Laicos Misioneros Combonianos

Proyecto Memoria de África: Arístides Holgado

Aristides

Seguimos esta serie con el hermano Arístides Holgado. Madrileño de nacimiento, Arístides iba para arquitecto hasta que fue destinado a Mozambique por los Misioneros Combonianos. Llegó seis meses después de su independencia de Portugal y vivió la guerra civil que asoló el país durante 15 años. Sin tapujos, Arístides habla en su entrevista de asuntos como la calidad democrática, el comunismo y el capitalismo en el país africano o el conflicto bélico.

Tres “dichos” de Jesús

vaso
Vaso

Comentario a Mc 9, 38-48 (Domingo XXVI T.O., 26 de septiembre del 2021)

Los evangelios, además de narrar episodios de la vida de Jesús y reproducir las parábolas que contaba, recogen y organizan, cada evangelista a su modo, colecciones de “dichos” que Él seguramente pronunció en distintas ocasiones y  que los primeros discípulos recordaban de memoria, compartían entre sí y transmitían a los nuevos discípulos como un tesoro de sabiduría y una guía práctica para sus vidas. En el texto que leemos en este domingo podemos identificar tres de estos dichos, que yo entiendo de la siguiente manera:

1.- El bien no tiene fronteras religiosas o de otro tipo. El dicho exacto de Jesús es “quien no está contra nosotros está con nosotros” y lo dice porque algunos querían impedir que personas que no pertenecían al grupo de los discípulos actuasen en su nombre. Es como si hoy prendiéramos que un no cristiano no ayudase a los pobres, porque no es cristiano. Cualquier bien, venga de donde venga, es una participación de la bondad de Dios. Debemos reconocerlo, agradecerlo y alegrarnos.

2.- Un vaso de agua puede tener un valor infinito. Jesús dice exactamente: “Quien dé un vaso de agua en mi nombre, no perderá su recompensa”. A veces hace falta poco para alegrar la vida de una persona, para hacer que se sienta respetada, para darle esperanza ante las dificultades. Dar un vaso de agua es signo de acogida, de respeto, de disponibilidad a “echar una mano” si hace falta. El que da un vaso de agua al que lo necesita, está abierto al otro y quien se abre al otro se abre a Dios. ¿Cuál es el “vaso de agua” que yo puedo ofrecer a las personas que encuentro e mi alrededor?

3. ¡Ojo con ser un tropiezo para los pequeños! Marcos recoge aquí varias sentencias que tienen como elemento común una referencia al “escándalo”. Sabemos que esta palabra significa, en realidad, “tropiezo”, es decir, “zancadilla”, hacer que una persona indefensa caiga. Jesús, que es bondadoso y lleno de ternura, se vuelve serio y duro cuando alguien profana la casa de su Padre (el templo) o cuando alguien quiere hacer tropezar a los pequeños, a los “pobres de Yahvè”, a los que sólo tienen a Dios en quien confiar. Con los “pequeños” de Dios no se juega.  Al mismo tiempo, Jesús nos dice algo así como: “No te hagas trampas a ti mismo”; si algo te está haciendo daño, no pactes con el mal, córtalo de raíz, escoge el camino del bien con decisión y claridad.

Como cada domingo, al celebrar la Eucaristía y escuchar estas palabras de Jesús, le decimos: Amén, gracias, quiero que estas palabras iluminen mi vida de hoy y de siempre. Ayúdame a hacer que sean verdad en mí.

P. Antonio Villarino

Bogotá

El secreto de Jesús

Manos
Manos

Un comentario a Mc 9, 30-37 (XXV Domingo del T.O.; 19 de septiembre 2021)

Marcos sigue presentándonos a Jesús como un profeta itinerante que peregrina por los pueblos de Galilea, encontrando multitudes, pronunciando palabras luminosas y realizando acciones liberadoras, que son signos del amor de Dios a los pobres, los enfermos y los pecadores.

Pero algunas veces Marcos nos dice, como en el texto que leemos hoy, que Jesús “no quería que ninguno supiese” de su presencia en algún lugar; en esos momentos, Jesús se dedica, más bien, a “instruir a sus discípulos”, a los que habla de cosas que muchos (incluidos los más íntimos) no son capaces de entender.

Efectivamente, en el texto de hoy Jesús anuncia, por segunda vez, su “secreto”: “Que el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y lo matarán, pero al tercer día resucitará”.  Nosotros hemos oído tantas veces estas palabras que ya no nos impresionan y seguramente no las entendemos, como no las entendieron los apóstoles hasta que no experimentaron la muerte y la resurrección del Maestro.

Jesús no es un profeta brillante, pero superficial, como tantos. Jesús afronta la muerte y la vence, desde una confianza radical en el Padre. Este es su gran secreto. Y quien sigue a Jesús de cerca recorre el mismo camino. De hecho, después de Jesús, muchos de sus discípulos hicieron la misma experiencia, afrontando la cruz y la muerte desde una actitud de confianza radical en el Padre: Pienso, por ejemplo, en San Maximiliano Kolbe que, en la Segunda Guerra Mundial, se ofrece a ser asesinado en el lugar de un padre de familia; pienso en San Daniel Comboni que, agonizando en África derrotado por las enfermedades y contrariedades, afirma: “Yo muero, pero mi obra no morirá”. Pocos le creerían en aquel momento, pero la historia le dio la razón.

En esta lógica se inscribe la segunda parte del texto de hoy: “Si alguno quiere ser el primero sea el servidor de todos”. También esta frase la hemos oídos muchas veces y no acabamos de creérnosla. También éste es un secreto que pocos entienden. En todos nosotros hay una tendencia a ser protagonistas, a luchar por los primeros puestos, como si tuviéramos miedo de ser relegados y despreciados, a no ser tenidos en cuenta. Ante esta “angustia” por ser siempre los primeros, Jesús nos dice, si me lo permiten expresarlo a mi manera: “Calma, relájense, miren a este niño, vivan la vida como un don, sean agradecidos, piensen primero en el Reino de Dios y su justicia, den con generosidad y recibirán con generosidad”. Pienso que, en el fondo, todos intuimos la verdad de este “secreto” de Jesús, pero no acabamos de fiarnos.

Pidamos al Señor que, al celebrar la Eucaristía, nuestro corazón se abra y, compartiendo el secreto de Jesús, haga de nosotros personas confiadas, generosas y dispuestas a dar la vida, sabiendo que sólo quien da la vida la ganará.

P. Antonio Villarino

Bogotá

¿Quién es Jesús?

Jesús
Jesús

Un comentario a Mc 8, 27-35 (Domingo XXIV T.O., 12 de septiembre del 2021)

Marcos nos sitúa hoy en Cesarea de Felipe, una ciudad romana, en la frontera norte de Israel. Allí, lejos de Jerusalén, Jesús plantea la pregunta sobre su identidad. A esa pregunta se dan en el texto tres respuestas:

  • La visión de las masas, que ven a Jesús como una repetición de los profetas del pasado. Es evidente que Jesús aparece ante la gente como un gran profeta: enseña de manera nueva, curas enfermos, arroja malos espíritus, propone un cambio profundo en la sociedad y en la vida religiosa… Se inscribe en la línea de los grandes profetas, uno más en la historia de Israel.

Me parece que esta visión se parece bastante a la de muchas personas de nuestro tiempo, para quienes Jesús es un personaje histórico interesante, casi fascinante, pero uno más de los grandes hombres que de vez en cuando surgen en la humanidad.

  • La visión de los discípulos: Marco pone la respuesta de los discípulos en boca de Pedro: “Tú eres el Cristo”, es decir, el Mesías esperado, el Ungido por Dios para liderar a su pueblo.  Los discípulos evidentemente estaban fascinados por la personalidad de Jesús y veían cumplidas en él las promesas de Dios en el AT.

Me parece que esta visión es la de tantos de nosotros que, al leer los evangelios y al orar, nos sentimos en sintonía con la persona y el mensaje de Jesús. Frente a tanto poder abusivo que encontramos a nuestro alrededor, frente a tanta corrupción, frente a tanta palabra superficial como se grita en nuestros medios de comunicación, muchos de nosotros decimos: Yo sigo a Jesús de Nazaret, él es el enviado de Dios, su propuesta de Reino es la que me convence.

  • La visión de Jesús mismo: Todo lo dicho por la gente y por los discípulos es verdad (él es un profeta, él es el Mesías de Dios), pero ¡ojo!, no se hagan una falsa idea. Este Mesías luminoso y fascinante está llamado a pasar por Jerusalén, a ser sometido a dura prueba, a pasar por la muerte antes de convertirse en semilla de una esperanza que no muere nunca.

Me parece que aceptar este paso por la cruz y por la muerte es la “piedra de toque” de una fe verdadera, que va más allá de un entusiasmo pasajero. A Pedro le costó mucho dar este paso, como a todos nosotros. La presencia del Espíritu le ayudó a comprender a este Jesús, que es el Cristo de Dios, pero, no como rey y jefe dominador, sino como “siervo de Yahvé”, como quien está dispuesto a ser rechazado, despreciado, torturado.

Pidamos al Señor resucitado, que se nos hace cercano en la Eucaristía, que nos ayude a comprender su verdadera identidad, a seguirle como discípulos, más allá del entusiasmo pasajero, también cuando la cruz se hace presente y el camino a Jerusalén se hace empinado.

P. Antonio Villarino

Bogotá