El “Padre Nuestro” en la experiencia de Simone Weil
Un comentario a Lc 11, 1-13 (17º Domingo Ordinario, 24 de julio 2016)
Simone Weil fue una filósofa francesa, de origen judío, con una historia particular de búsqueda de la verdad; además de enseñar, trabajó en una fábrica (para experimentar la vida de los obreros), participó en la guerra civil española y murió en Londres, donde había ido para apoyar la lucha del General De Gaule por la liberación de Francia. Agnóstica, experimenta una presencia personal de Cristo, pero no se bautiza, al menos oficialmente, aunque hay algún testimonio de que ha recibido el bautismo antes de morir.
En una carta a un sacerdote amigo cuenta su experiencia del Padre Nuestro:
“Hasta el mes de septiembre pasado no me había pasado nunca en mi vida de orar, ni siquiera una vez, por lo menos en el sentido literal de la palabra. Nunca había dirigido en alta voz o mentalmente una palabra a Dios. Nunca había pronunciado una oración litúrgica…
El verano pasado, estudiando el griego con T (un amigo que tiene una viña), había hecho para él la traducción literal de Padre Nuestro en griego. Habíamos hecho el propósito de aprenderla de memoria. No creo que él lo haya hecho, y en aquel momento tampoco yo. Pero, algunas semanas después, ojeando el Evangelio, me dije a mí misma que, dado que me lo había propuesto y era una cosa buena, debería hacerlo. Y lo he hecho.
La dulzura infinita de este texto griego me tomó hasta tal punto que por algunos días no pude dejar de recitarlo dentro de mí continuamente. Una semana más tarde, he comenzado la vendimia. Cada día recitaba el Pater Noster en griego antes de comenzar el trabajo, y lo repetía muchas veces en la viña.
Desde entonces, me impuse, como única práctica, recitarlo cada mañana con atención absoluta. Si, mientras lo recito, mi atención se desvía o se adormece aunque sea sólo mínimamente, recomienzo hasta que no he obtenido una atención absolutamente pura. Me sucede a veces de recomenzar otra vez por puro placer, pero lo hago solamente sui el deseo me impulsa.
El poder de este ejercicio es extraordinario y me sorprende cada vez. Cada día supera mi expectativa.
A veces ya las primeras palabras arrebatan mis pensamientos de mi cuerpo y los trasportan a un punto fuera del espacio donde no existe ni perspectiva ni punto de vista. El espacio se abre. La inmensidad del espacio ordinario de la percepción es sustituida por un infinito a la segunda, a la tercera potencia. Al mismo tiempo esta infinidad de infinito se llena, de parte a parte, de silencio, un silencio que no es ausencia de sonido, que es objeto de una sensación positiva, más positiva que ningún sonido. Los ruidos, si existen, me alcanzan sólo después de haber atravesado este silencio.
A veces también, mientras recito, o en otros momentos, Cristo está presente en persona, pero de una presencia infinitamente más real, más impresionante, más evidente y más llena de amor que la primera vez que me ha tomado” .(Traducido por mí del libro en italiano “Attesa di Dio”, Gherardo Casini, Roma, 1954, pp 92-93)
P. Antonio Villarino
Quito





Lucas nos cuenta hoy que, en su camino hacia Jerusalén, Jesús entró en un pueblo, que la tradición conoce como Betania. Allí fue acogido en su casa por una mujer llamada Marta, que, al parecer, era muy activa, dinámica y servicial, poniendo su gran capacidad de trabajo al servicio de Jesús y, seguramente, de sus discípulos, ya que Jesús no andaba nunca solo. Mientras Marta se afanaba, María estaba tranquila, a los pies del Maestro, escuchando con mucha atención todo lo que él decía. Todo parecía marchar bien hasta que Marta, harta de cargar con toda la responsabilidad del servicio, explotó: ¿No te importa que mi hermana me deje sola? Conocemos la respuesta de Jesús: “Marta, Marta, te preocupas de muchas cosas… pero María ha escogido la mejor parte”.
