
Septiembre – Para que las misioneras seglares combonianas, que celebran su 10ª Asamblea General en torno al icono del grano de mostaza, vivan con la certeza de que Cristo hará crecer abundantemente las semillas del Evangelio que siembran. Oremos.

Septiembre – Para que las misioneras seglares combonianas, que celebran su 10ª Asamblea General en torno al icono del grano de mostaza, vivan con la certeza de que Cristo hará crecer abundantemente las semillas del Evangelio que siembran. Oremos.
Un comentario a Mt 16, 21-28 (XXII Domingo ordinario, 30 de agosto del 2020)

Continuamos leyendo el evangelio de Mateo en su capítulo 16. Después de la confesión de Pedro en Cesarea de Filipo, que leímos el domingo pasado, leemos hoy lo que podríamos considerar la “confesión de Jesús”, es decir, una declaración de su decisión de ir a Jerusalén, donde le esperaba un enfrentamiento a vida o muerte con el sistema de poder que reinaba en su propio país.
Endurecer el rostro
Lucas, en el texto paralelo (9,51), dice que Jesús “endureció su rostro”. Es una manera plástica de decir que “ir hacia Jerusalén no fue para Jesús una elección cualquiera, sino la elección de su vida terrena, la decisión que calificó toda su misión y su obra y de la que todo dependería. Análogamente deberá estar en la vida del discípulo: El amor… nunca es solo un movimiento afectivo, sino que es también un empuje de toma de decisiones. Es la decisión que yo tomo a favor de Dios, en la fidelidad a Él y en el servicio al hombre” (M Grilli).
A Pedro, que Jesús mismo había elogiado en la lectura del domingo pasado, le costaba aceptar esto; él parecía creer en un Jesús “blando”, que hacía propuestas bonitas y fascinantes, pero que no caería en la “tontería” de dar la vida por ellas. Jesús, sin embargo, no juega a decir cosas bonitas o a proclamar verdades sin consecuencias. Jesús no se deja desviar de su propósito por las buenas y cobardes intenciones de Pedro, sino que se muestra dispuesto a ser coherente hasta el final.
¿Qué significa seguir a Jesús en su camino hacia la cruz y la resurrección?
1.- Contemplar la meta definitiva de la vida
Lucas dice que ha llegado para Jesús el tiempo de “ser elevado al cielo”, en una expresión que recuerda al profeta Elías (2 Re 2, 35). A Jesús le llegó el tiempo de “ser elevado al cielo” y de cumplir la misión para la que vino a la tierra.
“La vida se nos da gratis y la merecemos dándola”, dijo un sabio hindú. La meta de la vida es su consignación, su consumación en esperanza de que el grano de trigo que cae en tierra da fruto.
¿Cuál es la meta de mi vida? ¿Sobrevivir? ¿Ser grande a los ojos de la humanidad? ¿Amar hasta dar la propia vida por amor?
2.- Vivir como peregrinos
El camino de la vida es una “subida”. El Papa actual puso de moda la expresión “Una Iglesia en salida”. En realidad, todos nosotros somos peregrinos, llamados constantemente a salir de nuestra tierra, como Abraham: “El Señor dijo a Abrán: Sal de tu tierra, de entre tus parientes y de la casa de tu padre, y vete a la tierra que to te indicaré” (Gn 12, 1).
Para “subir”, para alcanzar la meta, lo primero es saber “salir” de nuestra comodidad, de nuestro estado actual, incluso de nuestro grado de santidad actual. Como a Abraham, como a Jesús, el Señor nos pide que nos pongamos en camino, que miremos a la meta de nuestra madurez, de nuestro encuentro con el Padre. El famoso filósofo polaco Bauman habla de tres tipos de caminantes:
-turistas: se mueven atraídos por la belleza del mundo, sin atarse a nada.
-vagabundos: se mueven porque ya nadie los aguantan donde están.
-peregrinos hacia un santuario, hacia una meta.
¿Qué tipo de caminante soy yo? ¿Camino hacia una meta o voy escapando de las situaciones, porque no aguanto más o porque no me aguantan?
La vida humana es un caminar hacia la madurez del amor, hacia la propia entrega; en eso consiste la madurez humana, lo que implica cargar con la propia cruz, asumir la responsabilidad de nuestro amor, incluso hasta la donación total, como hizo Jesús.
La vida se vive dándola, gastándola, exponiéndola desde el amor y para el amor. Vivir consiste precisamente en eso, en gastar la vida en aras del amor. Si uno quiere agarrarse al don precioso de la vida, sin ponerla al servicio, se parece a aquel que recibió un denario y, en vez de negociar con él, lo guardó bajo tierra; terminará perdiendo lo poco que ha recibido.
No es que Jesús quiera morir, lo que quiere es vivir plenamente conforme a la voluntad de su Padre. Pero ese vivir plenamente no se logra si uno no se arriesga, si uno no se expone, si uno no es coherente y fuerte.
P. Antonio Villarino
Bogotá

Comentario a Mt 16, 13-20 (XXI Domingo Ordinario)
Este texto de Mateo que leemos hoy, comienza con una declaración de Pedro que hace de portavoz de los discípulos de todos los tiempos, también nosotros.
Una pregunta
Al leerlo, también nosotros nos planteamos una primera pregunta pregunta que probablemente nos hemos hecho muchas veces y que ahora hemos de hacer de nuevo es: ¿QUIEN ERES, TÚ, JESÚS, PARA MÍ? ¿QUE SIGNIFICA PARA MI LA INVITACION A ACEPTAR TU REINO?
Cada uno de nosotros tiene que responder a esta pregunta en sinceridad desde las siguientes coordenadas:
– la propia experiencia personal; el momento de gracia y de pecado que está viviendo;
– la presencia inesperada del Espíritu que sopla donde y cuando quiere;
– la lectura del memorial de Jesús, la confrontación con los escritos que hablan de El;
– su comprensión en la comunidad de los discípulos.
La respuesta de Pedro
En segundo lugar, nos podemos preguntar: ¿Qué se encuentra de especial en Jesús?
El nuevo Testamento nos presenta la historia de muchas personas que estuvieron en contacto con Jesús y han descubierto en Él algo especial, que les renovaba y les hacía disponibles para lo que Él mandara. Una de esas personas es Pedro.
Además de este texto que hemos leído sobre su declaración de Cesarea de Felipo, el libro de los Hechos (capítulo 10) nos trae otra extraordinaria declaración de Pedro, cuando visita al Centurión que quiere bautizarse. Sobre Jesús de Nazaret, Pedro dice, en resumen:
-le ungió Dios con Espíritu y con poder;pasó haciendo el bien; Dios estaba con él.
¿Quién es Jesús para mí?
La respuesta de Pedro es muy importante, pero no vale para mí a menos que la haga mía y la exprese en mis propias palabras. En ese sentido yo les comparto muy brevemente algunos matices de mi respuesta persona.
Jesús es el amor de Dios hecho carne, es decir, hecho palabra y gesto concreto. Jesús se me muestra como revelación de Dios en cuanto:

Un comentario a Mt 15, 21-28 (XX Domingo ordinario, 16 de agosto del 2020)
Antes de narrar este episodio que habla de la mujer cananea, Mateo nos habla del enfrentamiento que Jesús, y las primeras comunidades cristianas del Siglo I, tuvieron con aquella parte de la sociedad judía que se aferraba a las tradiciones (ritos, costumbres, convenciones sociales), dándoles un valor exagerado. Todas las culturas tienen normas de conducta, maneras de orar y celebrar el culto, ritos de convivencia, etc. Sin eso es imposible vivir en sociedad. Pero el peligro está en “divinizar” y sacralizar excesivamente esas tradiciones que suelen ser fruto de la historia humana y que a veces se vuelven cáscaras vacías, letra muerta, que hace más mal que bien. Por eso Jesús critica severamente a sus contemporáneos, usando una frase de Isaías:
Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí;
en vano me dan culto,
pues las doctrinas que enseñan
son preceptos humanos.
Frente a esta actitud “religiosa tradicionalista” (es decir, aferrada a normas y tradiciones ya superadas), Mateo nos pone el ejemplo de una mujer cananea (no judía) que, sin conocer las tradiciones ni las estrictas normas judías, tiene una actitud de fe que conmueve a Jesús por su sinceridad y autenticidad. Esta mujer tiene las características de un buen discípulo, que encuentra en Jesús la respuesta a sus anhelos profundos:
1.- Humildad, es decir, reconocimiento de la propia realidad y necesidades. Difícilmente un orgulloso o arrogante puede ser discípulo de Jesús. La cananea es humilde, tiene conciencia de su realidad. Se dice que no hay mejor cocinero que el hambre, es decir, sin deseo no hay manjar que nos satisfaga. De la misma manera, el verdadero creyente es una persona con “hambre” de verdad, de justicia, de amor, de Dios.
2.- Saber “gritar”, es decir, saber pedir ayuda, no encerrarse en sí mismo, sino abrirse a la ayuda de otros. El discípulo no se cree falsamente auto-suficientes, sino que sabe abrirse al Otro, sabe pedir ayuda cuando la necesita.
3.- Persistencia y constancia. Ante una primera negativa, la mujer no desespera, sino que insiste, persevera, sigue exponiendo su necesidad. No siempre nuestra oración es escuchada a la primera; no siempre logramos el objetivo buscado inmediatamente; no siempre logramos superar enseguida nuestras dificultades y problemas. El creyente, precisamente porque es necesitado y humilde, insiste y persevera, no se rinde nunca, espera sin fin.
4.- Fe y confianza, que rompe las normas establecidas y las tradiciones. La fe, no solo mueve montañas, sino que abre fronteras impensables. El mismo Jesús pensaba que había venido solo para los judíos, pero la fe de esta mujer le ayudó a comprender que la misericordia del Padre no está sujeta a fronteras geográficas, políticas, ideológicas o religiosas. Siempre es posible superar cualquier frontera. Siempre es posible confiar en el Dios de la Vida y de la Misericordia, digan lo que digan las normas y las convenciones sociales.
Ojalá nosotros podamos escuchar de Jesús su encendido elogio:
¡Mujer, qué grande es tu fe!
Que te suceda lo que pides.
P. Antonio Villarino
Bogotá

Un comentario a Mt 14, 22-33, XIX Domingo ordinario, 9 de agosto de 2020
El texto que leemos hoy en el evangelio de Mateo, que sigue al relato de la multiplicación de los panes, se centra en la narración de la barca en medio de la tormenta. Su lectura me provoca la siguientes reflexiones: