Con mucha alegría, como Laicos Misioneros Combonianos de Guatemala, compartimos un día muy especial junto a los niños y familias de la comunidad de El Manzanillo, celebrando el Día del Niño.
Fue una jornada llena de sonrisas, juegos, piñata, regalos y momentos para compartir. Pero quisimos que, además de la diversión, este encuentro dejara una pequeña semilla en el corazón de cada niño.
A través de una sencilla evangelización compartimos la Parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37), recordando una de las enseñanzas más hermosas de Jesús: amar a nuestro prójimo no solo con palabras, sino acercándonos, ayudando, escuchando y teniendo compasión.
Aprendimos que para ser un “Buen Samaritano” no necesitamos hacer cosas extraordinarias. Podemos serlo al compartir, ayudar a quien lo necesita, acompañar al que está solo, escuchar a un amigo, dar un abrazo o simplemente regalar una sonrisa.
Y quizá esta enseñanza no era solamente para los niños.
Ellos también nos evangelizan con su sencillez, su alegría y su manera de recibir y compartir el amor. Nos recuerdan que muchas veces son las pequeñas acciones las que pueden hacer una gran diferencia en la vida de alguien.
Como comunidad misionera, este encuentro también nos recuerda que evangelizar es acercarnos, compartir la vida y permitir que el amor de Cristo se haga visible a través de nuestras acciones.
Que no pasemos de largo ante quien necesita de nosotros. Que aprendamos a mirar con los ojos del Buen Samaritano y tengamos un corazón dispuesto a detenerse, acercarse y servir.
“Ve y haz tú lo mismo.” — Lc 10,37
Gracias a los niños y familias de *El Manzanillo* por abrirnos nuevamente las puertas de su comunidad y permitirnos compartir un día lleno de alegría, fe y amor.
Hola a todos vosotros, amigos, familiares y benefactores:
Llevamos casi dos meses de vuelta, tras una breve escala en Italia, y la misión nos ha absorbido con las actividades habituales y también con un acontecimiento extraordinario: la celebración de los 80 años de presencia de los Misioneros Combonianos aquí en Mozambique. Hemos dedicado muchas energías a hacer realidad este día y poder compartirlo con tanta gente.
Seguimos aportando nuestro granito de arena y vuestra solidaridad en los distintos ámbitos pastorales y sociales, siempre intentando captar las sugerencias del Espíritu para caminar entre el pueblo macúa con sentido y amor.
Mientras tanto, os enviamos un abrazo y, en cuanto podamos, os enviaremos información más detallada. Que tengáis un buen comienzo del mes misionero y gracias por seguir recordándonos en vuestras oraciones. Con estima y gratitud, un abrazo inmenso
Para que todos los miembros de la Familia Comboniana, sostenidos por el Espíritu Santo e inspirados por san Daniel Comboni, anuncien el Evangelio con alegría y sean signos de luz, esperanza y ternura entre los pueblos a los que son enviados. Oremos.
El pasado 25 de septiembre de 2026 tuvo lugar en la Escuela Familiar Rural (CFR) de Piquiá, en Açailândia (Maranhão), coordinada por los Laicos Misioneros Combonianos, la Noche de la filosofía campesina con el tema: «LA TIERRA QUE NOS HABITA».
Contó con la presencia de todos los alumnos, familiares, grupos de asentamientos de la región e invitados.
Hubo una gran reflexión sobre el tema con discursos, poemas y magníficas actuaciones a cargo de los alumnos y los grupos presentes en el evento.
También se entregaron los certificados a la promoción de graduados que finalizaron sus estudios en el año 2025 y que hoy ya se han incorporado al mercado laboral.
Para poner fin a la velada, tuvo lugar un gran encuentro entre la coordinación, los alumnos, los familiares y todos los presentes en este gran momento de reflexión sobre la Madre Tierra.
Comunidad LMC de Piquiá, formada por dos matrimonios: Xoancar y Dida; Tito y Regimar.
Dieciséis de los 23 obispos combonianos al servicio de las Iglesias locales en África y América Latina se reunieron en Roma, del 16 al 21 de septiembre, para un encuentro de formación y compartir, dejando también un mensaje a la Familia Comboniana en este tiempo de reconfiguración.
MENSAJE DE LOS OBISPOS COMBONIANOS A LA FAMILIA COMBONIANA
«Al ver a las multitudes, sintió compasión de ellas» Mt 9,36
Queridos hermanos y hermanas, nosotros, los obispos combonianos, nos reunimos en la Casa General de los Misioneros Combonianos del Corazón de Jesús para un momento de formación permanente y diálogo. Con esta carta queremos, ante todo, expresar nuestra profunda gratitud por esta oportunidad de encuentro y por la acogida en la Casa General. Estar aquí, en la casa que custodia la memoria y el camino del Instituto, nos permite compartir no solo un momento institucional, sino sobre todo una fraternidad comboniana que nace de la misma llamada misionera.
Queremos dar gracias por el don de la vocación misionera en nuestros Institutos, por el servicio que tantos hermanos y hermanas ofrecen a la Iglesia en los diferentes continentes y, sobre todo, por el testimonio de tantos misioneros y misioneras que, a menudo en silencio y en situaciones difíciles, continúan viviendo con fidelidad el carisma de Comboni, participando en la misión de Cristo allí donde la Iglesia está llamada a hacerse presencia, escucha, reconciliación y esperanza.
Quisiéramos compartir con vosotros una palabra que nos parece particularmente importante para este momento de nuestros Institutos y de la misión: el corazón. El papa Francisco, en Dilexit nos, nos invitó a volver al corazón. No como refugio intimista, sino como el lugar en el que la persona recupera su unidad, reconoce lo que verdaderamente importa y se abre al encuentro con Dios y con los demás. El papa León, con Dilexi te, ha profundizado este tema hablando de la necesidad del amor hacia los pobres. El mundo necesita hoy, como siempre, una Iglesia que no pone límites al amor, que no conoce enemigos a los que combatir, sino sólo hombres y mujeres a los que amar (DT 120). El amor a los pobres es la garantía evangélica de una Iglesia fiel al corazón de Dios (DT 103).
Es del corazón de donde nace la misión. Y quizá precisamente aquí se encuentra uno de los desafíos más profundos que hoy tenemos ante nosotros: renovar la misión significa, ante todo, dejarnos renovar el corazón. En un tiempo de cambios epocales, también nuestros Institutos están atravesando profundas transformaciones y sienten la necesidad de repensar las estructuras y las modalidades de acción. La misión nos pide decisiones valientes. Pero toda reorganización adquiere su verdadero significado cuando nace de la escucha de la llamada de Dios y permanece orientada al bien de la misión, sin perder nunca de vista el bien de cada persona.
Por eso no debemos preguntarnos simplemente: ¿cómo podemos seguir haciendo lo que siempre hemos hecho con menos personas y menos recursos? La pregunta más profunda es: ¿qué está pidiendo hoy el Espíritu Santo al carisma comboniano? ¿Qué nueva forma de misión? ¿Qué comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia? ¿Qué estructuras están realmente al servicio del Evangelio y cuáles, en cambio, corren el riesgo de convertirse en fines en sí mismas? La reorganización de nuestros Institutos es, pues, un camino necesario que debemos afrontar sin miedo y que también puede convertirse en una gracia: la oportunidad de volver a lo esencial y permitir que el carisma recibido de Comboni encuentre nuevas formas, adecuadas a las realidades en las que hoy estamos llamados a vivir. Deseamos que este camino se realice en un estilo de sinodalidad, mediante una relación renovada entre las Iglesias locales y los Institutos de vida consagrada, entre presbíteros y laicos, mujeres y hombres, mayores y jóvenes.
La misión es participación en la misión de Cristo. Y una Iglesia misionera es una Iglesia que no vive para sí misma, sino para los demás. Por eso necesitamos una comprensión renovada de nuestro modo de ser Iglesia. No podemos anunciar la reconciliación si nuestras comunidades no se convierten en lugares de reconciliación. No podemos hablar de paz si no aprendemos a custodiar la paz en nuestras relaciones. No podemos anunciar la fraternidad a un mundo dividido si nosotros mismos no nos convertimos en hermanos capaces de escucharnos, perdonarnos y sostenernos mutuamente.
Por eso quisiéramos también renovar juntos un llamamiento a la paz, al desarme y a la reconciliación. Vivimos en un mundo marcado por guerras, violencia, rearme, polarizaciones y miedo. En muchos de los lugares donde están presentes los misioneros, las poblaciones llevan en el cuerpo y en la memoria las heridas de los conflictos. Como Iglesia no podemos resignarnos a la lógica de la violencia. Y nosotros, los misioneros, estamos llamados a ser artesanos de paz. El desarme no se refiere únicamente a las decisiones políticas e internacionales: también interpela a la conversión del corazón y favorece una disposición no violenta y pacífica en las relaciones. Significa desarmar las manos, pero también las palabras, los juicios, los miedos y las desconfianzas. Una misión reconciliada puede convertirse en semilla de reconciliación.
Durante nuestro encuentro encontramos otra palabra que nos parece decisiva: el cuidado. El cuidado de nosotros mismos, del hermano, de las comunidades eclesiales a las que somos enviados, junto con el cuidado de nuestra casa común. El cuidado no es debilidad ni repliegue sobre nosotros mismos, sino atención amorosa a la vida. Somos conscientes de que el cuidado es parte esencial del ministerio del obispo; por eso pedimos al Señor la sabiduría y la delicadeza necesarias para ser padres acogedores y compañeros de camino de nuestras comunidades. La Iglesia también necesita misioneros que sepan cuidar su vida espiritual, su humanidad, su formación, la profundización de la espiritualidad comboniana, su salud, sus relaciones y su vocación. Un misionero que no se cuida a sí mismo corre el riesgo, con el tiempo, de perder la capacidad de cuidar a los demás. Necesitamos construir comunidades en las que cada uno pueda sentirse acogido, escuchado y acompañado. Necesitamos aprender nuevamente que el hermano no es un obstáculo para la misión: es parte de la misión misma. Y necesitamos cuidar la creación, porque en la belleza de la tierra podemos todavía reconocer algo de la belleza del amor de Dios.
Queridos hermanos y hermanas, mirando el mundo con el corazón de Cristo, ya no vemos solamente problemas que resolver, sino personas a quienes amar, comunidades a las que acompañar en la fe, heridas que vendar y belleza que custodiar. Los tiempos que vivimos no son fáciles, pero si nuestro corazón permanece encendido por el amor de Cristo, entonces, aun en nuestra pobreza, seremos esperanza para el mundo. Pidamos, pues, al Señor que renueve en nosotros el corazón misionero de Comboni. Un corazón capaz de ver, de escuchar, de hacer causa común con quienes sufren y con quienes se alegran, compartiendo sus heridas y sus esperanzas.
Os aseguramos nuestra oración y os pedimos que también recéis por nosotros, para que juntos podamos servir al Pueblo de Dios con humildad y valentía.
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