Laicos Misioneros Combonianos

Maravillosa historia de salvación

Un comentario a Lc 2, 1-14 (Nochebuena, 24 de diciembre del 2017)

Quiero contarle una historia que ya han escuchado muchas veces, pero permitan que se la cuente de nuevo a mi manera.
Sucedió hace algo más de dos mil años, cuando en la ciudad de Roma, capital del mundo globalizado de aquella época, mandaba un poderoso Emperador, que tenía a su disposición una imponente fuerza militar y extraordinarias estructuras de comunicación que le permitían gobernar con mano de hierro su vasto imperio.
Mientras en aquella fabulosa ciudad, rica y desarrollada, se celebraban las fiestas del solsticio de invierno, en Jerusalén, en la periferia del Imperio, existía una pequeña comunidad de “pobres de Yahvé” –gente sencilla que esperaba un mundo mejor y confiaba en Dios- , que se reunían en la casa de uno de ellos.
Aquel “pequeño rebaño” se reunía en la noche para hacer memoria de lo que habían vivido como amigos y discípulos de un tal Jesús de Nazaret, que les había hecho saborear el poder y la misericordia de Dios al que llamaba “abbá”, los había convertido en una comunidad de hermanos y hermanas y los había hecho soñar con un mundo de hermanos, justo y lleno de amor y de paz.
Ayudados por los textos de la Biblia judía, aquellos primeros discípulos fueron comprendiendo que Jesús, cuya grandeza era evidente para ellos, no se asemejaba en nada a sus reyes ni menos al Emperador, que soñaba con dominar el mundo e imponer su “paz universal” como fruto de su potencia militar, económica, jurídica y política. De hecho, pocos años antes del nacimiento de Jesús, en Roma se había construido el “ara pacis augustae”, un altar a la paz augusta, que todavía hoy se puede visitar. Pero la paz romana, de la que el censo universal era un elemento, significaba para los pobres de la periferia una explotación y sufrimiento enormes, como lo experimentaban los campesinos da Galilea.
Por el contrario, los discípulos-hermanos de Jesús habían comprendido que le verdadera esperanza para el mundo, el verdadero “rey”, capaz de iluminar las tinieblas, la noche de la corrupción y la prepotencia, era el que había nacido de María humildemente, no en Roma ni en Jerusalén, sino en Belén, en un refugio para animales. Las palabras de Isaías – “El pueblo que caminaba en las tinieblas vio una gran luz… porque un niño nos ha nacido, se nos ha dado un hijo”- se habían cumplido en Jesús de Nazaret, el hijo de María y de José.
Esta noticia parece imposible, absurda, increíble. Y, sin embargo, los discípulos la habían experimentado como verdadera y, pobres como los pastores de Belén, cantaban toda la noche, sintiéndose los más afortunados de todos los seres humanos. Por eso, como los ángeles, repetían: “Gloria a Dios en lo alto de los cielos y en la tierra paz a los hombres que Dios ama”. Y ellos se sentían, no sólo beneficiarios sino también protagonistas de este gran proyecto de Dios para la humanidad, un proyecto de paz
Lucas, como Mateo, con una brillante capacidad literaria, al servicio de una gran experiencia de fe, ha recogido las meditaciones y reflexiones de aquellas primeras comunidades de Jerusalén, Samaría, Galilea, Siria y otras, y nos ha dejado este precioso relato llamado “evangelio de la infancia”, que es como un prólogo que explica, de manera extraordinariamente bella y eficaz, la maravillosa historia de la salvación que tomaba carne en Jesús, Mesías, Cristo, Hijo de Dios y de María
En esta noche santa, también nosotros, reunidos en la fe, leemos estos textos de Lucas con el corazón abierto para comprender el misterio de Dios que se ha revelado en Jesús de Nazaret y se hace presente para nosotros hoy en medio a las tinieblas y sueños de nuestro tiempo.
P. Antonio Villarino
Bogotá

Juan: Saber reconocer a Dios en la historia

Un comentario a Jn 1, 6-8,19.28 (III Domingo de adviento, 17 de diciembre del 2017)

La liturgia nos presenta hoy de manera contundente el testimonio de Juan (el Bautista), tal como lo presenta el evangelista Juan en su primer capítulo. El evangelista introduce en el contexto del grandioso prólogo-himno de inicio sobre el “Logos-Palabra” que “estaba junto a Dios”, la figura carismática de un Juan muy humano, casi como un modo de conectar la eternidad con la historia concreta del pueblo de Israel.

Juan (el Bautista) apareció en el momento de confusión y desorientación que vivía su pueblo como un vigía, como un profeta que llamaba a reconocer la realidad y a reaccionar buscando un cambio radical, aunque reconociendo su incapacidad para producir dicho cambio.

Él “no era la luz, sino testigo de la luz”. No era el Mesías, tampoco era el profeta esperado. Era

                “La voz del que clama en el desierto:

                Allanen el camino del Señor”.

Desde su retiro en las orillas del Jordán, desde su deseo profundo de que se produjese un cambio radical en la vida de su pueblo, desde su absoluta humildad, desde la confianza de que Dios no abandonaría a su pueblo, el Bautista mantenía las “antenas” de su espíritu abiertas y alerta para descubrir los signos de Dios en la historia. Por eso, cuando oyó hablar de Jesús de Nazaret, reconoció en él al Mesías, al que bautizaría en espíritu y verdad, al “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

El reconocimiento del Bautista llevaría a otros a seguir las huellas de Jesús y sembrar las semillas de un nuevo pueblo de Dios, un pueblo guiado por la Palabra eterna del Padre que se hizo persona concreta en Jesús de Nazaret.

Al contemplar la figura profética y lúcida de Juan el Bautista, también nosotros tratamos de comprender de qué manera Dios se nos hace presente hoy entre nosotros en su Palabra eterna hecha temporal, concreta, personalizada en la Palabra escuchada cada domingo en la Eucaristía. En eso consiste precisamente la Navidad: en que acojamos la Palabra eterna en la precaria historia concreta de nuestra vida temporal.

P, Antonio Villarino

Bogotá

 

Misa de Acción de Gracias por los 20 años del LMC en Congo.

LMC 20 años Congo

LMC 20 años CongoComenzamos nuestra celebración en el orfanato María de la Pasión a las 10:00 am.
La celebración de la Eucaristía fue presidida por el padre Celestin Ngoré, cuya homilía se basó en la misión, el don del yo.
Después de la celebración, la hermana a cargo del orfanato, invitó al padre Celestin a bendecir la cueva recién construida, así que todos acompañamos a la cueva para la bendición. Fue un momento de gracia para todos.
Hubo una oración organizada por los LMC, nos pusimos en círculo, cogidos de la mano rezamos y pedimos la intercesión de la Santísima Virgen María, San Daniel Comboni, el Beato Anuarite y Bakanja en unión con todos los Santos de África, para dar gracias a Dios por el regalo del LMC en Congo. Confiamos nuestras vidas en las manos del Señor, para que Él, que tuvo la amabilidad de comenzar este proyecto, continúe siendo el protagonista de nuestra misión, que Le dé a cada uno la gracia necesaria para llevar a cabo la misión que Él nos confía.
Hemos rezado por la coordinación internacional del LMC (Comité Central), la coordinación africana y todos nuestros hermanos y hermanas en misión. Que el Señor nos guie, fortalezca nuestra relación y nos convierta en una familia fuerte, llena de amor, un camino de paz y un canal de Su gracia para Su pueblo.
También hemos rezado por los MCCJ, gracias por su total apoyo y por habernos acogido en la familia comboniana y por habernos acompañado en todo momento, como un niño que dan a luz, nos enseñaron todo y, a pesar de nuestra mayoría de hoy, no nos abandonan. Que Dios nos llene con su gracia y bendiciones.
Oramos también por el orfanato María de la Pasión que nos recibe, que el Señor les ayude para que nunca les falte nada.
Continuamos con la animación y el cóctel con niños; seguido de una visita guiada por el lugar. Terminamos con nuestro encuentro a las 13:00.


LMC Congo

Noticias de Misión desde la República Centroafricana

LMC PortugalEspero que todo vaya bien a todas las personas que me conocen. Yo y todos los miembros de la C. A. (comunidad apostólica) estamos bien, gracias a Dios.
Estoy en Mbaiki a participar en el retiro con los combonianos, me está resultando muy bueno. ¡Espero que venga a dar buenos frutos! Que el Señor nos ayude a seguirlo cada vez mejor, con el corazón y no sólo con la cabeza, a ser fieles, y a nunca perder la confianza en Él, porque Él es siempre fiel y está siempre a nuestro lado. En la enfermedad y en las dificultades no debemos dudar de Su presencia, porque ahí Él nos da Su mano y muchas veces nos transporta, cuando estamos desanimados.
Estos primeros tiempos han sido difíciles, las matrículas de los alumnos, la elección de los profesores que es siempre complicada, ya que el nivel de estudios es muy bajo. Son padres-profesores que tienen terminado 9º, 10º año de escolaridad… no tenemos ningún profesor diplomado. Hemos hecho pruebas de admisión pero los resultados son muy flojos y así no podemos ponerlos al frente de una clase, hay que saber un mínimo. Además, las clases tienen alrededor de 50 alumnos lo que dificulta aún más la enseñanza. Doy gracias a Dios que ya están todos los cursos trabajando. Que el Señor ayude a los profesores y los alumnos a conseguir buenos aprendizajes, es Él que hace caminar, avanzar, el trabajo en la Misión. Somos simples servidores.
El domingo será la ordenación episcopal del Padre Jesús, en Bangui. No se olviden de rezar por nosotros y de rezar mucho por él. Que la paz vuelva lo más rápidamente a Bangassou la diócesis que le es confiada. No me olvido de rezar por todos, cada día. Buena recuperación a todos aquellos que están enfermos, que el Señor os conceda fuerza y ​​serenidad…
Aquí ha llovido mucho. Las carreteras están fatal, con muchos agujeros, lo que hace agotadores los viajes. Desde que llegué el único viaje largo que hice fue a Mongoumba, los otros viajes fueron de pocos kilómetros. Espero que ya haya llovido bien ahí y que hayan terminado los fuegos. El martes volveré a Mongoumba si el Señor lo permite.
Estamos siempre unidos en la oración.

¡Un abrazo Misionero del tamaño del mundo!
Maria Augusta. LMC Mongoumba

Comunidad de formación en Portugal: experiencia e ilusión

LMC Cristina y TereLos dones de cada una pueden enriquecer a la otra
Este tiempo que pasamos en comunidad, lo vivimos como un período de preparación para la misión.
La ruptura con la rutina diaria, el trabajo, el compartir con los amigos, la familia, las prioridades que nos marcan desde la sociedad de consumo, etc. Todo cambia para llegar a una sociedad de subsistencia. Haciéndonos repensar lo que de hecho son prioridades y/o necesidades de verdad.
Estando siempre enfocadas, en la misión y con ojos fijos en Jesús, nuestra planificación comunitaria comienza cuando nos damos cuenta de la riqueza que tenemos, la experiencia de una y la ilusión de la otra, que nos permite superar los retos a los que nos enfrentamos.
Miedo, desanimo en el aprendizaje de la lengua, inseguridad de no responder a las expectativas y necesidades de la misión, dificultad de adaptación y todos otros pensamientos que muchas veces nos asoman, rápidamente se superan con momentos de respeto mutuo, de oración y de compartir.
Con nuestro intento de entendernos las carcajadas se hacen presentes, pintando de muchos colores nuestros corazones, de amor y alegría.

Tere Monzon y Cristina Soussa. Comunidad de formación internacional en Portugal