Laicos Misioneros Combonianos

La oración del humilde atraviesa las nubes

La oración del humilde atraviesa las nubes

oración

Un comentario a Lc 18, 1-8 ( XXIX Domingo ordinario, 20 de octubre de 2019)

De la mano de Lucas, seguimos acompañando a Jesús en su camino hacia Jerusalén y seguimos recibiendo sus enseñanzas, con el objetivo de irnos transformando en verdaderos discípulos que quieren aprender de él y parecerse a él en pensamientos, palabras y acciones.

Lucas insiste en que uno de los rasgos de la vida de Jesús era su actitud orante, es decir, su constante y confiado diálogo con el Padre. En ese diálogo había escucha y silencio acogedor y respetuoso, alabanza gozosa, gratitud y también súplica perseverante.

De esto último es de lo que nos habla la parábola que leemos hoy sobre aquella viuda a la que un juez inicuo no quería escuchar, pero que al final se deja vencer por la sana “tozudez” y perseverancia de la pobre viuda.

La actitud de esta viuda es muy propia de las personas que viven en una gran necesidad y que no tienen otro recurso que el grito y la súplica perseverante, como hemos visto el domingo pasado con los diez leprosos. El grito de los leprosos y la tozudez de la viuda me recuerdan lo que dice el libro del Eclesiástico:

“El Señor es juez,

y para él el prestigio de las personas no cuenta.

No hace acepción de personas en perjuicio del pobre,

y escucha la oración del oprimido.

No desdeña la súplica del huérfano,

ni el lamento de la viuda.

¿No corren por su mejilla las lágrimas de la viuda

y su clamor contra el que las provocó?

La oración del humilde atraviesa las nubes

y su plegaria sube hasta las nubes,

Hasta que no llega a su término, él no se consuela.

No desiste hasta que el Altísimo lo atiende (Eclco 35, 12-21).

En esa misma línea se mueve el salmista cuando ora:

Levanto mis ojos a los montes:

¿de dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor,

que hizo el cielo y la tierra.

No permitirá que resbale tu pie,

tu guardián no duerme;

no duerme ni reposa

el guardián de Israel (Salmo 120).

Pienso que no hay que darle más vueltas. Si vivo la vida con un espíritu de auto-suficiencia orgullosa, estas palabras me parecerán ridículas. Pero si experimento algún tipo de pobreza y siento la necesidad de pedir ardientemente alguna gracia, la Biblia entera, Jesús mismo ( y mi propia experiencia) me dicen que mi grito perfora las “nubes” y que Dios no será sordo a mi súplica.

Dame, Señor, el espíritu de la viuda injustamente tratada, de Ana, la mujer de quien se reían todos por su esterilidad, de María y del mismo Jesús, para que, consciente de mi pobreza, sepa alzar mi corazón hacia Ti y confiar en tu amor y misericordia.

P. Antonio Villarino

Bogotá

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