
Por las víctimas de la trata: para que el Señor rompa las cadenas de su esclavitud y, por intercesión de san Daniel Comboni y santa Josefina Bakhita, todos luchemos con valentía y tenacidad contra esta lacra. Oremos.
Queridos amigos laicos misioneros combonianos y todo el pueblo de Dios.

¡La misión continúa! Llevo tres meses en misión en Piquiá, Açailândia, en el estado de Maranhão, donde trabajo en la Casa Familiar Rural (CFR), que acoge a alumnos de primero, segundo y tercer curso de Bachillerato, en su mayoría hijos de agricultores que, además de la teoría, aprenden en la práctica los trabajos agrícolas, el cultivo de hortalizas, la fruticultura, la piscicultura, la cría de animales y la apicultura.
Considero que es una labor muy importante y necesaria para que nuestros jóvenes sigan viviendo en el campo y puedan sacar de él el sustento para sus familias.
Los fines de semana estoy acompañando la andadura de la parroquia de Santa Luzia, en Piquiá, para empezar pronto a integrarme en las labores pastorales.

Cuento siempre con las oraciones de cada uno de vosotros para tener fuerzas para continuar en este camino.
Un fuerte abrazo a todos.
Tito, laico misionero comboniano.
Tras un período de discernimiento en oración y una pausa temporal en nuestro camino como Laicos Misioneros Combonianos de la Provincia de Norteamérica (NAP), nos llena de gratitud anunciar la renovación de nuestra comunidad. Por la gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo, nos reunimos de nuevo con renovado celo, inspirados por el carisma misionero de san Daniel Comboni y su sueño de llevar el amor de Cristo a los más abandonados y olvidados.
Como Laicos Misioneros Combonianos repartidos por todo Estados Unidos y Canadá, hemos comenzado a reunirnos mensualmente a través de Zoom, lo que nos permite permanecer unidos a pesar de las grandes distancias que nos separan. El primer martes de cada mes, nos reunimos para una Noche de Oración; un momento sagrado para fortalecer nuestra comunión, alimentar nuestra identidad misionera y reavivar el fuego de nuestra vocación.

Estos encuentros nos brindan la oportunidad de compartir cómo el Señor está actuando en nuestras vidas, de reflexionar sobre nuestras experiencias al servicio de las misiones internacionales y de animarnos mutuamente como discípulos misioneros. Por encima de todo, nos reunimos ante el Señor en oración, confiando a su Sagrado Corazón nuestras intenciones personales, las necesidades de la Iglesia y los clamores de nuestro mundo.
Siguiendo el espíritu de san Daniel Comboni, cuyo corazón ardía de amor por la misión, rezamos fervientemente por la paz en todo el mundo, por todos los misioneros que prestan servicio cerca y lejos, por quienes sufren en los márgenes de la sociedad y por un aumento de las vocaciones misioneras. También recordamos a todos aquellos que nos apoyan con sus oraciones y su amistad.
Nuestra Noche de Oración está abierta a cualquiera que desee unirse a nosotros, rezar con nosotros y conocer mejor la vocación de Laico Misionero Comboniano. Se ha convertido en una hermosa oportunidad no solo para profundizar en nuestra fe, sino también para compartir el don de esta vocación misionera con otras personas que quizá estén discerniendo cómo el Señor les invita a servir a su Reino.
Como enseñó san Daniel Comboni: «Salvar África con África», recordándonos que la evangelización se lleva a cabo a través de la participación, el acompañamiento y la confianza en la providencia de Dios. Hoy seguimos viviendo este espíritu misionero como laicos comprometidos a dar a conocer y hacer amar a Cristo allá donde Él nos envíe.

Os invitamos a acompañarnos en la oración y la misión. Que el Espíritu Santo siga guiando a nuestra renovada comunidad, y que el Corazón de Jesús, fuente de todo amor misionero, inspire a las nuevas generaciones de Laicos Misioneros Combonianos a responder generosamente a la llamada de Dios.
«Misión o muerte» era el grito apasionado de Comboni. Que también nosotros vivamos con el corazón totalmente entregado a Cristo y a su misión.

Paz y bendiciones,
Laicos Misioneros Combonianos de la Provincia de Norteamérica
Saludos a todos,
Me gustaría compartir con vosotros unas breves noticias sobre nuestra experiencia misionera aquí en Arequipa, Perú. Desde nuestra llegada, hemos participado activamente en diversas actividades y servicios parroquiales que siguen enriqueciendo nuestra fe y fortaleciendo nuestro compromiso con el servicio.
Un aspecto fundamental de nuestra vida misionera es nuestra participación en la Santa Misa a lo largo de la semana. A través de la Eucaristía, nos nutrimos espiritualmente y recibimos la gracia y la fuerza necesarias para llevar a cabo nuestra misión con alegría y dedicación.
Los lunes y miércoles, acompañamos a uno de los hermanos que imparte clases de catequesis a adultos que se preparan para recibir el sacramento de la Confirmación. Ha sido una bendición ser testigos de su deseo de profundizar en su relación con Cristo y abrazar plenamente su fe.
Los martes y viernes colaboramos en una guardería, ayudando en el cuidado de niños de dos años y apoyando al personal en sus tareas diarias. Este ministerio nos ha enseñado la importancia de la paciencia, la ternura y el cuidado atento hacia los miembros más pequeños de nuestra comunidad.
Todos los jueves comienzan con un retiro y una reunión con los sacerdotes de la parroquia. Durante este tiempo, rezamos juntos, reflexionamos sobre nuestras experiencias misioneras y planificamos las próximas actividades parroquiales. Más tarde, visitamos a los miembros mayores de la comunidad, con edades comprendidas entre los 60 y los 100 años. Pasamos tiempo hablando con ellos, escuchando sus historias, bailando y preocupándonos por su bienestar. Estos encuentros nos recuerdan el valor de la compañía, el respeto y la sabiduría que viene con la edad.

Los viernes por la tarde, nos reunimos con los jóvenes para compartir momentos de compañerismo e interacción social. Respondemos a sus preguntas, compartimos nuestras experiencias y la cultura de Kenia, y disfrutamos de actividades recreativas como jugar juntas al voleibol. Estas reuniones nos brindan la oportunidad de forjar relaciones significativas y animar a los jóvenes en su camino de fe.
A través de todas estas actividades, seguimos creciendo en nuestra vocación misionera mientras acompañamos y servimos a la gente de Arequipa. Estamos profundamente agradecidas por la oportunidad de formar parte de esta comunidad y de ser testigos de la obra de Dios en las vidas de aquellos con quienes nos encontramos cada día.

Gracias por vuestras oraciones, vuestro ánimo y vuestro apoyo. Por favor, seguid teniéndonos presentes en vuestras oraciones mientras nos esforzamos por ser instrumentos fieles del amor y la misericordia de Dios en nuestra misión.
Que Dios os bendiga abundantemente.

Belinda y Claudina, LMC kenianas en Perú
Roma, 12 de junio de 2026 – Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
Queridos hermanos:
La Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos invita a volver a la fuente de nuestra vocación y de nuestra misión. Al contemplar el Corazón traspasado del Buen Pastor, reconocemos el amor sin medida de Dios por la humanidad: un amor que se hace cercanía, compasión, misericordia y entrega total de sí mismo.

El Corazón de Jesús no es solamente un símbolo de nuestra fe; es el lugar donde aprendemos a conocer la manera de amar de Dios y el criterio con el que discernimos nuestra vida misionera. En él descubrimos un amor que no excluye a nadie, que se deja herir por el sufrimiento del mundo y que continúa buscando a quienes están perdidos, olvidados o descartados.
San Daniel Comboni encontró en el Corazón de Cristo el secreto de su pasión misionera. De aquella contemplación nació su amor por los pueblos más abandonados y su capacidad de compartir su historia hasta sentirlos verdaderamente como hermanos. También para nosotros, “hijos” de tan gran Apóstol de África, la misión encuentra su origen y su renovación en dejarnos modelar por el Corazón de Jesús, para que nuestra mirada, nuestras decisiones y nuestras relaciones reflejen cada vez más sus mismos sentimientos.
El Papa Francisco nos recordó que «el Corazón de Cristo, que simboliza su centro personal del que brota su amor por nosotros, es el núcleo vivo del primer anuncio» (Dilexit Nos, 32). Solo permaneciendo unidos a este centro podremos evitar que la misión se reduzca a eficiencia, organización o simple actividad. Antes que trabajadores, somos discípulos; antes de hablar de Cristo, estamos llamados a dejarnos transformar por su amor.
Vivimos en un mundo marcado por profundas heridas. Guerras, violencias, desigualdades, migraciones forzadas, pobrezas antiguas y nuevas siguen afectando a millones de personas. Muchos hombres y mujeres buscan esperanza, escucha y dignidad; muchos jóvenes buscan un futuro; numerosas comunidades viven situaciones de fragilidad e incertidumbre. Frente a estas realidades, la tentación de la indiferencia o de la resignación está siempre al acecho.
El Corazón de Cristo, en cambio, nos llama a una cercanía valiente. Nos invita a no pasar de largo, a no encerrarnos en nuestras seguridades, sino a compartir la vida de los pueblos a los que somos enviados. La misión nace precisamente de este movimiento del corazón: salir de nosotros mismos para encontrarnos con el otro, reconociéndolo como hermano o hermana amada por Dios. Dando prioridad a los últimos, a los más marginados y a los más pobres, hasta desear, como decía Daniel Comboni, «estrechar entre los brazos y dar el beso de paz y de amor a aquellos infelices hermanos nuestros» (Escritos, 2742). Sí, como combonianos, estamos llamados a ser signo de este amor que acoge y reconcilia, que crea fraternidad y genera esperanza en las periferias del mundo.
Nuestra presencia en las diversas Iglesias y entre los distintos pueblos del mundo adquiere credibilidad cuando se convierte en testimonio de comunión, especialmente en nuestras comunidades internacionales e interculturales. La diversidad de nuestros orígenes no es un obstáculo para la misión, sino uno de sus signos más elocuentes: el Evangelio es capaz de unir aquello que el mundo tantas veces divide.
En esta fiesta, pidamos, pues, la gracia de un “corazón misionero”, capaz de compasión, escucha y cercanía; un corazón libre de toda forma de cerrazón y dispuesto a dejarse interpelar por los sufrimientos de los más pobres y abandonados; un corazón que sepa reconocer la presencia de Dios en las periferias humanas y existenciales de nuestro tiempo.
Confiamos al Sagrado Corazón de Jesús nuestro Instituto, las comunidades en las que vivimos, los pueblos a los que servimos y a todos aquellos que llevamos en la oración y en el trabajo cotidiano. Que este Corazón renueve en nosotros la alegría del Evangelio, reavive el fuego de la misión y nos haga testigos creíbles de su amor en el mundo.
Con afecto fraterno, les deseamos una santa y gozosa Fiesta.
El Consejo General MCCJ