual. Como a Abraham, como a Jesús, el Señor nos pide que nos pongamos en camino, que miremos a la meta de nuestra madurez, de nuestro encuentro con el Padre.

El famoso filósofo polaco Bauman habla de tres tipos de caminantes:
-turistas: se mueven atraídos por la belleza del mundo, sin atarse a nada.
-vagabundos: se mueven porque ya nadie los aguantan donde están.
-peregrinos hacia un santuario, hacia una meta.

¿Qué tipo de caminante soy yo? ¿Camino hacia una meta o voy escapando de las situaciones, porque no aguanto más o porque no me aguantan?

La vida humana es un caminar hacia la madurez del amor, hacia la propia entrega; en eso consiste la madurez humana, lo que implica cargar con la propia cruz, asumir la responsabilidad de nuestro amor, incluso hasta la donación total, como hizo Jesús.
La vida se vive dándola, gastándola, exponiéndola desde el amor y para el amor. Vivir consiste precisamente en eso, en gastar la vida en aras del amor. Si uno quiere agarrarse al don precioso de la vida, sin ponerla al servicio, se parece a aquel que recibió un denario y, en vez de negociar con él, lo guardó bajo tierra; terminará perdiendo lo poco que ha recibido.
No es que Jesús quiera morir, lo que quiere es vivir plenamente conforme a la voluntad de su Padre. Pero ese vivir plenamente no se logra si uno no se arriesga, si uno no se expone, si uno no es coherente y fuerte.

P. Antonio Villarino
Bogotá

¿Qué piensan las personas de Jesús (y de mí)?

Un comentario a Mt 16, 13-20 (XXI Domingo ordinario, 27 de agosto del 2017)

Mateo nos sitúa hoy en Cesarea de Felipe, una ciudad romana, en la frontera norte de Israel. Allí, lejos de Jerusalén, Jesús plantea la pregunta sobre su identidad. Podemos imaginar a Jesús, meditando, en sus largas noches de oración, sobre su propia identidad y sobre la misión que debe desempeñar en este mundo. Por otra parte, él, como todos nosotros, necesita confrontarse con los demás y, especialmente, con sus discípulos. Se pregunta: ¿Qué piensan las personas de mí ¿Entienden lo que soy y lo que anuncio? ¿Será que mis discípulos sintonizan realmente conmigo o buscan sus propios intereses?

Como Jesús, también nosotros necesitamos pararnos de vez en cuando para reflexionar sobre el camino que estamos haciendo en la vida, escuchar qué piensan los demás de nosotros y asumir nuestra identidad con claridad y coherencia, aunque no siempre nos comprendan.

A esa pregunta sobre la identidad de Jesús se dan en el texto tres respuestas:
1. La visión de las masas. Es evidente que Jesús aparece ante la gente como un gran profeta: enseña de manera nueva, curas enfermos, arroja malos espíritus, propone un cambio profundo en la sociedad y en la vida religiosa…

Esta visión se parece bastante a la de muchas personas de nuestro tiempo, para quienes Jesús es un personaje histórico interesante, casi fascinante, pero uno más de los grandes hombres que de vez en cuando surgen en la humanidad.

Estas personas se quedan en la superficie, no logran captar la verdadera personalidad de Jesús, como nos pasa a veces a nosotros mismos: ¿No les pasa que a veces los demás no logran captar lo que nosotros somos realmente?

2. La visión de los discípulos: Mateo pone la respuesta de los discípulos en boca de Pedro: “Tú eres el Cristo”, es decir, el Mesías esperado, el Ungido por Dios para liderar a su pueblo.

Esta visión es la de tantos que, al leer los evangelios y al orar, se sienten en sintonía con la persona y el mensaje de Jesús, como “ungido por Dios”. En sintonía con Jesús también nosotros nos sabemos “ungidos”.

3. La visión de Jesús mismo: Todo lo dicho por la gente y por los discípulos es verdad (él es un profeta, es el Mesías de Dios), pero, ¡ojo!, no se hagan una falsa idea. Este Mesías luminoso y fascinante está llamado a pasar por Jerusalén, es decir, a ser sometido a dura prueba, a pasar por la muerte antes de convertirse en semilla de una esperanza que no muere nunca.

Aceptar este paso por la cruz es la “piedra de toque” de una fe verdadera, que va más allá de un entusiasmo pasajero. A Pedro le costó mucho dar este paso, como a todos nosotros. La presencia del Espíritu le ayudó a comprender a este Jesús, que es el Cristo de Dios, pero, no como rey y jefe dominador, sino como “siervo de Yahvé”, como quien está dispuesto a ser rechazado, despreciado y torturado, pero sin perder su condición-identidad de hijo.

La experiencia de Jesús vale también para nosotros. Digan lo que digan los demás, como Jesús, nosotros sabemos que somos, sobre todo, hijos. En eso consiste nuestra más profunda identidad, aunque a veces debamos afrontar contradicciones y sufrimientos.

No nos dejemos engañar por las opiniones ni por nuestras propias dudas: Si nos dejamos iluminar por el Espíritu, también nosotros sabremos, en el fondo del corazón, que nuestra identidad principal es ser hijos amados y elegidos, a pesar de las cruces que nos toque cargar.

P. Antonio Villarino
Bogotá

Lo que importa es la fe (la mujer cananea)

Un comentario a Mt 15, 21-28 (XX Domingo ordinario, 20 de agosto del 2017)

Antes de narrar este episodio que habla de la mujer cananea, Mateo nos habla del enfrentamiento que Jesús, y las primeras comunidades cristianas del Siglo I, tuvieron con aquella parte de la sociedad judía que se aferraba a las tradiciones (ritos, costumbres, convenciones sociales), dándoles un valor exagerado. Todas las culturas tienen normas de conducta, maneras de orar y celebrar el culto, ritos de convivencia, etc. Sin eso es imposible vivir en sociedad. Pero el peligro está en “divinizar” y sacralizar excesivamente esas tradiciones que suelen ser fruto de la historia humana y que a veces se vuelven cáscaras vacías, letra muerta, que hace más mal que bien. Por eso Jesús critica severamente a sus contemporáneos, usando una frase de Isaías:

Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí;
en vano me dan culto,
pues las doctrinas que enseñan
son preceptos humanos.

Frente a esta actitud “religiosa tradicionalista” (es decir, aferrada a normas y tradiciones ya superadas), Mateo nos pone el ejemplo de una mujer cananea (no judía) que, sin conocer las tradiciones ni las estrictas normas judías, tiene una actitud de fe que conmueve a Jesús por su sinceridad y autenticidad. Esta mujer tiene las características de un buen discípulo, que encuentra en Jesús la respuesta a sus anhelos profundos:

1.- Humildad, es decir, reconocimiento de la propia realidad y necesidades. Difícilmente un orgulloso o arrogante puede ser discípulo de Jesús. La cananea es humilde, tiene conciencia de su realidad. Se dice que no hay mejor cocinero que el hambre, es decir, sin deseo no hay manjar que nos satisfaga. De la misma manera, el verdadero creyente es una persona con “hambre” de verdad, de justicia, de amor, de Dios.

2.- Saber “gritar”, es decir, saber pedir ayuda, no encerrarse en sí mismo, sino abrirse a la ayuda de otros. El discípulo no se cree falsamente auto-suficientes, sino que sabe abrirse al Otro, sabe pedir ayuda cuando la necesita.

3.- Persistencia y constancia. Ante una primera negativa, la mujer no desespera, sino que insiste, persevera, sigue exponiendo su necesidad. No siempre nuestra oración es escuchada a la primera; no siempre logramos el objetivo buscado inmediatamente; no siempre logramos superar enseguida nuestras dificultades y problemas. El creyente, precisamente porque es necesitado y humilde, insiste y persevera, no se rinde nunca, espera sin fin.

4.- Fe y confianza, que rompe las normas establecidas y las tradiciones. La fe, no solo mueve montañas, sino que abre fronteras impensables. El mismo Jesús pensaba que había venido solo para los judíos, pero la fe de esta mujer le ayudó a comprender que la misericordia del Padre no está sujeta a fronteras geográficas, políticas, ideológicas o religiosas. Siempre es posible superar cualquier frontera. Siempre es posible confiar en el Dios de la Vida y de la Misericordia, digan lo que digan las normas y las convenciones sociales.
Ojalá nosotros podamos escuchar de Jesús su encendido elogio:

¡Mujer, qué grande es tu fe!
Que te suceda lo que pides.

P. Antonio Villarino
Bogotá

Cuando el mar se pone bravo

Un comentario a Mt 14, 22-33, XIX Domingo ordinario, 13 de agosto de 2017

El texto que leemos hoy en el evangelio de Mateo, que sigue al relato de la multiplicación de los panes, se centra en la narración de la barca en medio de la tormenta. Su lectura me provoca la siguientes reflexiones:

1. Jesús mandó que subieran a la barca. Algunas traducciones dicen que les “apremió”, es decir, que casi los forzó a que subieran a la barca para ir a la otra orilla del lago. Después de un éxito fantástico (la multiplicación de los panes), cuando la tentación podía ser la de “dormirse en los laureles”, Jesús sube al monte solo (para encontrarse con el Padre) y obliga a los discípulos a ponerse en marcha hacia otro lugar, sin quedarse en la autosatisfacción de lo conseguido. Por eso el papa Francisco interpreta tan bien a Jesús cuando nos invita a salir de nosotros mismos, de nuestras metas ya conseguidas, para ir siempre más allá, superando una y otra vez las fronteras personales y comunitarias.

2. El viento era contario. Cuando los discípulos obedecen y suben a la barca para buscar nuevas fronteras, se encuentran con que el “viento es contrario”, el camino se hace peligroso, aparece la posibilidad del naufragio y del fracaso. Cuando estaban en la parte del lago que ellos dominaban (donde habían participado en la multiplicación de los panes), quizá llegaron a creerse importantes y poderosos; ahora, en medio del mar de la vida, sienten la rebeldía de la realidad que no se amolda a sus deseos. Y llegan a dudar y a tener miedo. Los discípulos hacen la experiencia de su fragilidad.

3. Ánimo, soy yo, no teman. En esa situación de duda, de fracaso, de conciencia de los propios límites, Jesús se hace presente con una frase que identifica a Dios presente en toda la historia de la salvación: “Yo soy”, es decir, yo estoy aquí para ustedes, yo estoy aquí. Y, cuando Dios acompaña a su pueblo, se superan todas las dificultades, se alcanza la “otra orilla”, la tierra prometida; se inicia una nueva vida.

4. Pedro cree, pero duda y finalmente agarra la mano de Jesús. Pedro, como los otros discípulos, primero piensa que Jesús es un fantasma; luego cree y se lanza al mar, para volver a dudar y, finalmente, gritar: “Sálvame”. La experiencia de Pedro nos representa a todos nosotros: creemos, dudamos y lanzamos un grito de ayuda. Es así como vamos creciendo en la fe y vamos avanzando hacia nuevas fronteras de nuestra vida, aunque el mar se ponga bravo y el viento sople en contra.

Frecuentemente el Señor nos empuja para que no nos contentemos con lo que tenemos (humana y espiritualmente), sino que busquemos siempre nuevas metas y posibilidades. No nos dice que será fácil el camino, sólo nos asegura su presencia y nos pide que creamos en su Palabra.

P. Antonio Villarino
Bogotá