Laicos Misioneros Combonianos

Reunión de los Consejos Generales de la Familia Comboniana junio 2021

Consejos Generales

El pasado sábado celebramos la reunión periódica de los Consejos Generales de la Familia Comboniana (Misioneras Combonianas, Misioneras Seculares Combonianas, Misioneros Combonianos del Corazón del Jesús y Laicos Misioneros Combonianos).

Consejos Generales

Como es propio en estas fechas tuvimos que hacerla de manera online. Ojalá dentro de poco podamos regresar a las reuniones presenciales que nos permiten convivir y conversar, a la vez de poder prolongar las mismas y abordar más temas. Los encuentros online nos han ayudado a estar en contacto en estos tiempos de pandemia, pero todos anhelamos poder encontrarnos presencialmente.

Comenzamos el encuentro con una sencilla bienvenida y una oración común que nos puso en situación.

Pudimos dedicar un primer momento para compartir las preocupaciones que actualmente vivimos en las diferentes ramas de la Familia y así ponernos al día.

El primer tema a trabajar fue el resultado del trabajo de la comisión de ministerialidad social. De manera particular, los miembros de dicha comisión, nos presentaron los resultados de la recogida de datos que se ha realizado a nivel internacional y que ya fueron presentados en el pasado webinar del 5 y 6 de marzo. Pudimos profundizar en algunos de los datos que se van extrayendo sobre los proyectos y presencias misioneras en los diferentes continentes. Igualmente pudimos conocer la propuesta de trabajo para el próximo webinar que se celebrará los próximos 25 y 26 de junio. Con este tercer encuentro se cerrará un primer ciclo de trabajo y esperamos surjan nuevas propuestas de colaboración y de profundización conjunta como Familia comboniana en nuestro servicio misionero.

Estamos muy satisfechos y agradecidos por el gran trabajo de la comisión de ministerialidad y la acogida y participación que está teniendo por parte de los miembros de la familia comboniana estos encuentros.

Intentaremos mantener un encuentro para estudiar en mayor profundidad estos resultados una vez termine el tercer encuentro y tengamos las propuestas de futuro sacadas por todos.

Tras un descanso estuvimos evaluando el trabajo de colaboración que venimos realizando como familia comboniana en los últimos años a raíz de las propuestas lanzadas en la carta conjunta del 2017 “Más allá de la colaboración: bajo la mirada de Comboni”.

Utilizamos una herramienta online para evaluar por tarjetas tanto los aspectos positivos, las dificultades encontradas y las propuestas de trabajo futuro.

Vemos que el sentimiento de familia que se respira en nuestras reuniones de consejos es muy bueno y el acompañamiento que mantenemos de la marcha de las diferentes ramas. Entendemos que no es solo debido a las personas que actualmente estamos, sino que es algo que se da y debe seguir dando independientemente de posibles cambios en los equipos.

En los próximos meses se celebrarán la asamblea general de las Misioneras Seculares Combonianas y posteriormente el capítulo de los MCCJ. Les deseamos lo mejor y acompañamos estos compromisos con oración y voluntad de colaboración como familia. Cómo seguir profundizando en esta colaboración es algo que continuaremos trabajando en futuros encuentros.

Un saludo a todos.

Alberto de la Portilla, Comité Central LMC

“No me olviden”

Corpus

Comentario a Mc 14, 12-16.22-26: Solemnidad del Cuerpo de Cristo, 6 de junio 2021

Corpus

La fiesta del Cuerpo de Cristo (o Cuerpo del Señor) se celebra en algunas partes en jueves, pero en otras muchas en domingo. Lo importante es que es una excelente ocasión para tomar conciencia de lo que con ello celebramos. Después de leer la narración de Marcos, que la liturgia nos ofrece hoy, comparto con ustedes las siguientes reflexiones:

  • Recordar a una persona amada

Pienso que a todos ustedes les pasa. A medida que vamos creciendo, hacemos colección de recuerdos de personas que amamos. Estos recuerdos toman cuerpo a veces en una foto, otras en algunos objetos particularmente entrañables, que representan mucho más de lo que son en sí mismos y que, cada vez que los vemos, remueven nuestras entrañas y nos hacen sentir especiales, porque sabemos que hemos sido amados, que hemos amado y que, de alguna manera, ese amor sigue vivo en nosotros. Yo, por ejemplo, conservo como algo muy valioso una gorra de mi papá y, cuando, me la pongo, me siento unido a él, me siento parte de una familia, de una saga de amor. No soy una persona aislada, sino una persona que vive en comunión con tantas otras, cuya memoria y presencia me enriquecen y me hacen ser más y mejor.

Algo así es lo que ha ocurrido con los discípulos, a parir de aquella última cena, en la que Jesús, antes de afrontar la muerte con gallardía, cenó con los suyos, partió el pan (imagen real de su propio cuerpo), repartió el vino (imagen de su propia sangre) y les dijo unas palabras que suenan así: “No me olviden nunca, permanezcan unidos, ámense unos a otros, continúen con la obra del Reino. Yo sigo siempre con ustedes”. Y los sucesivos discípulos, desde hace 2.000 años, se han mantenido fieles a este recuerdo, a este compromiso de amor. A esto le llamamos “memorial eucarístico”, “cuerpo y sangre del Señor”.

No sé por qué la Eucaristía se nos volvió a veces como una “obligación pesada”, como una “cosa de curas”, como un rito mágico o tantas otras cosas. La Eucaristía es hacer memoria del Amigo y Maestro Jesús, es gozar de su presencia, es entrar en comunión con Él, es sentirse alimentado y fortalecido por un amor que no falla nunca, es jurar cada domingo que no le olvidaremos ni a Él ni a su proyecto para la humanidad, ni a sus preferidos, los pobres.

  • Lo mejor está por venir

La cena de Jesús se inserta en una tradición de siglos que tenía el pueblo de Israel. Los judíos lo tenían muy claro: por su historia había pasado Dios de una manera tangible y extraordinaria: en la liberación de la esclavitud, en la difícil travesía de un desierto estéril e incapaz de sostener la vida, en la victoria sobre enemigos que lo querían destruir, en la superación del trauma del exilio… Todo eso lo celebraban –y lo celebran– cada año en la Pascua, como una fiesta de la Memoria, pero también de la esperanza. Si Dios ha sido grande con nosotros en el pasado, lo será también ahora y en el futuro.

Con ese mismo sentido celebramos los cristianos la Eucaristía: celebramos la memoria de Jesús y, haciendo eso, reafirmamos la esperanza (a pesar de nuestros límites, fracasos y pecados) y el compromiso con un futuro más acorde con el mensaje de Jesús: en nuestra vida personal, en nuestra comunidad, en el mundo.  Lo mejor de nuestra vida, en cierto sentido, está por venir.

  • La habitación del piso superior: el cenáculo

Para celebrar la Pascua, Jesús mandó a sus discípulos buscar una habitación. Casi parece recordarnos como José buscó un lugar en Belén para que María diese a luz a su Hijo. Es que Dios para “nacer”, para “hacerse pan y vino”, para mostrarse presente necesita un espacio humano que lo acoja. De hecho, es difícil que una comunidad pueda reunirse si no tiene un espacio, un cenáculo, para ello: puede ser la sombra de un árbol, un salón comunal, una vivienda familiar, un templo rural o una catedral… Pero más que ese “lugar” geográfico, Dios necesita una vida, un corazón, una persona, una comunidad abierta, una familia disponible.  Sólo así puede repetirse el milagro de su presencia en las personas, en las familias, en la sociedad. ¿Soy yo un lugar abierto para Dios o me encierro en mi propio orgullo y aislamiento?

P. Antonio Villarino

Bogotá

Aniversario de la Fundación del Instituto comboniano: 1 de junio

Sagrado corazón

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

“Uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza,
y al punto salió sangre y agua”
(Jn 19:34)

Queridos hermanos,
saludos fraternos en el Corazón de Jesús.

Este año, la celebración de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos encuentra en plena preparación de nuestro próximo Capítulo General, evento sinodal que nos da la oportunidad de crecer en fidelidad a nuestro carisma para encarnarlo en la misión particular de este momento de la historia. Un tiempo marcado por la pandemia causada por el COVID, que ha causado una conmoción a todos los niveles, con conflictos y guerras en diferentes partes del mundo, y por las tensiones en algunas Iglesias locales.

Nuestra Regla de Vida nos recuerda: “El Fundador ha encontrado en el misterio del Corazón de Jesús la fuerza para su compromiso misionero. El amor incondicional de Comboni por los pueblos de África tenía su origen y modelo en el amor salvífico del Buen Pastor, que ofreció su vida por la humanidad en la cruz” (RV 3).

El Corazón de Jesús es para nosotros el ancla que nos mantiene unidos a la fuente de la vida y de la misión; es la savia que da vida a nuestro Instituto, es sin duda un elemento fundamental del carisma, que nos ayuda a reciclar y renovar nuestro compromiso. La misión comboniana, 154 años después de la fundación del Instituto, continúa en el tiempo y en el espacio, enriquecida con matices que se concretan en nuevas formas de ser y vivir la misión. Uno de estos horizontes es, sin duda, la ecología integral, a la que estamos llamados a responder con la valentía y la creatividad propias de nuestro Fundador.

En esta fiesta renovamos nuestro deseo de seguir a Jesús en su entrega total por la salvación del mundo y de poner humildemente nuestros dones al servicio del Reino. Estamos invitados a encontrar en la contemplación del misterio del Corazón de Jesús la audacia y la energía para ponernos en camino hacia donde el Espíritu nos conduce. Nuestro compromiso misionero sólo dará fruto si emana de una experiencia de encuentro con Jesús y es expresión viva de ese amor que irradia desde la Cruz hacia todos los hombres, especialmente los más necesitados.

Celebrar el Corazón de Jesús, en el contexto de una pandemia que nos ha obligado a buscar nuevos caminos y a adaptarnos a los imperativos impuestos por una situación frente a la que somos impotentes, y nos ha hecho sufrir y llorar a las víctimas de la Familia Comboniana, de nuestras propias familias y de las personas con las que trabajamos, nos recuerda que todos pertenecemos a una única familia interdependiente. A la pérdida de vidas, se suma el tremendo aumento de la pérdida de puestos de trabajo en todo el mundo, que se traduce inmediatamente en pobreza. Que los extraordinarios gestos de solidaridad que hemos presenciado sean también signos de esperanza que nos ayuden a construir una humanidad que necesita encontrar nuevas coordenadas que permitan a todos tener vida en abundancia. La sangre y el agua que brotan del costado de Cristo son un signo de que nuestra fragilidad tiene como horizonte final la resurrección, y esto ilumina toda nuestra labor de anuncio del Evangelio. El Corazón partido de Jesús es un testimonio de la infinita compasión de Dios por la humanidad. Como Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús también hacemos nuestro este sufrimiento y renovamos nuestro compromiso con la misión que Jesús nos ha encomendado.

La renovación de nuestra consagración en esta fiesta es un acto de confianza y una invitación para seguir creciendo en la vocación que el Señor nos ha regalado como don a toda la humanidad.

Pidamos la intercesión de Santa María, nuestra Madre, que acompañó a su Hijo hasta el pie de la cruz, y la de San Daniel Comboni. ¡Feliz fiesta para todos!

Roma, 1 de junio de 2021
Día del Aniversario de la Fundación del Instituto

El Consejo General

La montaña y el nombre de Dios

Trinidad

Comentario a Mt 28, 16-20, Solemnidad de la Santísima Trinidad, 30 de mayo del 2021

Trinidad

Este domingo dedicado a la Santísima Trinidad es, de alguna manera, el punto álgido del año litúrgico. Al discípulo misionero, que trata de identificarse con Jesucristo, se le ofrece en contemplación y adoración una aproximación al misterio de Dios, una realidad que le es la más íntima que su propia intimidad (como dice San Agustín) y, al mismo tiempo, le supera por todos los lados. La Iglesia nos ofrece hoy los últimos versículos del evangelio de Mateo, en los que, casi de pasada, se nombra al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Detengámonos un poco a meditar sobre algunos conceptos que aparecen en estos últimos versículos de Mateo:

  • Andar a la montaña:

Jesús encuentra a sus discípulos en una montaña de Galilea. Parece una anotación geográfica casi sin importancia, pero no creo que sea así. De hecho, todos nosotros estamos marcados por la geografía. En mi vida personal, hay muchas montañas que han dejado huella. Pienso, por ejemplo, en los majestuosos picos del Sinaí que me han ayudado a intuir como Moisés y Elías pudieron experimentar allí la presencia inefable de Dios (Ex 19, 20; 1Re 19,8); pienso en la montaña del Machu Pichu (Perú), donde tuve la impresión de estar en el centro de la Tierra y entrar en comunión con las tradiciones de los antiguos peruanos… Para muchas religiones y culturas, la montaña es el lugar de la manifestación de Dios. Y se entiende, porque la montaña me ayuda a ir más allá de mí mismo, a salir de la rutina y la superficialidad, a buscar el más alto nivel de la conciencia personal… Y es precisamente ahí, en el nivel más alto de mi conciencia, que Dios se me manifiesta, con una presencia que difícilmente se puede encerrar en palabras, pero que uno percibe como muy real y auténtica.

Por su parte, Jesús subía continuamente al monte, solo o con sus discípulos, logrando unos niveles de conciencia y comunión con el Amor Infinito, que son un regalo para nosotros, sus discípulos y seguidores. También nosotros necesitamos, más que grandes elucubraciones, subir constantemente la “montaña” de nuestra propia conciencia, con la ayuda de un lugar geográfico que nos invite a apartarnos del ruido y de la rutina superficial.

  • Adoración y duda

Ante un Jesús que se manifiesta en la “montaña”, en la que se identifica con la Divinidad, los discípulos experimentan un doble movimiento: de adoración y de duda. Por una parte, sienten la necesidad de postrarse y reconocer esta presencia de la Divinidad en el Maestro, porque sólo con la adoración uno puede acercarse al misterio de Dios. Las palabras sobran o casi parecen a veces como una “blasfemia”, ya que nunca las palabras pueden contener la realidad que uno apenas alcanza a vislumbrar desde lo hondo de su conciencia. Por eso los discípulos experimentan también la duda, porque, por una parte, parece casi imposible que Dios se nos manifieste en nuestra pequeñez y, por otra, somos conscientes que todas nuestras palabras y conceptos se quedan cortos y, en alguna medida, son falsos. Nuestros conceptos sobre Dios son siempre limitados y deben ser constantemente corregidos, con la ayuda de la duda, que nos obliga a no “sentarnos” en lo aparentemente ya comprendido.

  • El nombre de Dios

Los pueblos, culturas y religiones intentan acercarse, como pueden, al misterio de Dios, dándole nombres según sus propias experiencias culturales. Israel ha preferido abstenerse de darle nombre, porque comprendió que es innombrable. Cuando uno da nombre a una cosa, de alguna manera, toma posesión de ella y la manipula. Pero de Dios no se puede tomar posesión ni se lo puede manipular. De hecho, Jesús tampoco le da un nombre. Lo que Jesús hace es hablarnos del Padre, de su experiencia de identificación y comunión con Él y del Espíritu que ambos comparten. Y manda a sus discípulos bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu”. Al bautizar, no damos nombre a Dios, sino que somos nosotros quienes, en su nombre, somos consagrados, para ser parte de esta “familia” divina. Nosotros –y toda la humanidad–estamos llamados a ser parte de este misterio divino, uno y múltiple.

  • Dios-Comunión

Las religiones más importantes se han esforzado por llegar a la elaboración del concepto de un Dios único. Y ese es un dato importante. Pero Jesús, desde su experiencia en la “montaña” de su conciencia, nos manifiesta que Dios, siendo único, no es “monolítico” sino plural; no es “individualista” sino comunitario. De la misma manera nosotros, creados a imagen de Dios, somos llamados a vivir en comunidad. Ninguno de nosotros es completo en sí mismo, sino que necesita de los otros para parecerse a Dios Padre, Hijo y Espíritu. Cuando uno niega a un miembro de su comunidad está negando a Dios. Por eso adorar a Dios es acogerlo, al mismo tiempo, en el santuario de la propia conciencia y en la realidad concreta de cada ser humano, en su maravillosa singularidad y diversidad.

Antonio Villarino

Bogotá