Después de viajar bastante, llegamos a Lima, Perú. Nos recibieron con mucho cariño la señora Ana y el señor Fisher, de los LMC de Perú. Era la primera vez que pasábamos la Semana Santa fuera y lejos de nuestro país y familia.
Celebramos el Domingo de Ramos en la capilla cerca de nuestra casa. Nos gustaron las canciones y las oraciones. La gente estaba muy contenta de conocernos. Nos dieron un momento corto para presentarnos.
El Viernes Santo fuimos al barrio de Pamplona para el Vía Crucis. Fue una experiencia nueva. En todos los lugares compartimos la comida y la felicidad.
Otros días fuimos a visitar a las familias de los LMC que viven en Lima y también fuimos a la casa de los escolásticos, y a la casa provincial. Nosotras también visitamos el centro de Lima para hacer turismo y ver lugares muy bonitos.
Por ahora estamos teniendo una experiencia muy buena. Nos gustan las comidas de Perú. El clima es favorable para nosotras. Hemos aprendido sobre la cultura, sobre el dinero y cómo pagan los alimentos y otras cosas.
Actualmente estamos estudiando mucho para avanzar con el español. Deseamos aprender español bien para poder hacer el mejor servicio misionero posible. Aprendemos mucho sobre la cultura, la historia y también tenemos buena interacción con la gente.
El Jueves Santo, dedicamos la mañana a un momento de oración en la finca de una familia de la comunidad de Ipê. Rezamos juntos y meditamos sobre el texto escrito por Valdeci acerca de la CF 2026.
Después dimos un paseo observando las evidentes contradicciones que nos rodeaban.
Ipê Amarelo es un barrio surgido de la organización de familias sin hogar que pagaban alquiler. Es una realidad de conquista de una vivienda en la década de los 90, en la que, con mucha lucha y resistencia, salieron de las lonas para instalarse en sus casas. Pero también tiene como límite un gran muro que marca la desigualdad social, ya que detrás de los muros, vigilados por guardias de seguridad, se encuentra uno de los complejos residenciales más lujosos de la región. La visita a las familias fue un momento para escuchar sus historias, conocer sus alegrías y retos, y saborear la hospitalidad característica de la comunidad.
Por la noche participamos en el lavatorio de pies en la comunidad de Nuestra Señora de Aparecida, un momento muy bonito que nos recordó que «somos la Iglesia del pan compartido, del abrazo y de la paz».
El miércoles de Semana Santa visitamos el Memorial de Brumadinho, un espacio de memoria y «un logro de las familias de las 272 víctimas mortales de la rotura de la presa de la mina Córrego do Feijão, ocurrida el 25 de enero de 2019 en Brumadinho (Minas Gerais)».
Esta visita nos hizo detenernos y preguntarnos: «¿Qué le estamos haciendo a nuestro planeta?». Salimos profundamente impactados por la historia del lugar, el rastro de destrucción dejado por la minería y la sensación de que, aunque los lugares cambian, la práctica destructiva del modelo de explotación vigente es la misma en muchos sitios. Comunidades afectadas, muertes de personas, de ríos, de sistemas enteros y una gran huella de impunidad.
Antes y después de la ruptura – Fuente – Correio Braziliense
Todo lo que vimos, oímos y sentimos nos hizo reflexionar sobre la necesidad de profundizar en la dimensión de la espiritualidad de la ecología integral, que nos reconecta con nuestra casa común, con nuestros hermanos, y nos recuerda que todo está interconectado.
La Campaña de la Fraternidad de 2026 nos invita a contemplar una de las afirmaciones más profundas de la fe cristiana: «Él vino a morar entre nosotros» (Jn 1,14). El prólogo del Evangelio de Juan revela el corazón del misterio de la encarnación. Dios no permaneció alejado de la realidad humana. El Verbo se hizo carne, asumió nuestra condición, entró en la historia y eligió habitar en medio de la humanidad. No vino como un visitante pasajero, sino como alguien que decidió compartir la vida, los dolores y las esperanzas de su pueblo.
La encarnación es, por tanto, el gran gesto de cercanía de Dios. En Jesús, Dios se acerca a la humanidad herida, especialmente a quienes viven al margen: los pobres, los excluidos, los olvidados de la sociedad. Cristo nace en una realidad sencilla, crece entre los pequeños, camina con los que sufren y anuncia un Reino donde los últimos ocupan el centro. Esta lógica del Evangelio rompe con la mentalidad del poder y la indiferencia, y revela a un Dios que elige la cercanía, la compasión y el servicio.
Esta perspectiva ilumina profundamente la espiritualidad misionera comboniana. Inspirados por San Daniel Comboni, los misioneros y misioneras están llamados a hacer el mismo movimiento de Jesús: salir al encuentro, vivir en medio y caminar junto a los más pobres. Comboni comprendió que la misión no se lleva a cabo desde una posición de superioridad o distancia, sino desde el compartir concreto de la vida con quienes más lo necesitan. Su sueño misionero era claro: salvar a África con la propia África, valorizando a los pueblos, sus culturas y su dignidad.
Dentro de esta lógica, los laicos misioneros combonianos desempeñan un papel esencial. Ellos dan testimonio de que la misión no es exclusiva de los religiosos o los sacerdotes, sino que es una vocación de todo el pueblo de Dios. El laico misionero es aquel que, insertado en la vida cotidiana —en el trabajo, en la familia, en la comunidad— se convierte en presencia viva del Evangelio. Asume la misión como estilo de vida, llevando la presencia de Cristo a los lugares donde a menudo la Iglesia institucional no logra llegar.
La encarnación nos enseña que Dios no transforma el mundo a distancia. Él se compromete con la realidad humana. Del mismo modo, los laicos misioneros combonianos están llamados a habitar las periferias existenciales, a acercarse a los dolores de la humanidad y a construir signos concretos de esperanza. Estar junto a los pobres no es solo una actitud de solidaridad social, sino una dimensión profunda de la fe cristiana. En los rostros de los pobres y vulnerables encontramos al mismo Cristo, que sigue interpelándonos.
En este sentido, el tema de la Campaña de la Fraternidad de 2026, «Vino a morar entre nosotros», se convierte también en una invitación para cada cristiano: permitir que Cristo siga habitando en el mundo a través de nuestras actitudes. Cuando nos acercamos a quienes sufren, cuando compartimos la vida con los olvidados, cuando luchamos para que todos tengan dignidad, estamos prolongando la presencia de Dios en medio de la humanidad.
Porque, donde se defiende la vida, donde se restaura la dignidad y donde se acoge a los pobres, allí Dios sigue habitando entre nosotros.
Con el corazón lleno de alegría y esperanza, continuamos nuestra misión en la querida aldea El Manzanillo, viviendo un día más de encuentro, servicio y fe, caminando siempre de la mano de Jesús Resucitado.
Durante la mañana, realizamos el visiteo a las familias de la comunidad, llevando con nosotros el cirio pascual, signo de la presencia viva de Cristo. Con cada visita, entramos a los hogares llevando la Luz de Jesucristo Resucitado, compartiendo palabras de consuelo, fe y esperanza. Fue un momento profundamente significativo, donde pudimos escuchar, orar y acompañar a cada familia, recordándoles que Dios nunca abandona a sus hijos y que la Resurrección es promesa de vida nueva para todos.
Por la tarde, vivimos un espacio de convivencia fraterna junto a la comunidad, desarrollando actividades de manualidades y trabajos artesanales utilizando materiales básicos, fomentando la creatividad y la participación de todos. También disfrutamos de momentos llenos de alegría con los niños, realizando juegos, donde las sonrisas y la inocencia nos recordaron la belleza de servir con amor y sencillez.
Así cerramos un día bendecido, lleno de fraternidad, entrega y misión, donde una vez más pudimos llevar la Buena Nueva a este sector, proclamando con alegría y convicción:
¡Jesucristo ha Resucitado! ¡Ha Resucitado, claro que sí!
Inspirados por el testimonio de San Daniel Comboni, recordamos sus palabras y su espíritu misionero, que nos animan a salir al encuentro de los más necesitados, a llevar el Evangelio con valentía y a confiar siempre en la obra de Dios, incluso en medio de los desafíos. Él nos enseñó que la misión se construye con amor, cercanía y entrega total al servicio de los demás.
Como Laicos Misioneros de Guatemala, queremos reafirmar que toda nuestra comunidad misionera permanece unida, caminando juntos en la fe, sosteniéndonos mutuamente y manteniendo en nuestras oraciones a cada familia, a cada niño y a cada persona que forma parte de esta hermosa misión.
Seguimos adelante, con esperanza renovada y con el corazón dispuesto, sabiendo que cada paso que damos es una semilla de amor sembrada en nombre de Cristo Resucitado.
Dios bendiga a la aldea El Manzanillo y a cada una de sus familias.
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