Laicos Misioneros Combonianos

La misión que nace de la encarnación

LMC Brasil

La Campaña de la Fraternidad de 2026 nos invita a contemplar una de las afirmaciones más profundas de la fe cristiana: «Él vino a morar entre nosotros» (Jn 1,14). El prólogo del Evangelio de Juan revela el corazón del misterio de la encarnación. Dios no permaneció alejado de la realidad humana. El Verbo se hizo carne, asumió nuestra condición, entró en la historia y eligió habitar en medio de la humanidad. No vino como un visitante pasajero, sino como alguien que decidió compartir la vida, los dolores y las esperanzas de su pueblo.

La encarnación es, por tanto, el gran gesto de cercanía de Dios. En Jesús, Dios se acerca a la humanidad herida, especialmente a quienes viven al margen: los pobres, los excluidos, los olvidados de la sociedad. Cristo nace en una realidad sencilla, crece entre los pequeños, camina con los que sufren y anuncia un Reino donde los últimos ocupan el centro. Esta lógica del Evangelio rompe con la mentalidad del poder y la indiferencia, y revela a un Dios que elige la cercanía, la compasión y el servicio.

Esta perspectiva ilumina profundamente la espiritualidad misionera comboniana. Inspirados por San Daniel Comboni, los misioneros y misioneras están llamados a hacer el mismo movimiento de Jesús: salir al encuentro, vivir en medio y caminar junto a los más pobres. Comboni comprendió que la misión no se lleva a cabo desde una posición de superioridad o distancia, sino desde el compartir concreto de la vida con quienes más lo necesitan. Su sueño misionero era claro: salvar a África con la propia África, valorizando a los pueblos, sus culturas y su dignidad.

Dentro de esta lógica, los laicos misioneros combonianos desempeñan un papel esencial. Ellos dan testimonio de que la misión no es exclusiva de los religiosos o los sacerdotes, sino que es una vocación de todo el pueblo de Dios. El laico misionero es aquel que, insertado en la vida cotidiana —en el trabajo, en la familia, en la comunidad— se convierte en presencia viva del Evangelio. Asume la misión como estilo de vida, llevando la presencia de Cristo a los lugares donde a menudo la Iglesia institucional no logra llegar.

La encarnación nos enseña que Dios no transforma el mundo a distancia. Él se compromete con la realidad humana. Del mismo modo, los laicos misioneros combonianos están llamados a habitar las periferias existenciales, a acercarse a los dolores de la humanidad y a construir signos concretos de esperanza. Estar junto a los pobres no es solo una actitud de solidaridad social, sino una dimensión profunda de la fe cristiana. En los rostros de los pobres y vulnerables encontramos al mismo Cristo, que sigue interpelándonos.

En este sentido, el tema de la Campaña de la Fraternidad de 2026, «Vino a morar entre nosotros», se convierte también en una invitación para cada cristiano: permitir que Cristo siga habitando en el mundo a través de nuestras actitudes. Cuando nos acercamos a quienes sufren, cuando compartimos la vida con los olvidados, cuando luchamos para que todos tengan dignidad, estamos prolongando la presencia de Dios en medio de la humanidad.

Porque, donde se defiende la vida, donde se restaura la dignidad y donde se acoge a los pobres, allí Dios sigue habitando entre nosotros.

Valdeci Antônio Ferreira – LMC Brasil

Volviendo a la aldea El Manzanillo

LMC Guatemala

Un día más caminando con Jesús

Con el corazón lleno de alegría y esperanza, continuamos nuestra misión en la querida aldea El Manzanillo, viviendo un día más de encuentro, servicio y fe, caminando siempre de la mano de Jesús Resucitado.

Durante la mañana, realizamos el visiteo a las familias de la comunidad, llevando con nosotros el cirio pascual, signo de la presencia viva de Cristo. Con cada visita, entramos a los hogares llevando la Luz de Jesucristo Resucitado, compartiendo palabras de consuelo, fe y esperanza. Fue un momento profundamente significativo, donde pudimos escuchar, orar y acompañar a cada familia, recordándoles que Dios nunca abandona a sus hijos y que la Resurrección es promesa de vida nueva para todos.

Por la tarde, vivimos un espacio de convivencia fraterna junto a la comunidad, desarrollando actividades de manualidades y trabajos artesanales utilizando materiales básicos, fomentando la creatividad y la participación de todos. También disfrutamos de momentos llenos de alegría con los niños, realizando juegos, donde las sonrisas y la inocencia nos recordaron la belleza de servir con amor y sencillez.

Así cerramos un día bendecido, lleno de fraternidad, entrega y misión, donde una vez más pudimos llevar la Buena Nueva a este sector, proclamando con alegría y convicción:

¡Jesucristo ha Resucitado! ¡Ha Resucitado, claro que sí!

Inspirados por el testimonio de San Daniel Comboni, recordamos sus palabras y su espíritu misionero, que nos animan a salir al encuentro de los más necesitados, a llevar el Evangelio con valentía y a confiar siempre en la obra de Dios, incluso en medio de los desafíos. Él nos enseñó que la misión se construye con amor, cercanía y entrega total al servicio de los demás.

Como Laicos Misioneros de Guatemala, queremos reafirmar que toda nuestra comunidad misionera permanece unida, caminando juntos en la fe, sosteniéndonos mutuamente y manteniendo en nuestras oraciones a cada familia, a cada niño y a cada persona que forma parte de esta hermosa misión.

Seguimos adelante, con esperanza renovada y con el corazón dispuesto, sabiendo que cada paso que damos es una semilla de amor sembrada en nombre de Cristo Resucitado.

Dios bendiga a la aldea El Manzanillo y a cada una de sus familias.

LMC Guatemala

Aprender a mirarme a mí mismo y al otro

LMC Brasil

En nuestro segundo día de la etapa presencial del itinerario, nos recibió el Hno. Marcos, religioso de los Hermanos de San Gabriel, una congregación presente desde hace muchos años en la parroquia y que colabora con la familia comboniana desde el inicio de su presencia, en la década de los 90.

Continuando con la dimensión personal, la de «conocerse a uno mismo», tuvimos una introducción al Eneagrama, profundizando en los tipos y ayudándonos en el autoconocimiento. Fue un momento muy enriquecedor de intercambio y crecimiento personal, y nos comprometimos a continuar esta búsqueda de manera personal.

Otro encuentro memorable fue con el grupo de mujeres, que se reúnen en la comunidad para realizar actividades de pintura sobre tela, ganchillo y otras bellezas que surgen de sus manos, durante estos momentos de convivencia y alivio para los dolores del día a día.

El miércoles, con la llegada de Alan desde São José dos Campos (São Paulo), comenzamos con un intercambio sobre los días anteriores y la oración del día.

Adélia —LMC residente en Contagem y miembro del Consejo de la ALMC— compartió su trayectoria vital y su labor en el ámbito de la política, y nos iluminó con algunos puntos importantes, como la necesidad de practicar la escucha en tiempos de polarización aguda, como los que estamos viviendo.

Por la tarde, Alejandro —LMC de Guatemala— nos acompañó hasta la APAC (centros penitenciarios que aplican un método de justicia restaurativa) de Santa Luzia, donde nos recibieron los LMC Valdeci y Marcelo, que estaban junto con el equipo de la FBAC (Fraternidad Brasileña de Asistencia a los Condenados – https://site.fbac.net.br), impartiendo un curso de liderazgo para los recuperandos de la unidad (así se denomina a los reclusos en las prisiones que aplican el método APAC). Este encuentro con los recuperandos fue muy importante, ya que nos permitió sumergirnos en esta realidad diferente.

Visitamos las instalaciones de la APAC, conociendo toda su metodología y organización, que hace posible una prisión sin agentes armados, y donde los propios reclusos son protagonistas en su proceso de resocialización, involucrando también a la familia y a la comunidad. En cuanto a la sorpresa de quienes no conocían este trabajo, tras la visita se experimentó un cambio importante, ampliando horizontes ante la posibilidad de ver un proceso de recuperación en el que los propios recuperandos tienen las llaves de la celda.

Grupo del Itinerario LMC 2026/2027

Llamados a ser un cenáculo de apóstoles

LMC Brasil

El sábado anterior al Domingo de Ramos, llegamos a la Casa de Misión Santa Terezinha, de los Laicos Misioneros Combonianos, presencia misionera en el barrio de Ipê Amarelo, en Contagem, estado de Minas Gerais, donde nos recibieron Ana Cris, Alejandro y su familia, LMC de Guatemala.

Al día siguiente, iniciamos nuestra etapa de formación presencial con la procesión de Ramos que salió de la comunidad de Nuestra Señora Aparecida, en Ipê Amarelo, hasta la comunidad de San Judas (unos 2,5 km), donde se celebró la misa que reunió a las 10 comunidades de la parroquia de Santo Domingo de Gusmão.

Nos reunimos como Familia Comboniana, siendo acogidos por la comunidad de los Mccj presentes en la región, conociendo un poco más de la historia de la región y de la presencia comboniana y reencontrándonos con viejas amistades.

Otro momento destacado fue reunirnos en la casa comboniana Justicia y Paz, para encontrarnos con el grupo de espiritualidad comboniana (GEC), y, a partir de un momento de oración bellamente guiado por los miembros del GEC de Contagem, compartimos nuestra vida y nuestras experiencias misioneras, aquí y más allá de las fronteras, pues, desde el bautismo, todos somos misioneros y estamos llamados a actuar en las fronteras de donde nos encontramos.

El P. Rafael nos recordó que «de la dimensión de la misión a partir del carisma comboniano, rescatamos la necesidad de ser verdaderas comunidades» —trabajar unidos en la dimensión del Cenáculo de los Apóstoles, identidad comboniana de actuación en una misión.

Porque nos amamos

Comboni tenía a Cristo en el corazón y veía a Cristo en los demás países.

Que amemos la misión, a los más pobres, y seamos perseverantes en la llamada que Dios tiene para cada uno de nosotros: vivir unidos y felices.

Grupo del Itinerario LMC 2026/2027

Un Viernes Santo desde los ojos de un Laico

LMC Guatemala

Hoy viví un Viernes Santo diferente, un Viernes Santo que no solo contemplé, sino que caminé, cargué y ofrecí.

Tuve la gracia de participar en la procesión del Nazareno de la Cuasi parroquia Santa María del Encinal, compartiendo con la comunidad, con amigos y con dos sacerdotes que son ejemplo de lo que es ser Misioneros y personas entregadas en alma y cuerpo a Jesús y a la Iglesia, sintiendo la fe de cada hermano y hermana que caminaba a mi lado.

Pero también lo viví con mi familia, que fue mi sostén en cada momento.

Mi esposa, con cada mirada llena de amor, me daba fuerzas para seguir adelante; y en cada ocasión que me compartía un sorbo de agua, sentía su cuidado y su compañía, como un gesto sencillo pero lleno de significado.

Mis hijos también caminaron conmigo en este camino de fe.

Tuve la bendición de cargar junto a mi hijo mayor, compartiendo el esfuerzo y el compromiso, y mi hijo pequeño, con cada abrazo, me recordaba algo muy profundo y verdadero:

“No estás solo.”

Llevar a Jesús en hombros fue más que un acto físico; fue una experiencia espiritual profunda.

En cada paso sentí el peso de la cruz, pero también sentí el amor que Él tuvo por nosotros.

El cansancio en mis pies, el dolor en mis brazos y en mi espalda, se fueron convirtiendo poco a poco en una ofrenda silenciosa, una manera sencilla de decirle a Jesús:

“Aquí estoy, Señor, caminando contigo.”

No fue fácil, pero en medio del esfuerzo comprendí que el sacrificio también puede ser oración.

Cada gota de sudor, cada momento de fatiga, cada respiración profunda, se transformó en un acto de amor y gratitud.

Y cuando llegó la hora de las 3 de la tarde, el momento de la adoración a la Cruz, viví algo nuevo para mi vida.

Fue la primera vez que participé en este acto tan sagrado, y fue una experiencia hermosa, llena de silencio, respeto y profunda reflexión.

Al contemplar la Cruz, recordé la pasión y muerte de Jesucristo, y en mi corazón nació un agradecimiento sincero por el sacrificio que hizo por todos nosotros.

Hoy entendí que ser laico no es solo asistir o participar, sino entregarse, servir, acompañar y caminar con Jesús en medio del pueblo.

Ser laico es vivir la fe con los pies cansados, con las manos ocupadas y con el corazón dispuesto.

Este Viernes Santo no solo lo recordé… lo viví.

Lo viví en comunidad, con amigos, con sacerdotes que inspiran, lo viví en familia, lo viví en el servicio, lo viví en el dolor ofrecido y en la gratitud profunda.

Y al final del día, aunque el cuerpo está cansado, el alma está en paz, porque sé que cada paso que di, cada esfuerzo que ofrecí, fue una pequeña muestra de amor para Aquel que dio su vida por nosotros en la Cruz.

Gracias, Señor Jesús, por tu sacrificio, por tu amor infinito y por permitirme caminar contigo en este Viernes Santo, acompañado de mi familia, mi comunidad y nuestros sacerdotes, que fueron reflejo de tu presencia y tu amor en cada momento.

LMC Guatemala