Laicos Misioneros Combonianos

La ministerialidad en el Magisterio de la Iglesia

P Steffano
P Steffano

Podemos definir provisionalmente la ministerialidad como la presencia transformadora de la Iglesia en todos los niveles y todas las dimensiones de la sociedad. La ministerialidad, por lo tanto, indica un servicio de la Iglesia al mundo contemporáneo, a través de una amplia presencia en la sociedad, como la levadura en la masa, que la transforma hacia el ideal del Reino de Dios. La ministerialidad va más allá de los confines de la Iglesia a la sociedad en general, donde los cristianos viven y expresan su fe en su trabajo diario.

Sabemos cómo ha cambiado esta presencia en la sociedad a lo largo de los siglos, así como su conceptualización en el Magisterio de la Iglesia. Hemos pasado de los modelos separatistas, que buscaban crear una sociedad alternativa y santa, a una comprensión más reciente de una Iglesia inmersa y encarnada en el mundo, pero no del mundo. El concepto y la práctica de la ministerialidad también siguieron el mismo camino de transformación. Estamos pasando del poder al servicio; de ministerios casi exclusivamente centrados en la Iglesia, a la aceptación de que la acción pastoral para el cambio social es más amplia que la Iglesia, más allá de los límites de las comunidades cristianas formales.

No hace falta decir que en este proceso de reavivamiento de la ministerialidad, el Vaticano II ha sido un hito. La Iglesia ha cambiado radicalmente su concepción de sí misma, pasando de ser una fortaleza bajo asedio o un arca en aguas tormentosas a ser una comunidad de discípulos, un “pueblo de Dios” en el mundo contemporáneo (cf. Gaudium et Spes). La visión del Vaticano II ha tenido un enorme impacto en todos los ministerios de la Iglesia. La pertenencia a la Iglesia ya no se medía por la ordenación sacerdotal y la sumisión a los ministros ordenados, sino por el bautismo. Todas las formas de apostolado laico, en todos los aspectos de la vida de la Iglesia, por cualquier miembro de la Iglesia -sea laico u ordenado- se derivan del bautismo y son una participación directa en la misión salvadora de la Iglesia (Lumen Gentium 33).

No es sorprendente, por lo tanto, que el acontecimiento del Vaticano II y sus consecuencias hayan visto surgir nuevos movimientos en la Iglesia, todos vinculados a nuevos ministerios potenciales: el movimiento litúrgico, el movimiento bíblico, el movimiento por la paz y los derechos humanos, el movimiento ecuménico. A esto se añade el nacimiento de una conciencia y competencia completamente nuevas de los laicos en la sociedad. Pablo VI extendió los ministerios centrales de la Palabra (oficio del Lector) y del Altar (oficio del Acólito) a todos los laicos, ahora conferidos no por ordenación sino por institución, para distinguirlos muy claramente del sacramento del sacerdocio (Ministeria Quædam, 1972).

En los turbulentos años posteriores al Concilio Vaticano II, los movimientos eclesiales laicos crecieron en importancia, especialmente durante el pontificado de Juan Pablo II. Encarnaban el espíritu del Concilio, es decir, la presencia de los laicos en la sociedad, en la base de una cierta independencia de la Iglesia tradicional y territorial. Los laicos ya no se reúnen, o no sólo, según un territorio (la parroquia tradicional), sino según otros criterios como la profesión, la cultura religiosa, la espiritualidad. Estos movimientos fueron la presencia transformadora directa de la Iglesia en la sociedad, basada en el espíritu del Vaticano II. Sin embargo, algunos de ellos eran progresistas, abiertos a lo nuevo, en un diálogo honesto con el mundo contemporáneo, listos para el intercambio mutuo para el crecimiento colectivo. Otros, sin embargo, sentían nostalgia de un pasado en el que la presencia de la Iglesia en la sociedad era más visible como punto de referencia y guía moral. La teología y la práctica pastoral post-Vaticano II no lograron eliminar o reducir la tensión histórica respecto a los diferentes modos de presencia de la Iglesia en el mundo.

La llegada del Papa Francisco y su pontificado puede considerarse otro hito en el desarrollo de una nueva conciencia cristiana y la presencia de la Iglesia en el mundo de hoy. Algunos eruditos definen a Francisco como el primer Papa verdaderamente post-Vaticano II, en el sentido de que ha encarnado totalmente el espíritu y la teología del Concilio. Se manifestó claro desde el principio de su pontificado, en la tarde de su elección, cuando desde la Logia de San Pedro pidió al pueblo que rezara por él y lo bendijera. Fue un luminoso “momento del Vaticano II”, un momento de magisterio no en forma escrita, sino de vida (M. Faggioli).

Varios aspectos de la vida y la enseñanza de Francisco han marcado una nueva conciencia de la Iglesia sobre sí misma y su papel en la sociedad. Por razones de espacio, mencionaré sólo algunas.

El primero es un llamamiento a la creación de una nueva mentalidad: de una experiencia única de Dios como Amor a una nueva visión de la Iglesia como un lugar donde este Amor se hace visible, inclusivo, incondicional y de misericordia efectiva. En una Iglesia así, empezamos a pensar “en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos” (Evangelii Gaudium, 188). Tal actitud conduce necesariamente a “una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía absoluta entre la economía y el bien común social” (Evangelii Gaudium, 205).

La metodología que Francisco propone es “iniciar procesos más que de poseer espacios” (Evangelii Gaudium, 223): la visión y el servicio son más importantes que la autoafirmación y el poder. Por lo tanto, la ministerialidad (el servicio de la Iglesia a la humanidad) no es otra cosa que la implementación de la visión: una Iglesia con un sistema ministerial centrado no en el poder que fluye de un papel (el sacerdocio) sino en un ser común (la vocación bautismal) y en un camino común (determinado por una imagen profética de la Iglesia).

La ministerialidad requiere complementariedad y colaboración. Esto está bien expresado en la palabra sinodalidad. Caminar juntos, “sinodalidad”, es la otra característica fundamental de la Iglesia imaginada por Francisco. Los Sínodos ya existían antes de Francisco, pero él les ha dado un nuevo poder y un nuevo papel, convirtiéndolos en eventos de verdadera comunión y discernimiento eclesial (Episcopalis Communio, 2018). Algunos dicen que la sinodalidad es el verdadero cambio de paradigma de su pontificado; es sin duda un elemento constitutivo de la Iglesia. Apela a la conversión y a la reforma dentro de la propia Iglesia, para convertirse en una Iglesia más atenta a la escucha. También ofrece nuevas perspectivas para la sociedad en su conjunto, “el sueño de que el redescubrimiento de la dignidad inviolable de los pueblos y de la función de servicio de la autoridad podrán ayudar a la sociedad civil a edificarse en la justicia y la fraternidad, fomentando un mundo más bello y más digno del hombre para las generaciones que vendrán después de nosotros” (Francisco, Discurso en la ceremonia conmemorativa del 50º aniversario del establecimiento del Sínodo de Obispos, 2015).

La apertura al sueño de una nueva sociedad implica no sólo a cada persona bautizada, sino también a toda persona de buena voluntad que desee y actúe por la justicia, la paz y el cuidado de la creación. Compartir esta sed de justicia y reconocer lo que ya hacen los activistas sociales fue el leitmotiv de los mensajes del Papa Francisco a los representantes de los movimientos populares durante sus Encuentros Mundiales (2014-2017). Una vez más, Francisco recordó la idea de caminar juntos (sínodo), apoyando la lucha de los movimientos populares. Es la imagen de una Iglesia sinodal y ministerial, al servicio de la humanidad, que reconoce el ministerio de muchas personas de diferentes religiones, profesiones, ideas, culturas, países, continentes, y respeta la diversidad de cada uno. Francisco ha utilizado la imagen del poliedro (imagen también utilizada en Querida Amazonia, 2020): “refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan la originalidad. Nada se disuelve, nada se destruye, nada se domina, todo se integra” (Mensaje a los movimientos populares, 2014). Es la misma reorientación iniciada por el Vaticano II, de una estructura piramidal de la Iglesia a una estructura comunitaria, en la que cada riqueza es reconocida y apreciada en su diversidad. En resumen, la idea de la ministerialidad se basa en una clara comprensión de la Iglesia y una práctica identificable en, para y con el mundo, caracterizada por el diálogo, la apertura, la voluntad de reconocer, aprender y caminar junto con cualquier persona de buena voluntad comprometida en la transformación de la sociedad.
P. Stefano Giudici, mccj

Presentación del Manual para el Año del Ministerialidad

Comboni

El Secretariado General de la Misión (SGM) ha propuesto a las Circunscripciones un programa de reflexión comunitaria sobre el tema de la ministerialidad. La Dirección General es muy consciente del momento que nos toca vivir, marcado por el COVID-19 que a todos nos condiciona tanto a nivel psicológico como espiritual. El hecho que nuestras tareas pastorales hayan sido suspendidas por responsabilidad civil, podría tornarse en una buena ocasión para dar más tiempo al programa propuesto. Por lo tanto, invitamos a cada circunscripción a hacer un esfuerzo para adaptar los materiales, en la medida de lo posible intentado relacionar los temas propuestos con la situación que cada país está viviendo. [Manual completo]

Presentación de los temas para el Año de la Ministerialidad

Tema 1: La función ministerial del presbítero

Ficha 1.1: propone el estudio de un caso para introducir y familiarizarse con el tema.

Ficha 1.2: presenta un análisis temático en profundidad, para una lectura más analítica de la experiencia.

Ficha 1.3: introduce el momento de la oración personal y de la reflexión teológica.

Ficha 1.4: proporciona un espacio para compartir y discernir en comunidad.

Tema 2: Colaboración ministerial

Ficha 2.1: estudio de un caso.

Ficha 2.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 2.3: oración personal.

Ficha 2.4: para compartir y discernir en comunidad.

Tema 3: Evangelización y Ministerios

Ficha 3.1: estudio de un caso.

Ficha 3.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 3.3: oración personal.

Ficha 3.4: para compartir y discernir en comunidad.

Tema 4: La contribución ministerial de los laicos

Ficha 4.1: estudio de un caso.

Ficha 4.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 4.3: oración personal.

Ficha 4.4: para compartir y discernir en comunidad.

Tema 5: Ministerios sociales y ecológicos

Ficha 5.1: estudio de un caso.

Ficha 5.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 5.3: oración personal.

Ficha 5.4: para compartir y discernir en comunidad.

Tema 6: Sinodalidad

Ficha 6.1: estudio de un caso.

Ficha 6.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 6.3: oración personal.

Ficha 6.4: para compartir y discernir en comunidad.​

Manifestaciones del Espíritu

Pentecostes

Un comentario a Jn 20, 19-23 (Solemnidad de Pentecostés, 31 de mayo del 2020

Pentecostes

Celebramos hoy la solemnidad de Pentecostés, en la que hacemos memoria de una experiencia que la Iglesia –y todos nosotros– hace desde los primeros tiempos hasta hoy: que el Espíritu Santo la acompaña siempre, la ilumina, la fortalece, le ayuda a ser fiel y creativa a la vez. Esa presencia del Espíritu hace que la Iglesia experimente que Jesús sigue vivo entre nosotros, nos da su paz y su alegría, nos envía por el mundo y nos hace agentes de reconciliación y de una nueva creación, una nueva humanidad.

Me detengo un poco más resaltando algunos puntos:

  1. Una comunidad encerrada experimenta a Jesús vivo. Esta aparición de Jesús que nos cuenta el evangelio de Juan se distingue de las demás por su carácter eclesial; es decir, de las cuatro apariciones que se nos cuentan en el capítulo 20 de Juan, ésta sucede “en la casa”, donde la comunidad está reunida y “encerrada por miedo”. Podemos preguntarnos: ¿Tiene algo que ver esta comunidad de Jerusalén con nuestras comunidades? ¿Estamos también encerrados, llenos de miedo, respirando el aire viciado de una vida sin ventanas?
  2. A esta comunidad encerrada, Jesús no le trae reproche ni condena, sino paz y alegría. Ciertamente Jesús lleva las pruebas del sufrimiento injusto, pero no se queda en él, sino, reconfortado por el Padre, se vuelve transmisor de una paz y una alegría, que no depende del mundo, sino que es fruto del amor verdadero, del Espíritu Santo.
  3. A esta comunidad, encerrada y temerosa, Jesús le infunde el Espíritu y la envía con la misma misión que el Padre le ha encomendado a él. Con Jesús resucitado y vivo, se acabó el miedo, se terminó el mirarse al ombligo. Como Dice el Papa en una acertada expresión, Jesús quiere una Iglesia en salida, una Iglesia que no tiene miedo de salir al mundo y compartir el tesoro del Evangelio.
  4. A esta comunidad, heredera de la humanidad vieja atemorizada y acomplejada, Jesús la envío para que, con la fuerza del Espíritu, sea agente de reconciliación y de perdón. A veces una práctica empobrecida del ministerio de reconciliación en la Iglesia ha quitado valor a esta misión y la convirtió en una burla. Pero la experiencia nos dice que, dada la fragilidad humana, no hay paz ni alegría verdadera sin perdón y reconciliación. De hecho, muchos dicen que el perdón es lo más difícil. Y tienen razón. El perdón es casi imposible, si no interviene la fuerza del Espíritu.

P. Antonio Villarino

Bogotá

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Oh Espíritu Santo,

Amor del Padre y del Hijo,

inspírame siempre

lo que debo pensar,

lo que debo decir,

como debo decirlo,

lo que debo callar,

como debo actuar,

lo que debo hacer,

para gloria de Dios,

bien de las almas

y mi propia santificación.

Espíritu Santo,

dame agudeza para entender,

capacidad para retener,

método y facultad para aprender,

sutileza para interpretar,

gracia y eficacia para hablar.

dame acierto al empezar

dirección al progresar

y perfección al acabar.

Amén

Ascender es ampliar el horizonte

cielo
cielo

Comentario a Mt 28, 16-20, Solemnidad de la Ascensión, 24 de mayo del 2020

Este domingo celebramos la solemnidad de la Ascensión, previa a la de Pentecostés, que celebraremos el domingo próximo. La Iglesia nos ofrece hoy los últimos versículos del evangelio de Mateo, que terminan con el mandato misionero y ponen en boca de Jesús esta frase: “Sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el final del mundo”. Les presento algunas reflexiones:

  1. La montaña: más allá de toda geografía

Según Mateo, Jesús encuentra a sus discípulos en una montaña de Galilea. Parece una anotación geográfica casi sin importancia, pero no creo que sea así. Para muchas religiones y culturas, la montaña es el lugar de la manifestación de Dios. Y se entiende, porque la montaña me ayuda a ir más allá de mí mismo, a salir de la rutina y la superficialidad, a buscar el más alto nivel de la conciencia personal… Y es precisamente ahí, en el nivel más alto de mi conciencia, que Dios se me manifiesta, con una presencia que difícilmente se puede encerrar en palabras, pero que uno percibe como muy real y auténtica.

Por su parte, Jesús subía continuamente al monte, pero llegó un momento en el que por fin “subió” a la montaña definitiva, es decir, en palabras del evangelista Marcos, “fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios”. Como ven, los evangelistas usan términos geográficos y nosotros hablamos de la “ascensión” de Jesús, pero sabemos bien que Dios no está arriba ni abajo sino en todas partes (y más allá de toda geografía). Por tanto no es que Jesús haya subido “detrás de las nubes”, sino que alcanzó el grado máximo de su auto-conciencia y de su comunión con el Padre y, por eso mismo, alcanzó el grado máximo de universalidad geográfica y temporal, compartiendo su amor y su presencia con todos los seres humanos de todos los tiempos y de todas las fronteras. Por eso nos dice: “Yo estoy con ustedes, ahora y siempre, aquí y en todas partes; en cualquier parte que vayan, ahí me encontrarán”.

  • Adoración y duda

Ante un Jesús que se manifiesta en la “montaña”, en la que se identifica con la Divinidad, los discípulos experimentan un doble movimiento: de adoración y de duda. Por una parte, sienten la necesidad de postrarse y reconocer esta presencia de la Divinidad en el Maestro, porque sólo con la adoración uno puede acercarse al misterio de Dios, ya que nunca las palabras pueden contener la realidad que uno apenas alcanza a vislumbrar desde lo hondo de su conciencia. Por eso los discípulos experimentan también la duda, porque, por una parte parece casi imposible que Dios se nos manifieste en nuestra pequeñez y, por otra, somos conscientes que todas nuestras palabras y conceptos se quedan cortos y, en alguna medida, son falsos. Nuestros conceptos sobre Dios son siempre limitados y deben ser constantemente corregidos, con la ayuda de la duda, que nos obliga a no “sentarnos” en lo aparentemente ya comprendido.

  • “Bauticen en el nombre de Dios”

Desde esta experiencia de la “montaña”, de la experiencia de Dios en lo hondo de la conciencia, Jesús nos dice: “Pónganse en camino y comuniquen a todos lo que han visto y oído, lo que han experimentado entre luces y sombras, dudas y aciertos. Anuncien a todos este camino hacia el Padre que les he enseñado”.

Los pueblos, culturas y religiones intentan acercarse, como pueden, al misterio de Dios, dándole nombres según sus propias experiencias culturales. Israel ha preferido abstenerse de darle nombre, porque comprendió que es innombrable. De hecho, Jesús tampoco le da un nombre. Lo que Jesús hace es hablarnos del Padre, de su experiencia de identificación y comunión con Él y del Espíritu que ambos comparten. Y manda a sus discípulos bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu”. Ese es el objetivo fundamental de toda vida: encaminarse hacia la comunión con el Padre. Y ese es el objetivo de toda misión: que toda la creación encuentre su plenitud en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

….

Ascender no es ir más allá de las nubes,

ascender es cambiar de perspectiva,

como quien mira desde lo más alto.

Ascender es abrir el angular,

ampliar el horizonte a toda la realidad,

reducir las fronteras a su justa perspectiva.

Ascender es crecer en claridad,

dejar que el sol de la verdad ilumine mi camino

que el amor penetre cada rincón de mi vida.

Ascender es saber que más allá de mi pequeñez,

hay más vida, más verdad, más belleza, más religión,

más humanidad, más Dios.

P. Antonio Villarino

Bogotá