El pasado fin de semana tuve la oportunidad de participar a la reunión de coordinación de los LMC de Italia en Florencia.
Agradezco mucho la invitación de los LMC de Italia para compartir este tiempo juntos. Fue muy interesante conocer con mayor profundidad la realidad de los diferentes grupos que se encuentran por toda Italia. Cada uno con una particularidad y un camino propio. Una realidad muy ligada a cada lugar concreto y expresada de manera particular por cada grupo. La riqueza del carisma de Comboni es indudable, y en Italia se puede ver en la forma en la que los laicos intentan mantenerse fieles a esta vocación. Algunos grupos con mucho compromiso a nivel social, trabajando en temas de JPIC como la inmigración (que es noticia en los medios estos días por las desgracias en el Mediterráneo), sensibilizando en las escuelas y con tareas de animación misionera en parroquias y centros de la zona, trabajando fuertemente la presencia como comunidad de vida laical, con experiencia concretas y nuevos proyectos por abrir, manteniendo constancia en la formación en los grupos, con la oración como centro que revitaliza, etc. Tuvimos un tiempo específico para conocer cómo le van las cosas a Emma en Nova Contagem con los LMC de Brasil y la de Marco y Valentina en Piquia (también Brasil) y el apoyo que desde los diferentes grupos se les brinda.
También tuvimos un buen rato para conversar de la realidad de los LMC a nivel internacional, para que pudiese informar y para intercambiar puntos de vista. Les anime mucho para que nos comunicaran en el blog internacional lo que cada grupo iba haciendo. Algo que siempre hago en los grupos. Hay tanta riqueza que es una pena que los demás no la conozcan y al intercambiarla podamos todos crecer.
Creo que Italia tiene un bonito camino a recorrer para crear sinergias. Comenzando con los diferentes grupos dentro del país y claro está en coordinación con los LMC a nivel internacional. Somos una gran red desde donde podemos colaborar por un mundo más justo, más humano, más divino… atendiendo a los problemas de los hombres y mujeres de nuestro tiempo desde los 20 países donde estamos presentes, intercambiando ideas, experiencias, contactos, apoyo. Pero por encima de esto somos una gran familia LMC, unidos por el mismo carisma y por aquella intuición de Comboni de que «esta obra (la misión) debe ser católica, y no específicamente española o francesa, alemana o italiana». Comboni nos anima a seguir trabajando en común, no buscando uniformidad sino sinergia, compromiso, colaboración, ayuda fraterna para llevar adelante la llamada de Jesús a la misión. Una familia donde preocuparnos y apoyarnos los unos a los otros por el bien de la gente.
Además de la reunión también tuve un tiempo para visitar al grupo de Bolonia y el de Venegono. Conversar tranquilamente, compartir inquietudes. Reconozco que me sentí muy a gusto en todo momento, en familia. Lo mejor de estos viajes es sentir de cerca el calor de cada LMC, la ilusión por la misión, el compromiso de cada uno, más allá o dentro de las obligaciones laborales o/y familiares que como laicos afrontamos cada día. La fe y el seguimiento al Señor que desde cada rincón del mundo intentamos llevar día a día.
Espero que muchos otros se vayan uniendo, en todos los países del mundo, para seguir sirviendo al Señor en nuestros hermanos más pequeños y necesitados allá donde Él nos lleve.




el pastor verdadero de mi vida. Nadie más. Ciertamente cada uno de nosotros necesita a otros para vivir: amigos, padres, profesores, políticos, doctores, sacerdotes… Todos ellos son, en alguna medida, pastores de nuestra vida. Pero yo lo tengo claro: el único pastor al que entrego mi vida totalmente es Jesús; de él me dejo guiar, de él me dejo amar; en él encuentro los pastos seguros de una Palabra verdadera, de un Amor gratuito y firme. Y eso me permite mantenerme libre frente a muchos pretendidos pastores que lo que buscan es aprovecharse de mí.





osa de Jesús, comer con él y con la comunidad de sus discípulos, experimentar la presencia de su Espíritu en mi vida y en el mundo, es el mayor don que yo haya podido recibir. Eso ha transformado mi vida, haciéndome sentir Hijo amado y hermano entre hermanos. Por eso, como Pablo, como Pedro, como Lucas, y millones de discípulos, yo también quiero ser testigo, misionero, alguien que quiere compartir con el mundo el gran don recibido. Ser testigo de Jesús en el mundo es lo más fascinante que una persona puede ser.