Laicos Misioneros Combonianos

Presentación del Manual para el Año del Ministerialidad

Comboni

El Secretariado General de la Misión (SGM) ha propuesto a las Circunscripciones un programa de reflexión comunitaria sobre el tema de la ministerialidad. La Dirección General es muy consciente del momento que nos toca vivir, marcado por el COVID-19 que a todos nos condiciona tanto a nivel psicológico como espiritual. El hecho que nuestras tareas pastorales hayan sido suspendidas por responsabilidad civil, podría tornarse en una buena ocasión para dar más tiempo al programa propuesto. Por lo tanto, invitamos a cada circunscripción a hacer un esfuerzo para adaptar los materiales, en la medida de lo posible intentado relacionar los temas propuestos con la situación que cada país está viviendo. [Manual completo]

Presentación de los temas para el Año de la Ministerialidad

Tema 1: La función ministerial del presbítero

Ficha 1.1: propone el estudio de un caso para introducir y familiarizarse con el tema.

Ficha 1.2: presenta un análisis temático en profundidad, para una lectura más analítica de la experiencia.

Ficha 1.3: introduce el momento de la oración personal y de la reflexión teológica.

Ficha 1.4: proporciona un espacio para compartir y discernir en comunidad.

Tema 2: Colaboración ministerial

Ficha 2.1: estudio de un caso.

Ficha 2.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 2.3: oración personal.

Ficha 2.4: para compartir y discernir en comunidad.

Tema 3: Evangelización y Ministerios

Ficha 3.1: estudio de un caso.

Ficha 3.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 3.3: oración personal.

Ficha 3.4: para compartir y discernir en comunidad.

Tema 4: La contribución ministerial de los laicos

Ficha 4.1: estudio de un caso.

Ficha 4.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 4.3: oración personal.

Ficha 4.4: para compartir y discernir en comunidad.

Tema 5: Ministerios sociales y ecológicos

Ficha 5.1: estudio de un caso.

Ficha 5.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 5.3: oración personal.

Ficha 5.4: para compartir y discernir en comunidad.

Tema 6: Sinodalidad

Ficha 6.1: estudio de un caso.

Ficha 6.2: análisis temático en profundidad.

Ficha 6.3: oración personal.

Ficha 6.4: para compartir y discernir en comunidad.​

Compartir la vida y la misión

LMC Brasil
LMC Brasil

¡Queridos amigos, paz y bien!

Queremos compartir con ustedes un poco de lo que nosotros, Regimar y Valmir, Laicos Misioneros Combonianos, estamos viviendo durante este tiempo de preparación para la misión. Como todos saben, ya deberíamos estar en la misión de Mozambique, en África, pero debido a la pandemia del coronavirus, los gobiernos han cerrado las fronteras y aún no hemos podido salir para misión. Estamos todavía en la casa de formación y misión de los Laicos Misioneros Combonianos en Contagem/MG.

Antes de la crisis del coronavirus, además de la formación que recibimos aquí en la casa de formación de Ipê Amarelo en Contagem, también fuimos a Brasilia para hacer un curso para misioneros que van a otros países, misión más allá de nuestras fronteras. Después de eso fuimos a São Paulo donde hicimos otro curso. Estos dos cursos nos ofrecieron la dimensión de lo que es ser un misionero en otro país.

El curso ad gentes en el Centro Cultural Misionero de Brasilia duró 26 días y nos hizo interiorizar, mirar dentro de nosotros mismos. También nos ayudó a conocer un poco el lugar al que fuimos destinados como misioneros. Decimos con certeza que el curso nos hace pensar y repensar si eso es lo que queremos, si queremos continuar en el camino de la misión en otro país o quedarnos donde estamos, porque los formadores del curso dejan muy claro las dificultades a las que sin duda nos enfrentaremos y otras dificultades que puedan surgir.

En el segundo curso en São Paulo sobre espiritualidad en las ciudades, que duró ocho días, fuimos transportados a un mundo más allá del nuestro ya conocido donde fuimos llevados a conocer personas con una fe y una forma de ser muy diferentes: de otras religiones, sectas, ateos, de diferente orientación sexual, personas que nunca van a la iglesia, pero que se dedican a amar al prójimo hasta el punto de entregarse al otro, de pasar noches en la calle para defender a los más necesitados y perseguidos (personas sin hogar).

Fue un encuentro en el que más que escuchar algo, tuvimos contacto con muchas realidades concretas, en el que hicimos amigos que llevaremos en nuestros corazones dondequiera que vayamos. Estos cursos fueron muy importantes para nosotros, de inmensa riqueza. Después de los cursos fuimos a Paraná y Santa Catarina. Allí participamos en los consejos comunitarios, en los encuentros con los laicos salvatorianos, en los encuentros con el GEC (Grupo de Espiritualidad Comboniana) de Curitiba, con los Padres Combonianos y participamos en las celebraciones y en las misas haciendo siempre animación misionera y hablando del carisma comboniano.

LMC Brasil

De vuelta a la comunidad de Ipê Amarelo, en Contagem/MG, continuamos nuestra formación, siempre ayudando en la comunidad y en los grupos de trabajo. Valmir, también conocido como Tito, inició el curso de formación para agentes de la APAC (Asociación para la Protección y Asistencia a los Convictos) y yo formé un coro de niños en la comunidad. Ahora todo se ha detenido debido a la pandemia y la cuarentena.

Por el momento, con el trabajo pastoral detenido, hemos creado una nueva rutina. Aquí somos cinco adultos y cuatro niños del matrimonio de Laicos Misioneros Combonianos de Guatemala que vinieron a Brasil como familia misionera y viven aquí en la casa de formación y misión de los Laicos Misioneros Combonianos. Tenemos la oración de la mañana, como siempre, y luego continuamos la formación. Por la tarde hay tiempo libre para el descanso, luego la lectura y un poco de ejercicio físico. Dejamos los jueves libres para la recreación, es el día que más jugamos con los niños, les encanta. Eso es un poco de lo que hacemos aquí en la casa.

También hay momentos para ayudar a la gente, ya sea hablando por teléfono o por WhatsApp, o donando algún alimento u otras formas que sean posibles, porque la gente viene a nosotros y no podemos dejar de atenderlos, tomando los cuidados necesarios. Y así estamos viviendo estos días de cuarentena, pidiendo a Dios que esta crisis pase pronto y podamos volver a la normalidad y finalmente salir a misión.

Nos gustaría, además de compartir, agradecerle su afecto y sus oraciones. Estén seguros de que esto nos fortalezca mucho y nos anima a continuar. Muchas gracias también por la ayuda económica enviada por los GEC de São Luís y Timón. Es muy valioso para nosotros contar con su contribución. Muchas gracias, que Jesús misionero y San Daniel Comboni continúen bendiciéndolos a todos.

Finalmente, queremos decir que estamos unidos en la oración y el amor. Recemos a Dios para que esta crisis del coronavirus pase pronto y podamos seguir nuestras vidas en otra normalidad. Recemos por las familias que han perdido a sus seres queridos, por todos los enfermos y por cada uno de nosotros.

Abrazos a todos y mucha luz en nuestros corazones.

LMC Brasil

Regimar y Tito (Valmir), Laicos Misioneros Combonianos

Ser misionera en todo momento

LMC Polonia
LMC Polonia

En el marzo teníamos planeado con Ewelina partir a Perú. Nuestro destino era Arequipa dónde queríamos trabajar con los más pobres. Desgraciadamente, un día antes del vuelo, cerraron las fronteras de Polonia y de Perú. Por lo que tuvimos que quedarnos un poquito más y hasta ahora no sabemos cuándo podremos empezar nuestra aventura en este país tan lejano.

Al principio, pensé que todo sería la cuestión de dos o tres semanas, las cuales podría dedicar a mejorar mi español y pasar tiempo con la familia. Sin embargo, ya han pasado casi dos meses y la situación aún no ha cambiado. No obstante, ahora ya sé, que no puedo quedarme aquí esperando cuándo empiece mi misión, sino que es ahora y aquí su comienzo. Porque no nos convertimos en misioneros cuando llegamos al lugar de nuestra misión y no dejamos de serlo cuando volvemos a casa.  Lo somos siempre pase lo que pase y estemos donde estemos. Y, aunque lo sabía antes, es ahora cuando lo entendí de verdad.

Creo que ser misionero en tu propio país es mucho más difícil que ir a un lugar lejano donde el cristianismo acabó de llegar, para ayudar a los habitantes a conocer a Dios. Podríamos preguntarnos para que ser misionero aquí en Polonia, entre la gente que desde su niñez iba a la iglesia, conociendo poco a poco el catecismo y celebrando las fiestas católicas cada año. Desgraciadamente, hay que admitir que también entre ellos hay personas que todavía no han encontrado al Dios Vivo, no han experimentado su Amor o, simplemente, aunque lo han encontrado no lo han reconocido.

Ser misionero siempre significa lo mismo, da igual que estemos en África, Perú o en Polonia. Estemos donde estemos tenemos que llevar a Dios a todos los que nos rodean y amarlos con su Amor. Es más fácil hablar sobre Él, pero lo que importa de verdad es testimoniarlo con nuestra forma de vivir. Para hacerlo, tenemos que antes que nada conocerle de verdad. No hay nada más fácil que conocer a alguien pasando tiempo con él, hablando horas. Es así como podemos conocer a Dios. Leyendo la Biblia, mirándole durante la adoración en el Santísimo Sacramento o estando con Él durante la Santa Misa. La conversión no es cuestión de un retiro sino de toda la vida. Ojalá nunca intentemos enseñar a alguien a quien no conocemos. No olvidemos que misionero no es sólo es quien parte de su país sino cada uno de nosotros, no importa dónde estemos y que hacemos. Yo cada día aprendo como ser misionera y aunque cometo muchísimos errores repito como el apóstol Pablo: me gloriare más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.

LMC Polonia

Agnieszka Pydyn, LMC Polonia

Laicado y Ministerialidad

Laicado
Laicado

Laicado y ministerialidad

Vamos a intentar hacer una reflexión sobre la ministerialidad desde una perspectiva laical y en particular desde la vocación misionera y comboniana. Pero antes de adentrarnos en esos ministerios o servicios desde la fe, creo que es importante encuadrarlo todo.

Nuestra vida da un vuelco cuando nos encontramos personalmente con Jesús de Nazaret. Compartimos esta sociedad con muchos hombres y mujeres de buena voluntad. Cada persona con unos principios y unos valores que orientan sus acciones y opciones vitales. Pero para nosotros existe un antes y un después de conocer a Jesús. Como los primeros discípulos, un día nos encontramos con Jesús en el camino. Nuestro corazón dio un vuelco y nuestros labios preguntaron: “¿dónde vives?” Y su respuesta fue “ven y verás”. A partir de ese momento nuestra vida cambió.

Son muchos los caminos por los que hemos llegado a este encuentro, para muchos ha sido gracias a nuestras familias, a nuestras comunidades cristianas, a nuestros amigos, a circunstancias de la vida que nos arrastraron al camino… Sin duda la casuística es muy grande. Lo realmente determinante es la respuesta dada, desde la libertad, y las consecuencias de esa respuesta en cada una de nuestras vidas.

La respuesta es libre, nadie nos obliga a darla, es una gracia que recibimos y como consecuencia el reconocer una nueva vida.

El laico es por encima de todo seguidor de Cristo. No consiste en seguir una ideología, no se trata simplemente de luchar por unas causas justas que ayuden a una nueva humanidad más justa y digna para todos y todas, ni siquiera consiste en seguir todos los preceptos de la religión que nos pueden ayudar en nuestra relación con Dios. Ser cristiano es por encima de todo seguir a Jesús. Salir de nuestra zona de confort y ponerse en camino. Tomar lo esencial para ir ligero y estar siempre abierto y disponible en ese seguimiento. Jesús nos irá mostrando en ese camino cuál es nuestra parte de responsabilidad en el anuncio y construcción del Reino.

Nosotros hablamos de estar en estado de discernimiento constante, que no es sino un estado de diálogo constante con el Señor. Es verdad que existen momentos especiales de discernimiento en la vida de toda persona. Estos tienen que ver con su vocación central como es el caso del matrimonio o de la vocación a la que nos sentimos llamados, como la vocación misionera e incluso el tipo de profesión a través de la cual queremos o sentimos que podemos servir a los demás escogiendo un tipo de estudios u otros, un trabajo u otro… Es fundamental en la vida de toda persona el entender su llamada a ser enfermero, médico, profesora, directora de una empresa, abogada, educador o trabajador social, político, carpintero y así un largo etcétera.

Momentos vitales que en nuestra adolescencia, juventud y edad adulta se presentan de manera significativa. Pero además de esos momentos, que nos mantendrán en el camino en los momentos difíciles, nosotros queremos permanecer a la escucha en este camino. No queremos acomodarnos. En la vida siguen apareciendo nuevos retos y nuevas llamadas por parte de Jesús. Para nosotros como misioneros el tener la maleta pronta es algo que forma parte de nuestra vocación. Estamos llamados a acompañar a las personas, a las comunidades por un tiempo determinado, para después marchar, porque el salir es parte esencial. Salir o seguir creciendo. No permanecemos siempre igual por años y años pues reconocemos que las necesidades cambian. Somos llamados a dejar nuestra tierra y a viajar a otros países, a otras culturas… somos llamados posteriormente a realizar nuevos servicios, retornar a nuestro lugar de origen, asumir nuevos compromisos… todo ello forma parte de nuestra vocación. En cada llamada, en cada nuevo cambio, debemos entender qué planes tiene el Señor para nosotros. Por qué nos convoca a viajar a otro continente o a regresar a nuestro lugar de origen cuando tan bien estábamos, cuando tanto bien estábamos haciendo junto a otras personas, cuando hasta parecíamos tan necesarios en ese lugar, la vida nos hace tener que desplazarnos, comenzar de nuevo…

¿Por qué cuándo parece que habíamos llegado a puerto definitivo hay algo que en nuestro interior nos cuestiona, nos inquieta? Es el Señor que se comunica con nosotros. Con Él tenemos una relación de amistad que nos ayuda a crecer. Como amigos vamos compartiendo la vida y los nuevos proyectos que la van atravesando. Con momentos de mayor estabilidad, pero también con momentos de nuevos desafíos. No hemos venido a descansar a esta tierra sino a disfrutar de la vida y a permitir y luchar porque otros también puedan disfrutar.

Nosotros respondemos a esta llamada a caminar no solo de manera individual sino desde una comunidad. No caminamos solos. Está es parte de nuestra vocación cristiana, la pertenencia a la Iglesia como también nos sentimos parte de toda la humanidad. Y como parte de esta Iglesia nos sentimos llamados a un servicio común. Como Laicos Misioneros Combonianos (LMC) sentimos esta pertenencia a la Iglesia de Jesús. Y sentimos que esta vocación específica que recibimos es una vocación y una responsabilidad comunitaria. Tenemos una llamada personal pero también una llamada como comunidad y comunidad de comunidades. Reconocemos la Iglesia como sacramento universal de salvación, cada uno desde su especificidad, dones y carisma por el anuncio y construcción del Reino.

Jesús llama a sus discípulos a vivir, a recorrer el camino en comunidad. Sabemos que solo de la mano de Jesús podemos caminar y como comunidad necesitamos de esa espiritualidad profunda que nos une a Jesús, al Padre y al Espíritu. Un camino donde la oración, la vida de fe y la comunidad se convierte en alimento y referencia de la vida del LMC.

La centralidad de la misión en Comboni. La Iglesia al servicio de la misión

Comboni tenía muy clara la centralidad de la misión en su vocación y la necesidad de la misma en la Iglesia. Frente a las necesidades de nuestras hermanas y hermanos más necesitados estamos llamados a dar una respuesta. Y es de tal importancia y complejidad esta respuesta que no estamos llamados a darla individualmente sino como Iglesia. Todos y cada uno de los cristianos estamos llamados a responder a esta llamada. Sin importancia de nuestro estado eclesial, cada uno debemos dar una respuesta de fe. Jesús llama a cada uno a caminar. Y es tal la complejidad de las necesidades que existen que el Espíritu suscita en el mundo y en su Iglesia diferentes vocaciones, diferentes carismas que aporten a esta realidad. Identificar a la Iglesia con el clero e incluso con los religiosos y religiosas es no entender a Jesús, es no escuchar al Espíritu. La labor y la llamada al sacerdocio o la vida religiosa en sus numerosas vertientes es fundamental para el mundo, pero no más que el compromiso de todos y cada uno de los laicos. La Iglesia no solo tiene una responsabilidad ligada a la religiosidad o espiritualidad de las personas. Tenemos una responsabilidad social, familiar, medioambiental, educativa, sanitaria, etc. Con todo el mundo. Las cosas del día a día son las cosas de Dios. Las pequeñas cosas son las cosas de Dios. La atención a cada persona en lo concreto y en las necesidades globales son responsabilidad de los seguidores de Jesús. Y en todas ellas el papel del laicado es fundamental, del hombre y de la mujer, en lo material y en lo espiritual… así lo entendió Comboni y así también lo entendemos nosotros.

Comboni

El laico en el mundo

En esta llamada global que recibimos, la Iglesia se muestra como comunidad de referencia. Es alimento para el servicio. Lugar donde reponer fuerzas, donde alimentarse de manera privilegiada, aunque no única.

Como laicos estamos llamados a crear raíces que asienten el terreno y lo haga rico, estamos llamados a crear redes de solidaridad y relación que articulen la sociedad, desde la familia, las pequeñas comunidades de vecinos, de barrio, entidades sociales, empresas… somos grandes creadores de redes de relación, colaboración y trabajo. Vivimos envueltos en todas estas redes y estamos llamados a animarlas, a dotarlas de una espiritualidad que las pongan al servicio de las personas, y en especial de los más vulnerables. Estamos llamados a incluir a todas las personas. Nuestra mirada debe centrarse en los más pobres y abandonados que hablaba Comboni, en los excluidos de esta sociedad, una mirada que nos anima a estar en las periferias porque es desde abajo que las cosas se ven de manera diferente. No podemos conformarnos con una sociedad donde todos no tengamos una vida digna. Una sociedad donde se premie el tener al ser y el consumo que está devastando un planeta finito que nos grita y reclama nuestra responsabilidad global.

Toda esta visión que debe cuestionar nuestra vida nos reclama acciones concretas.

La llamada del laico es una llamada al servicio de la humanidad. Una llamada que para pocos será de servicio interno de nuestra Iglesia. No podemos pensar que el buen laico es aquel que está ayudando en la parroquia y perder de vista nuestra vocación de servicio al mundo. Algunos servicios internos son necesarios pero la Iglesia está llamada a salir. Con Jesús a salir al camino, a ir de pueblo en pueblo, de casa en casa, a ayudar en lo pequeño y en lo grande. Estamos llamados a ser sal que sala, levadura en la masa, … llamados a estar en el mundo y contribuir de manera significativa. No podemos quedarnos en casa donde estamos a gusto, donde nos comprendemos unos a otros. Estamos llamados a salir. La Iglesia no nace para sí misma sino para ser comunidad de creyentes que sigue a Jesús y sirve a los más desfavorecidos.

Por todo ello nos sentimos llamados a ayudar en el crecimiento de las comunidades humanas (también las cristianas).

¿Cómo es la respuesta que como LMC estamos dando a esta llamada?

Actualmente existe una gran reflexión en toda la Iglesia sobre lo específico misionero. Sobre cuáles son o deberían ser nuestros servicios como misioneros, nuestros ministerios específicos. Una vez perdida la referencialidad geográfica de la misión, la referencia entre un norte rico y un sur por desarrollar, donde la desigualdad y las dificultades se encuentran en unos países y en otros, si bien todavía en algunos pocos se sigue concentrando la mayoría de la riqueza y posibilidades frente a otros muchos donde las dificultades son mucho mayores… Es cierto que la miseria campa a sus anchas en las personas sin hogar en los llamados países ricos, las migraciones forzosas por la pobreza, las guerras, las persecuciones por diferentes motivos, el cambio climático y demás están haciendo que un fenómeno siempre presente en la humanidad se esté agravando. La última pandemia del COVID-19 nos recuerda la globalidad de nuestra humanidad por encima de vayas y fronteras. Nos afecta a todos y todas por igual. Parecía que hasta ahora el dinero era el único que podía viajar sin pasaporte, parece que los virus también pueden.

Solo en un mundo justo todos podremos vivir en paz y prosperidad. Las desigualdades salariales, los conflictos, el consumo desmedido que derrite los polos y un largo etcétera terminan influyendo y teniendo consecuencias en toda la humanidad. Las vallas y la policía ya sean en las fronteras o en las casas o urbanizaciones de los que más tienen no lograrán un mundo mejor para todos, ni siquiera para los que se refugian detrás.

Frente a todo esto el debate y la reflexión sobre lo específico del laicado misionero en esta nueva época está servido. No pretenderé entrar en ello de manera teórica. Os ofrezco ahora simplemente algunas de las actividades donde como laicos estamos presentes dando respuesta a la llamada recibida. Esa es nuestra ministerialidad, nuestro servicio al que nos sentimos llamados. La respuesta de vida y no en teoría que estamos dando. No me extenderé, tan solo enunciaré algunos casos que nos puedan dar luces y otros muchos permanecerán en el anonimato… no en balde somos llamados a ser piedra escondida.

Tenemos compañeros y compañeras trabajando con los pigmeos y el resto de la población en República Centro Africana, un país donde llevamos más de 25 años. Junto a un pueblo que es considerado casi como sus siervos por la población mayoritaria que lo consideran menos. Siendo puente de inclusión o responsabilizándonos de una red de escuelas primarias en un país que ha pasado por varios golpes de estado y está en una situación de conflicto desde hace años que no permite al gobierno dar este servicio.

Estamos en Perú viviendo y acompañando a la gente en la periferia de las grandes ciudades. En barriadas de ocupación donde los que llegan del campo van tomando un terreno a la ciudad para vivir, sin luz, sin agua o alcantarillado. Unas familias que luchan por tener una vida digna, que se fueron de sus pueblitos a la ciudad para poder comer, dar una vida mejor a sus hijos. Y donde encontramos mucha solidaridad entre sus vecinos y acogida pero también dificultades traídas por el alcohol, la violencia machista o la desestructuración de muchas familias.

En Mozambique colaboramos con la educación de sus jóvenes, chicos y chicas, que saliendo de sus comunidades extendidas por el interior buscan poder formarse para levantar el país. Se necesitan escuelas que les den esa formación profesional e internados que les permitan vivir durante ese periodo escolar pues sus casas quedan a muchos kilómetros. Acompañar a estos jóvenes y a las comunidades cristianas es también parte de nuestra llamada.

Por otro lado, estamos presentes en Brasil en la lucha contra las grandes compañías extractivistas que desplazan a las comunidades de sus tierras, que envenenan los ríos o el aire de las comunidades, cortan la comunicación o las aíslan con sus trenes kilométricos que socaban los minerales de la zona sin preocuparse por el medio ambiente o el bien de las personas.

También en muchos países de Europa estamos involucrados en la acogida de inmigrantes. Intentamos devolver todo lo recibido cuando también nosotros fuimos extranjeros. Llamados a recibir a aquellos que huyen de la miseria o las guerras, a aquellos que buscan un futuro mejor para sus familias y que encuentran grandes muros a su llegada, no solo de hormigón y alambre sino también de miedo e incomprensión por parte de la población. Ser puentes con una población que sigue siendo hospitalaria y solidaria, presentes en medio de las organizaciones sociales y eclesiales que se movilizan para acoger e integrar a sus nuevos vecinos. Desde el recibimiento en costa, hasta la ayuda en la lengua, en la búsqueda de empleo, vivienda, la tramitación administrativa o el reconocer la valía que nos traen y la riqueza que su presencia trae a la nueva sociedad. Poniendo en valor lo que son y sus culturas y siendo referente de las mismas en un mundo que no siempre les entiende.

Cuando la sociedad fracasa y el ser humano falla no sabemos qué hacer con esas personas. La reclusión en prisiones es la solución que hemos dado como sociedad. Pero esas prisiones se convierten muchas veces en escuelas de más delincuencia y no de rehabilitación como debieran. En medio de ellas están las APAC que nacieron en Brasil y que se van extendiendo poco a poco. Un sistema de reclusión donde la persona que llega es considerada como un recuperando no un preso, que se le llama por su nombre propio y no por un número. Protagonista de su vida, se la ayuda a entender su falta y la necesidad de pedir perdón y reinsertarse como un miembro activo de la sociedad. Un método donde la comunidad se vuelca y crea puentes recuperando a sus hijos e hijas que un día cometieron un error. Donde los recuperandos tienen las llaves de las puertas y entre todos van entendiendo la dignidad de hijos de Dios, el arrepentimiento y su valor como personas para la sociedad.

La manera en la cual estamos viviendo en los países con más recursos está esquilmando un planeta finito. Las relaciones comerciales internacionales están empobreciendo a muchos para el beneficio de pocos… promover un nuevo estilo de vida es algo fundamental para cambiar los paradigmas y valores que se muestran como los únicos válidos para el éxito social y la felicidad. En una sociedad donde lo que se prima es tener y consumir sobre el ser, hay que proponer nuevos estilos de vida. En eso también estamos implicados en Europa. Proponiendo nuevos estilos de vida, de compromisos, de responsabilidad en el consumo, en la economía, etc.

Y así podríamos seguir con acciones ligadas a una educación comprometida con los más excluidos en las periferias de nuestras ciudades, en el cuidado de los enfermos mostrando el rostro de Dios que les acompaña y la mano de Dios que les cuida, en la atención a personas sin hogar, a personas con adicciones…

Como misioneros somos y debemos hacer a todos conscientes de la realidad de un mundo globalizado que requiere de una acción conjunta, un nuevo posicionamiento. Por ello, cada una de nuestras pequeñas acciones, nuestros pequeños granitos de arena conforman pequeñas montañas donde subirse, ver y soñar un mundo diferente. Subirnos con la gente con las que vivimos nuestro día a día. Especialmente llamados a aquellos que viven hundidos sin poder ver un horizonte, una salida a sus dificultades, estamos llamados a levantar la barbilla y mirar adelante, a animar y acompañar esas comunidades. Estamos llamados a estar allí donde nadie quiere ir.

Todos llamados a luchar de manera global por los problemas que son globales, a unirnos y a ser dinamizadores de redes de solidaridad en esta humanidad que habita la casa común, que cada día se demuestra es más pequeña. Y en medio de ella colocar a Jesús, la persona que cambió nuestra vida. Dios es un derecho de todo hombre y de toda mujer. Nos sentimos responsables de dar a conocer la Buena Noticia, de presentarles un Dios vivo que está entre nosotros, que camina con nosotros, que como nos mostró Jesús de Nazaret no nos abandona y nos acompaña siempre. En el interior de cada persona, en el más necesitado, en la comunidad, Dios espera por cada uno de nosotros para transformar nuestra vida, para llenarla de felicidad, de una felicidad profunda. Dios nos espera para darnos agua viva, esa agua que colma la sed del ser humano.

Que el Señor nos dé fuerzas para poder estar presentes y acompañar, ser un medio que lleve a las personas a su encuentro y nos mantenga siempre en camino a su lado.

LMC

Alberto de la Portilla, LMC

Misionera durante la pandemia

Ewelina Polonia
Ewelina Polonia

Cuando escribo este texto, estoy en Perú con Agnieszka desde hace un mes, estamos aprendiendo español en Lima y estamos apoyando al Movimiento de Laicos Misioneros Combonianos locales en su trabajo misionero.

Pero no es así.

Estaría en Lima si no fuera por la pandemia del coronavirus, que ha cerrado las fronteras entre países y cancelando nuestro vuelo.

Al principio pensé que no sería tan grave, esperaremos unos días y volaremos. Después, me di cuenta de que el tiempo de espera para un vuelo debería contarse en meses en lugar de días.

Mucha gente me pregunta cómo me siento en este tiempo de transición, de suspensión, de espera. Sin embargo, lo veo desde una perspectiva diferente. Es cierto que estoy deseando que llegue mi servicio misionero en Perú, pero no considero el tiempo que pasó aquí en Polonia, tan inesperadamente, como una pérdida de tiempo, un momento de transición en el que no tengo nada más que hacer que sentarme y esperar. Volví a casa de mi familia en un pequeño pueblo, estoy desempleada, no voy al cine, a la piscina, si tan sólo tuviera que volver a mi escuela, sería prácticamente como mi infancia de nuevo. Y por un lado, realmente lo es, ayudo a mis padres en la casa, preparo comidas, paso tiempo con mis hermanos, salgo a pasear con perros y gatos, que tenemos mucho aquí.

Sin embargo, ya no tengo 12 años, así que mi forma de percibir el mundo ha cambiado. Muchos sacerdotes enfatizan que el tiempo de la epidemia es un tiempo de gracia, sólo tenemos que tomarlo de Dios. Estoy de acuerdo con ellos. Trato de usar mi tiempo libre para la oración, la meditación con la Sagrada Biblia, la lectura de libros valiosos, el aprendizaje del español, para pensar en profundidad en mí y en mi relación con Dios y mi familia.

Es de alguna manera reconfortante que todos estemos en una situación similar, no sólo mis planes han sido cambiados sin tomarme en cuenta. Me ayuda a darme cuenta de la situación de los demás. De aquellos que murieron en la epidemia o perdieron a sus seres queridos. Los que tuvieron que renunciar a varios viajes, perdieron sus trabajos o están con días libres forzados.

Los cines, gimnasios o teatros están cerrados, no podemos hacer nada personalmente en las oficinas, sólo podemos presentar solicitudes, cuestionarios o enviar todo por correo. Dondequiera que vayamos, tenemos que ponernos máscaras que nos cubran la boca y la nariz, mantener una distancia adecuada con otras personas, y en general salir de casa sólo cuando realmente tenemos que hacerlo.

Son muchas restricciones para nuestra sociedad, para mí también. Pero todavía tengo comida, puedo contactar con mis amigos por correo electrónico, Facebook o WhatsApp. Mucha gente trabaja desde casa porque la especificidad de su trabajo les permite hacerlo. La vida continúa, aunque quizás un poco más lenta. Además, si observamos la vida de mis padres en el campo, la epidemia no cambió mucho su vida cotidiana.

Probablemente la mayor limitación que me afectó ha sido que no puedo participar físicamente en la Santa Misa, que, afortunadamente, ha cambiado un poco desde esta semana. Sin embargo, por primera vez en mi vida, pasé la fiesta de Resurrección de Jesús en casa, adorando la Cruz en mi habitación, cantando canciones con el sacerdote en YouTube y rezando el Vía Crucis, caminando por un camino de tierra hasta el río. Al mismo tiempo, siento que por primera vez he experimentado profundamente el misterio de la Resurrección, lo que confirma mi creencia de que es realmente un tiempo de gracia.

La tecnología desarrollada nos permite que incluso solos podamos estar juntos. No hace mucho tiempo todos podíamos experimentarlo mientras participábamos en una oración conjunta online de los LMC. Nuestro Movimiento en Polonia parece florecer en este difícil momento. A mediados de marzo tuvimos una reunión de formación online, una Santa Misa conjunta el Domingo de Ramos y un retiro conjunto online sobre la vocación el fin de semana pasado. En nuestro grupo “WhatsApp”, compartimos buenas palabras, apoyo y nuestros pensamientos durante la epidemia.

La situación que debería separarnos parece conectarnos aún más. Esto es una prueba inequívoca para mí de que Dios es imparable en su amor y en bendecir a la gente. Que Él puede actuar en nuestras vidas y llevar a cabo su plan de salvación en todas las condiciones.

Ewelina Gwóźdź LMC